1
El mundo se divide en dos clases de personas; las que consideran indecente el sexo y las que consideran indecente el dinero. He de decir que yo soy de los últimos. También se divide en personas que usan manta eléctrica y personas que no la usan, como yo. Otra división más; están quienes disfrutan con las películas de miedo y quienes no las pueden ni ver; adivinen. Por último se divide en personas que dividen el mundo en dos clases de gente y personas que no lo hacemos. Hoy estoy gracioso. Tenía otra buena distinción, pero se me olvidó. Mi filosofía particular consiste en ellas y en unas pocas máximas; abre las ventanas. No le hagas mucho daño a nadie. No dejes que te contaminen. La verdad es que no me va mal.
La historia que les voy a contar no es nada del otro mundo, pero otra de mis máximas es; escribe cuanto quieras. Ana es supersticiosa y se que le molesta que escriba sobre ella. Cree que le pasará algo terrible para que la historia tenga un final, o algo así. Supongo que tiene algo que ver con eso que odie las fotografías. La única que le he visto es la del carnet de identidad. Me dijo que una vez tuvo que dejar un mensaje en un contestador automático y se hartó de llorar, porque imagino que le pillaba un coche y que alguien oía su voz cuando ella ya estaba muerta. Una de las cosas que más me gustan de ella es que siempre ande con esas imaginaciones estupendas que yo mismo he tenido algunas veces. Hay que tener mucho cuidado de no morirse mientras una carta tuya no ha llegado y anda por ahí, porque si no eso si que es una buena putada.
Pero casi nunca las cosas son como una se imagina.
Me encontré con Ana yendo de Huelva a Toledo, cuando me desvíe por una comarcal y la vi a lo lejos en su bicicleta, sufriendo en una cuesta. Un poco mas adelante me paré en un bar y una media hora después entró ella sudando. Comenzamos a hablar. Llevaba equipaje en su bicicleta, así que le pregunté donde iba; había salido de Sevilla y pensaba llegar hasta Madrid.
-No tienes pinta de cicloturista. –dije
-Tenias que haberme visto hace una semana. –me respondió.
-La verdad es que te imagino perfectamente, con el pelo largo, maquillada, con un perfume bueno y tacones y falda. ¿Eres de esas?
No me contestó y se fue al vater. Imagine que se había molestado, pero luego volvió a sentarse junto a mí y no paraba de decir que necesitaba una ducha, que se moría por una ducha, que entre todas las cosas al genio de la lámpara le pediría una ducha. De veras que parecía que si le quitaban la bicicleta le hacían un favor. Nos pedimos unos bocadillos. Yo no había visto nunca a una tía que comiera así. Digamos que se pegó un atracón disimulando. En cuanto terminamos de cenar le dije que no tenía un duro para pagar. Podía haber sido verdad, como otras veces, pero en esa ocasión no. Ella de todos modos no pareció sorprenderse. Saco dinero y pago todo, tenia un buen montón de billetes. Me contó que le habían dado una beca y que iba a Madrid a doctorarse en Ciencias Políticas. Yo le propuse que viniera en mi coche. Suponía que diría que no, que seguiría en bici, pero me dijo: “Acepto encantada”. Me hizo gracia que usara esa expresión, “acepto encantada”. Así que monté la bicicleta en el coche. Luego la monté a ella, y la verdad es que no estuvo nada mal.
No digan que no les avisé.
Llamé por teléfono a mis amigos de Toledo para que no me esperasen y fuimos a Madrid. Como llegamos bastante tarde tomamos una habitación en un hotel que nos pareció barato y limpio y pasamos la noche hablando y comiendo galletas de chocolate y bocadillos que preparábamos con una paté frances buenísimo que habíamos comprado. Ella no tenía muchas ganas de hablar de si misma, así que le conté todo lo que pienso que a la mayoría de la gente le puede interesar de mí. Le conté que me gusta hacer caricaturas, que he recorrido los Pirineos a pie, y que el año pasado trabaje en la almadraba. Me pareció que se interesaba mientras yo le hablaba de la emoción de ver a los atunes intentando escapar y el mar enrojeciéndose. Le conté también que iba a Girona a trabajar a un hotel de cocinero. Se animó un poco. Serian como las cuatro de la mañana cuando me confió su historia.
“Siempre he vivido en Sevilla. Por las tardes estudiaba. Por las mañanas trabajaba en una empresa de seguros. Conocí allí a un hombre. Se llamaba Javier. Después de seis meses saliendo juntos me dejó por lo que yo siempre consideré una nimiedad; una tarde lo dejé plantado en la puerta del cine. Se lo que piensas: el tópico ese de “la gota que colma el vaso”, ¿verdad? Pues no, primero porque hasta ese día nos habíamos entendido perfectamente, y segundo por la reacción tan desproporcionada que tuvo hacia mi. Tuvimos una discusión muy agria y unos días después me citó en una cafetería donde me devolvió algunas cartas y todos los regalos que yo le había ido haciendo. Abrió una bolsa de viaje y como un mago, chas, empezó a sacar de ella libros, corbatas, un llavero, todas las cartas atadas con una goma roja, una vieja peluca, medio paquete de chicles, unas gafas de sol y muchas otras cosas. Lo que no se me olvida es la forma decidida en que tanteo el fondo del bolso y sacó el pez de colores que puso sobre la mesa. Como yo no iba preparada para llevarme todo eso, la mayor parte se quedó allí, y lo demás lo fui tirando poco a poco…. Antes de separarnos le pregunté: “Si haces esto por un plantón, ¿que harás cuando alguien te ponga los cuernos?”. No se lo pensó mucho, dijo: “La mataré”. No era una amenaza en caliente, ya veras.”
“Todo eso ocurrió hace un par de años. La semana pasada un amigo común me llamó al trabajo. Creo que dijo: “Joder, Ana, ven pronto. Sonia está muerta y Javier se ha pegado un tiro. Parece que la asesinó.” Lo cierto es que lo he recordado tantas veces que no estoy segura de que fuera mas delicado en realidad”.
“Durante unos días me he sentido fatal. Ya sabes, es como si de pronto los días tuvieran cincuenta horas; cincuenta horas para trabajar, para pensar, para aburrirse, para llorar, para querer desaparecer…. Es difícil de explicar. Uno piensa que ciertas personas no van a morirse nunca. Él mismo parecía convencido de eso. No se si has visto alguna vez los estragos que hace una bala… Los dos primeros días mi única evasión era pensar que a finales de agosto me olvidaría de todo y me iría a Madrid. Pero claro, como los días no corrían pensé en adelantar mi salida, hacer un viaje de un mes que no me dejara tiempo ni para pensar, y me compré una bicicleta. Uno nunca acaba de conocerse, porque que va, se piensa. Así estés tan cansada como si hubieras abierto un hoyo de cien metros. ¿Ves? Un hoyo, tiene gracia. Por más cansada que esté, no puedo quitármelo de encima. Y cansada es peor, porque las imágenes te asaltan a tracción y no las puedes controlar, les das una y otra vez vueltas y mas vueltas, tu cabeza pedalea sobre ellas. Al final he descubierto algo terrible, y es que me siento celosa de esa chica. Celosa. ¿Te das cuenta? Yo hubiera querido que él me hubiese amado hasta matarme, y no en cambio ese teatro que se montaba conmigo con el fin de función ridículo que ya te he contado. Después de todo tiene gracia que concluya eso, ¿no? Que me gustaría estar muerta.”
Así pasa siempre. Para el pedal es estúpido todo ese movimiento circular, pero la bicicleta siempre va a alguna parte.
2
Por lo general evito a las mujeres con problemas. Además tenia que llegar pronto a Girona si no quería quedarme sin trabajo. Así que comencé a hablar de los planes que tenia y a dejarle caer lo mucho que necesitaba el dinero y a decir que cuando estuviera en Girona esto y que cuando estuviera en Girona lo otro. Pareció comprender perfectamente. Después hablamos de comida y me pidió que le diera algunas recetas. Para hacerla reír me puse una bolsa blanca sobre la cabeza y estuve preparando sobre la cama algunos de mis platos preferidos. Me preguntó:
-¿Cómo me cocinarías a mí?
Su boca tenía un sabor dulce y acido como una fresa. Se lo dije y le hizo gracia. Dormimos unas horas antes de abandonar la habitación y después salimos a comer a un restaurante barato que acababa de abrir un cocinero que yo conocía. No quería salir de viaje antes de reposar bien la comida, y ella no estaba con ánimo de empezar a buscar esa misma tarde un piso. Nos mirábamos sin saber que decir. Hasta ese momento todo había sido diversión. Como ya estábamos en ese estado de debilidad en el que no tienes mucho que hacer con alguien y tampoco quieres dejarlo sin mas nos metimos en el cine. Recuerdo la película que daban, Delicatessen. A la salida nos despedimos. Para suavizarlo un poco yo le di la dirección de mis padres en Sevilla, en donde no estoy casi nunca.
Ya llevaba casi cien kilómetros conducidos cuando caí en la cuenta de que todavía estaba en el maletero la bicicleta. Pensé un rato en quedármela, hasta que, en fin, me acorde de las fresas y de lo buena que había sido conmigo. Volví a Madrid. Como no sabia donde buscarla fui directamente al hotel donde habíamos pasado la noche. Me esperaba de pie en la puerta, mirando hacia un lado y hacia el otro, y cuando me vio no puso la menor cara de sorpresa. Enseguida me di cuenta de que estaba mala. Así que en lugar de bajar la bicicleta la subí en el coche a ella. Por más que tuviera una cara no muy apetecible y estuviera un poco antipática me dije que no podía abandonarla así. Y tampoco la podía llevar a un hospital, donde a lo sumo le darían unas pastillas y la largarían. A la pobre daban ganas de quererla. Pensé: “Adiós Girona”, y busqué en la agenda la dirección de mi primo. Era la única persona a quien conocía en Madrid, y aunque hacia más de cuatro años que no lo veía siempre nos habíamos llevado estupendamente. El problema era que lo último que sabía de él era que se había convertido en un nazi. En cuanto me abrió la puerta le pedí a Paquito que me dejara por favor quedarme unos días con mi novia, que la pobre estaba enferma.
3
En el cuarto donde dormíamos había un póster que representaba una ola negra cerniéndose sobre un mapa de Europa, con la leyenda: Arrojemos de nuestra tierra las razas inferiores. Yo pensaba: ¿Por qué las razas inferiores, y no a las razas inferiores?
Se lo comenté a mi primo, que no pareció darle importancia al asunto; las arrojarían de todos modos. A Ana también le traía sin cuidado, pero a mi esa “a” no paró de rondarme la cabeza hasta que se la pinté.
Paquito tenía un montón de libros nazis. Unos eran memorias de excombatientes, otros explicaban que el holocausto había sido un montaje, y otros se referían a los problemas que tenia el mundo y como había que solucionarlos. Leí uno muy interesante que iba de lo que podía haber pasado si Hitler llega a ganar la guerra. Cuando Paquito salía solo a la calle siempre llevaba su gorra, pero las mas de las veces iban juntos diez o doce de su panda. Como el era el único que no vivía con sus padres sus amigos siempre estaban en la casa, viendo partidos de fútbol y bebiendo cervezas. Con nosotros nunca hubo ningún problema porque nunca hablábamos de política.. Solo una vez salió el tema; mi primo dijo que iba a comprarle a un tipo una Lüger autentica y le pregunté para que coño quería el una Lüger. Pues quería una Lüger porque el mundo era una basura. Todos estuvieron de acuerdo con mi primo que quería una Lüger porque el mundo estaba hecho un asco. No crean que les podría haber preguntado por qué el mundo estaba hecho un asco. Digamos que la Lüger la querían primero.
Ana decía: “No se por qué tu primo no se deja el pelo largo. Así por lo menos tendría algo en la cabeza”. No soportaba tener que vivir allí. A Paquito en cambio creo que le caía bien, sobre todo desde que le prestó un libro y ella se lo devolvió subrayado y con signos de interrogación por todas partes; le parecía que había mostrado interés.
Empezamos a buscar y encontramos un piso en Getafe que estaba bastante bien. Cuando le dijimos que nos íbamos de su casa Paquito se mosqueó. Pensó que nos íbamos, como él dijo, “por sus ideas políticas”. Me dijo también que desde hacia días había notado que ya no estaba a gusto con él y que tenía prisa por marcharme. Y no solo eso, sino que además Ana (pensaba él) quería quedarse y yo la animaba para que nos fuéramos. Tuve que inventarme mil excusas para convencerlo de que no me largaba por sus ideas políticas. Pero no me extraña que me notara raro. La verdad es que Paquito tenía una novia que estaba buenísima la tía, y yo quería irme antes de que me volviese loco.
Empecé a trabajar de mensajero. Supongo que no hubiera sido difícil conseguir que me admitieran en un bar o en un hotel, pero aunque no sean tan buenas las condiciones me gusta probar trabajos distintos. La mayoría del tiempo estaba en la calle con la vespa, pero algunas veces tuve que coger un avión para llevar un paquete urgente. Por ejemplo una vez tuve que ir a Tenerife con el recambio de una pieza de una maquina que se había estropeado parando una cadena de producción. Me sentí fenomenal cuando vi desde el taxi todos los ejecutivos esperando nerviosos a la puerta de la fábrica, mientras los obreros se tomaban su bocadillo tan tranquilos.
Ana encontró trabajo cuidando crios. Como no conocíamos a nadie en Madrid mi primo le falsificó unas cartas de referencia y habló amablemente con las personas que llamaron por teléfono. Ella solía trabajar de noche y por eso no nos veíamos apenas. Un par de veces me llamó desde la casa en la que trabajaba y fui para ella en la vespa, con el mono negro de faena. En cuanto llegaba me ponía con los críos a jugar en la videoconsola, mientras ella Leia o veía alguna película. Luego les hacía una caricatura y se acostaban tan contentos. Es verdad que los niños me gustan y tengo muy buena mano con ellos. Una vez le dije a Ana que si ella quería podríamos tener un hijo. Me dijo que se lo pensaría. Luego, con el primer sueldo que cobré, me compre una videoconsola. Ana se cabreó diciendo que no podíamos permitírnoslo, y que nos hacían mas falta otras cosas y que la devolviera, así que cogí la videoconsola y me fui unos días donde mi primo. Luego nos reconciliamos. Me pidió perdón. Me avisó de que es de esas mujeres que se ponen como fieras ciertos días del mes. Le dije que me daba igual, porque la quería de todos modos. Compre un televisor.
4
Mi padre se enteró de que estaba viviendo en Madrid y vino pasar unos días con nosotros para así poder ver a unos viejos amigotes. En cuanto conoció a Ana se alegró de que yo estuviera liado con ella. No hacía mas que repetirse para si; “vaya, vaya; Una Estudiante”. Normalmente mi padre es temible cuando habla de política; sus insultos no tienen fin. Pero delante de ella se callaba. En cuanto estuvimos a solas me espetó;
-Dime, niño: ¿Te la follas bien?
-¡Pero papá!
-¡Coño, que soy tu padre! ¿Te la follas bien o que?
-Joder, papá. Ya me conoces.
-Bueno. Tú hazme caso; ninguna mujer te dejará mientras te la folles bien follada.
Yo no sé donde meterme cuando me quedo a solas con mi padre. Siempre acabo contestándole lo mismo; “tu ya me conoces”, porque sé que en el fondo confía en mi y que me aprecia, y sobre todo porque él nunca reconocerá que no me conoce lo mas mínimo. Nuestra relación es un poco particular porque durante quince años solo le veía en las vacaciones de verano y en navidad, en las que el volvía de Alemania, donde él trabajaba. Cuando se jubiló y regresó para quedarse yo ya me había ido de casa; así que seguimos viéndonos esporádicamente. Durante mucho tiempo lo llevé mal, pero ya me había hecho a la idea de no tener un verdadero padre. Él siempre dice que yo no he salido del todo torcido teniendo en cuenta que he crecido salvaje, “como el jamargo en los caminos”. Eso no es del todo cierto. Como suele decirse, mi madre nos sacó a todos adelante. El viejo se lamenta porque no quiere reconocer que cuando regresó ya estaba todo hecho.
Con todo era la única persona en Madrid en quien podía confiar,y le conté lo que desde hacía días no dejaba de rondarme la cabeza; Ana me había confesado que en los últimos años había tratado de suicidarse tres veces. Lo extraño del caso es que no lo hacia porque se sintiera mal. De repente estaba tan contenta y le daban tentaciones de matarse. Así que siempre que me quedaba solo en casa yo buscaba por los cajones por si ella hubiera comprado somníferos. Mi padre me preguntó si es que sospechaba que estaba loca. Yo le contesté que no lo sabía. El me dijo, acercándose a mi: “Yo diría que si. En estos días la he visto hacer cosas que nunca haría una Estudiante”. Me quedé pasmado, tratando de imaginar que serían esas cosas. Me preguntó después si en su familia se habían dado casos de locura, y de nuevo le dije que no sabía. Por la noche, después de cenar, mi padre se puso a hablar en la mesa de un hermano suyo que era esquizofrénico y contó que su abuelo se había cargado a su mujer y a sus cinco niños y después le había prendido fuego a la casa. Las dos historias eran tremendos embustes; las contó para que Ana soltara prenda, pero nada. Lo que estaba consiguiendo era asustarla, así que le pedí que se callara y le propuse a ella salir a tomar una copa.
En el pub estuvimos hablando de mi viejo. No se atrevía a decirme claramente lo mal que le caía. Cuando regresamos encontramos que le había quitado las ruedas a la bicicleta, la había apoyado en unos cajones y estaba pedaleando en calzoncillos. Sin decir nada Ana se fue a nuestro cuarto. No se porque mientras se quitaba la ropa me acordé de mi madre, despotricando siempre que nos veía toquetear los botones de la televisión o del video. Así era también ella; siempre que uno jugaba con algo, pensaba que se acabaría por romper.
5
Mi padre se largó. Un día le pedí a Ana que me acompañara al médico. Entramos en el ascensor con un muchacho y ella le dio al botón del cuarto. Nos miramos Ana y yo y le señalé a él con las cejas.
-No te preocupes, -dijo –Este chico va al sexto piso.
Era verdad. No se como lo sabia. Le pregunté y me aseguró que no lo había visto en su vida. Me extrañe tanto que me olvidé de lo preocupado que estaba por el bulto que tenía en la rodilla. El medico me recetó una pomada y me aseguro que solo era un poco de líquido sinovial.
-Ya sabía yo que no era nada. –dijo ella cuando salimos.
Yo no quería jugar mas a las cartas con ella; llevaba días observando que siempre me ganaba. Una tarde de pronto me dijo:
-Llama a tu primo. Ya hace mucho que no sabes nada de él.
Lo llamé y cogió el teléfono su novia. Resultaba que Paquito se había peleado con otros tipos. Le habían dado una buena paliza y estaba en la cama. En cuanto oyó a su novia se levantó para hablar conmigo. Tuvimos una conversación extrañísima, porque el estaba completamente sonado, y en cuanto a mí ya pueden imaginarse; estaba seguro de que Ana lo había adivinado de alguna forma.
Mis preocupaciones no habían hecho más que empezar. Una amiga de la facultad de Ana que de vez en cuando trabajaba en la radio llegó con la noticia de que un tipo que conocía iba a abrir un teléfono erótico y necesitaba chicas para grabar cintas con susurros, jadeos y guarradas. Le dijo a Ana que con su bonita voz ella también podía probar suerte. Una tarde llegaron las dos tan contentas diciendo que las habían aceptado. A mi no me hacia mucha gracia, pero a todo lo que yo les decía ellas respondían con gemidos muriéndose de risa.
Por la noche tarde en dormirme.
Estuve pensando.
Entre unas cosas y otras, Ana me traía loco. En el desayuno le comente todo el tema. De lo suyo, ella dijo: “Coincidencias. Tonterías,” sin levantar la vista de las tostadas que untaba de mermelada de melocotón. Yo proseguí con mi plan.
-¿Crees que son tonterías? Esta bien. No te lo había querido decir hasta ahora, pero un par de días antes de que viniese mi padre tu hablaste en sueños de él. Y hasta le llamaste por su nombre, cuando yo no te lo había dicho nunca. ¿Crees que eso también son tonterías?
Parece que eso la inquieto un poco. No hablamos mucho más. Ella se despidió diciéndome; “Ten cuidado, un día de estos te vas a matar”. Normalmente ella no es así, de modo que me di cuenta de que estaba asustada. Ese día tuve menos trabajo que de costumbre. Regresando de Fuenlabrada de hacer un servicio lo hice; me cercioré por el espejo retrovisor de que no venía nadie y en una curva con buena visibilidad que ya conocía entre un poco pasado y me caí. La verdad es que me hice mas daño del que me esperaba. A eso de las tres supuse que ella ya estaría en casa y la llamé desde el hospital para que viniera a recogerme. Llegó a toda prisa. Yo ya había imaginado que cuando viera mi vendaje y el mono roto se impresionaría, pero no hasta ese punto. Ni siquiera hizo falta que le recordara sus palabras. Estaba tan desorientada que para animarla me pasé la tarde bromeando y la invité a cenar. Durante un par de días no me atreví a hablar del tema, hasta que una mañana apenas nos levantamos le dije a Ana lo que había estado hablando en sueños; que si salía en ese teléfono erótico algo horrible acabaría por pasar. Pero no sirvió de nada, porque había cobrado la tarde anterior y la cinta ya estaba hecha.
6
Como tenía un esguince en la mano estuve unos días sin poder trabajar. Ana pasaba la mañana en la facultad, y por las noches cuidaba crios, de modo que a mí me sobraba tiempo para aburrirme. En el puente del día de la Constitución la convencí para que hiciéramos un pequeño viaje de vacaciones. Le propuse que le pidiera a una vieja amiga de que me había hablado las llaves de un apartamento en Conil, pero se negó en redondo. Dijo que había roto por completo con su vida anterior. Caí entonces en la cuenta de que ciertamente llevábamos meses en Madrid sin que ella hiciera o recibiera alguna carta o alguna llamada de Sevilla. Me extrañe. Al final pasamos unos días recorriendo el País Vasco, que los dos teníamos ganas de ver y que nos pareció precioso. El último día se nos acabó el dinero y tuvimos que quedarnos durmiendo en el coche, pero valió la pena.
A la semana siguiente Ana tuvo un sueño muy nítido en el que ella y yo nos separábamos. No me preocupo que soñara eso; me preocupó que me lo contara. Supuse que su cerebro maquinaba algo, que en silencio me hacia no se que peticiones o reproches; en cualquier caso la tormenta se avecinaba. Por entonces recibí una carta del Gran Draki, invitándome a ir a verle. De modo que le dije a Ana que ella había pasado la noche repitiendo que había que ir a Valencia. Me preguntó:
-¿Y para que tengo que ir a Valencia?
-Para ver al Gran Draki –dije yo.
Me preguntó quien era El Gran Draki y le contesté que circunstancialmente era un mago que había conocido el año pasado cuando actuaba en el hotel, y esencialmente el mejor de mis amigos. La respuesta debió de parecerle suficiente, porque dejó la facultad y sus compromisos con los niños y ese mismo día salimos corriendo a Valencia. Sucedió algo imprevisto, y es que El Gran Draki no estaba allí. Cogí un enfado de mil demonios. A Ana en cambio le traía al fresco que El Gran Draki se hubiese largado, la muy idiota seguía tan expectante como cuando salimos de casa, esperando que algo justificara el viaje; no había pensado todavía en eso, y con el cabreo que llevaba me resultaba dificilísimo concentrarme.
Por fin se me ocurrió algo. Sin que ella lo notara llamé a mi primo y con la excusa de gastarle una broma a Ana le pedía que cogiera a un par de amigos y que fueran a mi casa, que abrieran la puerta, que revolvieran un poco las cosas, pero sin estropicio, que no se me entusiasmaran. Le dije lo que podían llevarse y le dicté lo que tenían que escribir en el espejo: “Habéis tenido suerte de estar fuera, cabrones”.
En el viaje de vuelta ella no abrió la boca. Daba igual, yo sabía que por dentro ser repetía que había sido una idiota. Yo estaba todavía cabreado y pensaba; “ya verás”.
Dejé que fuera ella quien abriera la puerta, y en cuanto lo vio se quedó alucinada.
Hasta que de pronto, estalló.
Por mas veces que le repetía que habíamos tenido mucha suerte y que gracias a ella y que tenía un don mágico y que era maravillosa, par mas veces que yo le dijese eso ella no dejaba de llorar sentada en el suelo. Yo no sabía donde meterme, y me puse como un estupido a recogerlo todo, porque, ¿Cómo iba a confesar? Me sentía basura. No la tranquilizó lo mas mínimo que le prometiera que a la mañana siguiente iría a poner una denuncia. La verdad es que fui a la casa de mi primo, que tenía todas las cosas que se había llevado bien ordenadas en una caja, y volví con ellas. Cuando Ana regresó de la facultad le dije que tres tipos las habían traído, y que habían dicho que había sido una equivocación, que se habían confundido de portal, que les disculpáramos. Entonces ella me gritó:
-¡Imbécil!
Se dio la vuelta y se quedó apoyada con las dos manos en la mesa, moviendo la cabeza con gesto de incredulidad y de escándalo. Yo me puse de todos los colores. Por fin se dio la vuelta, me abrazó y me dijo casi llorando.
-¡Y vas y les abres la puerta! ¡Podrían haberte hecho algo! ¡Podrías estar muerto!
Ya me había visto muerto, si. Respiré aliviado.
7
La verdad es que nos estábamos aburriendo. Cada vez íbamos mas al cine y hablábamos menos. Yo despreciaba a sus amigos de la facultad; a unos por engreídos, a otros por ingenuos. A mis pocos conocidos ella tampoco les tenía la menor estima. Sin apenas darnos cuenta comenzamos a salir por separado.
Una tarde llegó a casa la novia de mi primo. Paquito y ella tenían cosas que hacer en Getafe y había quedado allí. Esperamos los dos solos; él no apareció. Mientras hablábamos de vez en cuando me sonreía, era un gesto demasiado irregular para ser mecánico y demasiado frecuente para ser natural; seguramente era todavía una niña cuando descubrió que sonriendo gustaba a los hombres. De veras que gustaba mucho a los hombres.
Se marchó antes de que llegara Ana. Ella ni siquiera pregunto; “¿Quién ha estado aquí?”. Nada mas entrar por la puerta levantó la nariz sin disimulo y luego se quedó mirando los dos círculos delatores que el vaho de los vasos había dejado sobre el cristal. Entró en el cuarto a cambiarse y al salir dijo:
-Si alguna vez me engañas con otra, te mataré.
Ya; aquella frase nos suena de antes.
Obviamente, me defendí como pude. Conforme iba ganando posiciones, pasaba al ataque. Por último le dije claramente que estaba harto de vivir con una histérica. Me puse tranquilamente a ver la tele y ella se largo dando un portazo. En cuanto volvió a entrar por la puerta media hora después se disculpó. Me dijo que había tenido un día nefasto en la facultad, y que para colmo los del teléfono erótico le habían dicho que un tipo no hacia mas que llamar preguntando por ella, que la quería conocer. Yo le dije que lo comprendía y nos acostamos.
Lo cierto es que estaba preocupado para dormir, casi diría; asustado. No podía quitarme de la cabeza sus amenazas. Sus celos me parecían tan repentinos como desmesurados, y por ambas razones tremendamente inquietantes. Era como si de pronto se hubiera convertido para mí en una completa desconocida. Vigilando como respiraba, me dormí.
Le conté por la mañana que había pasado la noche hablando de Sevilla, que había soñado que alguien estaba muy enfermo en Sevilla. Le dije que en mi opinión debíamos ir. Insistí todo el día. ; No hubo manera.
8
Fui a la Hemeroteca Nacional. Tarde un buen rato antes de encontrar lo que buscaba. Primero fui de una sala a otra hasta que en un mostrador una mujer de mediana edad me preguntó; “¿Qué quiere buscar?”. Yo tenía palabra por palabra la respuesta a esa pregunta; “Quiero consultar la prensa local de Sevilla desde junio hasta hoy”. Ella no se dio por vencida. “¿Qué periódicos?”. Vacilé un instante y dije: “Todos”. Me señalo uno de los monitores. Me llevó toda la mañana, porque lo cierto es que de vez en cuando leía las críticas gastronómicas o algunas páginas deportivas. Por fin empezaron a aparecer las referencias al caso; un chico y una chica, el catorce de junio, muertos en la casa de él; titulares, esquelas, declaraciones de los amigos. De repente me sentí extraño de ser yo mismo quien estaba allí leyendo, como si no fuese yo, sino el personaje de una película. Seguí buscando y leyendo hasta el final. Toda la historia, curiosamente próxima, era tal y como yo la esperaba. Y tal y como esperaba tampoco estaba claro que hubiese sido un suicidio. No leí más páginas de gastronomía, casi quería vomitar. Regresé a casa convencido de que estaba durmiendo con la asesina.
Sin saber que hacer me senté, me levanté, di vueltas por el piso. A eso de las dos me puse a cocinar; pencas de acelga rellenas y de segundo merluza en salsa verde con almejas. Todo se quedó frío, porque yo no tenía hambre y Ana no venía. Jugar con la videoconsola me distrajo un rato, hasta que me di cuenta de que era algo, digamos, improcedente. Improcedente, que estúpido. Me dije que dada mi situación, mi situación particular, sin duda, bien, esa situación… había que pensar algo. Traté de concentrarme, de hacer planes. No soy bueno para eso. Intentaba ponerme en situación y la mente se me iba hacia la videoconsola, la comida que se enfriaba, el reloj. De pronto recordé con una alegría que Ana y yo habíamos discutido porque ella quería tener un perro. ¡Un perro! Durante unos instantes me sentí curiosamente aliviado, había decidido que transigiría, buscaría yo mismo el perrito más simpático del mundo; como si eso solucionase algo. Iguales a esa, todas las soluciones que me deslumbraban eran irreales, porque ¿Cuál era el problema? ¿Qué había matado dos veces? De repente estaba descubriendo cuanto la quería.
Llegó a las seis. No me dijo donde había estado; ni siquiera se dió cuenta de cómo me encontraba. Empezó a trajinar entre los armarios y solo me miró para decirme: “No te quedes ahí parado”. Entonces fue cuando vi que se encontraba aun más nerviosa que yo. Siguió buscando en los cajones; luego se dio la vuelta y había cambiado por completo el rostro. “¡Tenias razón!, me dijo. El aire de estar al límite que siempre me había parecido tan atractivo en ella no conseguía ocultar su miedo. “¿Qué?”, el teléfono erótico… algo horrible…” Hablaba como loca; Un tío había ido el día anterior a pedir la dirección de una chica; se la negaron y se marchó. Por la noche alguien había forzado la puerta. No se había llevado nada; simplemente había encendido el ordenador y había consultado los ficheros. Ana no paraba de moverse de un lado a otro mientras me contaba todo esto. “Nos vamos ahora mismo”, dijo al fin. Sonó como si se estuviera enfrentando a mí, y no a ese tipo. Apenas me dio tiempo a coger el dinero, la cazadora y las llaves del coche.
9
Conduje toda la tarde. Por más que le propuse que nos fuésemos a casa de mi primo ella no quería, repetía que quería irse lo más lejos posible de Madrid. Fumaba perdiendo la vista en la carretera, sin encenderme ni una sola vez los cigarrillos, como había hecho siempre que yo conducía. Más que un descuido, me pareció que era una sutil venganza. Le pregunté donde íbamos. “¿A Sevilla?”. “Ni hablar”. Pensé en El Gran Draki y cogí la carretera a Valencia, como tantos niños que van a las discotecas o a matarse. Cuando me rozó el codo sentí una descarga eléctrica. No hablamos nada. Ella permanecía fumando en una especie de trance hipnótico del que solo salía para cambiar la cinta del cassette, como si esperara con la mente en blanco a no se qué, quizá solo a que pasasen los kilómetros y el tiempo. Nunca la había visto axial. Por mi parte, me repetía mentalmente las siguientes palabras: “Lo se todo”. Las ensayaba; No tenía valor.
Paramos a tomar café en uno de esos enormes y un poco hostiles bares de carretera, con un circunspecto árbol de Navidad en la puerta. Ella comenzó una conversación tan trivial que a mi me pareció enigmática, no se, creo que hablaba de lo que echaban esa noche en la televisión. Mientras ella hablaba yo me repetía un nombre; “Sevilla”, hasta que dejo de tener sentido para mi, no fue mas que un sonido sin referente. Se levantó y fue al baño. Yo me dispuse a pagar, pero recordé que mi cartera se había quedado dentro de la cazadora, en el coche. Sobre la mesa, en cambio, estaba el bolso de Ana; pesaba más de lo normal. Lo abrí; negra y helada, de una sencillez casi grosera, allí estaba la Lüger.
Fui enseguida al teléfono y llamé a la casa de mi primo. Sonó la llamada tres veces, me cogió él, y colgué. Después fui al coche en busca de la cazadora. Desde él vi que ya Ana recogía su abrigo y su bolso, que me miraba a través del cristal. Volví para pagar y de nuevo subimos al coche. Me temblaban las piernas. Aun así me pareció mas seguro si no la dejaba conducir, de ese modo ella no seria capaz de…. ¿o si?
Me apercibí de que había dejado el bolso en el asiento de atrás. Eso me daba una momentánea seguridad. Pero me reprochaba no haberme quedado yo la Lüger. En ese momento no pensé que ella lo habría descubierto enseguida, ni en lo que puede ocurrir si uno saca en mitad de una cafetería ese cacharro tan feo y rotundo; solo me repetía que por un descuido tan evidente iba a morir como un imbecil. Estaba atado de pies y manos, lo único que podía hacer era seguir conduciendo con la boca seca. De nuevo Ana iba tan absorta que ni se dio cuenta cuando estuvimos a punto de chocar en una curva sin riesgo con la mediana de la carretera. Repentinamente murmuró: “Mierda”. Yo di un respingo: “¿Qué?”. Ella no pareció notar mi grito. Dijo; “Se me olvidó comprar tabaco”, y se dio la vuelta en el asiento. Abrió su bolso y lo volvió a cerrar mientras yo estrangulaba el volante. En cuanto vi un bar le dije: “Paramos aquí”
Aparque el coche lejos del bar, entre dos camiones. Recuerdo que ella me dijo: “No puedes dejarlo aquí”. “Es solo un instante”, respondí. Fuimos hacia las luces. Nuestros pasos sonaban en la gravilla, dificultándome como en un sueño el caminar. Mientras ella compraba tabaco le dije que iba al servicio, busque unas monedas y llamé por teléfono a la casa de mi primo desde donde creí que Ana no me vería.
Esta vez se puso su novia. Apenas pude decirle nada, no se si logré que se precaviera. Frente a mi había un espejo en el que Ana me miraba, y colgué.
Un gran letrero sobre una puerta decía: Servicios. Como obedeciendo a una orden entré. Los servicios estaban a izquierda y derecha, al fondo se veía una nueva puerta con un letrero donde ponía: privado. Se abrió gimiendo con la débil y triste oposición de esas puertas con muelle que se cierran solas. Encendí la luz. Era un almacén. Abrí una última puerta que daba por fin a la calle.
Dando un gran rodeo me monté en el coche y arranque.
Aceleré sin mirar atrás, gritando como un loco o como en un concierto. Unos cinco kilómetros más adelante paré en una gasolinera y llamé a la policía. Les dije quien era Ana y lo que había hecho en Sevilla y donde la podrían encontrar. La verdad es que estaba tan nervioso que ni siquiera podía recordar como estaba vestida.
No paré de cantar hasta que llegue a Valencia. Me parecía imprudente ir a la casa de El Gran Draki, que ella ya conocía, axial que me fui cerca de la playa y aparque allí. Salí a estirar los pies un momento; estaba deshecho. Otra vez en el coche abatí el asiento y me puse a pensar en todas las cosas increíbles que habían sucedido en las últimas veinticuatro horas. Poco a poco iba reposando tanta adrenalina. Me quede mirando a la luna, tumbado en el coche. Por más atención que puse no se oía el mar. Pensaba en lo que podía hacer el día siguiente. Todo el miedo de unas horas antes era ahora desamparo y confusión. Me pregunté: “¿Y si es verdad que ese tío la persigue?” Como punzadas venían a mi imágenes de Ana que no se iban, oía de su voz reproche, había huido como un cobarde. Al final me dije que tanto mejor si era verdad lo del tipo ese. De todos modos ya la había perdido para siempre. Se me olvido añadir que entre mis máximas tengo esta: si no tienes nada, el mundo es demasiado grande para tener que luchar.
10
-Cabrón.
Tenía el pelo recogido y los labios cortados, y sus ojos parecían mucho más pequeños. Seguramente había pasado aun peor noche que yo. Me asustó. Hasta un par de policías que estaban cerca de nosotros volvieron la cabeza al oírla. Habitualmente todas nuestras peleas eran precedidas por un tiempo de fingida normalidad, de cortesía; como si nos midiéramos. Yo le había sonreído nada mas verla, pero ella había decidido prescindir de los prolegómenos.
-Escúchame, peque; Yo no sabia…
-No me llames peque. Eres un cerdo, hijo puta.
Calló y miró hacia otro lado, como si esos insultos fueran todo lo que había venido a decir, como si tras ellos ya estuviera todo hecho. Yo me quedé con la boca abierta. Había pasado horas previendo lo que iba a ser ese reencuentro en la comisaría y toda la historia resultaba demasiado complicada para sacar una conclusión y menos aún para preparar un discurso; y ahora ella en unos segundos dictaba su sentencia sin remilgos y repartía los papeles; ella era la víctima, yo el canalla.
Encendió un cigarrillo más. Lo más curioso de todo es que ni siquiera fuma mucho. Debió de darse cuenta de que yo miraba el paquete de tabaco que me salvó la vida, porque volvió la vista hacia mí. Le sonreí. Ella me dedicó una mirada de desprecio no exenta de curiosidad. Literalmente, se sorprendía de que yo fuera tan imbécil.
-¿Cómo me has encontrado?
-Por El Gran Draki.
-¿Por qué no ha venido él?
-No ha podido. Tenia que actuar en el cumpleaños de una niña.
-Vaya, axial que ahora se dedica a hacerle fiestas a los crios ricos.
-¿Qué quieres? ¡Se gana la vida!
Sus ojos parecían carnívoros. Más que todos los insultos, me molestó curiosamente que defendiese a mi amigo.
Pasó un policía. Conducía del hombro a un chico que llevaba las manos esposadas. Cuando se dio la vuelta me di cuenta de que era casi un niño. Pensé que seguramente se había visto axial muchas veces. Pensé también que da igual las veces que le detengan; un niño siempre tiene en un lugar así una extraña mirada animal.
-¿Cómo estás? –mis esfuerzos por domesticarla resultaban en cierto modo patéticos.
-Mejor de lo que tú quisieras. Mejor que tú. Libre.
El Gran Draki me lo había explicado todo por la mañana, cuando le llamé desde la comisaría. Lo primero que me dijo fue: “Ana está aquí”. Se me heló la sangre. Luego me explicó que la policía le había hecho algunas preguntas, y la había dejado en paz. No había de que acusarla; en realidad ni siquiera conocía a esa pobre pareja. Por lo visto estaban estrechando el cerco sobre un familiar.
-Me mentiste. Lo habías leído en algún periódico y te marcaste esa historia. –Ella no decía nada. Yo insistí, intente abrirme paso por esa grieta. -¿Me has mentido mucho?
-Todo lo que me ha dado la gana. ¿Y tú? Anda, dime lo que he soñado esta noche.
-Lo sabías, lo sabías todo. Ahora me doy cuenta de que nunca te obligué, nunca hiciste algo que no quisieras hacer. Parecía que lo manejaba yo, pero siempre eras tú la que se salía con la suya.
-Cuando te caíste con la moto te creí. Y también me creí lo del asalto a nuestro piso. No creía que pudieras estar tan loco. Porque te das cuenta de que estás loco ¿verdad?
La vi temblar; nos congelábamos en esa pocilga. Preferí no hacer ningún comentario, en todo caso. El Gran Draki ya me había dicho que Ana le había malvendido a una mujer su chaqueta para comprar el billete de autobús con el que había llegado a Valencia.
Le pregunté por que no había vuelto a Madrid. En cuanto lo hice me di cuenta de que había metido la pata.
-Entonces –dije, sorprendido -¿era verdad lo de ese tipo?
-¿Tú que crees?
-Creí al principio que te perseguía la policía. Yo que se. Estaba dispuesto a huir contigo.
Esas últimas palabras me avergonzaron un poco. Ella simuló no haberlas oído. En cualquier caso ya daba todo igual, y añadí.
-Te agradezco de veras que quieras sacarme de aquí.
-No se por qué lo hago. Te tendrían que dar por el culo. Tendría que decirle a esos polis que no te he visto en mi vida.
Yo si sabia por qué lo hacia, pero me callé.
Llegó mi abogado y me dijo que ya era hora de ir a contarle todo al juez.
El lío en el que estaba metido era mas o menos el siguiente; por la mañana me había despertado con la enorme cara de un municipal asomado a la ventanilla de mi coche, a la que daba toquecitos con su porra. Abrí la puerta y salí. Hacia un frío glacial. No sé si vino hacia mi porque era un tipo que dormía en un viejo coche o porque estaba aparcado en un área de estacionamiento restringido; estaba tan dormido que la verdad es que no se lo que me decía. El asunto es que le llamó la atención el bolso de mujer que todavía estaba en el asiento de atrás. Me preguntó si era Mio. Le dije que si. Me pidió que se lo enseñara. Entonces me dije: “Mierda”, porque me acordé de lo que iba dentro.
En un momento aquello se llenó de policía. Les tuve que contar toda la historia desde el principio, hecho polvo y con la sensación de que no me creían. “¿Y dónde esta esa mujer de la que hablas?” No sabía decirlo. Llamaron a mi primo y no había nadie en casa. Yo todavía no sabía nada, y me preguntaba que habría pasado con su novia.
Desde la comisaría llame El Gran Draki, que me contó lo de Ana. Al rato mi abogado llegó con buenas noticias; en Madrid habían comprobado lo del asalto a Erosphone, y ella estaba dispuesta a declarar.
Después de esperar largo tiempo el abogado salio diciendo que no nos iban a detener; nos podíamos marchar. Aunque tuve ganas de levantar los brazos y de armar jaleo, mantuve la compostura cuando miré de reojo a Ana permanecer tan seria. Era como si todo se hubiese desarrollado tal y como ella lo había previsto. Supongo ahora que era por sus conocimientos de derecho o yo que sé, pero en ese momento me acordé más bien de mis antiguas creencias. Me pareció de pronto que estaba guapísima.
Mientras me despedía de mi abogado ella se escabullo y creí que no volvería a verla más, pero solo había ido a llamar por teléfono. Su amiga le dijo que ya habían cogido al tipo ese. Yo debía de haber llamado a mi primo, pero aparte de que a esas horas probablemente estaría en la comisaría, me faltaba valor. Y tenía otras cosas más importantes que hacer.
Mientras bajábamos por las escaleras de los juzgados le pregunté:
-¿Qué hacías tu con la pistola de Paquito?
-En cuanto me dijeron por la mañana que ese obseso me andaba buscando fui a pedírsela. Nada mas verla me dio miedo, pero él insistió en que me la llevara
-Me matará –dije sin lastima.
-De eso puedes estar seguro.
Se acabaron las escaleras. Cuando llegamos a la planta baja me dijo: “Bueno. Me voy a la cafetería”, de una manera tal que solo le faltó agregar “y tu no”. De todos modos ahí estábamos los dos, frente a frente en un hall lleno de gente apresurada, mirándonos.
-Dime una cosa. –dijo ella al fin. –En todo este tiempo ¿Qué es lo que soñaba en realidad?
Sonreía. Jugaba. Como una niña.
-Hablabas de mí.
-Lo suponía.
Era verdad. Miró hacia la cafetería, como si llamara, como si ahí estuviera su destino empezando a andar igual que un tren que no espera.
-¿Qué vas a hacer?
Ella no se lo pensó para contestar.
-No sé. A lo mejor me voy a Sevilla.
Pensé que bastaba una frase, una palabra, para ir yo con ella, para que se quedara a cenar conmigo. ¿Cuál sería? De todos modos estaba muy feliz. Sonreímos los dos. Se largo sin que yo supiera en realidad quien era ni de donde venía.
En la puerta del palacio de justicia esperaba El Gran Draki, todavía con su smoking y su sombrero de copa. Alguna gente volvía la cabeza para mirarlo. Ver su vieja sonrisa tan brillante me encantó. Poca gente lleva con más dignidad que él cualquier cosa que se ponga. Se quitó el sombrero y se lo puso sobre las rodillas. En cuanto me acerqué abrió aún más la sonrisa y me dijo.
-Esta vez si que la has hecho buena.
Nos fuimos de allí. Me sentía contento de encontrarme al fin con las luces, los ruidos, las caras, el denso olor de la ciudad y el frío aire sobre mis mejillas.
-Cuidado. –me dijo. Habíamos chocado contra un bordillo. -¿Estas bien?
Incliné hacia atrás la silla de ruedas.
-No me han maltratado, si es a eso a lo que te refieres. –Y añadí para mi mismo: -Bueno, ya estoy fuera.
-Cuando ha llegado Ana a mi casa no me lo podía creer. Y luego tu llamada. Tuve que estar casi una hora hablando con ella para que se calmara. Se encerró en mi cuarto de baño y no quería salir. Llegué incluso a temer que se cortara las venas. Pero luego salió y resulta que solo había estado maquillándose.
En una acera la gente hacia cola para entrar en un cine. Cruzamos una calle. En el semáforo estaba detenido un autobús. La gente miraba hacia fuera tristemente y el conductor apuntaba algo en una libreta apoyada sobre una plancha de hojalata. Me fijé en el número; el cincuenta.
-Me cae muy bien Ana.
-Ajá.
El semáforo se puso en rojo. Todos los coches esperaron a que terminásemos de cruzar con curiosa resignación.
-¿Volverás con ella?
-Seguro que sí.
Continuábamos caminando. El volvía de vez en cuando la cabeza, como si quisiera cerciorarse de que yo estaba bien. De repente me di cuenta de que había comenzado a caminar sin rumbo fijo y no sabía ni donde estábamos ni donde íbamos. El Gran Draki seguro que había caído en eso, pero no había querido decir nada para no molestarme. Paré de empujar y miré a todo mi alrededor. El notó enseguida mi confusión, y se volvió para preguntarme.
-¿Puedo hacer algo por ti?
-Si que puedes. –cogí el sombrero y me lo puse. –Déjame ir a dormir a tu casa. No tengo ni un duro.
-Por supuesto. –dijo volviéndose hacia delante. –Además, hoy es Nochebuena. Veremos si sabes cocinar.
Granada, 1993






