Cuento de Navidad

Publicado en Uncategorized el Octubre 22, 2009 por EL Sedal_MT

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    El mundo se divide en dos clases de personas; las que consideran indecente el sexo y las que consideran indecente el dinero. He de decir que yo soy de los últimos. También se divide en personas que usan manta eléctrica y personas que no la usan, como yo. Otra división más; están quienes disfrutan con las películas de miedo y quienes no las pueden ni ver; adivinen. Por último se divide en personas que dividen el mundo en dos clases de gente y personas que no lo hacemos. Hoy estoy gracioso. Tenía otra buena distinción, pero se me olvidó. Mi filosofía particular consiste en ellas y en unas pocas máximas; abre las ventanas. No le hagas mucho daño a nadie. No dejes que te contaminen. La verdad es que no me va mal.

La historia que les voy a contar no es nada del otro mundo, pero otra de mis máximas es; escribe cuanto quieras. Ana es supersticiosa y se que le molesta que escriba sobre ella. Cree que le pasará algo terrible para que la historia tenga un final, o algo así. Supongo que tiene algo que ver con eso que odie las fotografías. La única que le he visto es la del carnet de identidad. Me dijo que una vez tuvo que dejar un mensaje en un contestador automático y se hartó de llorar, porque imagino que le pillaba un coche y que alguien oía su voz cuando ella ya estaba muerta. Una de las cosas que más me gustan de ella es que siempre ande con esas imaginaciones estupendas que yo mismo he tenido algunas veces. Hay que tener mucho cuidado de no morirse mientras una carta tuya no ha llegado y anda por ahí, porque si no eso si que es una buena putada.

Pero casi nunca las cosas son como una se imagina.

Me encontré con Ana yendo de Huelva a Toledo, cuando me desvíe por una comarcal y la vi a lo lejos en su bicicleta, sufriendo en una cuesta. Un poco mas adelante me paré en un bar y una media hora después entró ella sudando. Comenzamos a hablar. Llevaba equipaje en su bicicleta, así que le pregunté donde iba; había salido de Sevilla y pensaba llegar hasta Madrid.

-No tienes pinta de cicloturista.  –dije

-Tenias que haberme visto hace una semana. –me respondió.

-La verdad es que te imagino perfectamente, con el pelo largo, maquillada, con un perfume bueno y tacones y falda. ¿Eres de esas?

No me contestó y se fue al vater. Imagine que se había molestado, pero luego volvió a sentarse junto a mí y no paraba de decir que necesitaba una ducha, que se moría por una ducha, que entre todas las cosas al genio de la lámpara le pediría una ducha. De veras que parecía que si le quitaban la bicicleta le hacían un favor. Nos pedimos unos bocadillos. Yo no había visto nunca a una tía que comiera así. Digamos que se pegó un atracón disimulando. En cuanto terminamos de cenar le dije que no tenía un duro para pagar. Podía haber sido verdad, como otras veces, pero en esa ocasión no. Ella de todos modos no pareció sorprenderse. Saco dinero y pago todo, tenia un buen montón de billetes. Me contó que le habían dado una beca y que iba a Madrid a doctorarse en Ciencias Políticas. Yo le propuse que viniera en mi coche. Suponía que diría que no, que seguiría en bici, pero me dijo: “Acepto encantada”. Me hizo gracia que usara esa expresión, “acepto encantada”. Así que monté la bicicleta en el coche. Luego la monté a ella, y la verdad es que no estuvo nada mal.

No digan que no les avisé.

Llamé por teléfono a mis amigos de Toledo para que no me esperasen y fuimos a Madrid. Como llegamos bastante tarde tomamos una habitación en un hotel que nos pareció barato y limpio y pasamos la noche hablando y comiendo galletas de chocolate y bocadillos que preparábamos con una paté frances buenísimo que habíamos comprado. Ella no tenía muchas ganas de hablar de si misma, así que le conté todo lo que pienso que a la mayoría de la gente le puede interesar de mí. Le conté que me gusta hacer caricaturas, que he recorrido los Pirineos a pie, y que el año pasado trabaje en la almadraba. Me pareció que se interesaba mientras yo le hablaba de la emoción de ver a los atunes intentando escapar y el mar enrojeciéndose. Le conté también que iba a Girona a trabajar a un hotel de cocinero. Se animó un poco. Serian como las cuatro de la mañana cuando me confió su historia.

 

“Siempre he vivido en Sevilla. Por las tardes estudiaba. Por las mañanas trabajaba en una empresa de seguros. Conocí allí a un hombre. Se llamaba Javier. Después de seis meses saliendo juntos me dejó por lo que yo siempre consideré una nimiedad; una tarde lo dejé plantado en la puerta del cine. Se lo que piensas: el tópico ese de “la gota que colma el vaso”, ¿verdad? Pues no, primero porque hasta ese día nos habíamos entendido perfectamente, y segundo por la reacción tan desproporcionada que tuvo hacia mi. Tuvimos una discusión muy agria y unos días después me citó en una cafetería donde me devolvió algunas cartas y todos los regalos que yo le había ido haciendo. Abrió una bolsa de viaje y como un mago, chas, empezó a sacar de ella libros, corbatas, un llavero, todas las cartas atadas con una goma roja, una vieja peluca, medio paquete de chicles, unas gafas de sol y muchas otras cosas. Lo que no se me olvida es la forma decidida en que tanteo el fondo del bolso y sacó el pez de colores que puso sobre la mesa. Como yo no iba preparada para llevarme todo eso, la mayor parte se quedó allí, y lo demás lo fui tirando poco a poco…. Antes de separarnos le pregunté: “Si haces esto por un plantón, ¿que harás cuando alguien te ponga los cuernos?”. No se lo pensó mucho, dijo: “La mataré”. No era una amenaza en caliente, ya veras.”

“Todo eso ocurrió hace un par de años. La semana pasada un amigo común me llamó al trabajo. Creo que dijo: “Joder, Ana, ven pronto. Sonia está muerta y Javier se ha pegado un tiro. Parece que la asesinó.” Lo cierto es que lo he recordado tantas veces que no estoy segura de que fuera mas delicado en realidad”.

“Durante unos días me he sentido fatal. Ya sabes, es como si de pronto los días tuvieran cincuenta horas; cincuenta horas para trabajar, para pensar, para aburrirse, para llorar, para querer desaparecer….  Es difícil de explicar. Uno piensa que ciertas personas no van a morirse nunca. Él mismo parecía convencido de eso. No se si has visto alguna vez los estragos que hace una bala… Los dos primeros días mi única evasión era pensar que a finales de agosto me olvidaría de todo y me iría a Madrid. Pero claro, como los días no corrían pensé en adelantar mi salida, hacer un viaje de un mes que no me dejara tiempo ni para pensar, y me compré una bicicleta. Uno nunca acaba de conocerse, porque que va, se piensa. Así estés tan cansada como si hubieras abierto un hoyo de cien metros. ¿Ves? Un hoyo, tiene gracia. Por más cansada que esté, no puedo quitármelo de encima. Y cansada es peor, porque las imágenes te asaltan a tracción y no las puedes controlar, les das una y otra vez vueltas y mas vueltas, tu cabeza pedalea sobre ellas. Al final he descubierto algo terrible, y es que me siento celosa de esa chica. Celosa. ¿Te das cuenta? Yo hubiera querido que él me hubiese amado hasta matarme, y no en cambio ese teatro que se montaba conmigo con el fin de función ridículo que ya te he contado. Después de todo tiene gracia que concluya eso, ¿no? Que me gustaría estar muerta.”

 

Así pasa siempre. Para el pedal es estúpido todo ese movimiento circular, pero la bicicleta siempre va a alguna parte.

 

2

 

 Por lo general evito a las mujeres con problemas. Además tenia que llegar pronto a Girona si no quería quedarme sin trabajo. Así que comencé a hablar de los planes que tenia y a dejarle caer lo mucho que necesitaba el dinero y a decir que cuando estuviera en Girona esto y que cuando estuviera en Girona lo otro. Pareció comprender perfectamente. Después hablamos de comida y me pidió que le diera algunas recetas. Para hacerla reír me puse una bolsa blanca sobre la cabeza y estuve preparando sobre la cama algunos de mis platos preferidos. Me preguntó:

-¿Cómo me cocinarías a mí?

Su boca tenía un sabor dulce y acido como una fresa. Se lo dije y le hizo gracia. Dormimos unas horas antes de abandonar la habitación y después salimos a comer a un restaurante barato que acababa de abrir un cocinero que yo conocía. No quería salir de viaje antes de reposar bien la comida, y ella no estaba con ánimo de empezar a buscar esa misma tarde un piso. Nos mirábamos sin saber que decir. Hasta ese momento todo había sido diversión. Como ya estábamos en ese estado de debilidad en el que no tienes mucho que hacer con alguien y tampoco quieres dejarlo sin mas nos metimos en el cine. Recuerdo la película que daban, Delicatessen. A la salida nos despedimos. Para suavizarlo un poco yo le di la dirección de mis padres en Sevilla, en donde no estoy casi nunca.

Ya llevaba casi cien kilómetros conducidos cuando caí en la cuenta de que todavía estaba en el maletero la bicicleta. Pensé un rato en quedármela, hasta que, en fin, me acorde de las fresas y de lo buena que había sido conmigo. Volví a Madrid. Como no sabia donde buscarla fui directamente al hotel donde habíamos pasado la noche. Me esperaba de pie en la puerta, mirando hacia un lado y hacia el otro, y cuando me vio no puso la menor cara de sorpresa. Enseguida me di cuenta de que estaba mala. Así que en lugar de bajar la bicicleta la subí en el coche a ella. Por más que tuviera una cara no muy apetecible y estuviera un poco antipática me dije que no podía abandonarla así. Y tampoco la podía llevar a un hospital, donde a lo sumo le darían unas pastillas y la largarían. A la pobre daban ganas de quererla. Pensé: “Adiós Girona”, y busqué en la agenda la dirección de mi primo. Era la única persona a quien conocía en Madrid, y aunque hacia más de cuatro años que no lo veía siempre nos habíamos llevado estupendamente. El problema era que lo último que sabía de él era que se había convertido en un nazi. En cuanto me abrió la puerta le pedí a Paquito que me dejara por favor quedarme unos días con mi novia, que la pobre estaba enferma.

 

 

  3

 

En el cuarto donde dormíamos había un póster que representaba una ola negra cerniéndose sobre un mapa de Europa, con la leyenda: Arrojemos de nuestra tierra las razas inferiores. Yo pensaba: ¿Por qué las razas inferiores, y no a las razas inferiores?

Se lo comenté a mi primo, que no pareció darle importancia al asunto; las arrojarían de todos modos. A Ana también le traía sin cuidado, pero a mi esa “a” no paró de rondarme la cabeza hasta que se la pinté.

            Paquito tenía un montón de libros nazis. Unos eran memorias de excombatientes, otros explicaban que el holocausto había sido un montaje, y otros se referían a los problemas que tenia el mundo y como había que solucionarlos. Leí uno muy interesante que iba de lo que podía haber pasado si Hitler llega a ganar la guerra. Cuando Paquito salía solo a la calle siempre llevaba su gorra, pero las mas de las veces iban juntos diez o doce de su panda. Como el era el único que no vivía con sus padres sus amigos siempre estaban en la casa, viendo partidos de fútbol y bebiendo cervezas. Con nosotros nunca hubo ningún problema porque nunca hablábamos de política.. Solo una vez salió el tema; mi primo dijo que iba a comprarle a un tipo una Lüger autentica y le pregunté para que coño quería el una Lüger. Pues quería una Lüger porque el mundo era una basura. Todos estuvieron de acuerdo con mi primo que quería una Lüger porque el mundo estaba hecho un asco. No crean que les podría haber preguntado por qué el mundo estaba hecho un asco. Digamos que la Lüger la querían primero.

Ana decía: “No se por qué tu primo no se deja el pelo largo. Así por lo menos tendría algo en la cabeza”. No soportaba tener que vivir allí. A Paquito en cambio creo que le caía bien, sobre todo desde que le prestó un libro y ella se lo devolvió subrayado y con signos de interrogación por todas partes; le parecía que había mostrado interés.

Empezamos a buscar y encontramos un piso en Getafe que estaba bastante bien. Cuando le dijimos que nos íbamos de su casa Paquito se mosqueó. Pensó que nos íbamos, como él dijo, “por sus ideas políticas”. Me dijo también que desde hacia días había notado que ya no estaba a gusto con él y que tenía prisa por marcharme. Y no solo eso, sino que además Ana (pensaba él) quería quedarse y yo la animaba para que nos fuéramos. Tuve que inventarme mil excusas para convencerlo de que no me largaba por sus ideas políticas. Pero no me extraña que me notara raro. La verdad es que Paquito tenía una novia que estaba buenísima la tía, y yo quería irme antes de que me volviese loco.

Empecé a trabajar de mensajero. Supongo que no hubiera sido difícil conseguir que me admitieran en un bar o en un hotel, pero aunque no sean tan buenas las condiciones me gusta probar trabajos distintos. La mayoría del tiempo estaba en la calle con la vespa, pero algunas veces tuve que coger un avión para llevar un paquete urgente. Por ejemplo una vez tuve que ir a Tenerife con el recambio de una pieza de una maquina que se había estropeado parando una cadena de producción. Me sentí fenomenal cuando vi desde el taxi todos los ejecutivos esperando nerviosos a la puerta de la fábrica, mientras los obreros se tomaban su bocadillo tan tranquilos.

Ana encontró trabajo cuidando crios. Como no conocíamos a nadie en Madrid mi primo le falsificó unas cartas de referencia y habló amablemente con las personas que llamaron por teléfono. Ella solía trabajar de noche y por eso no nos veíamos apenas. Un par de veces me llamó desde la casa en la que trabajaba y fui para ella en la vespa, con el mono negro de faena. En cuanto llegaba me ponía con los críos a jugar en la videoconsola, mientras ella Leia o veía alguna película. Luego les hacía una caricatura y se acostaban tan contentos. Es verdad que los niños me gustan y tengo muy buena mano con ellos. Una vez le dije a Ana que si ella quería podríamos tener un hijo. Me dijo que se lo pensaría. Luego, con el primer sueldo que cobré, me compre una videoconsola. Ana se cabreó diciendo que no podíamos permitírnoslo, y que nos hacían mas falta otras cosas y que la devolviera, así que cogí la videoconsola y me fui unos días donde mi primo. Luego nos reconciliamos. Me pidió perdón. Me avisó de que es de esas mujeres que se ponen como fieras ciertos días del mes. Le dije que me daba igual, porque la quería de todos modos. Compre un televisor.

 

 

 4

 

 

Mi padre se enteró de que estaba viviendo en Madrid y vino pasar unos días con nosotros para así poder ver a unos viejos amigotes. En cuanto conoció a Ana se alegró de que yo estuviera liado con ella. No hacía mas que repetirse para si; “vaya, vaya; Una Estudiante”. Normalmente mi padre es temible cuando habla de política; sus insultos no tienen fin. Pero delante de ella se callaba. En cuanto estuvimos a solas me espetó;

-Dime, niño: ¿Te la follas bien?

-¡Pero papá!

-¡Coño, que soy tu padre! ¿Te la follas bien o que?

-Joder, papá. Ya me conoces.

-Bueno. Tú hazme caso; ninguna mujer te dejará mientras te la folles bien follada.

Yo no sé donde meterme cuando me quedo a solas con mi padre. Siempre acabo contestándole lo mismo; “tu ya me conoces”, porque sé que en el fondo confía en mi y que me aprecia, y sobre todo porque él nunca reconocerá que no me conoce lo mas mínimo. Nuestra relación es un poco particular porque durante quince años solo le veía en las vacaciones de verano y en navidad, en las que el volvía de Alemania, donde él trabajaba. Cuando se jubiló y regresó para quedarse yo ya me había ido de casa; así que seguimos viéndonos esporádicamente. Durante mucho tiempo lo llevé mal, pero ya me había hecho a la idea de no tener un verdadero padre. Él siempre dice que yo no he salido del todo torcido teniendo en cuenta que he crecido salvaje, “como el jamargo en los caminos”. Eso no es del todo cierto. Como suele decirse, mi madre nos sacó a todos adelante. El viejo se lamenta porque no quiere reconocer que cuando regresó ya estaba todo hecho.

Con todo era la única persona en Madrid en quien podía confiar,y le conté lo que desde hacía días no dejaba de rondarme la cabeza; Ana me había confesado que en los últimos años había tratado de suicidarse tres veces. Lo extraño del caso es que no lo hacia porque se sintiera mal. De repente estaba tan contenta y le daban tentaciones de matarse. Así que siempre que me quedaba solo en casa yo buscaba por los cajones por si ella hubiera comprado somníferos. Mi padre me preguntó si es que sospechaba que estaba loca. Yo le contesté que no lo sabía. El me dijo, acercándose a mi: “Yo diría que si. En estos días la he visto hacer cosas que nunca haría una Estudiante”. Me quedé pasmado, tratando de imaginar que serían esas cosas. Me preguntó después si en su familia se habían dado casos de locura, y de nuevo le dije que no sabía.  Por la noche, después de cenar, mi padre se puso a hablar en la mesa de un hermano suyo que era esquizofrénico y contó que su abuelo se había cargado a su mujer y a sus cinco niños y después le había prendido fuego a la casa. Las dos historias eran tremendos embustes; las contó para que Ana soltara prenda, pero nada. Lo que estaba consiguiendo era asustarla, así que le pedí que se callara y le propuse a ella salir a tomar una copa.

En el pub estuvimos hablando de mi viejo.  No se atrevía a decirme claramente lo mal que le caía. Cuando regresamos encontramos que le había quitado las ruedas a la bicicleta, la había apoyado en unos cajones y estaba pedaleando en calzoncillos. Sin decir nada Ana se fue a nuestro cuarto. No se porque mientras se quitaba la ropa me acordé de mi madre, despotricando siempre que nos veía toquetear los botones de la televisión o del video. Así era también ella; siempre que uno jugaba con algo, pensaba que se acabaría por romper.

 

 

 5

 

Mi padre se largó. Un día le pedí a Ana que me acompañara al médico. Entramos en el ascensor con un muchacho y ella le dio al botón del cuarto. Nos miramos Ana y yo y le señalé a él con las cejas.

-No te preocupes, -dijo –Este chico va al sexto piso.

Era verdad. No se como lo sabia. Le pregunté y me aseguró que no lo había visto en su vida. Me extrañe tanto que me olvidé de lo preocupado que estaba por el bulto que tenía en la rodilla. El medico me recetó una pomada y me aseguro que solo era un poco de líquido sinovial.

-Ya sabía yo que no era nada. –dijo ella cuando salimos.

Yo no quería jugar mas a las cartas con ella; llevaba días observando que siempre me ganaba. Una tarde de pronto me dijo:

-Llama a tu primo. Ya hace mucho que no sabes nada de él.

Lo llamé y cogió el teléfono su novia. Resultaba que Paquito se había peleado con otros tipos. Le habían dado una buena paliza y estaba en la cama. En cuanto oyó a su novia se levantó para hablar conmigo. Tuvimos una conversación extrañísima, porque el estaba completamente sonado, y en cuanto a mí ya pueden imaginarse; estaba seguro de que Ana lo había adivinado de alguna forma.

Mis preocupaciones no habían hecho más que empezar. Una amiga de la facultad de Ana que de vez en cuando trabajaba en la radio llegó con la noticia de que un tipo que conocía iba a abrir un teléfono erótico y necesitaba chicas para grabar cintas con susurros, jadeos y guarradas. Le dijo a Ana que con su bonita voz ella también podía probar suerte. Una tarde llegaron las dos tan contentas diciendo que las habían aceptado. A mi no me hacia mucha gracia, pero a todo lo que yo les decía ellas respondían con gemidos muriéndose de risa.

Por la noche tarde en dormirme.

Estuve pensando.

Entre unas cosas y otras, Ana me traía loco. En el desayuno le comente todo el tema. De lo suyo, ella dijo: “Coincidencias. Tonterías,” sin levantar la vista de las tostadas que untaba de mermelada de melocotón. Yo proseguí con mi plan.

-¿Crees que son tonterías? Esta bien. No te lo había querido decir hasta ahora, pero un par de días antes de que viniese mi padre tu hablaste en sueños de él. Y hasta le llamaste por su nombre, cuando yo no te lo había dicho nunca. ¿Crees que eso también son tonterías?

Parece que eso la inquieto un poco. No hablamos mucho más. Ella se despidió diciéndome; “Ten cuidado, un día de estos te vas a matar”. Normalmente ella no es así, de modo que me di cuenta de que estaba asustada. Ese día tuve menos trabajo que de costumbre. Regresando de Fuenlabrada de hacer un servicio lo hice; me cercioré por el espejo retrovisor de que no venía nadie y en una curva con buena visibilidad que ya conocía entre un poco pasado y me caí. La verdad es que me hice mas daño del que me esperaba. A eso de las tres supuse que ella ya estaría en casa y la llamé desde el hospital para que viniera a recogerme. Llegó a toda prisa. Yo ya había imaginado que cuando viera mi vendaje y el mono roto se impresionaría, pero no hasta ese punto. Ni siquiera hizo falta que le recordara sus palabras. Estaba tan desorientada que para animarla me pasé la tarde bromeando y la invité a cenar. Durante un par de días no me atreví a hablar del tema, hasta que una mañana apenas nos levantamos le dije a Ana lo que había estado hablando en sueños; que si salía en ese teléfono erótico algo horrible acabaría por pasar. Pero no sirvió de nada, porque había cobrado la tarde anterior y la cinta ya estaba hecha. 

 

 

 6

 

 

Como tenía un esguince en la mano estuve unos días sin poder trabajar. Ana pasaba la mañana en la facultad, y por las noches cuidaba crios, de modo que a mí me sobraba tiempo para aburrirme. En el puente del día de la Constitución la convencí para que hiciéramos un pequeño viaje de vacaciones. Le propuse que le pidiera a una vieja amiga de que me había hablado las llaves de un apartamento en Conil, pero se negó en redondo. Dijo que había roto por completo con su vida anterior. Caí entonces en la cuenta de que ciertamente llevábamos meses en Madrid sin que ella hiciera o recibiera alguna carta o alguna llamada de Sevilla. Me extrañe. Al final pasamos unos días recorriendo el País Vasco, que los dos teníamos ganas de ver y que nos pareció precioso. El último día se nos acabó el dinero y tuvimos que quedarnos durmiendo en el coche, pero valió la pena.

A la semana siguiente Ana tuvo un sueño muy nítido en el que ella y yo nos separábamos. No me preocupo que soñara eso; me preocupó que me lo contara. Supuse que su cerebro maquinaba algo, que en silencio me hacia no se que peticiones o reproches; en cualquier caso la tormenta se avecinaba. Por entonces recibí una carta del Gran Draki, invitándome a ir a verle. De modo que le dije a Ana que ella había pasado la noche repitiendo que había que ir a Valencia. Me preguntó:

-¿Y para que tengo que ir a Valencia?

-Para ver al Gran Draki –dije yo.

Me preguntó quien era El Gran Draki y le contesté que circunstancialmente era un mago que había conocido el año pasado cuando actuaba en el hotel, y esencialmente el mejor de mis amigos. La respuesta debió de parecerle suficiente, porque dejó la facultad y sus compromisos con los niños y ese mismo día salimos corriendo a Valencia. Sucedió algo imprevisto, y es que El Gran Draki no estaba allí. Cogí un enfado de mil demonios. A Ana en cambio le traía al fresco que El Gran Draki se hubiese largado, la muy idiota seguía tan expectante como cuando salimos de casa, esperando que algo justificara el viaje; no había pensado todavía en eso, y con el cabreo que llevaba me resultaba dificilísimo concentrarme.

Por fin se me ocurrió algo. Sin que ella lo notara llamé a mi primo y con la excusa de gastarle una broma a Ana le pedía que cogiera a un par de amigos y que fueran a mi casa, que abrieran la puerta, que revolvieran un poco las cosas, pero sin estropicio, que no se me entusiasmaran. Le dije lo que podían llevarse y le dicté lo que tenían que escribir en el espejo: “Habéis tenido suerte de estar fuera, cabrones”.

En el viaje de vuelta ella no abrió la boca. Daba igual, yo sabía que por dentro ser repetía que había sido una idiota. Yo estaba todavía cabreado y pensaba; “ya verás”.

Dejé que fuera ella quien abriera la puerta,  y en cuanto lo vio se quedó alucinada.

Hasta que de pronto, estalló.

Por mas veces que le repetía que habíamos tenido mucha suerte y que gracias a ella y que tenía un don mágico y que era maravillosa, par mas veces que yo le dijese eso ella no dejaba de llorar sentada en el suelo. Yo no sabía donde meterme, y me puse como un estupido a recogerlo todo, porque, ¿Cómo iba a confesar? Me sentía basura. No la tranquilizó lo mas mínimo que le prometiera que a la mañana siguiente iría a poner una denuncia. La verdad es que fui a la casa de mi primo, que tenía todas las cosas que se había llevado bien ordenadas en una caja, y volví con ellas. Cuando Ana regresó de la facultad le dije que tres tipos las habían traído, y que habían dicho que había sido una equivocación, que se habían confundido de portal, que les disculpáramos. Entonces ella me gritó:

-¡Imbécil!

Se dio la vuelta y se quedó apoyada con las dos manos en la mesa, moviendo la cabeza con gesto de incredulidad y de escándalo. Yo me puse de todos los colores. Por fin se dio la vuelta, me abrazó y me dijo casi llorando.

-¡Y vas y les abres la puerta! ¡Podrían haberte hecho algo! ¡Podrías estar muerto!

Ya me había visto muerto, si. Respiré aliviado. 

 

 

 

  7

 

 

La verdad es que nos estábamos aburriendo. Cada vez íbamos mas al cine y hablábamos menos. Yo despreciaba a sus amigos de la facultad; a unos por engreídos, a otros por ingenuos. A mis pocos conocidos ella tampoco les tenía la menor estima. Sin apenas darnos cuenta comenzamos a salir por separado.

Una tarde llegó a casa la novia de mi primo. Paquito y ella tenían cosas que hacer en Getafe y había quedado allí. Esperamos los dos solos; él no apareció. Mientras hablábamos de vez en cuando me sonreía, era un gesto demasiado irregular para ser mecánico y demasiado frecuente para ser natural; seguramente era todavía una niña cuando descubrió que sonriendo gustaba a los hombres. De veras que gustaba mucho a los hombres.

Se marchó antes de que llegara Ana. Ella ni siquiera pregunto; “¿Quién ha estado aquí?”. Nada mas entrar por la puerta levantó la nariz sin disimulo y luego se quedó mirando los dos círculos delatores que el vaho de los vasos había dejado sobre el cristal. Entró en el cuarto a cambiarse y al salir dijo:

-Si alguna vez me engañas con otra, te mataré.

Ya; aquella frase nos suena de antes.

Obviamente, me defendí como pude. Conforme iba ganando posiciones, pasaba al ataque. Por último le dije claramente que estaba harto de vivir con una histérica. Me puse tranquilamente a ver la tele y ella se largo dando un portazo. En cuanto volvió a entrar por la puerta media hora después se disculpó. Me dijo que había tenido un día nefasto en la facultad, y que para colmo los del teléfono erótico le habían dicho que un tipo no hacia mas que llamar preguntando por ella, que la quería conocer. Yo le dije que lo comprendía y nos acostamos.

Lo cierto es que estaba preocupado para dormir, casi diría; asustado. No podía quitarme de la cabeza sus amenazas. Sus celos me parecían tan repentinos como desmesurados, y por ambas razones tremendamente inquietantes. Era como si de pronto se hubiera convertido para mí en una completa desconocida. Vigilando como respiraba, me dormí.

Le conté por la mañana que había pasado la noche hablando de Sevilla, que había soñado que alguien estaba muy enfermo en Sevilla. Le dije que en mi opinión debíamos ir. Insistí todo el día. ; No hubo manera. 

 

 

 

  8

 

 

Fui a la Hemeroteca Nacional. Tarde un buen rato antes de encontrar lo que buscaba. Primero fui de una sala a otra hasta que en un mostrador una mujer de mediana edad me preguntó; “¿Qué quiere buscar?”. Yo tenía palabra por palabra la respuesta a esa pregunta; “Quiero consultar la prensa local de Sevilla desde junio hasta hoy”. Ella no se dio por vencida. “¿Qué periódicos?”. Vacilé un instante y dije: “Todos”. Me señalo uno de los monitores. Me llevó toda la mañana, porque lo cierto es que de vez en cuando leía las críticas gastronómicas o algunas páginas deportivas. Por fin empezaron a aparecer las referencias al caso; un chico y una chica, el catorce de junio, muertos en la casa de él; titulares, esquelas, declaraciones de los amigos. De repente me sentí extraño de ser yo mismo quien estaba allí leyendo, como si no fuese yo, sino el personaje de una película. Seguí buscando y leyendo hasta el final. Toda la historia, curiosamente próxima, era tal y como yo la esperaba. Y tal y como esperaba tampoco estaba claro que hubiese sido un suicidio. No leí más páginas de gastronomía, casi quería vomitar. Regresé a casa convencido de que estaba durmiendo con la asesina.

Sin saber que hacer me senté, me levanté, di vueltas por el piso. A eso de las dos me puse a cocinar; pencas de acelga rellenas y de segundo merluza en salsa verde con almejas. Todo se quedó frío, porque yo no tenía hambre y Ana no venía. Jugar con la videoconsola me distrajo un rato, hasta que me di cuenta de que era algo, digamos, improcedente. Improcedente, que estúpido. Me dije que dada mi situación, mi situación particular, sin duda, bien, esa situación… había que pensar algo. Traté de concentrarme, de hacer planes. No soy bueno para eso. Intentaba ponerme en situación y la mente se me iba hacia la videoconsola, la comida que se enfriaba, el reloj. De pronto recordé con una alegría que Ana y yo habíamos discutido porque ella quería tener un perro. ¡Un perro! Durante unos instantes me sentí curiosamente aliviado, había decidido que transigiría, buscaría yo mismo el perrito más simpático del mundo; como si eso solucionase algo. Iguales a esa, todas las soluciones que me deslumbraban eran irreales, porque ¿Cuál era el problema? ¿Qué había matado dos veces? De repente estaba descubriendo cuanto la quería.

Llegó a las seis. No me dijo donde había estado; ni siquiera se dió cuenta de cómo me encontraba. Empezó a trajinar entre los armarios y solo me miró para decirme: “No te quedes ahí parado”. Entonces fue cuando vi que se encontraba aun más nerviosa que yo. Siguió buscando en los cajones; luego se dio la vuelta y había cambiado por completo el rostro. “¡Tenias razón!, me dijo. El aire de estar al límite que siempre me había parecido tan atractivo en ella no conseguía ocultar su miedo. “¿Qué?”, el teléfono erótico… algo horrible…” Hablaba como loca; Un tío había ido el día anterior a pedir la dirección de una chica; se la negaron y se marchó. Por la noche alguien había forzado la puerta. No se había llevado nada; simplemente había encendido el ordenador y había consultado los ficheros. Ana no paraba de moverse de un lado a otro mientras me contaba todo esto. “Nos vamos ahora mismo”, dijo al fin. Sonó como si se estuviera enfrentando a mí, y no a ese tipo. Apenas me dio tiempo a coger el dinero, la cazadora y las llaves del coche.

 

 

 

    9

 

Conduje toda la tarde. Por más que le propuse que nos fuésemos a casa de mi primo ella no quería, repetía que quería irse lo más lejos posible de Madrid. Fumaba perdiendo la vista en la carretera, sin encenderme ni una sola vez los cigarrillos, como había hecho siempre que yo conducía. Más que un descuido, me pareció que era una sutil venganza. Le pregunté donde íbamos. “¿A Sevilla?”. “Ni hablar”. Pensé en El Gran Draki y cogí la carretera a Valencia, como tantos niños que van a las discotecas o a matarse. Cuando me rozó el codo sentí una descarga eléctrica. No hablamos nada. Ella permanecía fumando en una especie de trance hipnótico del que solo salía para cambiar la cinta del cassette, como si esperara con la mente en blanco a no se qué, quizá solo a que pasasen los kilómetros y el tiempo. Nunca la había visto axial. Por mi parte, me repetía mentalmente las siguientes palabras: “Lo se todo”. Las ensayaba; No tenía valor.

Paramos a tomar café en uno de esos enormes y un poco hostiles bares de carretera, con un circunspecto árbol de Navidad en la puerta. Ella comenzó una conversación tan trivial que a mi me pareció enigmática, no se, creo que hablaba de lo que echaban esa noche en la televisión. Mientras ella hablaba yo me repetía un nombre; “Sevilla”, hasta que dejo de tener sentido para mi, no fue mas que un sonido sin referente. Se levantó y fue al baño. Yo me dispuse a pagar, pero recordé que mi cartera se había quedado dentro de la cazadora, en el coche. Sobre la mesa, en cambio, estaba el bolso de Ana; pesaba más de lo normal. Lo abrí; negra y helada, de una sencillez casi grosera, allí estaba la Lüger.

Fui enseguida al teléfono y llamé a la casa de mi primo. Sonó la llamada tres veces, me cogió él, y colgué. Después fui al coche en busca de la cazadora. Desde él vi que ya Ana recogía su abrigo y su bolso, que me miraba a través del cristal. Volví para pagar y de nuevo subimos al coche. Me temblaban las piernas. Aun así me pareció mas seguro si no la dejaba conducir, de ese modo ella no seria capaz de…. ¿o si?

Me apercibí de que había dejado el bolso en el asiento de atrás. Eso me daba una momentánea seguridad. Pero me reprochaba no haberme quedado yo la Lüger. En ese momento no pensé que ella lo habría descubierto enseguida, ni en lo que puede ocurrir si uno saca en mitad de una cafetería ese cacharro tan feo y rotundo; solo me repetía que por un descuido tan evidente iba a morir como un imbecil. Estaba atado de pies y manos, lo único que podía hacer era seguir conduciendo con la boca seca. De nuevo Ana iba tan absorta que ni se dio cuenta cuando estuvimos a punto de chocar en una curva sin riesgo con la mediana de la carretera. Repentinamente murmuró: “Mierda”.  Yo di un respingo: “¿Qué?”. Ella no pareció notar mi grito. Dijo; “Se me olvidó comprar tabaco”, y se dio la vuelta en el asiento. Abrió su bolso y lo volvió a cerrar mientras yo estrangulaba el volante. En cuanto vi un bar le dije: “Paramos aquí”

Aparque el coche lejos del bar, entre dos camiones. Recuerdo que ella me dijo: “No puedes dejarlo aquí”. “Es solo un instante”, respondí. Fuimos hacia las luces. Nuestros pasos sonaban en la gravilla, dificultándome como en un sueño el caminar. Mientras ella compraba tabaco le dije que iba al servicio, busque unas monedas y llamé por teléfono a la casa de mi primo desde donde creí que Ana no me vería.

Esta vez se puso su novia. Apenas pude decirle nada, no se si logré que se precaviera. Frente a mi había un espejo en el que Ana me miraba, y colgué.

Un gran letrero sobre una puerta decía: Servicios. Como obedeciendo a una orden entré. Los servicios estaban a izquierda y derecha, al fondo se veía una nueva puerta con un letrero donde ponía: privado. Se abrió gimiendo con la débil y triste oposición de esas puertas con muelle que se cierran solas. Encendí la luz. Era un almacén. Abrí una última puerta que daba por fin a la calle.

Dando un gran rodeo me monté en el coche y arranque.

Aceleré sin mirar atrás, gritando como un loco o como en un concierto. Unos cinco kilómetros más adelante paré en una gasolinera y llamé a la policía. Les dije quien era Ana y lo que había hecho en Sevilla y donde la podrían encontrar. La verdad es que estaba tan nervioso que ni siquiera podía recordar como estaba vestida.

No paré de cantar hasta que llegue a Valencia. Me parecía imprudente ir a la casa de El Gran Draki, que ella ya conocía, axial que me fui cerca de la playa y aparque allí. Salí a estirar los pies un momento; estaba deshecho. Otra vez en el coche abatí el asiento y me puse a pensar en todas las cosas increíbles que habían sucedido en las últimas veinticuatro horas. Poco a poco iba reposando tanta adrenalina. Me quede  mirando a la luna, tumbado en el coche. Por más atención que puse no se oía el mar. Pensaba en lo que podía hacer el día siguiente. Todo el miedo de unas horas antes era ahora desamparo y confusión. Me pregunté: “¿Y si es verdad que ese tío la persigue?” Como punzadas venían a mi imágenes de Ana que no se iban, oía de su voz reproche, había huido como un cobarde. Al final me dije que tanto mejor si era verdad lo del tipo ese. De todos modos ya la había perdido para siempre. Se me olvido añadir que entre mis máximas tengo esta: si no tienes nada, el mundo es demasiado grande para tener que luchar.

 

 

 10

 

-Cabrón.

Tenía el pelo recogido y los labios cortados, y sus ojos parecían mucho más pequeños. Seguramente había pasado aun peor noche que yo. Me asustó. Hasta un par de policías que estaban cerca de nosotros volvieron la cabeza al oírla. Habitualmente todas nuestras peleas eran precedidas por un tiempo de fingida normalidad, de cortesía; como si nos midiéramos. Yo le había sonreído nada mas verla, pero ella había decidido prescindir de los prolegómenos.

-Escúchame, peque; Yo no sabia…

-No me llames peque. Eres un cerdo, hijo puta.

Calló y miró hacia otro lado, como si esos insultos fueran todo lo que había venido a decir, como si tras ellos ya estuviera todo hecho. Yo me quedé con la boca abierta. Había pasado horas previendo lo que iba a ser ese reencuentro en la comisaría y toda la historia resultaba demasiado complicada para sacar una conclusión y menos aún para preparar un discurso; y ahora ella en unos segundos dictaba su sentencia sin remilgos y repartía los papeles; ella era la víctima, yo el canalla.

Encendió un cigarrillo más. Lo más curioso de todo es que ni siquiera fuma mucho. Debió de darse cuenta de que yo miraba el paquete de tabaco que me salvó la vida, porque volvió la vista hacia mí. Le sonreí. Ella me dedicó una mirada de desprecio no exenta de curiosidad. Literalmente, se sorprendía de que yo fuera tan imbécil.

-¿Cómo me has encontrado?

-Por El Gran Draki.

-¿Por qué no ha venido él?

-No ha podido. Tenia que actuar en el cumpleaños de una niña.

-Vaya, axial que ahora se dedica a hacerle fiestas a los crios ricos.

-¿Qué quieres? ¡Se gana la vida!

Sus ojos parecían carnívoros. Más que todos los insultos, me molestó curiosamente que defendiese a mi amigo.

Pasó un policía. Conducía del hombro a un chico que llevaba las manos esposadas. Cuando se dio la vuelta me di cuenta de que era casi un niño. Pensé que seguramente se había visto axial muchas veces. Pensé también que da igual las veces que le detengan; un niño siempre tiene en un lugar así una extraña mirada animal.

-¿Cómo estás? –mis esfuerzos por domesticarla resultaban en cierto modo patéticos.

-Mejor de lo que tú quisieras. Mejor que tú. Libre.

El Gran Draki me lo había explicado todo por la mañana, cuando le llamé desde la comisaría. Lo primero que me dijo fue: “Ana está aquí”. Se me heló la sangre. Luego me explicó que la policía le había hecho algunas preguntas, y la había dejado en paz. No había de que acusarla; en realidad ni siquiera conocía a esa pobre pareja. Por lo visto estaban estrechando el cerco sobre un familiar.

-Me mentiste. Lo habías leído en algún periódico y te marcaste esa historia. –Ella no decía nada. Yo insistí, intente abrirme paso por esa grieta. -¿Me has mentido mucho?

-Todo lo que me ha dado la gana. ¿Y tú? Anda, dime lo que he soñado esta noche.

-Lo sabías, lo sabías todo. Ahora me doy cuenta de que nunca te obligué, nunca hiciste algo que no quisieras hacer. Parecía que lo manejaba yo, pero siempre eras tú la que se salía con la suya.

-Cuando te caíste con la moto te creí. Y también me creí lo del asalto a nuestro piso. No creía que pudieras estar tan loco. Porque te das cuenta de que estás loco ¿verdad?

La vi temblar; nos congelábamos en esa pocilga. Preferí no hacer ningún comentario, en todo caso. El Gran Draki ya me había dicho que Ana le había malvendido a una mujer su chaqueta para comprar el billete de autobús con el que había llegado a Valencia.

Le pregunté por que no había vuelto a Madrid. En cuanto lo hice me di cuenta de que había metido la pata.

-Entonces –dije, sorprendido -¿era verdad lo de ese tipo?

-¿Tú que crees?

-Creí al principio que te perseguía la policía. Yo que se. Estaba dispuesto a huir contigo.

Esas últimas palabras me avergonzaron un poco. Ella simuló no haberlas oído. En cualquier caso ya daba todo igual, y añadí.

-Te agradezco de veras que quieras sacarme de aquí.

-No se por qué lo hago. Te tendrían que dar por el culo. Tendría que decirle a esos polis que no te he visto en mi vida.

Yo si sabia por qué lo hacia, pero me callé.

Llegó mi abogado y me dijo que ya era hora de ir a contarle todo al juez.

El lío en el que estaba metido era mas o menos el siguiente; por la mañana me había despertado con la enorme cara de un municipal asomado a la ventanilla de mi coche, a la que daba toquecitos con su porra. Abrí la puerta y salí. Hacia un frío glacial. No sé si vino hacia mi porque era un tipo que dormía en un viejo coche o porque estaba aparcado en un área de estacionamiento restringido; estaba tan dormido que la verdad es que no se lo que me decía. El asunto es que le llamó la atención el bolso de mujer que todavía estaba en el asiento de atrás. Me preguntó si era Mio. Le dije que si. Me pidió que se lo enseñara. Entonces me dije: “Mierda”, porque me acordé de lo que iba dentro.

En un momento aquello se llenó de policía. Les tuve que contar toda la historia desde el principio, hecho polvo y con la sensación de que no me creían. “¿Y dónde esta esa mujer de la que hablas?” No sabía decirlo. Llamaron a mi primo y no había nadie en casa. Yo todavía no sabía nada, y me preguntaba que habría pasado con su novia.

Desde la comisaría llame El Gran Draki, que me contó lo de Ana. Al rato mi abogado llegó con buenas noticias; en Madrid habían comprobado lo del asalto a Erosphone, y ella estaba dispuesta a declarar.

Después de esperar largo tiempo el abogado salio diciendo que no nos iban a detener; nos podíamos marchar. Aunque tuve ganas de levantar los brazos y de armar jaleo, mantuve la compostura cuando miré de reojo a Ana permanecer tan seria. Era como si todo se hubiese desarrollado tal y como ella lo había previsto. Supongo ahora que era por sus conocimientos de derecho o yo que sé, pero en ese momento me acordé más bien de mis antiguas creencias. Me pareció de pronto que estaba guapísima.

Mientras me despedía de mi abogado ella se escabullo y creí que no volvería a verla más, pero solo había ido a llamar por teléfono. Su amiga le dijo que ya habían cogido al tipo ese. Yo debía de haber llamado a mi primo, pero aparte de que a esas horas probablemente estaría en la comisaría, me faltaba valor. Y tenía otras cosas más importantes que hacer.

Mientras bajábamos por las escaleras de los juzgados le pregunté:

-¿Qué hacías tu con la pistola de Paquito?

-En cuanto me dijeron por la mañana que ese obseso me andaba buscando fui a pedírsela. Nada mas verla me dio miedo, pero él insistió en que me la llevara

-Me matará –dije sin lastima.

-De eso puedes estar seguro.

Se acabaron las escaleras. Cuando llegamos a la planta baja me dijo: “Bueno. Me voy a la cafetería”, de una manera tal que solo le faltó agregar “y tu no”. De todos modos ahí estábamos los dos, frente a frente en un hall lleno de gente apresurada, mirándonos.

-Dime una cosa. –dijo ella al fin. –En todo este tiempo ¿Qué es lo que soñaba en realidad?

Sonreía. Jugaba. Como una niña.

-Hablabas de mí.

-Lo suponía.

Era verdad. Miró hacia la cafetería, como si llamara, como si ahí estuviera su destino empezando a andar igual que un tren que no espera.

-¿Qué vas a hacer?

Ella no se lo pensó para contestar.

-No sé. A lo mejor me voy a Sevilla.

Pensé que bastaba una frase, una palabra, para ir yo con ella, para que se quedara a cenar conmigo. ¿Cuál sería? De todos modos estaba muy feliz. Sonreímos los dos. Se largo sin que yo supiera en realidad quien era ni de donde venía.

En la puerta del palacio de justicia esperaba El Gran Draki, todavía con su smoking y su sombrero de copa. Alguna gente volvía la cabeza para mirarlo. Ver su vieja sonrisa tan brillante me encantó. Poca gente lleva con más dignidad que él cualquier cosa que se ponga. Se quitó el sombrero y se lo puso sobre las rodillas. En cuanto me acerqué abrió aún más la sonrisa y me dijo.

-Esta vez si que la has hecho buena.

Nos fuimos de allí. Me sentía contento de encontrarme al fin con las luces, los ruidos, las caras, el denso olor de la ciudad y el frío aire sobre mis mejillas.

-Cuidado. –me dijo. Habíamos chocado contra un bordillo. -¿Estas bien?

Incliné hacia atrás la silla de ruedas.

-No me han maltratado, si es a eso a lo que te refieres. –Y añadí para mi mismo: -Bueno, ya estoy fuera.

-Cuando ha llegado Ana a mi casa no me lo podía creer. Y luego tu llamada. Tuve que estar casi una hora hablando con ella para que se calmara. Se encerró en mi cuarto de baño y no quería salir. Llegué incluso a temer que se cortara las venas. Pero luego salió y resulta que solo había estado maquillándose.

En una acera la gente hacia cola para entrar en un cine. Cruzamos una calle. En el semáforo estaba detenido un autobús. La gente miraba hacia fuera tristemente y el conductor apuntaba algo en una libreta apoyada sobre una plancha de hojalata. Me fijé en el número; el cincuenta.

-Me cae muy bien Ana.

-Ajá.

El semáforo se puso en rojo. Todos los coches esperaron a que terminásemos de cruzar con curiosa resignación.

-¿Volverás con ella?

-Seguro que sí.

Continuábamos caminando. El volvía de vez en cuando la cabeza, como si quisiera cerciorarse de que yo estaba bien. De repente me di cuenta de que había comenzado a caminar sin rumbo fijo y no sabía ni donde estábamos ni donde íbamos. El Gran Draki seguro que había caído en eso, pero no había querido decir nada para no molestarme. Paré de empujar y miré a todo mi alrededor. El notó enseguida mi confusión, y se volvió para preguntarme.

-¿Puedo hacer algo por ti?

-Si que puedes. –cogí el sombrero y me lo puse. –Déjame ir a dormir a tu casa. No tengo ni un duro.

-Por supuesto. –dijo volviéndose hacia delante. –Además, hoy es Nochebuena. Veremos si sabes cocinar.

 

                                                         Granada, 1993

O vale o catapum; La actitud y el casting social.

Publicado en Uncategorized el Septiembre 29, 2009 por EL Sedal_MT

Actitud; Es la manera de actuar de alguien. Se sobreentiende que la actitud supone actuación. Si no se actúa, no hay actitud que valga. Carecen de actitud los apocados, los indecisos, los veleidosos y otros tipos similares no dotados para la actuación.

Carácter, personalidad y actitud son términos afines. Grosso modo, los cristianos tenían carácter, los griegos personalidad y nosotros actitud. Vamos allá.

Leo en el libro de ética del colegio que el carácter, a modo de primera naturaleza, es algo de lo que todo el mundo esta dotado, como el fascinante ombligo. El problema de que características personales son innatas y cuales adquiridas ocupa en ciencia a las mentes dotadas que en los siglos pretéritos se hubieran dedicado a la cuestión del pecado original. (Por cierto; el ombligo ¿es innato o adquirido?) Lo del pecado original como carácter es interesante. Tengo para mí que en la formación de la idea de carácter esta la noción del mal; El descubrimiento (pesimista) de que los seres humanos son rematadamente malos, como ejemplifica la famosa fabula de la tortuga y el escorpión.

Había una vez un escorpión que le pidió a una tortuga cruzar un río. La tortuga se negó, aduciendo que el escorpión era un animal belicoso, y que si lo montaba sobre ella corría el peligro de que le picase. “Pero amiga tortuga”, adujo el escorpión, “¿Cómo voy a hacer tal cosa? Ten en cuenta que no se nadar. Si acabo con tu vida, yo mismo moriré ahogado. La tortuga, confiada, aceptó, lo montó sobre ella y comenzó a vadear el río. A mitad de camino la tortuga sintió un dolor lacerante; el escorpión, efectivamente, le había picado. Mientras sentía como el veneno le paralizaba el organismo, con su ultimo aliento la tortuga preguntó: “¿Pero por que has hecho eso? ¿Es que no ves que así tu mismo vas a morir?”. Y el escorpión contesto: “No he podido evitarlo. Es mi naturaleza”. Y se hundieron como piedras.

Refleja bien el cuento la renuencia del carácter a la racionalidad; como lo malo se opone a lo bueno, la desconfianza a la confianza y la indocilidad a la docilidad. Y desde luego parece que incluso en la sabiduría común esta esa identificación del carácter con el mal carácter. ¿Acaso una buena persona no es una persona sin carácter? La ironía que subyace a esta locución recoge la idea de que esta bondad es una mansedumbre no del todo natural; es como si al sujeto se le hubiese arrebatado algo. “Carácter” es sin mas la condición innata y bravía de una persona, a modo de huella indeleble que uno debe tratar de borrar para convertirse en animal doméstico, (y guardar para todo lo demás).

La personalidad, por su lado, es una forma de ser. Así dicho parece poca cosa; ¿acaso no tiene todo el mundo una forma de ser? Pues no. Hay consenso acerca de que hay gente con más y menos personalidad, lo cual es como decir que hay gente con poca forma de ser. Gente informe, vamos. (Es muy griega esta manera de ver las cosas. Aristóteles, por ejemplo, hubiera quedado encantado con esta idea de que sin forma no hay ser que valga.).

Qué sea la personalidad y cómo se adquiere son cuestiones peliagudas. No hay recetas para tener personalidad, puesto que parece un subproducto, es decir, una de esas cosas que se encuentran solo cuando no se buscan; Como cualquiera que haya perdido algún objeto en casa sabe, no buscar algo parece una forma como otra cualquiera de encontrarlo, y en ocasiones obcecadas la mejor (si sabemos que está en casa, claro). De todos modos una cierta convicción en las opiniones y la dedicación fructífera a una tarea parecen condiciones de la personalidad (aunque ojo; ni la dedicación ni las convicciones se mantienen nunca para tener personalidad). Tal vez no es trivial advertir que estas condiciones no son de por si valiosas. Una convicción fuerte puede ser errónea, una causa vital puede ser incorrecta. Una gran personalidad, en suma, no equivale a una gran persona, como vemos todos aquellos personajes carismáticos que han provocado desgracias sin cuento. Por cierto, cuando la personalidad esta hipertrofiada recibe el nombre de carisma. Hablamos entonces de personas-monumento.

El quid de la personalidad es la pregunta ¿Quién soy? Hay una idea griega interesante, que defienden Solón, Platón y Aristóteles, acerca de que determinar la identidad de una persona es tarea de los demás y sólo se revela en el momento de su muerte; (¿Quién soy para los demás? ¿Quién seré?) La razón de ello es sencilla; vivimos en un mundo lleno de contingencias donde puede pasar cualquier cosa a las que nosotros podemos responder de cualquier modo igualmente imprevisto. El héroe puede acabar su vida como un cobarde, y el cobarde como un héroe, y el más respetable de los hombres esta siempre al borde del ridículo. Para estos griegos raros la esencia de un ser humano (como la esencia de una rosa) es lo que queda cuando esta muerto. Si tuviesen razón, la construcción de la personalidad no es nuestra responsabilidad directa y tanta reflexión sobre la propia identidad (esa ocupación de terapeutas y nacionalistas) seria como redactar el propio epitafio para el propio monumento; una pretensión sumamente extravagante, y además morbosa. Pero ¿Quién no ha fantaseado de un modo más o menos infantil con asistir a su propia muerte, a ver que pasa? ¿Quién no ha tenido el deseo de asistir a su propio entierro y escuchar los comentarios y ver el dolor de nuestros deudos, un poco al modo del Mister Scrooge de Cuento de Navidad o el George Bailey de Que bello es vivir? Vaya; esto es un ejemplo de pensamiento histérico. Creo que hay una relación entre actitud e histeria, así que vamos a detenernos un poco en ella.

Hay una situación que nos puede servir para ejemplificarla, una situación a la que todos hemos asistido, y es la de la risa histérica; Es por ejemplo cuando alguien cuenta un chiste y se apresura a reírse el mismo. Los otros le pueden acompañar o no, claro, pero lo que resulta revelador en esta escena es ver como, en una situación en la que se sienten socialmente expuestos, los sujetos toman el papel del Otro y anticipan su respuesta para conjurar el peligro del silencio de los otros, en el ejemplo la insoportable posibilidad de que no se rían. Por supuesto que este ejemplo no es patológico, es muy normal, todo el mundo hace cosas así. Todos tenemos conductas histéricas, en un momento u otro. El problema de esto es darme cuenta de que, en la medida en que yo histéricamente asumo el papel del Otro estoy violentando la relación social; En el ejemplo propuesto, es evidente que si yo cuento un chiste, y no aguanto ese aterrador instante de silencio en que se resuelve la respuesta del otro, y me río antes de terminar el chiste o justo después, los demás no se reirán. Esto lo sabe cualquiera que haya contado un chiste. ¿No es una condición sinequanon para los humoristas, aun para los más payasos, no reírse de sus propios chistes y ser completamente serios? Es una cuestión de respeto.

Reducir al otro al papel de testigo pasivo, usurpándole la resolución de la cuestión ¿Quién soy yo para el Otro? es lo que define al sujeto histérico, y seria liberador dejar de ocuparnos de ella para dejarla en manos precisamente de los otros, que son a fin de cuentas los responsables de responderla. Pero a diferencia de los griegos, no creo que la gente en el histérico mundo moderno piense que la identidad no sea cosa de nuestra soberana jurisdicción. Parece que la sentencia de Píndaro Conócete a ti mismo, ha sido sustituida por Créate a ti mismo. A esta labor viene la actitud. Si quieres tener identidad, si no quieres ser un don nadie (un mero testigo, vamos), tienes que tener actitud.

Si tuviese que poner algún ejemplo de lo que es la actitud creo que me inclinaría por algún cantante de rap. Será que me viene a las mientes porque el otro día vi en la tele a una cantante de rap. Muy irónicamente el presentador la preguntó si era verdad que se dedicaba a ese estilo musical porque no hacia falta cantar bien ni tocar ningún instrumento. Pues bien; la verdad es que la chica no canta bien, y no toca nada, y la música es elemental y las letras son beocias, pero desde luego lo que no le falta es actitud. El día que aparezca un cantante de rap sin actitud va a ser apoteósico. (Por cierto, mira que es curiosa la estética del rap; esas ropas anchísimas, esas zapatillas gigantes, esas gorras… uno enciende la tele y ve a un ventiañero vestido de niño abroncándonos. En muchos de esos videos la cámara esta situada casi a ras de suelo y el rapero esta haciendo posturas sobre ella, de modo que uno tiene la sensación de volver al patio del colegio, cuando aguantaba al chuleta del curso superior. En fin…)

De la mano de este histrionismo hay otro factor que afecta al predominio de la actitud frente a otras formas del cuidado del yo, y es nuestra predisposición a etiquetar a las personas en milisegundos. Psicólogos y neurólogos han demostrado que tenemos esa facultad, pero quizás solo ahora, con la vida urbana y los avances tecnológicos de la sociedad de la información estamos comenzando a ejercitarla profusamente. Pasa en Internet, y en el plató de televisión no menos que en la discoteca o en una cena de trabajo; todos nos tememos que apenas tenemos más que unos segundos para demostrar quien somos. Había un programa en mi infancia donde los niños salían a cantar; si lo hacían mal, un gorila llamado Bolondongo salía y les perseguía por el plató para darles con una cachiporra. La lógica social es algo así como el titulo de aquella sección del programa; O vale o catapum.

Se supone que la televisión muestra los intereses profundos de nuestra sociedad. Pues bien; Ahora mismo hay varios programas de talentos en la televisión, donde los concursantes deben demostrar sus capacidades en un periquete. ¿No resulta muy significativo que todos estos programas hayan ido gravitando hacia la ceremonia del casting? El talento, si lo hay, es lo que menos importa. Lo que importa es el drama social de recibir un si o un no, y por eso al final los protagonistas de estos programas no son los candidatos a artistas (esas filas interminables de personas perfectamente intercambiables, que para colmo suelen hacer lo mismo) sino los jurados, verdaderas estrellas cuyos roles están perfectamente repartidos, y que actúan tanto o mas que los candidatos.

Si uno ve estos programas inocentemente saca la conclusión de que hay una inaudita inflación de artistas, en tanto los testigos tienen el valor de la escasez. Es algo así como un ejército de chiste en el que hay cien generales y tres soldados. En tal contexto, podemos apostar que estará completamente subvertida la relación general-soldado; a los generales no les harán ningún caso.

¿Por qué se le da tal protagonismo al que juzga? Como señala Zygmunt Barman, un problema estructural de las sociedades liberales modernas es que, se nos asegura, todo el mundo es libre. Todo el mundo, se dice, tiene derecho a decir lo que piensa, o a hacer lo que quiera. Pero eso no es una condición suficiente para la libertad; Que uno pueda decir lo que quiera, en efecto, es inútil si el otro tiene derecho a no escuchar o a escuchar lo que le da la gana. Para ser escuchado hacen falta recursos, y tanto mayores cuanto mayor es el ruido de voces sobre las que hay que hacerse oír. Hoy en día uno se encuentra en la curiosa situación de poder por fin decir lo que quiere, justamente cuando no hay nadie escuchando.

Esto se pone de manifiesto bastante bien en la historia del arte de los dos últimos siglos. Durante el Romanticismo, (lo que podríamos llamar la época heroica del arte) los artistas se concebían a si mismos como unos liberadores del genero humano, llamados a reventar todas las restricciones impuestas por la tradición, la religión, la censura… Esta visión épica del arte y de los artistas sigue funcionando aun, pero esta completamente superada por la realidad. El problema del artista ahora no es el de violentar o esquivar la mirada del otro (el burgués, el censor) que va; el problema capital del artista de hoy es tener alguien que mire. Esa es la razón por la que suena a vacío cuando los artistas de hoy hacen obras provocativas. Nos pueden hablar de liberación o de moral transgresora, pero en el fondo solo se arriman histéricamente a aquellos sitios donde saben que todavía hay ojos puestos.

Sobre esta cuestión de la invisibilidad del arte hay una historia que a mi me parece definitiva. En 2006 Joshua Bell, uno de los violinistas mas reputados del mundo, se puso con su Stradivarius a tocar en el metro de Washington. El experimento, patrocinado por el Washington Post, pretendía averiguar si la gente se detendría y apreciaría la belleza de unas obras maestras indiscutibles tocadas por un virtuoso. El director de la orquesta de Chicago, por ejemplo, había apostado que Bell congregaría en pocos minutos un corro de gente, y que recaudaría centenares de dólares.

En realidad los resultados fueron mucho más modestos. Bell estuvo tocando durante cuarenta y cinco minutos, pero las cientos de personas que pasaron ante él apenas le echaron monedas (hasta completar unos pocos dólares), y solo una persona le atendió durante más de cuatro minutos. Bell declaró que había sido una experiencia desagradable y desconocida para el, (y suponemos que, en cierto modo una lección).

Es significativo hasta que punto estamos privados de la mirada del otro, hasta que punto la codiciamos, y hasta que punto nos aterramos de su indiferencia. Por ejemplo, una de las cosas que llama poderosamente la atención de estos programas de casting es la crueldad de los jurados. Los candidatos son humillados con toda clase de comentarios y de pruebas. Desde luego se les hacen y se les dicen barbaridades. Bien mirado, estos programas no son más que versiones de ese mítico programa japonés, El castillo de Takeshi, que aquí se tradujo por Humor Amarillo. Con el agravante, claro, de que no hay nada humorístico en ellos, (y si bastante de amarillo). Por ejemplo, mis alumnos están enganchados ahora a un programa increíble en Cuatro, Supermodelos, donde unos aspirantes a modelo se enfrentan a unos profesores-jurado. El programa muestra el (supongo que real) trasfondo del mundo de la moda; bellos y jóvenes cuerpos son convertidos en objeto pasivo por parte de dominatrix y homosexuales, en un ambiente de erotismo soft. Es increíble el sadismo de los jurados y la pasividad de los participantes, dispuestos a aceptar lo que sea no se sabe muy bien por qué. Los que no hacen (no pueden hacer) les dicen a los que hacen lo que tienen que hacer. Como en el ejemplo de los generales y los soldados, esta claro que han cambiado las tornas.

El problema, en síntesis, es; ¿Puede situarse la mirada del testigo en algún lugar entre la indiferencia o el sadismo? ¿Puede hacer el que actúa algo intermedio entre el histrionismo y la pasividad? Debería haber, desde luego, un terreno para esto. Debería haber, por ejemplo, la posibilidad de que en un casting apareciese alguien con verdadero talento (un Joshua Bell, por ejemplo) y que fuese escuchado realmente. A ese terreno podríamos llamarlo el Terreno de la Verdad Atendida, por decirlo de alguna manera.

Pero el caso es, como el ejemplo de Bell muestra, que no parece que este terreno este creciendo en la cultura de masas. Muy al contrario. Como dije antes hablando de los casting, en verdad el talento importa cada vez menos y menos. Es razonable postular que, en términos matemáticos, su opacidad es y será directamente proporcional al número de personas que lo reivindican. Pues no se entiende que alguien dedique años a los estudios de violín, pongamos por caso, si sabe que va a ser juzgado en apenas unos segundos; La pose renta más. El talento artístico de Joshua Bell es algo tan condenado a la extinción como la famosa dieta mediterránea, esa cocina de las amas de casa que trabajan durante horas, pero son menospreciadas en segundos. ¿Por qué alguien en su sano juicio querría dedicarse a labores así?

¿Por amor, tal vez?

Hace un tiempo pasaron un comercial de ropa por televisión que me pareció muy interesante. En el se veía una pareja vistiéndose para acudir a una cita. Al ritmo de una música excitante se alternaban planos de ella y de el poniéndose y quitándose ropa ante el espejo, en la tarea de ponerse guapos. Se ponían y se quitaban decenas de cosas y posaban ante el espejo hasta quedar a su gusto. En el plano siguiente se veía a él llamar al timbre, y a ella abrirle. Y entonces, mirándose a los ojos y no prestando la más mínima atención a la ropa que lleva el otro, comenzaban a besarse apasionadamente y a desnudarse. ¿No es estupenda esa idea de que nunca nos vestimos para el otro, de que nos vestimos para nosotros mismos? Es como si el comercial dijera que la ropa no es más que una armadura protectora o una máscara que, donde hay deseo, de nada sirve.

Pero hay mas sadismo e indiferencia y prisa que amor y tiempo, claro, y en esas estamos, en las pleamares de la actitud. Y que los artistas modernos cultiven la actitud del mismo modo que en otras tiempo cultivaban el piano, la poesía, la pintura o cualquier otro talento la sitúa en las antípodas de eso que llamamos personalidad. Si la personalidad, como decíamos antes, es un subproducto, la actitud es un producto con todas las de la ley, sujeto a las leyes generales de las mercancías, a la manipulación mediática, al vaivén cultural de las modas y a la erosión del tiempo.

Se busca actitud, pero el resultado es mucho amaneramiento. Y no únicamente en el rap, por supuesto; hay amaneramiento en la política, en la televisión, en los periódicos, en la moda, en la literatura, en el cine… Con esa consigna de attitude is everything estamos todos amanerados. Enciendes la tele y ves un combate de pressing catch (esa parodia americana de la lucha) y ves amaneramiento agresivo. Cambias de canal y te metes en uno de los múltiples subproductos de la telerrealidad, y ves amaneramiento sentimental. Te pasas a la radio y pillas una de esas tertulias amaneradas, con sus amanerados tertulianos (no se por que iba a poner tortulianos, Freud tenia razón… ) Hace poco han estrenado con un éxito pasmoso una película, 300, que es probablemente una de las películas más amaneradas que se han visto jamás, con su amanerada estética y su amanerado Leonidas y el inefablemente amanerado Jerjes, y esa amanerada voz en off que nos repite que los anabolizados espartanos son muy viriles y muy machotes.

La estructura del amaneramiento es como sigue; Uno piensa que actuando como A se convertirá realmente en A, de modo que se concentra intencionalmente en cultivar sus gestos. El resultado es siempre la caricatura. Ejemplos de esto son el artista que actúa como si fuese brillante, o la persona de edad que actúa como si fuese joven, o el cantante que actúa como si fuese Jesucristo. La filosofía tuvo poco éxito en su batalla por defender que una cosa es lo que las cosas son y otra lo que parecen, y probablemente no es tan mala cosa que a Platón le haya vencido Nietzsche. Pero no hay que olvidar que una cosa es en buen castellano parecer y otra aparentar. La persona que parece tener veinte años teniendo cuarenta es honesta. La que los aparenta merece lástima o reprobación. Lo que pasa es que los pareceres son libres y, para mi histérica preocupación, están en manos de otros, mientras que las apariencias parecen someterse a mi control, así que aparentemos. Por todas partes se ve gente amanerada esforzándose en aparentar no ya lo que no es, sino lo que ni siquiera parece. Por todos lados se ve gente que hace aspavientos, no para conseguir nada, sino por esa colusión de miedo a la mirada o al silencio del otro, desamor y prisa, pero tenemos la sospecha de que los aspavientos son estériles, las actitudes un producto en un mercado de cambio de equivalentes, y nosotros actores o testigos prescindibles. Hedonistas y flojos, dedicados al cultivo del ego, e histéricamente incapaces de interactuar, la verdad de la Actitud se revela como simple resistencia a caer finalmente en la irrelevancia.

La Gran Invasión de los Rebotantes

Publicado en Uncategorized el Septiembre 15, 2009 por EL Sedal_MT

A los nueve años Dvurt sorprendió como su hermano se hacia una paja, y quiso hacer lo mismo. Entonces fue cuando descubrió asombrado que era en realidad un extraterrestre, pues al encender la luz sobre el lavabo no apareció ese liquido del color y la consistencia del gel, sino una pasta verde y translucida como una gominola chupada; así fue. “¡Que extraño!”, pensó. A la mañana siguiente no fue a clase, sino que estuvo jugando por ahí. Echaba palitos a una acequia que pasaba cerca de donde vivía y hacia carreras de barcos, siguiéndolos. Cuando se cansó, se dio cuenta de que estaba muy lejos de su casa.

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¿Que cosas le pasaban a Kjd6m, dime? Pues una vez, de pequeño, David hizo pompas de jabón, y apenas las vio él salió corriendo y le encontraron llorando dentro del armario. Cada vez que los mayores hablaban de él, alguien salía contando ese episodio que no recordaba, y venga a reír. Y les daba lo mismo que el no se acordara, se reían igual. A solas con sus barquitos, Mkd,a se había preguntado muchas veces por todo lo que de el sabrían los demás, que nunca olvidan. Pero ahora ya sabía que era un extraterrestre. Ya podía explicarse todas esas cosas raras. Ahora yo no le conocen. Tras su casa hubo hasta el año anterior un descampado donde una nave podría haber aterrizado perfectamente. El y sus amigos jugaban allí al futbol hasta que anochecía, o hacían agujeros para jugar a las bolas, o hacían con tablones rampas para saltar con sus bicicletas. Al final del descampado aparecía la entrada de un túnel que yendo siempre a poca profundidad llevaba cerca de una gran casa abandonada. Era como una tubería gigante siempre llena de cacas. La casa solo conservaba cuatro muros medio derruidos, se había caído el suelo del segundo piso y el tejado; las ventanas, por las que nunca mas se asomaría nadie, tenían tan cuadradas una perfección inútil, desasosegante. A Kmsjk siempre le impresionó que el segundo piso conservara un gran trozo de papel pintado. Viéndolo, se diría que la casa se había caído de sopetón mientras la familia tomaba él te allá arriba. En el sótano, sucio y con las paredes llenas de mensajes y dibujos que él aun no comprendía, los chicos del barrio se reunían para hablar de sus cosas. Luego cegaron el túnel, la casa abandonada la tiraron para construir edificios, y en el descampado junto a su casa excavaban también cimientos. Ahora jugaban sobre el túnel, en el campillo que habían dejado y que ellos limpiaron de piedras. Quizá lo peor de vivir la niñez en una ciudad llega después, cuando quienes miran hacia atrás descubren arrasado el paisaje de su infancia. También a Dweft, mas deprisa aun que su cuerpo, se le cambiaban las vistas.

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Consternado, pensaba que ya nunca volverían a por él. Qloxm pasó frente a la Iglesia y vio un gran cartel; En letras rojas; “JESUCRISTO TIENE ALGO QUE DECIRTE”, y abajo, en azul: “Ven a la parroquia el martes a las seis y media”. A Kudkª le pareció perfecto, así que el martes a las seis y cuarto el ya estaba allí. Pero quien acudió no era Jesucristo; quien acudió era el cura. Pasó a todos los chicos a un salón con sillas de colegio y calendarios en las paredes, por lo menos seis, y frotándose las manos les contó un montón de cosas a la vez que hacia preguntas que terminaba contestándose el mismo. Al rato una chica un poco mayor que Ij9gd propuso hablar de los pobres, lo que a todos les pareció muy bien. Así que estuvieron todos hablando de los pobres, y el cura también hablaba de los pobres, aunque nadie le hizo al cura la pregunta que a J8&In le parecía la pregunta capital, que era que cuantos pobres tenia su parroquia y que si eran mas o menos que los de las otras parroquias y que como de pobres eran en realidad. Se moría de ganas de preguntar, francamente, algo más o menos así; si echaran a pelear a los pobres de esta parroquia con los de otra parroquia, ¿quien ganaría? Sospechar que la pregunta era impertinente servia para aumentar su curiosidad, pero al final dejó de interesarle la cuestión porque comprendió que el cura respondería segurísimo que los pobres de su parroquia nunca se pelearían. ¿Ni aunque estuvieran muertos de hambre y vieran una mesa llena de donuts y cosas ricas? Ni por esas. El cura propuso después que todos por turno dijeran algo y cuando le toco a Amtdd contó lo siguiente; una mañana él iba con su madre por la calle y vieron a un hombre que rebuscaba cosas en la basura y después se las llevaba a la boca. La madre de Sidht sacó el monedero, se acercó con un billete en la mano y le dijo: “tome usted, y cómprese un bocadillo”. Y el tipo ese sin mirarla para nada dijo: “No quiero”, y siguió tan tranquilo comiendo de la basura. Cuando Skdyk contó eso todos quedaron tan callados que pensó que quizá es que no le creían, así que insistió y lo contó de nuevo. Esta vez todos balancearon la cabeza como queriendo decir “joder”, aunque por supuesto sin decirlo. Al fin el cura habló para recordarles que volvieran la semana siguiente y todos dijeron que de acuerdo, hasta Umcls, que sabia perfectamente que no iría mas. Antes de regresar a su casa dio vueltas y vueltas por ahí acordándose de ese vagabundo y cuanto mas pensaba en el le parecía mas sensacional. Después de cenar, mientras su familia veía la tele, fue a la cocina, sacó de la basura dos envases de yogur, y los rebaño con los dedos. Luego hizo lo mismo con la lata de tomate con la que al mediodía habían preparado la pizza. Sin saber que mas hacer cogió los dos envases de yogur, les hizo un agujerito en el fondo y ato entre un agujero y otro un hilo de coser de unos doce metros. Si alguien tensaba el hilo, los envases se podían usar como teléfono. Puso uno en la cabecera de la cama y el otro lo descolgó por su ventana, que caía justamente sobre el río. El envase no llegaba al agua, sino que quedaba un poco mas arriba, suspendido del hilo invisible y oculto por los arbustos que crecían en el cauce. Satisfecho, se echo a dormir. A eso de las tres Tndyd se despertó y se cercioró de que toda su familia dormía profundamente, y así es como tuvo su primer contacto con sus compañeros.

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Ha llegado el momento de revelar que Lkksu era un hombre atormentado; tenia un secreto. Un día el verano pasado él y otros chicos llegaron a la casa abandonada y encontraron allí una pandilla rival. Salieron corriendo y a los pocos metros Dwoma se agachó, cogió una piedra, y dándose la vuelta sin dejar de correr, la lanzó sin mirar, al sol. Y de repente vio a una señora allí plantada, en mitad del campo. No les preguntó nada a sus amigos, ni oyó los días siguientes el menor comentario. No vino la policía a buscarle a su casa. Y por mas que buscó tampoco encontró ningún cadáver. Sin embargo estaba seguro de que le había acertado de lleno en la cabeza con una piedra tan grande. Y el había visto varias veces en la televisión como los soldados les partían los brazos a los niños que tiraban piedras. Durante toda la noche Hritm no habló más que de esto por el teléfono que olía a chocolate. Por más que preguntó, callaban.

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Su madre tuvo que llamarlo hasta tres veces para que se levantara. Todos los días empiezan mal para Wesjt. Odia salir de la cama, odia vestirse, odia que le metan prisa en el baño, odia peinarse, y también odia el desayuno. No es que no le gusten los cereales. Lo que pasa es que su madre le obliga a tomarlos, y eso es humillante. Cogió la cartera y salió hacia el colegio, pero a mitad de camino volvió corriendo a casa; había olvidado esconder los envases de yogur. Corrió otra vez a la escuela, asustado de ver las calles vacías de niños. Para colmo de males, la maestra le pidió que leyera en voz alta. Respondió que había olvidado el libro en su casa. La maestra dijo entonces que seguro que no había olvidado el bocadillo; pues no, no lo había olvidado. Leyó en el libro del compañero. Cuando ella le ordenó leer a otro chico, Xidy5 pensó que durante un rato se olvidaría de él, puso sobre sus rodillas un cómic de Spiderman y se separó un poco de la mesa. Spiderman es un superhéroe solitario y con problemas. Pdutd levantaba de vez en cuando la cabeza y miraba por la ventana. Luego, con cuidado de oír a la señorita si se acercaba, volvía a leer los pensamientos de Spiderman, globitos de humo dibujados en el cielo. Volaba entre los tejados. Su sentido arácnido no dejaba de zumbar.

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¿Cual es el secreto para caminar por el techo? ¿Quién lo sabe? En un planeta tan pequeño como el suyo ahorrar espacio es una prioridad. Por fin por la tarde le dejaron solo en su casa y pudo ensayar a gusto; descolgó de la pared de la entrada el espejo, lo sostuvo a la altura del pecho como si fuera una bandeja, y comenzó a andar por el techo rodeando las lámparas y saltando los dinteles de las puertas con sus piernas invisibles. Se cansó y escribió en una libreta las lista de las personas que quería llevarse consigo. Eran sobre todo familiares y amigos, pero también apuntó a desconocidos como

18: Vendedora de papas asadas

Que iría por supuesto con su carrillo. Escribir los nombres de su gente, numerarlos, pasarles lista y contarlos una y otra vez, poseerlos, le gustaba tanto como dibujar esos mapas inventados de los que esa misma libreta estaba llena. Naturalmente, Rkaus quería poblar su planeta con toda esa gente que le quisiera solo a él. Pero pensó que esa gente quería llevarse a otros, y esos otros a otros, y así hasta llegar a todo el mundo. Y eso era justo… En eso Bysfr prefería no pensar, y se quedaba mirando la hoja con todos esos nombres juntos que le pertenecían. Al regresar David y encontrarlo en su cuarto como siempre se pelearon. Después se peleó con su madre, se peleó con el enano. Se largó con Lobo rio arriba y se sentó bajo un árbol. Deseaba que un asesino le asesinara y todos se sintieran culpables. Luego se lo pensó mejor e imaginó que se los llevaban, que se los llevaban a todos, y el se quedaba con los pobres, los vagabundos, los reclamados por nadie, dueños de las ciudades abandonadas y sus basuras, herederos de la tierra.

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Volvió. Dejo a Lobo en casa y se preparó un bocadillo que guardo en una bolsa. Se fue al Corte Ingles. Durante un buen rato estuvo en la sección de juguetes y luego caminó a contracorriente por las escaleras mecánicas, hasta que un viejo le llamo la atención. A eso de las ocho y media se encerró en un vater. Esperó y esperó oyendo la megafonía, contando la gente que entraba a mear y comiéndose el bocadillo. Al poco rato de que se hiciera el silencio oyó unos pasos y un tipo llamó a la puerta. No contestó. Oyó como se apartaba para mirar por debajo y levantó los pies. Por si acaso se bajo los pantalones. Luego la cabeza del hombre se asomó por encima de la puerta. El bigote del tipo le asustó tanto que apenas le impresionó cuando le vio la pistola. Salió de allí con él de la mano y fueron junto a otros dos guardias que llamaron a sus padres. Ninguno le riño. Fumaban y hablaban entre ellos, yendo a lo suyo. En cambio cuando llegó su madre le echo una buena bronca, por mas que él le dijo mil veces que es que tenia diarrea. En el autobús Tzadh solo abrió la boca para preguntarle a su madre si se acordaba del vagabundo que comía de las basuras. Su madre dijo que no sin pensarlo y siguió regañándole como una loca, aturullándose, hablando sola como hacia siempre, repitiendo me vas a matar, me vas a matar. No valía la pena decirle que lo había visto allí, tumbado sobre una cama cuan largo era, una cama enorme con dosel, cortinas blancas, edredón de plumas… Fingir, mentir, callar; A partir de entonces pensaba ser un impostor.

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Cenó sin decir palabra y se acostó determinado a no volver a hablar nunca. Se sentía a salvo en la cama, tapado por completo, como si las sabanas y la ligera manta fueran en realidad de acero. Si sacaba de ellas la cabeza, aunque no quisiera, aunque lo evitara con todas sus fuerzas, siempre acababa mirando hacia el armario. Como todas las noches había mirado dentro antes de acostarse, pero nunca hay una seguridad completa. Sobre él su madre había colocado un oso de peluche, y en sombras ese armario parecía un gigantesco robot, y el oso su cabeza. Por eso el no lo miraba, no miraba jamás el armario, escondía la cabeza y no miraba al robot, porque mientras no lo mirase todo iría bien, no sabiendo si…. ¡Ay! ¡Pero existe! Con ganas de llorar se durmió. Se levantó para beber agua y volvió a acostarse, pero para entonces ya algo se había roto. Acurrucado en la cama, ensayando posturas, se preguntaba: ¿Cómo se hace para dormir? Miró el reloj; eran apenas las siete. Una luz azulada entraba por las ventanas. En la percha, las arrugas de la ropa y ella formaban caras. Asustado se trató de concentrar en otras cosas, pensó en la posibilidad de salir volando por la ventana. Luego se acordó del coyote, que no alcanza nunca al correcaminos. ¿Cómo alguien podía encontrar divertido eso? Su tío tenia en el despacho un bloc de notas y en la esquina inferior de cada pagina había un pequeño duende dibujado. Si hacías pasar con el dedo gordo las hojas muy aprisa el duendecillo corría por el campo, se caía en un agujero, salía de el y tropezaba de narices contra un árbol. Volvió a mirar las caras, distintas siempre. Intentaba dormir y no podía. ¿Tendría un problema? Su madre se tiraba la comida hablando de sus problemas, y David, con la excusa de que tenia un problema, nunca le hacia caso. Cuando era pequeño y se meaba en la cama lo intentaba ocultar y lo único que conseguía era ganarse unas buenas broncas. En cambio el enano, que se meaba igual que él, iba corriendo a decírselo a mama llorando a moco tendido y todos le consolaban, y decían ya que tenía un problema, porque se meaba en la cama. Hay que tener problemas, todos en la casa sabían algo que no sabia él, y es que si no estas liado no existes, así de claro. Oyó un coche arrancar… El corcho; el corcho blanco ese que partían y raspaban hasta hacer unas armas preciosas; buscar el corcho blanco, robárselo a otras pandillas, huir de los mayores que gritaban en cuanto veían la acera espolvoreada de nieve; esos si que eran problemas dignos de un pirata. ¿Pero que hacia pensando tanto? Tenia ganas de ir al váter, pero no se atrevía a salir de la cama. Entretanto se decidía, pensó; ese es el mejor invento de la historia de la humanidad. Bastaba con tirar de la cadena y podías olvidarte de lo que habías hecho y seguir viviendo como un ángel, es imprescindible el váter, mientras siga funcionando el váter todo ira bien, el váter es el mejor. Se lo diría a ellos, les explicaría eso, mañana lo haría. Mañana. Su tío no sabia que hacia el duendecillo después, faltaban las páginas que ya había arrancado, pero no se había fijado, no se acordaba. El si que se había dado cuenta enseguida de que faltaban notas, y su tío dijo que era muy inteligente, eso dijo. Y el avión que le regalo… su tío Juan… ¿Qué pasaba con su tío Juan? Su tío Juan le regalo un avión de plástico y planeaba. Mamá no le dejaba tirarlo en el pasillo, así que se subió al tejado y lo lanzó, no veas, recordaba, voló por lo menos mil metros. Y cuando bajó a buscarlo unos niños se lo habían llevado ya. Y no se enfadó, le dio igual… Se atrevió a mirar hacia las caras; ya solo era ropa. Era ya de día y eso, curiosamente, le fastidiaba, le hacia sentirse triste y agotado. Las sabanas calientes comenzaban a angustiarle. Escuchó la entonación monótona de una voz en la radio, a su madre en el cuarto de baño, los muelles de la cama de David, que habría y cerraba su armario y andaba por la casa en zapatillas, un bostezo; los pesados y desatendidos sonidos de la mañana. Se levantó desconcertado. Hnktd ignoraba que una hora fuese tan larga.

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Desayunó y fue a clase. Mientras explicaba la maestra Qfkcz se propuso lo siguiente; en cuanto vinieran los feriantes el año que viene iría a montarse en diez columpios de los peores, porque quería cuando le encontrasen ser piloto espacial. Pasó la mañana imaginando que volaba en una de las naves, y cuando llegó el recreo no salió al patio, sino que borró la pizarra y arrojó sobre ella polvo de tiza que recogió del borrador. Hizo esto varias veces, unas con fuerza y otras con delicadeza, desde cerca y desde lejos, y se quedaron allí pegados miles de puntos, mayores y menores, apretados y distantes, formando galaxias y blancas constelaciones sobre fondo verde. Se quedó mirándolas muy quieto hasta que acabó el recreo. Luego la maestra, que les corregía los cuadernos, le pregunto que significaba aquella lista. Contesto que había hecho una lista de sus amigos, enrojecido y sonriendo con su peor Sonrisa de Conseguir Cosas. Sin soltar la libreta, y también sonriendo, ella entonces dijo; “¿No me pones?” Pensaba cada cosa que hacia, decidía cada gesto, como un actor. Se imaginaba un espía, un asesino; si no se andaba con tacto, le descubrirían. Tenia que disimular, pero ¿Cómo? Pues haciendo lo mismo que había hecho siempre. ¿Y que era eso? Un chico desde atrás le toco en la espalda y dio un respingo; le pidió un lápiz. Pmgña se quedó parado sin saber que decir. De pronto hablar con sus palabras y sus gestos le resultaba dificilísimo. Sin volver la cabeza alargó el lápiz. Miró a su alrededor; era su clase y eran sus compañeros, igual que siempre. Pero él atendía a esa escena corriente de una manera tal que todo le parecía asombrosamente nuevo, y a la vez, aburrido. De repente se concentró con todas sus fuerzas en uno de los dedos del pie, tratando de moverlo. Enrabietado, dándose cuenta de que era incapaz, resopló hasta que llamó la atención de la maestra. También esta mañana, en la cama, se había dado cuenta por primera vez de cómo le latía el corazón en la oreja; y quiso cazar ese momento justo, darse cuenta de cómo se dormía. Su propio cuerpo le parecía extraño, vivir agotador.

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De vuelta a casa apuraba el paso. Tenia ganas de hacer eso. Recordó que tenía que explicarles a donde iba toda la porquería. Porque ¿entenderían ellos que el mar era inmenso? ¿Quién lo puede entender en realidad? “Es una tubería que da al mar, eso es todo” Espera, Qd7ef; ¿Cómo si es una tubería que va al mar todos se ponen tan tranquilos a leer revistas? ¿No les da miedo que de repente un bicho salga y les muerda en el culo? A Txler esa perspectiva le aterró. Por eso esperó hasta después de comer. Cuando ya no aguantó más, en vez de leer se dio prisa y estuvo vigilando. Luego encendió la televisión, espió a su hermano, dio vueltas por el piso…. Se aburría. Se asomó a la ventana de su cuarto… Una vez se le cayó al río una pelota de tenis y no la encontró nunca. Miro muy atento, apostándose a que la encontraría. Vio un spray, un saco de plástico, viejos aviones de papel, una revista, una lata de… algo que se movía… ¿Un gato? … ¡Una rata! En menos de un segundo entró en un desagüe. Al ver esto Ns(y) salió disparado hacia la cocina, buscó bolsas de plástico e hizo con ellas una gran bola con la que atoró el váter. Satisfecho, se lavo las manos y volvió a la ventana a vigilar, muy atento. Ya se aburría de esto cuando el enano desde el servicio gritó: “¡Mama!” Leifk llegó corriendo, con un palo preparado en la mano, repitiendo en voz alta que ellos se lo habían dicho, sin atreverse a abrir se quedo en la puerta gritando como su hermano, hasta que su madre y David llegaron y abrieron sin pensarlo. Entonces vieron el enano subido en el taburete, con los pantalones bajados, y el suelo estaba lleno de agua, papeles y mierda. Lobo ladraba. Enseguida se volvieron hacia él, que continuaba repitiendo, “Ellosmelo handicho, ellosmelohandicho”, confesando. Cuando quiso rectificar ya era demasiado tarde. Contó como hablaba cada noche y con quien. Contó quien era en realidad; nada de eso parecía importarles demasiado, no en comparación con ese cuarto de baño repugnante. Fuera de si, liberado al fin de su terrible secreto, Di6lb les hablaba a todos, profetizaba cosas horribles que sucederían si no le hacían caso, o que sucederían de todos modos. El enano, el único que parecía prestarle atención, lloraba cada vez mas asustado. David gritaba; “¿Qué tonterías hablas? ¿Qué tonterías hablas?”. Pero no eran tonterías; Dnlik profetizaba La Gran Invasión de los Rebotantes. El váter se había roto, la mierda volvía… ¿Es que no se habían dado cuenta? Su madre buscaba la fregona, sin escucharlo. “¡Apártate! ¡Me vas a matar!”. Antes de oírla repetir esas palabras salió de allí, bajó a toda prisa las escaleras, a punto de caerse. Cruzó la calle. Entró en la tienda de animales. “¿Qué quieres, chico?” Sin pensarlo agarró una jaula y huyó con ella. Engañado por una noria, el hámster no paraba de correr a ninguna parte, confundido.

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Llegó al campillo; ahí estaban sus amigos; sacaría su arma láser y los liquidaría a todos. Cuando le vieron se acercaron para ver lo que llevaba. El se agachó y puso la jaula en el suelo, abrió la puertezuela y el hámster, reacio al principio, se fugó como un rayo. Entre gritos los chicos empezaron a saltar y a correr de un lado a otro, intentando pisarlo. Demasiado pequeño para saber huir, el animal daba vueltas en círculos. Por fin se detuvo y todos se acercaron formando un corro, empujándose unos a otros. Uno de los chicos intentó cogerlo y de nuevo corrió hasta desaparecer por una de las rendijas que daban al viejo túnel. Decepcionados, entonces se volvieron a él, preguntándole de donde lo había sacado. Al enterarse se sonrieron avisándole de lo que iba a pasar. In2rs continuó: “Si queréis hay muchos más. Allí. ¡Hay cientos! ¡Miles!” El argumento no les tentaba; siguieron las sonrisas y las amenazas. Se puso tan furioso que gritó: -¡Soy un extraterrestre y hago lo que me da la gana! –y comenzó a disparar. Lo repetía con todas sus fuerzas, frenético. Cuando los demás comprendieron lo que decía se abalanzaron sobre el, derribándolo y cogiéndolo de las piernas y los brazos, y gritando a su vez: “¡Vamos a ver!” Intentando arrancarle la piel, como habían aprendido que hay que hacer viendo el cine, comenzaron a pellizcarle y a rascarle con las uñas. Después Dx-78 se dio cuenta de que intentaban bajarle los pantalones y entonces comenzó a escupir, llenándose de saliva. Asqueados le soltaron, pero apenas Ythum se levantó un chico se acercó por detrás y le pegó un puñetazo en la nariz. Para sorpresa de todos comenzó a salir una buena cantidad de sangre; sangre roja. El agresor salió huyendo, pero paró cuando se dio cuenta de que no le perseguía nadie. Los demás chicos, un poco retirados, miraban a Excdr en silencio, ligeramente avergonzados y conformes. Mientras tanto él, ignorándolos, se dio la vuelta y lentamente caminó de espaldas a ellos. Sentía el liquido caer sobre sus labios, haciéndole cosquillas y resecándose de inmediato como si fuese barro. Lo probó con la punta de su lengua y….

sus piernas….

Cayó al suelo….

….. muerto.

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Todos los chicos se acercaron y después salieron corriendo. Por el rabillo del ojo, él les veía mirándole de lejos. Pasado un rato se levantó de un salto y se limpió con su pañuelo. Volvieron todos aliviados, riéndose. Hasta que fue de noche continuaron jugando con el balón. Y uno de los chicos me contó que desde entonces todas las tardes si ponías la oreja en el suelo se escuchaba la digestión de la tierra, el simpático run-run de una afanosa familia de miles, millones de hamsters.

Granada 1991

Mi película

Publicado en Uncategorized el Septiembre 9, 2009 por EL Sedal_MT

Al igual que todos los jóvenes, me proponía ser un genio, pero afortunadamente intervino la risa.

Lawrence Durrell.

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Desde que soy pequeño, tengo el hábito de montarme películas. Quiero decir que a veces imagino cosas. Estas películas en verdad no me abandonan nunca. Todavía a mi edad imagino que soy un espía, o un famoso deportista.

Mis películas eran detalladas. Si imaginaba que era un futbolista, recreaba mundiales enteros. Si imaginaba que era jugador de baloncesto, escribía en una libreta los nombres, inventados, de las plantillas de toda la NBA.

¿Vosotros no haciais algo así?

Una de mis películas preferidas es la historia en la que soy tenista. Es algo así;

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Capitulo uno. Aparición. En mi historia de tenista, de entrada, pues lo que pasa es que yo no soy tenista. En realidad soy un pobre estudiante de filosofía, alternativo y bastante tirado de pasta. Cómo un estudiante de filosofía alternativo y tirado de pasta se hace tenista solo se puede explicar de una forma; soy un talento. Qué digo, un talento; un genio. No me han dado una clase nunca, no me dedico a eso, pero el tenis se me da requetebién.

En realidad, a mi el tenis no me apasiona. Estoy más interesado en la filosofía y en mis cosas. Pero bueno, como resulta que es un don que tengo, y como resulta que necesito dinero (porque mi novia y yo vivimos muy pobremente) pues me pongo a jugar torneos de exhibición y a ganarlos. Y como se me da muy bien, pues ahorro y me dedico cada vez más a eso.

He tenido lesiones y problemas que me han impedido explotar de joven, que es cuando explotan los tenistas. Así que estoy a punto de dedicarme a la filosofía, pero en el ultimo momento, y para probarme, decido dedicar el dinero de un premio de tercera fila a apuntarme al Open de Australia, a ver que tal. De modo que aquí me tenéis, en Australia en plan obrero del tenis, jugando la fase previa. Por supuesto, la paso sin problemas (ya os he dicho que soy muy bueno) Y llego a la primera ronda. Y en la primera ronda doy el campanazo. Allí elimino a uno de los top ten (Un Lendl, un Djokovic, por ejemplo) y la gente empieza a hablar de mí, aunque, sin mucho respeto, diciendo que ha sido cosa de suerte y tal. Pero yo, a lo mío, voy eliminando uno a uno a todos mis rivales. En la semifinal, por supuesto,  hago un partidazo y tumbo a otra cabeza de serie. ¡Oh, Expectación!

En mi película es importante que yo sea pobre. Es importante que yo sea diferente. Que me quede sin raquetas, por ejemplo, y que algún jugador de segunda fila me deje las suyas para que siga en el torneo. (Me acordare de él en mi discurso, no os preocupéis)

Total; llego a la final y todas las marcas deportivas se han interesado de repente en mi, me han hecho ofertas de publicidad, pero yo las rechazo a todas y juego el partido con una camiseta blanca que pone; Tómbola el Pepito.

El partido es épico y emocionante. Una batalla. Como soy inexperto y estoy nervioso no juego a mi mejor nivel. Antes de darme cuenta ya estoy contra las cuerdas, Pero luego me relajo y en cinco sets me planto con bola de partido ante el número uno del mundo. La tensión es tan grande que creo que voy a estallar. Y la gente se ha puesto como loca. En el último punto pegamos mi rival y yo cien golpes, hasta que él falla y yo me derrumbo como si no aguantase ni una bola más. Y todo el mundo esta eufórico. Nadie se cree el milagro que se acaba de ver. Ha ganado el Open de Australia un filósofo con una camiseta de Tómbola el Pepito.

Capitulo Dos. Consagración. Aunque algunos (es normal, no se lo tengáis en cuenta) siguen viéndome como flor de un día, sigo jugando torneos y ganando. Pero antes de Roland Garros tengo mala suerte y me lesiono. (¡Oh, Contratiempos!) Cuando la gente ya empieza a dudar de mi, me recupero con el tiempo justo para ganar Wimblendon y el Open USA sin perder ni un set. La gente ya no esta sorprendida, como en mi primera victoria. Ahora alucinan, sin más.

Y el año siguiente es todavía mejor. Sin despeinarme gano los cuatro torneos grandes. Durante meses no pierdo un partido. De pronto todo el mundo se apercibe de que están ante el mejor tenista de la historia. Todos me adoran. Me entrevistan en revistas donde digo cosas inteligentes. Me presentan a las personas más importantes de la tierra. La gente siente gratitud de haber nacido para verme.

Bueno, en realidad no todos me adoran. Para empezar, no le caigo bien a algunos compañeros, que envidian mi don y critican que gane sin apenas esfuerzo (y en realidad no me entreno demasiado y no valoro el tenis, porque me sigue pareciendo algo secundario en mi vida; yo estoy por encima de esto de pasar pelotitas…) También me odian algunos aficionados, que encuentran mi superioridad insultante. Y desde luego me odian las marcas deportivas, porque yo me niego, por razones éticas de diversa índole, a hacer publicidad. Salgo al campo vestido como me da la gana. Juego los torneos que me da la gana. En realidad hago en todo momento lo que me da la gana. Me gano el castigo de las Erinias.

Capitulo tres; Traición. De pronto, la prensa y los aficionados se ponen en mi contra. Un día aparece alguna noticia difamante sobre mi. (Que soy pederasta, que me dopo, que he secuestrado a alguien, que soy responsable del ataque a las Torres Gemelas, cualquier noticia, o todas juntas… ) De un día para otro, los medios se ponen en mi contra. Hay chistes, mentiras, escarnios. Algunos hombres justos me defienden, pero esas voces independientes son arrasadas por la corriente general como florecillas en una avalancha de infamias. Me doy cuenta de que estoy solo. Incluso algunos de mis amigos se alejan de mi. Me siento fatal.

Como el que va a la picota, llego a Roland Garros. (Que le vamos a hacer, a mi el publico francés es que me cae mal). A pesar del infierno que vivo soy tan fuerte que consigo sobreponerme y llegar a la final. Pero en la final me enfrento a un joven tenista galo, y la presión del público es insoportable. Me gritan. Me insultan. De forma impensable en el tenis, incluso se ríen cuando fallo algún punto. Yo pierdo los nervios y con ellos los dos primeros sets. Llegamos al tercer set con cuatro a dos en contra. Pero entonces, y como haría un boxeador noqueado, miro a la gente del público, me doy cuenta de sus risas, y me levanto en el ultimo momento, y empiezo a jugar al tenis como un supercampeón. Empiezo a jugar al tenis como nunca. Lo cierto es que nunca se ha visto jugar al tenis así. Nunca se ha imaginado que se pudiese jugar así. El coloso francés es como un muñeco en mis manos. Lo destrozo. Lo hago correr como un pollo sin cabeza. El público se queda mudo.

La escena es así. Está terminando el partido. El estadio esta tan callado como si estuviera vacío. El francés esta vencido. Quinto set. Voy a sacar. Tiro la pelota al sol, y de pronto oigo algo, (un comentario, un ruidito, algo lleno de odio e hiriente) La pelota cae al suelo, sin que yo la impacte. Y me quedo mirándola. Y no la recojo. Me lo pienso y me voy del estadio. Le doy la mano a mi oponente. Le doy la mano al juez, que me pide explicaciones. Pero yo solo me voy. Me voy. Me voy. Me voy durante años.

Capitulo cuatro. Expatriación. Durante todo el tiempo me dedico a mis cosas. A viajar. A escribir. A leer filosofía. No vuelvo a coger una raqueta de tenis. No hago declaraciones. No hablo con nadie del tema. Me dedico a buscar la tranquilidad de ánimo y el aprecio de la gente que me quiere. Me dedico a darme cuenta de mis errores, de las cosas que hice mal, de lo que no quise lo suficiente.

¿Y fuera de mí, que pasa? Pues para alguna gente me convierto en un mito. En principio todo el mundo iba contra mí, pero, al poco de irme, algunas voces se levantan para defenderme. No es un clamor. Es un murmullo. Pero es suficiente.

Pasan años. Y un día, como un torrente, la verdad se abre paso. Todo empieza con el soplo de un arrepentido, o con el trabajo de un joven periodista. El caso es que un día un periódico americano da una noticia bomba sobre mí; se descubre que todas las insidias de las que se me acusó son en realidad invenciones orquestadas por los directivos de una marca de ropa deportiva, resentidos por mis continuos desplantes. El asombro es general. De pronto se monta el Nikegate. La noticia genera toneladas de comentarios.

¿Y que hago yo? Yo no hago nada. Lo hacen mis abogados, que denuncian a la marca y consiguen todo lo que yo merezco. Dinero, retractaciones, venganza, dolor de mis enemigos.

De pronto todo el mundo se pone a mi favor. La gente se arrepiente. Incluso los franceses se arrepienten. Todo el mundo se arrepiente mucho y me quiere.

Pero yo no digo nada.

Capitulo cinco; redención. Este capitulo esta narrado en una sola mañana. Una mañana de primavera estoy en mi casa. Vivo en un chalet, bastante apartado del mundo, con mi familia. El chalet esta rodeado de pinos. Hace algo de calor. Es ese momento del día en que acaba de amanecer y se oyen los pájaros, ese momento maravilloso que casi siempre nos perdemos porque estamos dormidos, o somnolientos camino del trabajo. Pero yo no me lo pierdo. Yo estoy despierto. Mas despierto que nunca.

Mi mujer esta en la cama. La cama, toda la casa, es blanca. Y de pronto ella se despierta con un sonido especial. Un sonido que hacia años que no oía. A veces ella ha soñado con ese sonido inconfundible. Pero ahora se despierta, se despereza (es muy bonita) y se da cuenta de que es realidad. Y de que lo lleva esperando durante años.

Ella sale al balcón para oírlo mejor. Para verme. Porque yo estoy abajo, a unos cincuenta metros de aquel balcón, en la pista de tenis, devolviendo las pelotas que me manda una máquina. Pom. Pom. Pom. Las bolas vuelan. Unas van donde quiero. Las otras se van medio metro, o cuarenta y nueve centímetros. Pom. Pom. Pom.

Mi mujer lo ve desde el balcón. Se siente tan emocionada que se le escapa una lágrima. Y como necesita contárselo a alguien llama a mi antiguo entrenador, que esta por ahí, en algún torneo del mundo. Lo pilla durmiendo en un hotel de San Francisco. Pero cuando mi mujer le cuenta lo que esta viendo mi entrenador deja de dormir, dice, ahora mismo cojo un avión, voy para allá, voy para allá, y realmente mientras habla se está quitando el pijama.

Y yo pom, pom, pom. Bolas a la línea. Bolas a medio metro de la línea. Pom. Pom. Pom.

No tengo, claro está, el mismo toque que antes. Quizas no lo vuelva a tener nunca. Pero no importa.

Ahí esta mi mujer, que baja a la pista. Va vestida con algo simple, algo de andar por casa, y trae un zumo de naranja y unas tostadas. Y no dice nada, solo sonríe. Porque esta muy contenta. Porque ella lo sabe.

Que he vuelto.

He vuelto.

.

.

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¿Os ha gustado? Pues nada, ahí esta. Esta es mi (puta) película. Mientras la escribía, os tengo que confesar una cosa; Si habéis estado atentos y tenéis un cierto oído que no se si llamar narrativo, os habrá sonado a una versión de la vida, pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Recoge la figura del Elegido, con su alto desprecio moral por las cosas de este mundo, que acepta con mansedumbre, como si fuese lo normal, el castigo de malvados y envidiosos que no creen en el.  Se manifiesta el destino. Se vence la muerte. La soberbia hace su apoteosis. Con variaciones, es la historia heroica oída mil veces. Y claro, si la habéis leído bien, si habéis caído en la cuenta de que me construyo el papel de un Jesucristo del Tenis, pues podéis imaginar por donde van los tiros de mi cabeza.

Pero qué os esperabais; os dije que es mi película. ¿Cuál es la vuestra?

Muchas cosas no me gustan. Muchas cosas están ya vistas. De muchas cosas se puede hacer risa. Pero si queréis que os sea sincero me sigue gustando el final. La mañana. Los pájaros. La mujer. Las pelotas que vuelan, de nuevo, unas a medio metro y otras a la linea. Pom. Pom. Pom. No todas entran. Es importante entender que no todas entran. Unas van a medio metro, otras a la linea, otras a la linea…Pom. Pom. Pom….Pom, pom, pom…

.

.

PD. No se si tengo que decir que en la realidad no juego demasiado bien al tenis. Pero si sois de los que os gusta mas jugar que ganar, pero habéis aprendido que unas veces se pierde (unas veces se pierde) pero otras veces se gana (otras veces se gana), aquí me tenéis para un partido.

Visibilidad de lo invisible

Publicado en Uncategorized el Julio 29, 2009 por EL Sedal_MT

 

                                                                           Esto fue para Yué

 

Mi hermana estaba loca. Siempre hacia lo que le daba la gana. Al parecer, el problema estaba en la educación de mis padres, que la habían consentido hacer todo lo que quería. Desde pequeña había sido algo así como la presidenta de la republica de mi casa. Si un día se encontraba un perrito abandonado y lo llevaba a casa, mis padres lo aceptaban. Si otro día le parecía bien embadurnarse de verde las manos y llenar de sus huellas las paredes, mis padres no le regañaban. Cuando fue creciendo solo fue a peor. Comenzó a vestir de manera patibularia, y cada dos por tres llevaba a sus novios a dormir a su cuarto. Un día se ponía un piercing. Otro anunciaba que se iba dos semanas al sur en autostop. Mis padres habían discutido con ella por millones de cosas, sin que ni una sola vez lograsen que diera su brazo a torcer.

            -Lo que pasa –decía mi tía. –es que esta niña es una consentida.

            -Lo que pasa –decían los profesores del instituto –es que esta niña es una consentida.

            -Lo que pasa –decía la mujer del estanco –es que esta niña es una consentida.

            Mis padres se encogían de hombros y se callaban. Supongo que no les hacia gracia que les dijesen eso, pero tampoco les gustaba discutir con mi hermana. Aunque estuviese loca era bastante inteligente. Sabía explotar las contradicciones de la sociedad occidental en la fase de capitalismo avanzado. Era de ese tipo de niñas que parecen encontrarle gusto a pillar en falta a los adultos.

            En el instituto tenia un estatus especial. Los profesores la odiaban. No soportaban su aspecto, ni su silencio en clase, ni que de vez en cuando les hiciese preguntas comprometidas. Como mi hermana iba de listilla a ellos le hubiese encantado suspenderla. Pero dado que a fin de cuentas su comportamiento era correcto, y además le bastaba con estudiar un rato el día antes del examen, pues siempre tenían que fastidiarse y aprobarla. Mi hermana decía que se les notaba a la legua la rabia que les daba eso. Siempre que le daban las notas le echaban un sermón.

            -Esta vez has aprobado –le decían, -pero que como sigas así…

Pero el caso es que ella seguía así desde hacia años, y ellos seguían aprobándola. ¡Mira que le tenían ganas!

            Entre sus compañeros había de todo. Desde luego todos veían con envidia la forma en que manejaba a los profesores. Aparte de eso, había división de opiniones. Algunas chicas pensaban que era simpática y buena compañera. A otras, en cambio, les parecía una puta. La mayoría de los chicos también estaban abonados a esta opinión de que mi hermana porfiaba por acostarse con quien fuese. Daba igual que ella nunca hubiese salido con ningún chico de ese instituto. Todos estaban muy seguros de lo que pensaban, y cuando ella pasaba por el pasillo se daban codazos y se reían. Lo cierto es que no se atrevían a hablar con ella. Así que durante los recreos, mi hermana cogía un libro y se ponía a leer en el patio, alejada de todos los que cotilleaban diciendo que si la habían visto con tal, que si la habían visto con cual, que si había tomado esto, que si había robado lo otro. Un día, por ejemplo, se propago el rumor de que se había quedado embarazada. Todo el instituto lo comentó; Al parecer el padre era un chico de otro instituto que en realidad era un maestro que en realidad era un traficante que en realidad era una traficante. Mi hermana se enteró a los tres días de que en todos los corrillos no se hablase de otra cosa. La verdad es que no se lo tomó a mal. Sencillamente se levantó al día siguiente, se puso un vestido ancho de mi madre y antes de subir al autobús escolar se metió dentro del vestido un cojín con forma de barriga, y anduvo los seis metros hasta su asiento con el cuerpo hacia atrás, como las embarazadas. En el pequeño trayecto hasta el instituto hizo incluso como que vomitaba. Y cuando paró el autobús recorrió todo el pasillo del centro sujetándose su cojín con una mano, desfilando entre los alumnos y los profesores con los puntas de los pies hacia fuera y la palma de la otra mano en los riñones. Y algunos, los que habían dado alas al rumor, bajaban la vista cuando ella los miraba, pero otros muchos se rieron de buena gana.

            Así era ella.

 

 

 

 

            Yo tenía cinco años menos. Técnicamente era un preadolescente. Tenía una vaga idea de lo que significaba la palabra puta.  Pero me dolía cuando comentaban algo de mi hermana. Algunos de los mayores me reconocían, y se metían conmigo.

            -Eres el hermano de Carmen.

            Y yo.

            -No, no. Yo no.

            Porque lo cierto es que yo trataba de ser normal. No me quería meter en líos. Pero para mi desgracia todo el mundo me conocía gracias a ella. Gozaba de una especie de fama subsidiaria. Mala fama. Yo, que había sido bastante bien considerado en el colegio, cuando llegue al instituto me encontré con que los chicos más populares me rechazaban, y por culpa de ella acabe relacionándome con los chicos de segunda división,  por decirlo de algún modo. Mi mejor amigo era un chico que se llamaba Madji. Sus padres eran de Marruecos. Como yo, también estaba un poco desclasado. Los chicos blancos le rechazaban por ser moro, pero con los árabes tampoco se relacionaba muy bien, porque eran muy malos y fumaban porros. Los padres de Madji trabajaban muy duro y le estaban educando para que fuese responsable y se hiciese doctor. Yo iba algunas tardes a su casa a jugar o a hacer los deberes. En una de esas tardes conocí abruptamente a su hermana mayor, que se llamaba Tamou. Fue instantáneo;  Sentí como si me brotase el corazón. Volví a mi casa tan ensimismado que por poco me mata un coche. Me sentía infinitamente desgraciado. Mi hermana lo advirtió.

            -¿Qué te pasa?

            Se lo conté. Le conté que me había enamorado, pero que mi amor era desesperado; Tamou era musulmana. Solo se podía casar con un musulmán.

            -Anda ya.

            -Tú no sabes. No tienes ni idea. En su casa son muy religiosos. No la dejan salir con nadie que no sea de la familia. Incluso lleva un pañuelo.

            Mi hermana no dijo nada más del tema. En otras circunstancias yo hubiese esperado que me aconsejase un poco acerca de cómo interesarle a una chica, pero en el caso de Tamou ¿que podía ella saber? Me pareció que eran tan diferentes como una flor y una maleta.

            Cuando se ve en una foto a mi hermana, inmediatamente saltan a la vista sus dientes. Tenía una sonrisa enorme. Cuando no estaba de mal humor (entonces mostraba los colmillos) estaba siempre sonriendo. Además se reía con facilidad y su risa acababa en una carcajada quizás un poco estentórea para una chica. Desde luego, lo que no se podía decir de mi hermana es que fuese fina. Por el contrario, a Tamou era muy difícil verle los dientes. Apenas sonreía, y era imposible oírla reír. Lo que más se veía de ella eran sus mejillas de magnolia, que se sonrojaban continuamente. Yo estaba fascinado por esa delicadeza. Me parecía que representaba todo lo que había en el mundo de afable y femenino. Servicios de té. Maquillaje. Gatitos. Todos en mi familia eramos desastrados. Era un mundo completamente nuevo para mí.

            Mi hermana era bastante bruta, claro, pero que se podría esperar. Yo mismo me había reído siempre de ella cuando se vestía de chica, cuando por causa de una boda o algo tenia que ponerse un vestido o unos zapatos de tacón.  Entonces ella bufaba y protestaba; sabia que era ocasión para mis burlas. Ahora me arrepiento, claro, porque imagino cómo se tuvo que sentir. Siempre había sido la más desarrollada de su clase. Cuando aun jugaba con muñecas, y de un día para otro, el cuerpo le cambio de un modo brutal. Creció veinte centímetros. Le salieron unas tetas tremendas. Parecía la baby sitter de sus compañeras. Y era tan guapa que cuando entraba en una habitación todo el mundo se quedaba callado, y los hombres acababan por mirar nerviosamente para otro lado, apabullados por su presencia. Ibas con ella por la calle hablando de tus cosas  y veías a los tíos reaccionar a su paso como si su visión les golpease. Los más lanzados se le acercaban y le proponían ser modelo, o le decían lo que fuese. Los que no se ponían a perseguirla. Siempre era así; Me daba la vuelta y allí estaban ellos escondiéndose en los portales, vigilándola con sus miradas tristes,  siguiéndola.

¿Cómo puede ser normal alguien así?

            Cuanto más me gustaba Tamou, mas me avergonzaba de mi hermana.

 

 

 

 

            Pero el destino se complace en hilar, y un día mi hermana me dijo que la había conocido. Me dijo que los equipos de voleibol de su instituto habían ido a jugar varios encuentros contra las chicas de otro instituto. Mi hermana la había reconocido porque era la única chica que llevaba pantalones largos y se recogía todo el pelo con un pañuelo.

Además llevaba una camiseta con el numero ocho donde ponía Tamou.

            -He quedado con ella el viernes por la tarde. –dijo –Y tendrías que ver como saca. ¡Menuda cabrona!

            -¿Qué has dicho?

            -Lo que digo es que es la mejor de su equipo. Cada vez que nuestra colocadora…

            -No, no, lo otro.

            -Ah, si. Le he dicho que el viernes que viene tengo que llevarte al cine. Le he dicho que venga con su hermano. Así podrás hablar con ella.

            Pensé que me iba a morir.

El viernes llego y fuimos a ver Shrek, y después nos fuimos a un bar. Imaginad que yo había pasado toda la semana pensando en que le podría decir, casi ensayando, pero a la hora de la verdad Tamou y yo apenas nos dirigimos la palabra. Estuvo casi todo el rato hablando con mi hermana. Yo me había hecho de Tamou una imagen bastante dulce, pero en cuanto ella se soltó me di cuenta de que no era mas que una fantasía. Era extraordinario oírla criticar a sus amigas. Se deleitaba describiendo las infinitas argucias, las refinadas especulaciones y las luchas por el poder a las que se entregaban las niñas de catorce años.

Era normal mi decepción. A fin de cuentas yo no la había visto más que unas pocas veces en casa de mi amigo, y no había hablado con ella; de pronto me di cuenta de un detalle en el que no había reparado, y es que Tamou tenía dos años más que yo. A esa edad dos años son mucho, dos años son un abismo. La adolescencia tiene algo de campo minado, y para los que están a un lado o a otro del terreno los que lo atraviesan hacen jigas ridículas e incomprensibles. Yo no tenía todavía el necesario equipaje de cinismo, y estas cosas me deprimían. Me puse a hablar con Madji de cómo piratear el Pro Evolution y cosas así. Mientras mi hermana y Tamou habían empezado a hablar del chador.

-No es un chador. –decia Tamou. –es un hiyab.

-¿Y por que te lo pones? ¿Es por tu religión?

-Es una decisión personal. –dijo mirando a la puerta. Se le notaba incomoda. Se notaba que había tenido que dar explicaciones miles de veces –No es solo la religión. Creo que se puede ser buena musulmana sin ponerte el pañuelo. No se trata de eso.

-¿Entonces?

-Pues me lo pongo porque me siento mejor así. Te reirás, pero de veras que me siento mas cómoda cuando lo llevo. El Islam dice que no hay que fijarse en las apariencias. Que hay que mirar la belleza interior. Quiero que el hombre que se acerque a mi no lo haga por mi aspecto. –sentenció.

Mi hermana no dijo nada.

-Creo que en esta sociedad el aspecto físico tiene demasiada importancia –insistía Tamou, cada vez más vehemente. –Es un insulto para las mujeres. ¡El Islam es mucho más feminista que lo que la gente cree! ¡Es mucho más feminista que el Cosmopolitan!

Mi hermana no decía nada.

-¿Y que hay de mis derechos individuales? ¿Es que no puedo vestirme como me de la gana? ¿Es que no tengo derecho a ponerme un velo igual que tu te pones un piercing? De verdad que estoy hasta las narices de esta sociedad. ¡Estoy hasta las narices de que la gente sea tan hipócrita!

Nos despedimos de Tamou y Madji en la puerta de su casa. Estuvimos tanto tiempo demorándonos en la despedida que nos vio el padre de ellos, que volvía de su locutorio bastante tarde. Quedamos vagamente en vernos los cuatro a la semana siguiente, para ir de nuevo al cine.

Pero a la semana siguiente no fuimos. Ni a la otra. Creo que a Tamou le prohibieron salir con nosotros. Supongo que al padre le disgusto el aspecto de mi hermana, o que llegó a sus oídos lo que en el instituto se decía de ella.

A decir verdad ni a mi hermana ni a mi nos afecto mucho. Nos habían rechazado tantas veces que estábamos curados de espanto. Seguimos a nuestras cosas. Además, ya no estaba interesado en Tamou. Casi me había olvidado de ella por completo. Por eso fue una sorpresa tan tremenda cuando llego el día del cumpleaños de mi hermana y ella anuncio que había decidido ponerse el hiyab.

 

 

 

 

-Tú estás loca. –decía mi padre.

Mi madre no decía nada. Estaba blanca. Sabía por experiencia lo que se avecinaba.

-No estoy loca. –dijo mi hermana tranquilamente –Lo he meditado muy bien. No quiero que me valoren por mi aspecto físico. A partir de mañana he decidido que voy a llevar el hiyab.

-¿Te vas a hacer musulmana? –quise saber yo.

-¿Y vas a ir siempre con un velo por ahí? –gritaba mi padre. Estaba perdiendo los estribos -¿Pero tú sabes que tonterías estas diciendo?

-Siempre, no. –explicaba mi hermana. –solo en presencia de otros hombres. Llevare el velo cuando este delante de hombres que no sean de mi familia. Y lo llevaré justo durante un año.

-Ay, -decía mi madre.

-¿Te vas a hacer musulmana? –insistí.

-¿Si? ¿Eso vas a hacer? –se burlaba mi padre. -¿Tu sabes lo que pensara todo el mundo cuando te vea? ¡Tu estas loca!

-No estoy loca. –repetía mi hermana. –y lo que piense la gente me importa un comino. Solo me preocupa mi familia y mis amigos. Ya le he dado explicaciones a la gente que me importa.

-Ay, ay.

 -¿Y que te han dicho tus amigos? ¡No me dirás que les parece bien esta estupidez!

Mi hermana miro hacia otra parte.

-¿Pero te vas a hacer musulmana? –preguntaba yo.

Mi padre comprendió que había encontrado un punto flaco y continuó por ahí.

-Estás loca. –dijo. –Tu familia te lo dice, y te lo dicen tus amigos. Tu haz lo que quieras, pero ya veras como antes de un mes se te ha pasado esta tontería. ¿Qué digo un mes? ¡Una semana! ¡Una semana! Es como la mierda de la guitarra. Ves a tu primo con la guitarra y me dices que te compre una. Papa, una guitarra, papaíto. Papa, una guitarra. Te compro la guitarra. Me gasto el dinero en la puta guitarra. ¡En-el-am-pli-fi-ca-dor! ¿Y que ha pasado con la guitarra? ¿Qué ha pasado con la guitarra? ¡Métete la guitarra donde te quepa! ¿Me oyes? Ponte el pañuelo, ya veras como te lo quitas en una semana, ya estoy harto de tus tonterías.

Mi hermana miro a mi padre de hito en hito. En mi familia siempre se decía que había sacado de él el carácter. Cuando se miraban así, a los dos se les hinchaban las aletas de la nariz.

-No me pienso quitar el velo en todo un año. –concluyo. Estaba bastante tranquila. -Y más vale que te vayas haciendo a la idea. Si te apetece echarme de casa adelante. Pero he dicho que me voy a poner el velo y eso es exactamente lo que va a pasar. Y no me voy a hacer musulmana, -dijo dirigiéndose a mi –tú, mocoso, haz el favor de dejarme en paz, que me tienes hasta el gorro.

 

 

 

 

 

Mis padres, desde luego, no la echaron de mi casa por eso. Acabaron pasando por el aro, igual que habían pasado por tantas y tantas cosas.

En el instituto, sin embargo, no lo iba a tener tan fácil. Enseguida molesto a las chicas musulmanas, que pensaron que estaba burlándose de ellas. Mi hermana trató de explicarles que no les quería faltar al respeto, pero ellas no lo entendieron de ninguna manera. Los chicos musulmanes, por su lado, al principio se quedaron perplejos. Luego reaccionaron insinuándose. Esto sorprendió mucho a mi hermana, porque ellos siempre le habían ignorado. Siempre había habido una barrera entre los chicos musulmanes y las chicas como mi hermana. De repente era como si esa barrera hubiese caído, y algunos de manera soez, otros de manera galante, el caso es que todos le echaban los trastos.

-Es increíble como les pone no verme el pelo. –decía mi hermana en la mesa. Mis padres estaban escandalizados.

En cuanto a los cristianos, por decirlo de algún modo, lo cierto es que tampoco se lo habían tomado nada bien. Al principio les había hecho gracia, se lo habían tomado como una de esas “cosas de Carmen”. Pero luego habían comenzado a molestarse al ver que mi hermana iba en serio.

Por suerte estábamos a mediados de mayo. Apenas quedaba un mes para el fin de curso y todo el mundo estaba atareado con los exámenes y la perspectiva de las vacaciones. Finalmente el curso llego a su termino, mi hermana fue a recoger las notas con su sonrisa y su pañuelo, y yo respiré un poco mas tranquilo.

Pasamos la primera parte del verano en casa. Luego, como siempre,  nos fuimos un mes al pueblo de mis abuelos. Mi hermana estuvo excepcionalmente tranquila ese verano. No se le ocurrió recorrer Italia en bicicleta, ni irse a vender artesanía a un mercado medieval.

En cuanto al hiyab, no se lo quitó. Después de las primeras semanas, ni mis padres ni yo le hacíamos ya ningún comentario al respecto. Habíamos contado con que alejada del instituto y agobiada por el calor del verano su determinación se iría relajando, pero lo cierto es que seguía con su habito.  Cada vez que salía de la casa se lo ponía, o se recogía el pelo en un pañuelo de colores.

-¿Y como harás para bañarte? –le pregunté.

Se rasco la  nariz.

-Hmm… Pues me pondré un gorro de baño. Creo que me esta permitido ponerme gorro de baño. El caso es no mostrar el pelo en público.

-¿Te puedes poner en bikini? –pregunté yo.  

-¡Toma, y hasta en topless!. Lo que importa es que no se vea el pelo.

Era evidente que manejaba sus reglas como quería. Por lo demás estaba feliz. Mis padres no la castigaban. En el pueblo donde veraneábamos se corrió el rumor de que no se quitaba el pañuelo porque tenía cáncer.

Me sentía muy contento de que no tuviese cáncer.

Las vacaciones terminaron y volvimos a la casa. Ese mes de septiembre fue excepcionalmente caluroso, y ya no teníamos donde bañarnos. Mi hermana sudaba como un pollo cuando salía de la casa. Mi madre, claro, aprovecho la situación para sugerirle que se quitase el pañuelo, pero mi hermana actuó de otro modo. Aprovecho un momento que se había quedado a solas en casa y zas, zas, de cuatro tijeretazos se cortó el pelo. Cuando mis padres y yo volvimos a la casa y la vimos nos quedamos atónitos. Desde que tenía cinco años mi hermana había tenido un pelo largísimo, un precioso capital que era  la admiración de todo el mundo y su seña de identidad. ¡Y se lo había cortado! Con ese pelo oscuro, encrespado y cortado a trasquilones me resultaba totalmente desconocida. Mi padre empezó a soltar blasfemias. A mi madre le dio por llorar. La mirábamos y no dábamos crédito a lo que veíamos. Mi hermana parecía Juana de Arco, cuando la conducen a la inmolación.  

 

 

 

 

 

Entonces volvimos al instituto. Ese curso yo estaba en segundo de secundaria. Mi hermana acababa el bachillerato. Era una de las chicas mas populares del instituto, si no la que mas. Todo el mundo la conocía. En septiembre algunos profesores la paraban por el pasillo y medio en broma medio en serio le decían.

-¡Tu ultimo año! ¡Un curso y nos dejaras en paz!

Mi hermana se reía también: “Je, je, si.” Y luego en un aparte me comentaba: “Que idiota”. Estaba aprendiendo a ser cada vez más sarcástica.

Tuvo mala suerte con la clase que le tocó. Todas eran malas para ella, pero según me comento en esta estaban sus peores enemigos. Las chicas mas maledicientes. Los chicos más fatuos. Desde que había entrado en clase había percibido sus miradas envenenadas. “Uf,” me dijo mientras volvíamos a casa, “creo que va ser un mal curso”. Pero de todos modos no se quejó. Nunca se quejaba.

Yo no le pregunte si le habían dicho algo por el pañuelo. Lo cierto es que me había olvidado en gran medida de él. Llevaba cinco meses con él puesto y, bueno, tras el choque inicial me había acostumbrado a verla así. Había pasado a formar parte de mi hermana. No era muy distinto a cuando alguien se tiñe el pelo, me parecía a mí, o se deja barba. Pues del mismo modo ella se ponía un pañuelo para salir ¿Y que? En el fondo no había cambiado nada.

La gente del instituto, en cambio, no lo veía como yo. La seguían mirando mal. Comentaban a sus espaldas. Primero le hicieron algunas bromas. Luego la criticaron abiertamente. Por fin, en mitad de una clase, sacaron el tema. Una chica le acusó de querer llamar la atención. Mi hermana se defendió. Dijo que no pretendía llamar la atención. Dijo que, por el contrario, lo que pretendía era pasar desapercibida. Todas vociferaron. Mi hermana entonces protestó.

-Cada día, -dijo –cada recreo me voy a una esquina del patio, o a la biblioteca. ¡Y aun así todo el mundo me mira! ¿Qué queréis que haga?

Mi hermana me dijo que las chicas de la clase se la querían comer. Que se pusieron frenéticas.

Una semana después, y por primera vez en su vida, le suspendieron un examen. El profesor de filosofía le puso un tres en un ejercicio sobre el mito de la caverna.

-¡Es injusto! –protesto mi hermana.

-Tienes que escribir más y estar más atenta en clase y bla bla bla…

Luego la profesora de educación física dejo de contar con ella para el equipo de voleibol. Primero la apartó del equipo titular. Después la fue dejando cada vez más tiempo en el banquillo. Como mi hermana protestaba, la sacaba unos pocos minutos de vez en cuando, hasta que un día, en un encuentro con el equipo de otro instituto, mi hermana salió a mitad de partido a la pista, muy dispuesta, con esa cara de “vamos a arreglar esto” que tenía cuando su equipo iba perdiendo y ella saltaba. Pero no había nada que arreglar. Yo estaba entre el público, y oí las cosas que decían, como aplaudían cuando ella fallaba un balón, y como todo el mundo, hasta los de nuestro propio equipo, la silbaban y la insultaban. Fue horroroso. Después de ese día mi hermana no volvió a pedir que la sacaran a la cancha. Estuvo unos cuantos partidos en el banco. Luego abandonó el equipo.

 

 

 

 

 

Las cosas se iban poniendo cada vez más feas. Por fin un día la directora del colegio llamo a mi hermana a su despacho. De modo informal ya su tutor o los otros maestros habían hablado con ella. Ya se sabía lo que todos pensaban. Pero era la primera vez que la convocaban formalmente.

La directora empezó preguntándole si se había convertido al Islam . Mi hermana sabia que ella conocía perfectamente la respuesta. Tanto procedimiento solo podía significar problemas.

-No.

-Entonces, si no eres musulmana. – dijo ella, echándose hacia atrás en su sillón. -¿Por qué llevas ese pañuelo?

Mi hermana estuvo tentada de mandarla al fresco. De decirle algo así como que ese no era asunto suyo. De decirle que a fin de cuentas las mismas monjas llevaban un velo. En lugar de eso se lo explico muy serenamente. Le contó lo de la belleza interior, y lo de que a fin de cuentas tenia derecho a ir vestida como quisiera.

-Podemos ir vestidos como queramos con algunos límites. –observó la directora. –Yo mismo no puedo vestirme como me de la gana. No puedo venir al trabajo en chándal.

-Yo no se lo impediría. –dijo mi hermana.

-Me lo impedirían mis superiores, igual que yo lo hago contigo.

-Usted solo es mi superior en algunos ámbitos. No manda en mi aspecto físico.

-Te repito que hay algunas normas sobre como vestir.

-Mi aspecto no es indecoroso. Ni ofensivo. ¿Por qué se meten conmigo? Yo no voy como esos chicos de tercero que parecen ex presidiarios, ni se me ve el tanga cuando me siento, como a mis compañeras.

Mi hermana me dijo que en cuanto soltó eso había pensado; mierda. Se dio cuenta de que se había pasado. La directora estaba ofendida; a nadie le gusta que le digan que es poco escrupuloso en su labor.

-Precisamente esos chicos son el problema –dijo. –Hace una hora he tenido uno de esos aquí. Un ecuatoriano ha entrado en clase con una gorra, y cuando el profesor le ha dicho que se la quitase ha respondido que tú llevabas pañuelo y que no le daba la gana. Lo acabo de mandar una semana a su casa. No es un mal chico. Pero ahora mismo sus amigos están arriba comentando que soy injusta por permitir que tu lleves pañuelo y expulsar a un ecuatoriano con gorra, y planeando venir todos con gorra mañana y no se que estupideces mas. ¿Lo vas pillando?

Mi hermana se calló.

-Este es un instituto tranquilo, Carmen. Creemos en la tolerancia. En la integración. No quiero tonterías. Tenemos gente de todas partes. Muchos parecen buscar problemas, y yo no quiero problemas. A quien busque problemas, me lo cargo. ¿Me entiendes?

Mi hermana no dijo nada.

-Eres una chica inteligente –dijo la directora. –Estoy seguro de que harás lo que debes.

Mi hermana no contesto. Salio del despacho y volvió a su clase. Todo el mundo cotilleaba sobre lo que había pasado en el despacho, y se sonreían. Daban por hecho que mi hermana se echaría atrás. Pero al día siguiente ella volvió a entrar por la puerta de la clase con su pañuelo.

Esto sucedía en el mes de enero. Quedaban apenas cuatro meses para su cumpleaños. Supongo que mi hermana calculó que podría aguantar.

 

 

 

 

 

 

 

Veo a mi hermana poniéndole la correa a Sam para ir al supermercado.

-No tengo ningún miedo. –Dice -Nunca he tenido ningún miedo. ¡Enséñame esos dientes!  ¡Grrr!

Salía cada vez menos. Su vida social se había reducido al mínimo.  Por las tardes, si tenía que ir en busca de algo, cogía el transporte público para salir de compras fuera del barrio, donde nadie la conociese. Cuando llegaba la noche se daba una vuelta con Sam. Prácticamente no salía de la casa si no era con su perro.

Por desgracia no podía ir al instituto con él. Íbamos los dos juntos. Yo andaba  con la cabeza gacha. A la vuelta nos quedábamos a comer en casa de mi abuela, que estaba bastante más lejos, así que nos montábamos en el autobús escolar. Era el momento que mas miedo me daba. Sabía que un día se iba a liar, como finalmente pasó.  Un día una chica trató de arrancarle el pañuelo a mi hermana, y se pelearon. Fue una pelea torpe, a manotazos, pero lo justo para que el conductor parase el autobús en un semáforo y pusiese paz.

-Tu –le dijo a mi hermana, señalándole el asiento del copiloto –siéntate ahí.

El conductor de autobús era un tipo especial. Había aparecido un par de semanas antes, porque al parecer el antiguo conductor se había jubilado. No sabíamos mucho de él. Se contaba, pero yo no sabía si era cierto, que había estado en el ejército, en Bosnia y en Haití, y que allí había aprendido a conducir tanques y toda clase de vehículos. Lo que si era cierto es que tenia un aspecto bestial. No era demasiado grande, ni muy feo, pero te miraba fijamente y con un ligero rictus de brutalidad. Cuando entraba a algún sitio todo el mundo se asustaba. Tenía la presencia de un matón de las películas. A mi me parecía muy mayor, aunque solo tenia veintitrés años.

-Tú; Mira que te diga. –le ordenó a mi hermana cuando llegamos- ¡a partir de ahora tú te sientas ahí siempre!.

Mi hermana obedeció, y no volvió a tener problemas en el autobús. Pero en el instituto era otra cosa. Cada vez la cosa se ponía más y más tensa. En su clase hacia ya tiempo que le hacían el vacío. Y había pintadas alusivas a ella por todos lados. Entrabas a un aula y veías que alguien había hecho una caricatura de mi hermana en la pizarra.

Y a mi me decían toda clase de cosas.

Yo estaba deshecho. No soportaba ir al colegio. Esperaba como agua de mayo las vacaciones de Semana Santa, que de todas formas pasaron muy rápido. El lunes de pascua, justo antes de volver al colegio, caí enfermo con espantosos dolores de cabeza y tremendas nauseas. Me llevaron al hospital y me colocaron suero y estuvieron haciéndome pruebas, para descartar que tuviese meningitis o un tumor cerebral. Estuve tres días en el hospital, y otros cuatro días mas en cama, y los médicos dijeron que se trataba de stress. A causa de mi stress mis padres discutieron ásperamente con mi hermana, que tiró por la calle de enmedio y se fue a vivir con mi abuela.

Al final tuve que volver al instituto, claro.  Entonces me di cuenta de hasta que punto la situación se había salido de cauce. Todos la odiaban; los profesores, sus compañeros de clase, las chicas del equipo de voley, los ecuatorianos, los alumnos mayores, los menores, los gamberros, los aplicados, las monjas, los seglares, los fachas, los progres. Era de locos. Y los que mas padecían de aquella manía eran los musulmanes. La odiaban a muerte. No había quien les quitase de la cabeza la idea de que mi hermana se estaba riendo de ellos. Furiosos, un día fueron a hablar con la directora, para pedirle que prohibiese a mi hermana ir a la escuela con el hiyab. La directora trato de calmarles. Les dijo que haría todo lo posible pero que, en última circunstancia, ella tenía tanto derecho a ponerse el velo como ellos mismos. No podía prohibir solamente a ella que lo vistiese. Los musulmanes le dijeron entonces:

-¡Prohíbalo! ¡Prohíbalo a todos! ¡Prohíba el velo! ¡Prohíba que se lo ponga nadie!

 

 

 

 

 

La situación parecía al límite. Era cuestión de días que se alguien se abalanzase sobre mi hermana y le diese una paliza. En el ambiente había  cierta morbosa expectación, olor a gato asado, ojos famélicos y  resentimientos sádicos de solteronas. El instituto parecía como un teatro negro a la espera de que alguien gritase “todo el mundo a sus puestos”, y empezase el baile de La Primera Piedra.

Solo nos preguntábamos donde seria. ¿En la clase de matemáticas? ¿En los servicios? ¿A la salida? ¿En el pasillo?

Por primera vez vi a mi hermana estaba intranquila.

Y entonces, de un día para otro, comenzó a salir con el conductor del autobús.

-No se lo digas a nadie. –me dijo. –Como se lo digas a mama y a papa te mato.

Yo entendía muy bien por que no quería que se enterasen mis padres. Aunque a fin de cuentas mi hermana siempre había salido con quien le había dado la gana comprendía por que este caso era distinto.

-Como se enteren te mato, acuérdate.

Pero era difícil que no se enterasen, cuando todo el instituto lo supo enseguida. Mi hermana no se ocultó. Muy al contrario.

-Vaya jugada ha hecho tu hermana. –me decían mis amigos, entre risas malévolas –¡Que bestia! Ahora si que no va a haber quien le tosa.

Yo no decía nada. Hacia tiempo que había dejado de defenderla. Solo me provocaba una infinita vergüenza. Lo único que quería era que no volviese jamás a mi casa, que se quedase en la casa de mi abuela para no tener que ir juntos al instituto por las mañanas. Y, si me la encontraba en un pasillo, me hacia el despistado para no saludarla.

 

 

 

 

 

Era a mediados de abril. Estábamos en clase de Historia. La profesora de francés entro a nuestra aula y nos dijo que algunos chicos se habían borrado a última hora del intercambio que estaba previsto hacer con un instituto de Paris. Nos pregunto si a alguno de nosotros le interesaba acoger a un parisino en nuestras casas. Yo se lo planteé inmediatamente a mis padres.

-Solo serán doce días. Y luego yo podré ir a Paris. Aprenderé mucho francés.

-¿Y donde lo vamos a meter? –pregunto mi madre.

Yo no titubee.

-En la habitación de Carmen.

Mis padres aceptaron. Yo me sentí tranquilo. Eso me daba casi la seguridad de que mi hermana no volvería a casa y no tendría que ir con ella al instituto por las mañanas.

Ella parecía estar bien. Yo estaba bien. Desde que ella salía con el conductor del autobús en el instituto nadie se atrevía a meterse con nosotros. Por unos días pensé que era posible que el curso terminase en paz.

Entonces programaron una excursión. Cada año nos llevaban al vertedero de basura y a la planta depuradora de aguas residuales. En verdad allí había poco que ver, y solíamos volver de la visita a media mañana. Pero en esos días acababan de abrir un centro comercial,  y algunos alumnos convencieron a los profesores para que fuésemos. De modo que terminamos la visita en un santiamén y nos montamos todos en el autobús para acudir al centro comercial. Sin embargo cuando los profesores le dijeron al conductor donde tenia que ir, el se negó en redondo. Dijo que no iba a ese lugar, y que no iba y que no iba. Los profesores discutieron con él hasta casi ponerse violentos. Pero el conductor del autobús se mantuvo en sus trece.

-Búsquense otro conductor. –Dijo encendiéndose un pitillo -He dicho que no voy.

-¿Pero por qué no?

-Ese no es asunto suyo.  

Así que pasamos media mañana metidos en el autobús, casi en completo silencio. Los profesores estaban indignados.

Esa misma mañana, al regresar, el conductor del autobús le dio explicaciones a la directora. Le dijo que no podía ir a ese centro comercial.  La razón era muy sencilla. Su ex –mujer trabajaba allí mismo, y el tenia una orden de alejamiento. Si la quebrantaba le podían meter en la cárcel o algo.

Supongo que se trataba de una conversación privada, pero al día siguiente todo el mundo estaba enterado. Supimos que habían estado a punto de despedirlo. Supimos que le habían ordenado que pusiese fin a la relación con mi hermana. La directora le había dicho.

-Por esta vez, vale. No haré ningún informe contra ti. Pero tienes un trabajo que cuidar, Sergio. Y tienes un juicio con tu mujer en el que te juegas la custodia de tu hijo. Tú sabrás lo que te conviene.

Pausa valorativa. La directora continuó.

-Lo que yo te digo es que no deberías meterte en problemas. Y esa chica solo trae problemas. Te aseguro que en los próximos días va a traer muchos problemas. ¿Me vas entendiendo?

El conductor del autobús había salido del despacho renegando. Luego la directora había encendido un cigarro y había pensado un rato antes de llamar por teléfono a mis padres. Se veía en la obligación, diría, se veía en la obligación, Realmente se veía a si misma en la obligación;  Se veia montada en la obligación como quien cabalga un dragón o cualquier otra bestia rampante.

 

 

 

 

 

Yo me enteré de todo esto en el recreo del día siguiente, por medio de un compañero que no cejaba de martirizarme. Nadie hablaba de otra cosa. En el autobús, en cambio, había un silencio ominoso. El conductor tenia una mirada asesina.  

Todo el mundo estaba pendiente de mi hermana, pero ese día no fue a clase. Ni al otro. Ni al otro. Llegue a pensar que no iría nunca más. Al fin y al cabo ¿Por qué venia? ¿Por qué no nos dejaba en paz? ¿Por qué no se presentaba solo a los exámenes? Estaba hartísimo de ella y deseaba con todas mis fuerzas que desapareciese, que se la llevase una ola, que la tierra diese acogida a su irritante presunción, que se largase de viaje para martirizar a otras gentes imperfectas, que se abriesen a su paso las aceras y se la tragase la tierra.  

Pero a la semana siguiente la volví a ver. Durante el recreo, sentada en una esquina del patio, estaba leyendo un libro con su odioso hiyab. Durante un instante me cruce con su mirada contrita. Fije la vista en otro lado y no me acerque.

Era un cobarde, si. Pero también era inexorable mi culpa. Esa tarde fui a casa de mi abuela a hablar con ella. Recuerdo que cuando llegue estaba sentada en el pequeño cuarto de las muñecas, a oscuras, como quien se esconde de la muerte. Yo no sabia que decir. Ella tomo la iniciativa por su cuenta.

- No es verdad que Sergio sea un maltratador. ¿Sabes? Es que su mujer le denuncio para quedarse con la custodia de su niño.

Niños, mujeres. Yo no sabia que pensar. Todo me parecía sucio. Me acorde que unas semanas atrás mi hermana había aparecido con unos moratones. Ella contó que se los había hecho otra chica, pero ¿Quién sabia?

-Papa y Mama dicen que vuelvas –dije yo.

-Por el momento  me quedo aquí.

-Dicen que te quites el pañuelo.

Mi hermana se arrebujo en el sofá.

-No puedo hacer eso. –dijo –¿No te das cuenta? Las cosas han llegado a un punto que no puedo hacerlo. ¿Es que no lo entiendes?

-No.

Baje la cabeza. Me parecía evidente que se estaba buscando ella misma que alguien a no tardar mucho le partiera la cara de una paliza. Que fuesen unos, que fuesen otros, ¿que importaba? Me sentía impotente. La odiaba,  y me odiaba a mi mismo por ser un niño y no poder defenderla. Y entonces me salio del alma decirle.

-Carmen, Carmen, ¿pero por qué tienes que ser así?

Me sorprendí de mi propia pregunta. Tuve la sensación de que las palabras se quedasen flotando, como si fueran un bocadillo de un comic y estuviesen al lado de mi cabeza. Pero ella no pareció sorprendida. No se evadió. Bajo la cabeza y puso un mohín de hastió. Pensé que ella misma se había hecho la misma pregunta cientos de veces.

-No se. –dijo tristemente   -Es que no puedo ser de otra manera.

Había respondido sin ningún orgullo, como quien constata algo que no va del todo bien

-¿Que piensas hacer? –le pregunté.

Me pareció que estaba a punto de sollozar

-Francamente no tengo ni idea. –respondió. –Lo único en que pienso es que me quedan veinte días. Te juro que es lo único que pienso. Procuro con todas mis fuerzas no pensar en otra cosa.

 

 

 

 

En esas, a mediados de mayo llegaron los franceses. Yo y mis compañeros  fuimos con nuestros padres al aeropuerto a recogerlos. Estaba también la directora y algunos profesores, en una especie de comisión de bienvenida. No sabíamos mucho de ellos.  Nos habían dicho que su instituto estaba en uno de los barrios mas elegantes de Paris, así que suponíamos que serian bastante pijos. Nos llevamos una buena sorpresa cuando los vimos salir por la puerta de llegadas y vimos que la mayoría eran judíos.

El chico que nos toco a nosotros se llamaba Daniel. Como muchos de sus compañeros iba vestido con una camisa blanca y una corbata negra, y tenia tirabuzones y en la cabeza llevaba una kipa. Parecía muy tímido. En el trayecto de vuelta a casa mi madre trato de darle conversación en francés, pero a todo respondía con monosílabos. Finalmente conseguimos que se relajase un poco hablándole de fútbol. Era un fanático del Olympique de Lyon. Pasamos la tarde jugando en la play station y finalmente él y yo logramos hablar de algo. De teléfonos móviles. De el tono exacto de color rojo que había patentado Coca Cola.  De Grandes Hitos de la Magia. Del agujero más profundo de la Tierra. De los extraterrestres de Roswell. De su ortodoncia. Del dilema del prisionero. Su cociente intelectual superaba, según me dijo, los ciento veinte, “lo que prácticamente significa que soy un superdotado”. A mi, particularmente, me parecía un pedante, pero se suponía que había venido a aprender español, así que mis padres y yo le dábamos conversación todo el rato.

Cada día hablaba más y más. Se había arrancado. Resultó que sabia de todo. Pero el cuarto o el quinto día, no recuerdo, mi hermana se pasó por mi casa. Entonces se quedo mudo.

-Mira lo que has hecho, -le dijo mi madre. –¡Estarás contenta!

-¡Pero si yo no he hecho nada!.

También era muy piadoso. El sábado, por ejemplo, se lo pasó entero encerrado en el cuarto de mi hermana. Yo fui a jugar al fútbol y cuando volví todavía estaba allí a oscuras.

-¿Qué tal? –pregunté yo.  

-La luz esta apagada.-respondió enigmáticamente.

-Ya veo que está apagada. –Observé yo- El interruptor esta ahí, junto a la cama.

- Puedes encenderla tú, si quieres. –dijo él.

-¿Pero por que no la enciendes tu? Solo tienes que estirar el brazo. Verías mejor lo que estés haciendo con la luz.

-La luz no esta encendida –contestó.

Me resulto muy extraño. Pensé que tal vez no sabía pedir las cosas en español. O que estaba atontado. Fui al salón y se lo comente a mi madre, que bajo la voz para decirme.

-Pues no se. Sé que en sabbath los judíos no pueden hacer ningún trabajo. Ni el más mínimo. Igual por eso no puede encender la luz.

Mi madre tenía razón. Al día siguiente hable con Daniel de eso. No le gustaba hablar del tema, pero aun así me explicó que el sábado les estaban prohibidas ciertas cosas que se consideraban impuras. A decir verdad estaban prohibidas cientos de cosas. Estaba prohibido encender la luz, por ejemplo. También estaba prohibido pulsar un timbre. Y estaba prohibido pulsar los botones de un ascensor. Y estaba prohibido abrir cartas. Estaba prohibido engrapar dos papeles. Estaba prohibido exprimir naranjas. Estaba prohibido romper pedazos de papel higiénico. Estaba permitido dormir en una hamaca, pero solo si el árbol es tan grande que no se inclina con el peso. Si se inclina, estaba terminantemente prohibido. Abrir el frigorífico estaba prohibido, pero había una manera concreta de abrirlo usando una toalla que estaba permitida. Untar gel o pasta de dientes también estaba prohibido, pero untar mantequilla no. Estaba prohibido pedirle a un gentil que hiciese nada de estas cosas prohibidas por un judío, pero estaba permitido lanzarle indirectas para que lo hiciese. Estaba prohibido escribir, hacer cuentas, trabajar, escuchar la radio, tocar un instrumento, caminar mas de un kilómetro, separar la paja del grano, cortarse las uñas o redimir a un primogénito. Pero estaba permitido usar un implante coclear. Estaba permitido pelar una naranja. Estaba permitido ordeñar una vaca. Estaba permitido nadar si te caías a un río. Si no, no estaba permitido nadar.

 

 

 

 

 

 

 

Me acordaba de mi hermana. La echaba de menos. La directora del colegio le había dicho que no quería problemas mientras estuviesen los franceses y le había sugerido que no fuese a clase, así que ella solo iba para hacer los exámenes finales. Yo llevaba varios días sin verla. Me aliviaba pensar que estaba pasando desapercibida. Los profesores y también los alumnos estaban ocupados en otras cosas, como el fin de curso y la visita de los franceses. Después del pasmo inicial, la directora había decidido aprovechar la oportunidad de acoger alumnos judíos.

-Somos un instituto tolerante. Creemos en la integración.

Había un concierto organizado para final de curso. La directora habló con el profesor de música y le dijo que seria interesante organizar algo ecuménico. Los alumnos musulmanes, por ejemplo, podrían cantar alguna canción tradicional árabe. Y se les podía pedir a los judíos que cantasen una canción de las suyas.

El profesor de música protestó. Dijo que era imposible preparar eso en solo una semana, con los alumnos en mitad de los exámenes, y que a fin de cuentas los árabes iban a cantar Grease, como todo el mundo. Pero la directora no dio su brazo a torcer. Estaba convencida de que quedaría la mar de bonito. Seria una celebración de la grandeza de las tres religiones monoteístas, dijo.

-E invitaríamos a la televisión.

Mi clase había preparado una versión de Imagine. La íbamos a cantar en inglés, pero el profesor de música le pidió a un alumno que la tradujese al árabe y todos nos la aprendimos en árabe, sin tener la menor idea de lo que decía. Luego le sampleó un laúd y se acabó.  

El concierto se celebraría el viernes. Era el último día de curso para los de segundo de bachillerato. Nunca había deseado tanto que algo terminara. Estaba agotado. También coincidía que era el cumpleaños de mi hermana.

 

 

 

 

 

El jueves por la noche hubo un temporal. De repente, a media tarde, el cielo se  había empezado a cubrir con unas veloces nubes cenicientas. Luego se pusieron casi negras. Tan pronto tapaban por completo el sol como dejaban pasar su luz más resplandeciente, como si los días y las noches y las estaciones durasen minutos.

 Después se desató el vendaval.

Salía del último ensayo y volvía a mi casa con Daniel. La lluvia nos golpeaba en la cara, pero el viento no nos dejaba abrir los paraguas, así que nos pusimos empapados. En el camino vimos que la ciudad estaba completamente paralizada por los atascos. Algunas alcantarillas habían reventado, y el agua se acumulaba en los puntos bajos de las calles, convertidos en estanques. Estábamos vadeando una calle cuando de pronto el viento arrancó de cuajo una valla publicitaria, que salió volando cincuenta metros y  quedo suspendida un segundo en el aire, inmóvil, como un ave cazada. Se mantuvo allí hasta que al fin cayo aplastando violentamente un coche. La tormenta rugía de tal modo que todo el suceso se había desarrollado ante nuestros ojos en su silencio. No se oyó cuando el metal se arrugó como el papel.

Atravesamos el parque. Era increíble el estruendo que formaban las hojas de los árboles, que se agitaban frenéticas.

Ya en casa y a eso de las nueve, a la hora de cenar, hubo un pequeño receso, pero cuando nos íbamos a meter en la cama la tormenta se avivó. El viento comenzó a golpear las ventanas con un ruido sordo. Comenzaron los truenos y los relámpagos, y entonces sobrevino el apagón. Nos quedamos sin televisión. Mi madre encendió unas velas y estuvimos esperando que volviese la luz una hora o así, hasta que comprendimos que no había nada que hacer y nos fuimos a la cama. Yo no tenia sueño. Estuve escuchando el silbido del viento colándose por las rendijas, ese silbido extrañamente continuo como el de alguien que no necesita inspirar, como el de una mole que cae continuamente. 

            Finalmente me dormí. Llevado por el viento, fui a parar a una montaña. Yo estaba en la ladera de la montaña, rodeado por hierbas altas y margaritas. Mas abajo, se veía un lago de aspecto pacífico. Sus aguas, de color esmeralda, estaban inmóviles. Era un paisaje muy plácido, pero de pronto oí un ruido ensordecedor. Levante la cabeza y vi pasar sobre mi un avión inverosímilmente bajo. Iba tan bajo que casi lo podía tocar, y veía perfectamente las caras de las personas que se asomaban a las ventanillas, saludándome con sus manos y sonriéndome. Vi como pasaban como a cámara lenta sobre mí, y luego, con un sentimiento de impotencia, los vi alejarse y precipitarse al lago. No hubo ningún ruido. No hubo ninguna explosión ni nada parecido. Sencillamente el lago se trago el avión como si jamás hubiese existido.

            Aterrado, comienzo a correr ladera abajo. Busco a mi hermana. Corro y corro apartando las hierbas y las margaritas, que se quedan prendadas de mi ropa y me frenan. Finalmente llego a un lugar distinto. Hay una caverna. Yo se que mi hermana esta dentro. Yo se también que dentro hay también un terrible oso. No me decido a entrar.

            Me desperté. Estaba sudando. Daniel me dijo que había estado gritando. La angustia me estallaba en el corazón.

 

 

 

 

 

 

            Era el último día del curso. Parecía como si nada hubiese sucedido. Hacia un día esplendido. El aire estaba limpio. Incluso el suelo de las calles estaba extrañamente seco. Solo en algunos lados se veían algunos árboles arrancados o algunos charcos. Pronto me enteré de que los restos de la tempestad eran en realidad mucho más espectaculares. En una playa cercana había aparecido esa misma mañana un rorcual de más de veinte metros. De madrugada, un hombre que paseaba a su perro se había topado con el. En el instituto todos estábamos ya al corriente.

            Nos dieron las notas y subimos al autobús para ir al teatro donde íbamos a dar el concierto. Entonces la directora cogió el micro y dijo que, como aun quedaban dos horas para el concierto, haríamos una breve parada por la playa para ver a aquel monstruo.

            Yo iba en los asientos de delante. No me juntaba con los demás chicos. No me juntaba con nadie. Iba en los asientos delanteros mirando el mundo pasar, mirando al trafico. Me preguntaba como seria aquella ballena.    Y entonces fue cuando lo oí.

Era algo sutil, estruendoso, tremendamente ruidoso, como aquellas hojitas de los parques que se agitaban frenéticas. ¿Qué ruido puede hacer una hojita, diréis? Pero tenéis que saber que yo había adquirido una sensibilidad extrema para ese ruido; el cuchicheo, la murmuración, las risas que se ocultan cuando giras la cabeza.

            Baje la mirada. Era incapaz de volverme. Porque sabia que cuando lo hiciera me encontraría con los ojos de los judíos, de los árabes, de los cristianos, de los profesores y los alumnos. Sabía que me mirarían y lo que me dirían sus miradas; Que había llegado el dia.

            Recordé, como un fogonazo mi sueño. Al avión. A la bestia. A mi hermana en la caverna.  Mi cabeza no hilaba las imágenes, pero revivía completamente mi angustia. Sabia lo que significaba mi sueño, y lo que iba a pasar. A mí alrededor se preparaba un aquelarre de odio. Invocada por aquel odio inconcebible, la tempestad se había cernido sobre nosotros, y un colosal Leviatán había sido arrancado por ese odio de las entrañas del mar.

            Hice un supremo esfuerzo para girarme. Mis compañeros me parecieron alterados, excitados. ¿Apartaban de mis sus miradas? ¿Qué estaban preparando? Entonces vi al fondo el hiyab de mi hermana.

 

 

 

 

 

 

            Se levantó y vino hacia la parte delantera del autobus. Yo me levante también. En el pasillo del autobús le dije.

            -¡Carmen!. ¡Estas loca!¡Tienes que irte de aquí! ¡Te van a pegar!

            Pensé que ella venia hacia mi. Que me había oído. Pero su mirada me sobrevoló, y se poso en el conductor del autobús.

            Yo me giré. No entendía nada de lo que pasaba. Preste atención a la directora, que discutía con el conductor del autobús. La directora parecía pedirle explicaciones, porque ese no era el camino de la playa. Mire por la ventana y me apercibí de que en verdad no íbamos por la autoría de circunvalación hacia la playa, sino que estábamos atravesando el centro de la ciudad. La directora estaba cada vez más nerviosa

            -¿Pero donde vas?

            El conductor seguía conduciendo, a lo suyo. Pasamos a la zona del centro restringida al tráfico. Pero nuestro autobús era transporte escolar.  La directora se estaba enfadando de verdad.

            -Para. Gira. Da la vuelta.

            De pronto apareció delante de nosotros un coche de policía. Estaban cortando el paso. Un policía hizo señales al conductor de que se detuviese. Pero el conductor del autobús no lo vio, o hizo como que no lo había visto.

            -¿Pero que haces? –gritaba la directora. –¿No has visto a los policías? ¡Para ahora mismo!

            Pero el conductor del autobús no paró. Ya no decía nada. Ya no intentaba calmar a la directora

 Por el espejo retrovisor le vi mirar a mi hermana. Y vi a mi hermana sonreír.

-¿Dónde vas? ¡Sal de aquí!. –Gritaba la directora al conductor del autobús, cada vez mas histérica –¡Te ordeno que salgas!

Llegábamos a la plaza de la catedral. El conductor paro allí, en mitad de la plaza. Entonces, en ese momento, oi el grito de mi hermana.

Me volví. Estaba tras de mi, de pie en el pasillo del autobús. Y llevaba la cabeza descubierta. Dos chicos mayores estaban situados detrás de ella. Uno blandía unas tijeras. El otro sostenía el hiyab que le habían arrancado, como si fuese una cabellera.

Y entonces todo el autobús prorrumpió en gritos y silbidos. Aullaban. Pataleaban. Estaban eufóricos. Parecía una gran fiesta.

Pero mi hermana no se achantó. Miro al chico que sostenía su hiyab a los ojos. Le sonrió con algo parecido a la dignidad. Algo parecido a la compasión. Este chico había salido alguna vez con mi hermana.

Mientras tanto, los chicos del autobús acompañaban esta escena con gritos modulados a coro; “uuuh” “aaahh”. A mis espaldas la directora ora le gritaba al conductor ora trataba de poner orden en todo ese jaleo, alzando la voz. Era un mare mágnum.  Y yo no apartaba los ojos de aquellas pequeñas tijeras. Porque pensaba que se las iban a clavar.  Entonces, se alzo la voz de alguien que dijo. “Eh, mirad por las ventanas”. Y de repente se hizo el silencio.

 

 

 

 

En la plaza, como si fuese una manifestación, estaba afluyendo gente por todos lados. Todo tipo de gente. Había mayores y jóvenes. Había mujeres y hombres. Había blancos y negros. Había algunos niños. Había viejos. Parecía una especie de manifestación, pero no llevaban ninguna pancarta, ni llevaban banderolas, ni llevaban nada. No llevaban ni siquiera ropa.

Estaban completamente desnudos.

Me asome a la ventana. Vi a una chica rubia que caminaba de la mano de un joven con el pelo largo recogido en una trenza. Y vi a un anciano muy delgado, el pelo de su pecho era blanco, como algodón sucio. Vi a un hombre tan gordo que la panza se le plegaba sobre el sexo, y al andar los muslos se le movían como gelatina. Vi un niño como yo. Y a una mujer de mas de ochenta años, decrepita, y sus pechos eran como pellejos. Y todos iban extrañamente rápido, como si llegasen tarde a una cita, o como si participasen en un juego. Algunos, los más ágiles, incluso corrían y daban saltos.

Estábamos siendo rodeados por centenares de personas desnudas. Y era alucinante.

Me volví a mirar a mis compañeros, que estaban en silencio en el autobús, sin poder dar crédito a lo que veían. En particular, los franceses parecían completamente asombrados. Miraban hacia fuera con la boca abierta y ojos como platos, incapaces de asimilar lo que estaban viendo. En la mirada de Daniel vi que estaba maravillado.

Con las narices pegadas a los cristales mirábamos a la gente desnuda. Y la gente desnuda también nos miraba a nosotros, a nuestro autobús que era como una pecera en mitad de la plaza, y agitaban las manos para saludarnos, y nos señalaban con el dedo, y nos decían cosas, y reían.

-¡Vamos a hacernos una foto! –nos explicaron. -¡Vamos a hacernos una foto todos desnudos!

Mientras tanto la directora le chillaba al conductor.

-¡Sácanos de aquí! ¡Te ordeno que nos saques de aquí!. ¡Sácanos de aquí ahora mismo, pedazo de hijo de puta!

Estaba fuera de si. Las venas del cuello estaban a punto de reventársele. Parecía que le iba a dar un ataque de verse rodeada por esa gente.

Mi hermana, muy tranquilamente, le quitó de las manos el hiyab al chico que aun lo sostenía. Y en ese momento el conductor se levanto de su asiento. Parecía muy seguro de lo que hacia. No le hacia el menor caso a la directora. Mirando a mi hermana, y mirándonos a todos, se quito la camiseta y alzó los brazos dando un alarido de alegría. Mi hermana respondió a su grito con otro, y agitando los brazos por encima de sus cabezas bajaron los dos del autobús.

Y una vez fuera, abrazándose y sin dejar de dar gritos, empezaron también ellos a quitarse la ropa, hasta que se quedaron tan desnudos como los demás.

Todos nos quedamos estupefactos. Mirábamos a la gente desnuda. Mirábamos a mi hermana. Mirábamos al conductor. Me di cuenta de que tenía un oso tatuado en el hombro. En menos de medio minuto toda lo que llevaban puesto se quedo tirado en el suelo; Los pantalones de él, la camiseta, el vestido de ella, la ropa interior, el hiyab. Todo el autobús miraba a mi hermana y al conductor del autobús desnudos, dando saltos y gritos de felicidad, como alguien que esta a punto de zambullirse en agua helada. Y dando saltos y gritos es como les vi perderse entre su multitud.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Unos dias después Madji y yo fuimos a ver el rorcual con nuestras bicicletas.

Llegamos cuando ya casi se hacia de noche, y tuvimos que dar un rodeo para acceder a la playa. El caso era que el rorcual había acertado a dar con una playa junto a la cual había un camping nudista. Los nudistas estaban hartos de las visitas de los medios de comunicación y de los curiosos. Recibían de malos modos a todo el mundo. Eran muy celosos de su intimidad.

Madji y yo, decía, llegamos a la playa por un camino entre las rocas. Desmontamos de las bicicletas y nos acercamos en silencio a la playa, para no llamar la atención de los nudistas y que no nos viniesen a echar. Pero la playa por suerte estaba vacía a esas horas.

En el borde del agua, tendido sobre su vientre y lamido por las olas, estaba el rorcual. Era una bestia pinta. Blanco calamar. Negro alquitranado. Sus aletas eran, en proporción a esa mole, ridículamente pequeñas. Y en su barbilla tenia un centenar de pliegues. Pero no tenía cuello, no tenia extremidades. No podía girar la cabeza. No se parecía a nada que yo hubiese visto antes.

No había forma de saber por que estaba allí. Quizás estuviera enfermo. Quizás se había cansado de vivir.

-¿Esta muerto? –pregunto Madji.

-No lo se. –dije yo. –Parece que no respira.

Nos sentamos en la arena, en silencio. Intentábamos vigilar si se movía o no. Luego caí en la cuenta.

-Es inútil –dije. –Puede aguantar la respiración durante horas.

-Igual nos esta engañando.

-Si.

A pesar de todo, esperamos. Esperamos a ver si respiraba. Esperamos durante horas que diese alguna señal. No se si esperábamos que estuviese muerto, o que no lo estuviese. Sencillamente nos era imposible irnos de allí. Y mientras le mirábamos tratábamos de concebir como seria ser tan grande. En silencio tratábamos de imaginar los sitios de donde venia. Las cosas que habría visto. Y era desesperadamente inútil. Pero no podíamos irnos de allí.

Titanic

Publicado en Uncategorized el Junio 29, 2009 por EL Sedal_MT

El barco se convulsiono. ¿Que pasa?

-Preséntese ahora mismo frente al capitán, fontanero. –me ordena un sobrecargo.

-Los acontecimientos son graves. –me dice solemne el capitán. –¡No hace falta que le insista en que esperamos mucho de su profesionalidad!

-A sus ordenes mi capitán, -respondo.

Bajo al compartimiento de estribor. Con mi soplete y mi llave inglesa comienzo a cerrar válvulas; pim, pam, pim, pam, zas, zas.. Trabajo.

-¡Fontanero! ¡Compartimiento cinco! –me llaman

-¡Fontanero! ¡Sala de maquinas!

-¡Fontanero! ¡Cubierta  de calderas!

Voy. Voy. Voy. Y resulta que todo esta inundándose de agua. De la estupefacción casi se me cae la llave inglesa de las manos. Pero a mi espalda el capitán, el sobrecargo, los oficiales y todos los caballeros y las damas de la nave me observan ceñudos y cuchichean entre si, cada vez mas indignados por mi inoperancia.

-¡Fontanero! –me amonesta el viejo capitán, señalando el desastre. -¡Por Dios Santo, fontanero!

-Yo … el iceberg… -balbuceo, avergonzado.

-Excusas. –contesta el capitán. –¡Siempre excusas! ¡Trabaje duro! ¡Siga trabajando duro!

Las damas, los caballeros, me miran mal. Conozco esa mirada. Es la mirada de alguien que pone a alguien en su sitio. Llevan siglos mirándonos así. Y todavía nos miran así, en los botes, mientras se alejan.2163903046_9bf9d86f31_o

Zona Cero

Publicado en Uncategorized el Junio 22, 2009 por EL Sedal_MT


Nos habíamos quedado todos callados, absortos en nuestras cosas. De pronto la novia de Javi levanta la vista de la mesa y dice:

-Vale. Voy a contaros lo que me pasó ayer.

Estamos en la terraza de la casa que  Javi y su novia comparten en el Albaicin. Acabamos de terminar la comida. Hace una hora estábamos brindando y haciendo chistes,  pero ahora que tenemos la barriga llena nos sentimos amodorrados, saciados y silenciosos. Javi y Marina van y vienen de la cocina, quitando platos de la mesa. Hernán lía un porro. La novia de Javi y yo nos lanzamos miradas con complicidad, porque es el cumpleaños de Javi y en algún momento tendremos que ir a la cocina y traer la tarta coreando “cumpleaños feliz, cumpleaños feliz”.

El día anterior Juan había propuesto: “Vamos todos a comer a la casa de Javi, y así celebramos lo de él y lo tuyo”. “Estupendo”, dije yo. Yo tengo veintitrés años. Acabo de terminar la carrera y me han concedido una beca para ir a Berlín. Guillermo avisó a Javi por teléfono. “Javi”, dijo. “Vamos a ir todos a comer a tu casa”. “Muy bien”, dijo el, y añadió “Venid cuando queráis”, aunque era absolutamente superfluo que dijera eso, en verdad íbamos a su casa siempre que queríamos. “Llama tu a Elenita. Y a Hernán. Y a Marina”. Por el camino nos encontramos con Fariba. “Donde vais?” “A la casa de Javi. Vente”. “Vale”, dijo Fariba.

Así que aquí estamos otra vez, en la terraza de la la casa de Javi y su novia, como otras tantas veces. Los perros están tumbados al sol. Miran de reojo al gato de la novia de Javi, que se pasea bajo la mesa frotándose con nuestras piernas, a la espera de que le caiga algo. Pero hoy hasta los perros y los gatos parecen en paz. Hace un día esplendido, un día soleado y maravilloso de mediados de septiembre, uno de esos días en que es muy agradable subirse las mangas de la camisa para sentir el calor del sol, y se escucha el sonido de los pájaros.  Y tal vez por eso nadie dice nada, nadie se siente en la obligación de decir nada, porque somos amigos y podemos estar durante horas en silencio, porque ya hay mucho dicho.

-Voy a contaros lo que me paso ayer. –dijo la novia de Javi, de todos modos.

“Ayer iba por la calle cuando de pronto pasé frente a la heladería y me apeteció comerme un helado. Como no llevaba dinero, me planté frente a la heladería y comencé a pedirle a la gente que pasaba”

“En esas estaba cuando apareció un tipo, no demasiado mayor, no demasiado joven, con una chaqueta gris y el pelo recogido en una coleta. A mi me llamó la atención una insignia en forma de espiral que llevaba prendida en la solapa. Le dije; “¿Me puede dar una moneda para un helado?” y el tipo se paró frente a mi y me miró un rato, parecía que se lo estuviese pensando. Y al final me sonríe y me dice; “Haremos una cosa: te haré tres preguntas y si tus respuestas me satisfacen te daré tres monedas” “De acuerdo”, dije yo. “Vale. Ahí va la primera pregunta: ¿Cómo te llamas?”. Yo le dije que me llamaba Anna. “¿De donde eres?” Yo le dije que era italiana. “Van dos monedas. Bueno, ahora tengo que pensármelo bien; es la tercera pregunta. Humm…. Está bien, esta es mi pregunta; ¿Qué te gustaría que te preguntase?”

“Yo no me pensé mucho la respuesta. “Pues me gustaría que me preguntase si quiero un helado”, dije. “¿Me vas a invitar?”

“El hombre de la chaqueta gris se rió. “¡Has hecho una pregunta!. La respuesta a eso te costará una moneda. Las reglas son las reglas.”

“A mi me pareció justo. Le pregunté también que significaba la insignia que llevaba en la chaqueta. Le pregunté luego de donde era. Y así me quede sin las monedas que había ganado”

“Pero el quería seguir jugando. Me preguntó si era feliz. Me preguntó a que me dedicaba. Me preguntó cuanto tiempo voy a estar en Bolivia. Luego yo le pregunte tres veces. Y así estuvimos un buen rato, preguntándonos el uno al otro, y cambiándonos las monedas”.

Todos estamos esperando que la novia de Javi concluya la historia de alguna manera. Pero no parece dispuesta a decir nada más.

-¿Y ya está? –dice Hernán.

-¿Cómo que ya está? –dice la novia de Javi.

-Si. ¿Ya esta? Conociste a un tipo,  estuvisteis dándoos mutuamente unas monedas… ¿Y nada más?

-¿Qué mas quieres?

-Lo que todos nos estamos preguntando –dice Marina con una sonrisa alusiva. –lo que todos queremos saber, es si te comiste el helado al final.

-¡Si te lo comiste! –gritamos todos a coro.

Hay grandes carcajadas. La novia de Javi dice sonriéndose que si, que se  comió un helado riquísimo. Todos reímos. Todos salvo Javi.

-¿Alguien quiere café? –dice muy serio. –Me voy a preparar el café.

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Estábamos sentados en la terraza de aquella casa, riendo y tomando el sol, igual que habíamos hecho cientos de veces en aquella casa que era un poco de todos. Siempre acabábamos allí cuando había alguna razón para reunirse, o cuando sencillamente no sabíamos que hacer. Cuando la vimos la primera vez casi no podíamos creerlo. El dueño la había descuidado durante años, y estaba llena de goteras y montones de basura. Los adictos del barrio la habían usado para chutarse durante años de encantamiento, y en el pequeño patio había decenas de jeringuillas de sangre ennegrecida. Juan no la quiso, prefirió compartir un piso en cuanto vio las condiciones en las que estaba, pero Javi y su novia no tenían apenas dinero, y querían vivir juntos como fuese y llegaron a un acuerdo con el dueño para que se la dejase por casi nada a cambio de adecentarla. “¿Pero nos ayudareis?”, decía Javi,  “Os ayudaremos”, prometimos todos, y haciendo honor a nuestra palabra hicimos una fiesta de tirar la basura, deshacernos de los muebles viejos, reparar la instalación eléctrica, echar abajo un muro interior para darle luz a una habitación, y arrancar el viejo papel pintado de las paredes, porque todo lo que hacíamos cuando estábamos juntos parecía convertirse naturalmente en una fiesta “Uf, esto ya va pareciendo otra cosa”, resoplaba Elenita, con el pelo recogido con un trapo y la cara llena de pintura. “Venid y os enseñare a pintar con una esponja, como si fuera un estucado: ¡así!”, porque Elenita sabia hacer esas cosas. Yo ayude a Juan a poner los azulejos en el cuarto de baño. “Cuando tenga una casa”, anuncie, “pondré azulejos partidos de colores en todo mi cuarto de baño, como si fuese el parque Guell”. La terraza, donde a media tarde salía el sol, era tan grande que David y Marisa informaron de que la usarían para dar sus cursillos de malabares. Hacíamos grandes proyectos; arreglábamos la casa donde prepararíamos te, encenderíamos velas. Compraríamos muebles y electrodomésticos en el rastro. No tendríamos televisión.

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La casa era fresca. Los muros eran tan gruesos que el interior apenas lograba calentarse las pocas horas que daba sol. Pero cuando lograbas vencer el chirriante cerrojo y abrías de par en par el balcón. ¡Que fiesta de luz! Y el sonido de aquellos árboles, de esas hojas estremecidas por la brisa. Y los cantos de los pájaros en mitad de la tarde diáfana. La Alhambra se veía al frente, terracota, a la luz del atardecer anaranjada.

Acabábamos de terminar de comer. Nadie hablaba. Javi estaba en la cocina. Estábamos como esperando el momento de que sucediese algo. De que llegase el café. De que apareciese la tarta. De que Elenita cogiese la guitarra acústica y se pusiese a cantar con su dulce voz aquella rara versión que ella hacia de Hotel California.  Esto es lo poco que recuerdo. Era una tarde rutilante, David cumplía veintidós años. Y de repente el vecino se asomó a su balcón y dijo; Eh, chicos, venid a ver esto.

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El once de septiembre estábamos celebrando el cumpleaños de David en la casa de Javi. Vimos en directo el segundo impacto sobre la torre sur arremolinados alrededor de la tele en la casa del vecino. Nos quedamos estupefactos. Tengo que decir que incluso estabamos excitados, como si asistiesemos a un espectáculo, y haciamos comentarios ligeros hasta que de pronto el locutor dijo que había gente arrojándose al vació desde las terrazas.

-Sacadme de aquí, -pidió Fariba.

Se fueron Laura y Elenita empujando la silla de Fariba. Después salieron Juan y David. Poco a poco nos fuimos todos de la casa del vecino. Volvimos a la casa, pero no estábamos de humor para cantar. Hablábamos acerca de lo que habíamos visto, y de quien podría haber hecho algo así. Hablamos de lo que estarían haciendo para intentar rescatar a la gente que continuaba atrapada. Y es que estábamos seguros de que los rescatarían.

El sol se había ido. En el salón de la casa hacia bastante frío. De vez en cuando alguien se levantaba y volvía a la casa del vecino, para ver como iban las cosas, se quedaba allí unos minutos y luego traía las noticias. En una de esas, creo que fue Javi el que dijo que acababa de caer la torre sur. Algunos fuimos para ver que, efectivamente, donde antes había dos edificios ahora solo había uno. Durante largos minutos estuvimos delante del televisor, que no ofrecía mas que un interminable plano de un edificio humeando entre una nube de polvo.

Toda la tarde la pasamos yendo y viniendo del salón de la casa a la casa de vecino. Estábamos consternados.

Poco a poco se fueron todos. Algunos tenían que trabajar, otros tenían cosas que hacer, otros se fueron para verse con alguien o seguir las noticias desde sus casas. Mediada la tarde cayó la torre norte. Solo quedamos en la casa la novia de Javi y yo, fumando marihuana. Llevábamos horas fumando marihuana, de eso también me acuerdo bien.

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Yo dije que me marchaba.

-No, por favor, -dijo la novia de Javi. –No me dejes sola. No después de todo lo que hemos visto. Estoy aterrorizada. –le dio tres caladas al porro muy seguidas. Echo la cabeza hacia atrás en el sillón. Luego se levantó, nerviosa. –No debería fumar. No consigo quitarme esas imágenes de la cabeza. Pobre gente.

Trate de distraernos hablando de otras cosas. Trate de que nos concentrásemos en algo agradable. Vamos a hablar de cosas agradables, dije.

Hablamos de Bolivia. La novia de Javi se iba a ir allí los tres meses de verano. Ella me dijo que en cierto modo tenia miedo de irse. Dijo que el concepto de ayuda al desarrollo era algo intrínsecamente perverso; Que las oeneges estaban empezando a luchar por un bien, la compasión, esencialmente escaso; Que un observador imparcial no podía dejar de pensar que todos los cooperantes, incluida ella misma, estaban presididos por la mayor de las vanidades; Que la dominaba el prurito de la salvación; Que cuando era pequeña había salvado de morir ahogada a su hermana menor, que había caído a la piscina un día que sus padres no estaban en casa; Que algún día escribiría la historia de su vida; Que no, no lo haría, definitivamente; Que no tenia el temperamento de una escritora; Que lo que caracterizaba a los escritores era una medrosa prudencia, la voluntad de hacerle vivir a sus personajes lo que no se atrevían a vivir por si mismos…  Yo aventuré que tendría un hotel rural, la imaginaba mucho mejor comprándose en el futuro una casa de campo, rehabilitándola, dedicándose a organizar comidas y actividades para mucha gente. Ella corroboró alegremente mi visión.  “¡La llenaré de niños!”, dijo. Y luego, como cayendo en la cuenta de algo, añadió con cierto dramatismo; “fíjate en mi; quiero traer niños a esta puto mundo.”

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Pensé que la maria tenia extraños efectos, conexiones. De pronto me acordé de él, del hombre del traje gris y la espiral en la solapa. Le pregunte que había pasado con él. Qué había pasado realmente. La novia de Javi me miró con una leve expresión de asombro, como si se sorprendiese de que le hubiese leído el pensamiento.

-¿Por qué no me lo cuentas? –dije yo.

-No hay nada que contar. –dijo ella.

Yo dije que no me lo creía.

La novia de Javi me dijo que en realidad había pasado una cosa. Algo raro.

Guarde silencio. Javi era mi mejor amigo. Continuamente nos reuníamos en su casa, que se había convertido en la casa de todos nosotros. No quería que eso terminase. De algún modo intuía que el día que terminasen Javi y su novia no volveríamos a esa casa y algo se acabaría también para todos nosotros. Por eso no quería oír lo que me iba a decir. Pero estaba claro que ella me lo iba a contar de todos modos.

-Fue a partir de la última pregunta que le hice yo. –dijo. –La verdad es que yo había salido a buscar un regalo para Javi,  y se me ocurrió que le podía pedir ayuda a aquel hombre desconocido. ¿Qué le puedo regalar a mi novio por su cumpleaños?, le dije.

Por qué se le había ocurrido eso a la novia de Javi no me lo dijo. Tal vez no era tan inocente, quizá era una forma de avisar a ese hombre algo que él todavía no había preguntado; que ella tenía pareja. El hombre del traje gris se dio cuenta o tal vez no, el caso es que le había contestado con la mayor intención: “Si fueras mi novia”, dijo, “lo que me gustaría que me regalases es un álbum de fotos”. “¿Un álbum de fotos?”. “Quiero decir”, se había explicado el hombre del traje gris., “un álbum de fotos tuyas. Fotos desde que eras pequeña”. Ella pensó de eso que no era buena idea. “No se. Realmente no me parece una buena idea”, le dijo. Y entonces, según la novia de Javi, el hombre del traje gris había  contestado tranquilamente; “Bueno. Tal vez es que no le quieres lo suficiente”:

La novia de Javi me aseguró que se había quedado muda, que aquel hombre tenia los ojos de un azul muy claro, que se arrepintió de pronto de haber mencionado a Javi, de haberle, dijo, arrojado a los leones.

La novia de Javi me dijo que debería haberlo pensado por si misma, que una novia medianamente decente sabe sin pensarlo siquiera lo que le quiere dar a su pareja.

La novia de Javi dijo que de todos modos el hombre del traje gris se había disculpado de inmediato y le había pedido educadamente perdón por meterse en los asuntos de ella., y para retomar la conversación le había preguntado que era lo que Javi le había regalado a ella en su cumpleaños. La novia de Javi me aseguró que le había sacado la lengua y le había dicho; “En mi cumpleaños nos pusimos los dos este pendiente”. La novia de Javi dijo que en ese momento se había dado cuenta de que el también el hombre del traje gris llevaba un pendiente, muy discreto, en una oreja.

La novia de Javi me dijo que el hombre del traje gris la había observado con atención y le había preguntado si eso le dolía.

Ella le había respondido que le había dolido durante un tiempo; ahora ya no.

El entonces la había mirado intensamente y le había dicho; “Ahora tu piercing me duele a mi”

La novia de Javi afirmó que no lo había dicho por decir, que parecía como si realmente le doliera. Y ella se había sentido tan turbada por aquello que huyó de allí. Literalmente se había echado a correr.

Y eso era todo lo que había sucedido.

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La novia de Javi me aseguró que desde que se había levantado esa mañana, y durante todo el día le había molestado el piercing, que no podía ya soportarlo, que había decidido que se lo iba a quitar.

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Hace tiempo que no vuelvo a Granada. A veces recibo algún correo de Hernán, que está en Londres. Me contó que hace poco había ido al Albaicin y que la casa había desaparecido. Por lo visto han decidido construir un parking y han arrasado con varias manzanas en el centro del barrio. Han hecho un solar tan grande como un campo de fútbol. La mitad de él lo forma un inmenso socavón. Y en los márgenes algunas casas están a medio derruir, abiertas como casas de muñecas, como autopsias,  como maletas en la cama de un hotel. Se ven paredes que conservan todavía un póster o un cuadro, como si los habitantes de las casas hubieran tenido que salir corriendo de ellas.

Avanza como un cáncer.

Apartamentos, me decía Hernán en su correo. Miles de apartamentos. Y locales comerciales. Y un parking.

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Recuerdo que volví a pasarme por la casa del vecino, y la televisión repetía una y otra vez las mismas escenas anonadantes.

Luego regresé a la casa de Javi para decirle a su novia que me marchaba. Anna había desaparecido. Tuve que llamarla en voz alta, hasta que finalmente di con ella en la cocina. Cuando entré me señaló la tarta de cumpleaños, que continuaba encima de la mesa. Era la tarta de chocolate con dulce de leche y fresas que había traído Laura. Nadie había probado ni un bocado.

-Llévate un trozo.

-No tengo ganas.

-Vamos, llévate un trozo. Es una pena que nadie coma.

-No, gracias.

-Laura estuvo toda la tarde de ayer preparándola. Si tú no comes un poco la voy a tener que tirar.

Laura hacia tartas. Quería ser directora de cine. Pero tres años mas tarde se subió a la azotea del bloque donde aún vivía con sus padres y saltó.

-Es que no tengo ganas.

-Como quieras.

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A veces, cuando estoy sentado a solas en un restaurante, o cuando tomo comida preparada en mi casa, me acuerdo de mis amigos. Me acuerdo de cuando cocinaba para quince personas. Me acuerdo de cuando hacíamos postres. Me acuerdo de aquella tarta. No era una tarta especial. No se por qué la recuerdo. Es uno de esos recuerdos triviales, que se te meten en la cabeza como una cancioncilla entupida, ocupando el lugar de las cosas importantes. ¿Sabéis a lo que me refiero? El año pasado, por ejemplo, por  razones que no vienen al caso, tuve una aventurilla con mi jefe. Una tarde que estábamos en un café yo intenté apagar un cigarro. Tuve que aplastar varias veces la colilla para que no humease, y mi jefe comento: “No se apagan nunca”. Ahora, no se por qué, siempre me vienen a la cabeza esas palabras cuando aplasto una colilla; No se apagan nunca, no se apagan nunca. Pero no se porque recuerdo estas cosas. Me gustaría olvidarlas para poder recordar en cambio todos los detalles de aquellos días en que estudiaba en Granada, y esas tardes en la terraza. Que mi espíritu volviese a empaparse de esa calidez, del bienestar, de la confianza, de la luz diáfana, la fortaleza roja, las risas de la gente que te quiere. Si cierro los ojos y me esfuerzo, aun nos recuerdo sentados en la terraza de aquella casa, riendo y tomando el sol, igual que habíamos hecho cientos de veces. Ni se nos pasa por la imaginación que no lo volveremos a hacer. Llevamos sandalias en los pies. Junto a la guitarra indolente hay un diábolo, y un perro bosteza. David servirá el vino. Elenita cantará su canción.  Nadie tendrá que morir. Nada cambiara nunca.

DÉJAME ENTRAR. Infiernos de la infancia infinita.

Publicado en Uncategorized el Junio 20, 2009 por EL Sedal_MT

A propósito de Lolita, recoge Félix de Azua el siguiente consejo de Vladimir Nabokov. “El escritor verdaderamente creativo debe estudiar con sumo cuidado las obras de sus rivales, incluido el Todopoderoso”. La recomendación es apropiada; solo cabria añadir, que, amen de las obras divinas, como las niñas de doce años, el escritor artístico debe también dedicar alguna atención a las obras de su antagonista. Y entre las obras del demonio, merecen muy particular atención las andanzas noctívagas de los vampiros.

De vampiros y niños trata precisamente Déjame Entrar, la última gran película del género. El argumento de esta cinta sueca que dirige Tomas Alfredson presenta la relación entre Oskar, (interpretado por  Kåre Hedebrant) un chico de doce años solitario y acosado en la escuela, y su nueva vecina, Eli, (Lina Leandersson) que se convierte para él en su única amiga, su novia, su mentora y finalmente su salvadora. Una bendita amistad si no fuese porque Eli no es una chica como las demás, o mas bien no es una chica en absoluto; no come nada, no toma el sol, no siente frío y, bueno, en realidad no tiene doce años, como aparenta, (o, como dice con encantadora precisión, “tengo doce años, pero desde hace mucho tiempo”) y por añadidura se alimenta de sangre humana. Las pruebas convergen en que tristemente Eli, ay, es una vampira.

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La película es, por consiguiente, una historia de vampirismo infantil ambientada en un suburbio nórdico. ¿Qué añade esto a la ya nutrida saga de películas de vampiros? Siendo sus protagonistas niños, es muy interesante que Alfredson haya propuesto una película, digámoslo así, adulta, prescindiendo de atarse a las convenciones de los filmes de genero; La mayoría de las películas de vampiros son o bien películas de acción, o bien películas de miedo, o ambas cosas.  Déjame Entrar no se ciñe a esto. Es extrañamente emocionante sin recurrir a grandes efectos especiales ni a ritmos vertiginosos, sino haciendo un uso medido de la tensión narrativa y primerísimos planos a las miradas de los protagonistas.  Prueba de su estilo alusivo es la penúltima secuencia del film, en el que se resuelve la trama mediante un estallido de violencia justiciera que ocurre fuera de plano, con un resultado sorprendente y genial.

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El estilo alusivo de Alfredson dota a la película de un extraño aliento poético, dando a la relación entre la niña vampiro y el niño acosado un carácter de cuento infantil, con la salvaguarda, claro, de que en este desasosegante cuento es el monstruo el que salva al niño. Algo así como si Caperucita se marchase con el lobo, vamos.  Déjame Entrar no es, desde luego, el primer relato en el que pasa algo como eso. Para desgracia de los adultos, los monstruos y los niños se profesan mutua simpatía, como si ambos viviesen en el mismo estadio premoral en el que las cosas ocurren según su naturaleza, y por lo tanto el concepto de culpa poco significa. Los niños y los monstruos comparten inocencia, y precisamente el tránsito a la edad adulta se da en ese momento en el que el niño ya no pueda mirar a la cara al monstruo (sin como decía Nietzsche, convertirse en el. Ya hablaremos de esto mas adelante).

El momento de la película en el que se pone esta moralidad negro sobre blanco es la escena en la que Eli se justifica ante Oskar. Ella, le argumenta, es más inocente que él, puesto que al fin un vampiro mata por necesidad, mientras que los deseos de Oskar de matar a los compañeros de colegio que le acosan pertenecen al reino (moral) de la venganza. El puede elegir su deseo, y asumir que desea la muerte de sus acosadores, mientras que la pequeña vampira no puede elegir alimentarse de sangre. Desde luego mata sin odio. Es como si, tras esta argumentación, Eli le abriese los ojos a Oskar; él debe elegir, y con ello pasar a ser un adulto, cosa que a ella le esta eternamente vedada.

Déjame Entrar se revela al final como una historia de aprendizaje, uno de esos bildungroman, con la salvedad de que en esta historia el papel del mentor es llevado a cabo por un vampiro.  Las enseñanzas de este ser son, como no podía ser de otro modo, muy lejanas a una moralidad cristiana de los buenos sentimientos y el sacrificio.  “Debes pegarles con todas tus fuerzas” le aconseja Eli a Oskar a propósito de sus enemigos; Frente a la violencia, no cabe sino recurrir a una violencia superior. Lo remarcable es que este mensaje, (pégales mas fuerte) no solo es cabalmente el mensaje contrario al que de costumbre reciben los niños por parte de los mayores; también es la peor noticia  moral que un niño puede oír, pues los niños encarnan la debilidad por definición y, en un mundo en el que se ven abandonados a sus propias fuerzas tienen legítimamente que preguntarse angustiados; “¿como me defenderé?”. Pero a la vez, este mensaje terrible es algo que un niño entiende perfectamente. Toda la hipocresía moral de los adultos no puede competir con su diamantina simpleza.

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Así las cosas, este cuento subvierte de muchos modos el esquema tradicional del cuento o la novela de aprendizaje. En los relatos usuales, el niño debe enfrentarse al monstruo para convertirse en adulto, mientras que en Déjame Entrar el planteamiento es muy distinto; se trata precisamente de aliarse con el monstruo para no convertirse en adulto. Y lo cierto es que los adultos del filme no son ayuda ni guía para los niños, sino que aparecen como ausentes, alienados, ignorantes o incompetentes. Llevan una mediocre existencia en un suburbio, reuniéndose en un bar para pasar la tarde, viendo la televisión sin más compañía que la de sus gatos o alcoholizándose en la cocina los sábados por la tarde. Ciertamente la sangre corre por las venas de estos desechos de la socialdemocracia, pero poco más. Su vitalidad residual les convierte en contenedores semovientes de sangre.

La originalidad del film, en suma, reside en buena medida en que en el foco de lo terrorífico esta desplazado; Son los otros niños, o los adultos, los que suponen una amenaza para el débil Oskar, nunca Eli, en cuya compañía sentimos que esta completamente seguro. De modo que la película podría plantearse como un cuento clásico contado desde otro punto de vista; “Había una vez un niño que se hizo amigo de un vampiro. Este niño descubrió cosas horribles sobre el mundo…”. El cuento seria así una especie de Peter Pan vampírico, si no fuese por algunos detalles que le dan profundidad a la película, y que vienen introducidos por el inquietante personaje de Hakan. Hakan (Per Ragnar) es el sirviente del vampiro, el encargado de asesinar y degollar para Eli, cosa que hace, por cierto, sin elegancia ni violencia; con absoluta desafección, de forma un tanto chapucera, hace un sangrado de sus victimas armado de  embudos y garrafas, con una criminalidad de fontanería que se podría denominar banal.

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La relación entre Hakan y Eli ¿Cuál es? ¿Son padre e hija? Al principio de la película puede parecer que si, pero rápidamente vemos que el siente una absoluta devoción por la niña vampira, que ejerce sobre este hombre de mediana edad una absoluta autoridad. En un momento dado Hakan le pide que, a cambio de asesinar una vez mas, no vea esa noche a Oskar, Entonces entendemos que ese hombre mayor esta celoso, y enamorado, (hasta el punto de asesinar) de la pequeña vampira. Es como un Humbert Humbert, mitad victima, mitad verdugo de una niña de doce años.

Es en esta parte donde difieren seriamente la novela y la película. En la novela, que es mucho mas escabrosa, Hakan es un pederasta que encuentra a (o mas bien es encontrado por) la pequeña vampira hallando en ella una especie de ideal de nínfula; dado que es una niña, Eli obedece a su pervertido deseo, pero dado que en el fondo no es ninguna niña, puesto que es infinitamente mayor que el, puede obviar todo escrúpulo moral. Hakan es por tanto mucho más censurable en la novela, y su suerte en ella es también mucho peor que en la película; no muere tras su caída de la habitación del hospital, sino que convertido el mismo en un vampiro, vaga en pos de Eli hecho una piltrafa humana con propósitos bien asquerosos. Parece que Jon Ajvide Linqvist no quiere dejar duda sobre la clase de despojo que es.

En la película de Alfredsen, en cambio, el personaje de Hakan no aparece dibujado como un pederasta abyecto, sino como una victima de Eli, manipulado y utilizado por ella, a la que finalmente se sacrifica, dejando abierta la cuestión sobre el pasado del personaje. Digámoslo de una vez; La cuestión, intrigante, es si Hakan, fue, muchos años atrás, un Oskar. Tal vez, como vaticinaba el aforismo de Nietzsche, Hakan fue alguna vez un niño que trabo amistad con una vampira y acabo por convertirse en monstruo, al mirarle a los ojos, perdida un día su inocencia.

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¿Esta Eli haciendo de Oskar su futuro Hakan? Si es así, desde luego la historia no es la de un vampiro que salva a un niño del mundo adulto, sino una historia (terrorífica) de seducción, y el final de la película es mucho mas horroroso de lo que parece, pues, ¿Cuál será el futuro de Oskar tras dejar entrar a Eli? ¿Le amará? ¿Le usará? Y todo ello enmarcado en la decisión que tiene que tomar el espectador a la hora de ver el film; ¿Es Eli realmente una niña de doce años?

Que la película trata sobre la seducción es patente desde su titulo (que recoge de una canción de Morrisey Let the right one in) Este titulo hace referencia a una norma vampírica según la cual un vampiro no puede traspasar el umbral de una casa sin ser invitado de alguna forma, pues si lo hace, empieza a manar sangre de él, revelando su carácter monstruoso. ¿No es esto es una alegoría estupenda del fenómeno de la seducción? Pues en él no hay en puridad victimas inocentes; también toma parte, pasivamente, aquel que se deja engañar, aceptando participar en el juego de desviación de la verdad planteado por el seductor.

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Por suerte y para nuestro alivio  no hay nada erótico en la seducción de Eli hacia Oskar. Alfredson era muy consciente de este peligro y presenta muy deliberadamente la asexualidad de sus personajes, (incluyendo, como se ha dicho al pederasta Hakan).  Y es cuidadoso en esto porque es muy común encontrar un subtexto erótico en las historias de vampiros modernas. Por lo que yo se, las historias de vampiros aparecen en el folklore desde la antigüedad, pero algo así como el Erotismo del Vampiro es bastante reciente. Aventuro que podría inscribirse en el momento (tardomoderno) en el que el erotismo se emancipo tanto del sexo entendido como reproducción como del amor entendido como entrega al otro, convirtiéndose a ojos de nuestra cultura en búsqueda del placer justificada y autosuficiente. En cuanto se reivindicó culturalmente la licitud del deleite en el cuerpo los vampiros dejaron de ser monstruos nauseabundos y se convirtieron en mitos eróticos, y ello tal vez por una razón principal; nuestra cultura esta dominada por dos fuerzas antagónicas,  el liberalismo y el erotismo, y lo que uno proscribe (ver a los demás o a si mismo como objeto) es cabalmente lo que el otro propone y hasta exige; El deseo se mezcla y confunde totalmente con agresividad.  En estas condiciones, no es de extrañar que las historias de vampiros aparezcan como la fantasía perfecta para rebajar la neurosis propia de este conflicto.

La contradicción entre Kant y Sade se pone de manifiesto en las historias de vampiros, que encarnan nuestro miedo y nuestro deseo de morder y ser mordidos, pero poco. (Además, la ávida sed de sangre del vampiro es un trasunto perfecto de la infinitud e insatisfacción de la experiencia erótica moderna, que es insaciable por definición). Este erotismo subyacente, sin embargo,  no es el único ni el principal valor de las historias de vampiros. No es solo por su carnalidad por lo que nos resultan cercanos,  sino, y tal vez ante todo, por su muy humano deseo de escapar a la decrepitud y a la muerte. El vampiro es ese personaje que pronuncia un mefistofélico non serviam ante la ley natural. Su rebelión ante ella tiene algo de demoniaco y comprendemos que debe ser castigada, pero también tiene mucho de humano y de admirable. Pues en su lucha contra el destino el vampiro muestra un apego vital que lo eleva sobre el común de los humanos, que ante la perspectiva de la muerte solo buscan como respuesta el consuelo idealista o la distracción nihilista (como los personajes adultos del film), y que legítimamente son para él un rebaño indigno que acepta la inevitabilidad de la muerte con una mansedumbre animal; Príncipe de las tinieblas, el vampiro es un insumiso existencial.

Es terrible el destino de todos los que se rebelan contra los designios de los dioses; como Prometeo o el Replicante de Blade Runner, su acción es heroica y desesperada a la vez, pero su sacrificio nos reconcilia con nuestro destino. Así, el sino de los rebeldes vampiros nos enseña que el empeño por conservar la existencia a toda costa solo se logra al precio de pagar con todo lo que de vital tiene esta, empezando por el trabajo y el amor, pues los vampiros solo parecen dedicar sus días (perdón, sus noches) a su estéril pervivir.  El precio al que pagan su inmortalidad es no poder saborear una manzana, disfrutar de la luz o, lo que es mucho peor, vivir la comunidad con sus semejantes. (En la película, por cierto, se apunta algo muy significativo que en el libro esta expuesto mas claramente, y es que Eli es incapaz sexualmente). Es como si en este mito se advirtiese de modo muy claro que se apartan de la vida y del amor de los demás los que tratan de revivir el pasado o detener el presente o en algún modo eternizarse, pues la vida es un continuo y limitado fluir de tiempo. Nada, enseñan las trágicas historias de vampiros postmodernas, puede ser eterno. Y mucho menos el amor, porque al fin y al cabo ¿Qué hay mas parecido al amor eterno que ese amor enfermo que Hakan siente por la inmutable Eli?

Es nuestra ambivalente relación con el tiempo lo que se pone de manifiesto en las historias de vampiros. Quien se enfrente al tiempo, advierten, cuide de no convertirse en monstruo. Es curioso que a mi entender en Dejame Entrar esta atemporalidad como maldición esta presente incluso de un modo sociológico; la película esta ambientada en un suburbio de Estocolmo en los primeros años de la década de los ochenta, pero yo no me di cuenta hasta bastante avanzado el film y por un detalle menor, dado que el ambiente es extrañamente actual. Ciertamente ayuda el hecho de que los paisajes estén nevados, pero en cualquier caso ni los exteriores, ni los decorados, ni la ropa, ni los peinados nos llaman la atención por su extemporaneidad. Es como si ese suburbio no tuviese historia y por él no pasara el tiempo, y ciertamente, que no pase el tiempo es algo común a todos los suburbios y es una de las cosas que los hacen inhumanos, (aunque se trate de un suburbio sueco carente de miseria). En esta época todo lo que dura, todo lo localizado e inmutable, todo lo “a largo plazo”, ha pasado de ser un privilegio de las clases superiores a un signo de privación social.  Los parias de hoy asisten al paso igual del tiempo, beben y se distraen y esperan, sobre todo esperan, así los parados como los niños acosados en su colegio, y a todos les aconsejan paciencia, ya vendrán tiempos mejores, ya crecerás, y el paro se hace largo, y la infancia también se hace larga para los que esperan y esperan y esperan.  ¿Pero quien puede, quien quiere ser niño para siempre? Me parece que  el principal mensaje de esta arrebatadora película es, como le dice Eli a Oskar, que si no queremos engrosar las filas de los no-muertos en los vivos no cabe lugar para la pasividad.

Deseodeserpielroja.com

Publicado en Uncategorized el Junio 17, 2009 por EL Sedal_MT

Oh, si yo pudiera escribir un libro que se reescribiese, un libro demente que, a medida que se vaya leyendo, refiera ciertos hechos no acontecidos. El lector, tú, (“! Pero como!” ) volvería sobre las paginas dudando, y estupefacto encontraría descritos con pelos y señales lo que no recordaba haber leído, lo que nunca habría leído en realidad, y continuaría la lectura, pero ahora no podría volver a encontrarla como la dejo;  sin por qué (pero ya se está escribiendo el por qué) ahora algunos personajes habrían partido de viaje, a otros les persigue un asesino. Ahora el sol se empieza a poner sin haber salido. Había unas anémonas, ahora son una mesa de  cocina, y el sacerdote ha parido cuatro niños. Todo es cómico, no hay muerte, apenas parece tener unas paginas, comienza hablando de la construcción de la gran Muralla China, pero no era la Muralla, era un circo, y no era en China, eran abogados, y ya no eran abogados, ya no eran barcos, ya no era un libro, era una pantalla de ordenador, ya sin el cuello ni la cabeza del caballo.

Educación para la Ciudadania

Publicado en Uncategorized el Junio 15, 2009 por EL Sedal_MT

         Fukuyama tenia razón. Para explicarles alguna cosa sobre Rousseau, y con el propósito de ilustrar la importancia de la política, se me ocurre ponerle a mis alumnos el siguiente ejemplo; El poder, les digo, lo representa en una casa el mando a distancia de la tele. Son asuntos de mucho significado cómo se gestiona, quien lo tiene… hablo y hablo hasta que, inspirado, se me ocurre hacerles una pregunta. “¿Cuántas televisiones tenéis en casa?”.
            Durante días he estado dale que te pego con la política, pero de pronto, como un fogonazo, caigo en la cuenta de mi ingenuidad. Los alumnos tienen decenas de teles. Tienen teles a porrillo. Tienen teles a mansalva. Tres es lo mínimo. Cuatro es un número aceptable. Una chica, por lo demás de lo más inteligente de la clase, me dice que en su casa hay siete televisiones para cuatro personas, aunque reconoce que no siempre están encendidas. (grandes “¡Hala!” de admiración) Otra chica me dice que tiene una tele en cada cuarto de su casa, salvo en el cuarto de baño. En fin; a ojo de buen cubero debe haber unos setenta aparatos de televisión en una clase de veinte alumnos. Únicamente una chica confiesa que en su casa solo hay una. Vive con su madre y asegura que no necesita más, pero aun así despierta la piedad de sus compañeros, que asisten en silencio a su testimonio.
          De pronto, decía, caigo en la cuenta de mi error; es lo que me pasa siempre con estos chicos; son tan corteses, y les cuesta tanto llevarme la contraria, que a veces, por puro apuro, me dejan decir sandeces durante horas.
             La política, a grandes rasgos, es el arte de repartir bienes y cargas. Durante milenios ha sido una ocupación ingente. Pero en nuestro bendito tiempo, que deberíamos llamar postpolítico, la solución de tal problema esta meridianamente clara; en lo que respecta a los bienes no hay porque pelearse repartiéndolos, sino que basta con conseguir más, y en lo referente a las cargas, pues nos buscamos otra persona que lo haga y santas pascuas. El problema del mando a distancia, señor profesor, se soluciona con otra televisión, el del transporte con una moto, el de la educación con un titulo, el de la plancha con una asistenta, el de los niños con un abuelo, y así sucesivamente.
                   Aristóteles era excesivamente griego cuando dijo que el hombre es un animal político. Con el tiempo, la política será una actividad superflua, como ahora lo es la caza. Al fin y al cabo, también durante milenios los hombres consideraron que era imposible vivir sin cazar. Tuvieron, además, en la mayor estima a los mejores cazadores. Una vida sin caza, se pensaba, era una vida sin honor. Ahora, por el contrario, la caza no es más que una afición facultativa. Para unos absorbente, para otros deleznable, pero en todo caso indiferente para el grueso de la sociedad y perfectamente innecesaria para llenarnos cada día la panza.
                 Desde luego hay ciertas diferencias entre una sociedad que tiene que salir en busca de un mamut y una sociedad que compra el pollo en el supermercado, no todas completamente desventajosas. Es más cómodo. No hay que jugarse la vida. Vale que no proporciona honor ni satisfacción, pero deja tiempo para mirar una de tantas teles. Un hipotético revival de la caza, como el de la política, no es deseable, porque solo se dará en condiciones de escasez. Cuando se rebelen los pollos, por ejemplo. O los abuelos. Solo entonces, cuando nuestra sociedad pasase de ser apolítica a ser apocalíptica, echaríamos en falta esas artes a cuyo perfeccionamiento se dedicaron nuestros nobles antepasados.