A mi dame

Una mañana de octubre, después de sentarse en su silla de la oficina y apretar el botón del ordenador, Ken Ogawa miró a Naoko Fujiba y vio a la mujer perfecta.

No es que fuese la primera vez que la viese; llevaban más de dos años cruzándose en aquella oficina, viéndose en la fotocopiadora o encontrándose en la maquina de café. Y a Ken nunca le había llamado la atención. Naoko no era una mujer muy diferente a las demás. No era muy alta, ni demasiado baja. No estaba gorda ni flaca. No vestía de manera especial. No era más habladora ni más callada que el resto. Resultaba atractiva, aunque no era un bellezón. En todo era una chica bastante normal. Pero esa mañana, mientras esperaba a que se encendiese el ordenador, Ken tuvo la revelación de que Naoko Fujiba era la mujer perfecta. Y fue un impacto tan brutal que no pudo trabajar en toda la mañana.
Por la tarde estuvo pensando en el tema. No sabía qué hacer; ¡No es una cosa que pase cada día, encontrarse con la mujer perfecta!. Cuando eres adolescente vas por la vida imaginando algo así, pero luego te vas entreteniendo con buscar trabajo y los amigos y las amantes y las andanzas de algún equipo deportivo, y ponerte a esas cosas te da pereza. Ken presentía lo que se le avecinaba y le daba miedo. Pero también sentía una triste determinación; “¡Qué vamos a hacer!”, se dijo “He encontrado a la mujer perfecta. Así son las cosas”.
A la mañana siguiente fue a la oficina y en cuanto tuvo oportunidad fue a ver a Naoko y le dijo que tenían que hablar a solas. Se sentaron en el rincón de la máquina de café.
-Escúchame –le dijo. –Ayer te vi y me di cuenta de que eres la mujer perfecta. No me preguntes por qué, pero estoy convencido de eso. Es una sensación que no había tenido en mi vida. Ahora puedes pensar lo que quieras, puedes pensar que estoy loco, pero el caso es que se que eres la mujer perfecta para mí y te lo tenía que decir.
Naoko rió.
-¡Ya era hora de que te dieses cuenta, hombre! –dijo. –Yo ya tuve la sensación de que tú eres el hombre perfecto para mí hace meses.
Fueron a cenar. Tres días después Naoko se fue a vivir al apartamento de Ken. Compraron una planta y se dijeron que si lograban cuidar la planta tendrían un gato, y si lograban cuidar el gato tendrían un hijo.
Fue así de sencillo.

 

 

 

Sentados frente al café, le pregunto a Ken cómo es la experiencia de estar con la persona perfecta.
-Bueno, –me dice. –Para empezar hay que decir que estar con la persona perfecta no implica llevar la vida perfecta.
Asiento. Ken me cuenta que seguían teniendo que poner el despertador para ir a trabajar, y sólo podían permitirse ir a cenar de cuando en cuando, y Naoko seguía teniendo sus dolores en el periodo, y él seguía poniéndose fechas para dejar el tabaco. Tenían a menudo discusiones por el tema. A Naoko le molestaba que el apartamento oliese a humo, y obligaba a Ken a salir a fumar, en pleno invierno, al pequeño balcón.
Eso no era perfecto.
Pero Ken cogió una pulmonía y se puso bastante enfermo. Durante una semana no pudo fumar un solo cigarrillo, y, cuando finalmente se recuperó, resultó que las ganas de fumar habían desaparecido por completo. Naoko sonrió y dijo:
-Las cosas tienen una forma muy curiosa de suceder. ¿No te parece?
-Parece que te alegras de que haya estado a punto de morirme de una pulmonía –protesto Ken.
-Pues si eso evita que te mueras de un cáncer, entonces sí; me alegro.
-No hacía falta que me pusiese enfermo. ¡Podía haberlo dejado cuando quisiese!
-No, -dijo Naoko, repentinamente seria. –No podías. Ha sido necesario que pases por todo esto para que dejes el tabaco.
La gravedad con la que lo dijo sorprendió a Ken. Lo había dicho, pensó, como si ella misma hubiese tomado la decisión de ponerle enfermo, como si esos virus hubiesen sido una estratagema suya. ¿Podía ser así, que ella tuviese poder sobre esas cosas, que fuese una bruja o algo?
Luego se dio cuenta de que era una tontería.
-Lo que pasaba es que para mí no había nada que no tuviese una relación, siquiera tangencial, con Naoko. –me dice. -De una forma u otra no hacía más que pensar en ella a todas horas del día. Iba por la calle preguntándome; “¿Qué pensara Naoko de tal cosa?”. Apenas llevábamos dos meses juntos y ya no recordaba el significado de la vida sin ella.
Le digo a Ken que cuando nació mi hija me pasó algo parecido. Era incapaz de recordar qué significado tenía la vida para mí antes de que naciese. Recuerdo que me quedaba horas mirándola. Supongo que no era la niña mas preciosa del mundo, pero yo me ponía a mirar su nariz, sus pequeñas manos, sus deditos, y me parecía que era…
-Perfecta –dice Ken.
-Si, -digo yo. -¿Es algo así lo que me quieres decir?
-Si. Supongo que es parecido.

 

 

 

Pasaron unos meses. La planta lucía estupendamente, así que compraron el gato.
Entonces empezaron a pasar cosas raras.
-Primero se rompió la nevera –dice Ken. -Luego el televisor. Incluso un día estábamos sentados en el salón y vimos a la lavadora salir andando por la puerta de la cocina. Como te lo cuento. ¿Te lo puedes creer? El técnico nos dijo que eso pasa a veces, que si se suelta el tambor entonces las lavadoras pueden empezar a bambolearse y a andar. Es muy raro que pase, pero ocurre.
-Que mala suerte. -digo.
-Era más que mala suerte. –asegura Ken. –Nos pasaba continuamente. Incluso en los detalles más pequeños. La comida se nos quemaba. Los vasos se nos caían de las manos. Si tratábamos de subir una cremallera, se nos atrancaba.
Era muy triste. Fue una mala época. Pero lo peor, dice Ken, llegó un poco después, y por las noches. Empezaron a tener pesadillas, y a perder el sueño. Ken estaba tan cansado durante el día que apenas rendía en el trabajo.
Entonces le ofrecieron a Naoko un ascenso en la compañía. Ella se puso muy contenta. Era la primera buena noticia que tenían en semanas.
Para ese ascenso, dijo Naoko, era necesario que fuese a hacer un curso de formación a la casa matriz de su compañía, en Kobe. Estaría un mes fuera. Ken no puso ninguna objeción.
Naoko se fue y Ken se quedó solo en la casa, hablando con el gato. Se llamaban cada día varias veces por teléfono. Pero poco a poco las llamadas fueron haciéndose más espaciadas. Un día Naoko no le llamó en todo el día. Al día siguiente Ken le preguntó por que no lo había hecho y la respuesta de ella fue;
-¿Y por qué no me llamaste tu?
Ken convino que tenía razón.
Pero al día siguiente tampoco hablaron. Entonces Ken se preocupó. Se preguntó si a Naoko le pasaría algo. Esperó dos días más, y luego la llamó él. Pero el teléfono dio señales durante un rato, y nada. Luego ella le puso en mensaje explicándole que estaba en mitad del cursillo y que no había podido coger el teléfono. Ken esperó que le devolviese la llamada tres días más. Cuando por fin ella le llamó él estaba tan enfadado que no le contestó. Y dejaron de llamarse.
Fue así de sencillo.

 

 

 

Ken trabajaba en la planta diecisiete de la sede principal de la compañía Uemura. Por encima de él, en la planta dieciocho, tenía su despacho su jefe, el señor Takanabe. Por encima del señor Takanabe, en la planta veintitrés, estaba el jefe de su departamento, el señor Hiragata. En la planta cuarenta estaba el despacho del consejero Taniguchi, y en la cincuenta y tres el despacho del director general Sato. En la planta noventa vivía el Presidente Fundador Uemura.
Por encima de Uemura no había nadie.
En todos los despachos del edificio había una foto de Uemura; un hombre elegante y apuesto, con porte aristocrático, de unos cincuenta años. En la foto sonreía ligeramente y entrecerraba un poco los ojos, como si dijese; sé lo que estás pensando. Era imposible ir por ese edificio y no encontrarse con Uemura y su mirada penetrante. De vez en cuando también te encontrabas con sentencias suyas impresas en carteles de plástico, madera y metal; El trabajo es la llave del triunfo, Protégela con disciplina y crecerá la flor de la excelencia, Firmeza y Responsabilidad...Pero sobre todas las frases había una que se repetía una y otra vez, como un slogan; A mi dame. La primera vez que la vio, Ken se sintió intrigado por su sentido, pero no supieron explicarle qué significaba, y dado que todo lo que es omnipresente acaba por volverse invisible nadie le prestaba la menor atención a aquella máxima. A Ken, por el contrario, trabajar en un despacho presidido por el eslogan A mi Dame se le hacía tan extraño como si por el edificio se pasease a sus anchas un ornitorrinco. A veces se quedaba absorto mirando el retrato de Uemura; era como si todo y todos en el edificio desapareciesen y solo quedasen Ken, Uemura y el ornitorrinco aquel.
¿Que significaría? En cualquier caso, era impensable preguntárselo a Uemura. Se contaba que no había sido visto por nadie en los últimos veinte años. Se comunicaba con sus subalternos por medio de una red informática criptograficamente protegida, y recibía todos sus suministros por un sistema de elevadores internos. Algunos decían que padecía una rara enfermedad inmunodeficiente que le impedía el contacto con los seres humanos, en tanto otros sostenían que era una simple fobia social. Quién sabe.
-Igual quería ser inmortal -sugiero yo.
-Sí -dice Ken. -Igual era eso.
Fuera como fuese, el caso es que hacía muchísimo tiempo que nadie lo veía. La foto que escrutaba a Ken tendría sus buenas tres décadas, por lo menos.

 

 

 

Una mañana Ken recibió un aviso del señor Takanabe.
-Preséntese en mi despacho inmediatamente.
Ken subió. El tono perentorio de Takanabe le había hecho temer que le echaría una bronca por haber llegado tarde el miércoles anterior, pero cuando llegó se encontró a su jefe sentado tras la mesa y sin mediar palabra le dijo:
-Suba al despacho del señor Hiragata, en la planta veintitrés.
Ken subió al despacho de Hiragata. Ken conocía muy ligeramente a Hiragata. Se veían una vez al mes, o así, y habían hablado en un par de ocasiones. Se preguntó qué podría querer Hiragata de él. Era muy raro que Hiragata se preocupase personalmente de abroncarlo por un retraso. En cualquier caso antes de que se le hubiese ocurrido una razón había llegado al despacho. Llamó a la puerta sintiendo como se le aceleraba el corazón.
Hiragata estaba de pie, con un gesto inescrutable.
-¿Es usted Ken Ogawa?
-Sí.
-Suba a la planta cuarenta. El consejero Taniguchi le está esperando.
Ken se sintió tan sorprendido que no tuvo tiempo de preguntar qué había pasado. Desechó la idea del retraso aquel y pensó que habría hecho algo inusualmente grave, pero ¿qué? Con el corazón latiendo a toda velocidad enfiló el camino hacia la planta cuarenta del edificio, mucho más arriba de donde jamás había estado.
Al abrirse la puerta del ascensor percibió un ambiente extraño. Hombres y mujeres con pinta de ejecutivos iban y venían con gesto de máxima preocupación. Se anunció a una secretaria que estaba tras un mostrador.
-Soy Ken Ogawa, el consejero Taniguchi me está esperando.
Al pronunciar su nombre se hizo el silencio. Todos se le quedaron mirando. Entonces la mujer le acompañó a un gran despacho. Mirando por la ventana hacia el horizonte, fumando, estaba el consejero Taniguchi. Ken lo habia visto algunas veces, en actos oficiales de la compañía. Nunca le había dirigido la palabra.
-Consejero…. -dijo la secretaria.
Taniguchi miró a Ken de hito en hito.
-Venga conmigo. -dijo.
Salieron los dos juntos del despacho y entraron en un nuevo ascensor. Sin poder dar crédito Ken observó que Taniguchi pulsaba el botón de la planta cincuenta y tres. “Es como si estuviera soñando”, pensó Ken. Y en verdad el ascensor, mucho más oscuro y pequeño que los de los pisos inferiores del gran edificio, parecía conducir a un lugar ominoso.
Se abrió la puerta. En la planta cincuenta y tres había un silencio sepulcral muy distinto del ajetreo de la planta cuarenta. Cuatro tipos con portafolios se le quedaron mirando, como si hubieran visto una aparición. Ken vio una nueva secretaria tras un mostrador aún más impresionante que los de las plantas inferiores, y dos tipos inmensos vestidos con un traje negro con aspecto de guardias de seguridad que se les acercaron.
-¿Móviles? -dijeron.
Taniguchi les entregó el suyo. Ken estaba tan aterrado que apenas se apercibió de la orden, y tuvieron que repetírsela.
-Denos su teléfono móvil, señor. Se lo devolveremos a la salida.
Ken se lo dio. Taniguchi echo a andar y Ken fue tras él escoltado por los dos guardias.
Era un despacho inmenso, señorial, sin ventanas, iluminado apenas por dos lámparas en una esquina y amueblado con oscuros muebles de caoba. En el centro del despacho había una gran mesa. Y alrededor de la mesa estaba el consejo de dirección de la compañía Uemura en pleno.
Cuando se abrió la puerta, todos los ojos se volvieron para mirar a Ken.
-Señor Sato, -saludó respetuosamente Taniguchi. -Consejeros….
-Pase Taniguchi, pase, -dijo una voz desde el fondo. -¿Es usted el señor Ogawa? -añadió dirigiendose a Ken.
-Si señor -dijo Ken.
Estaba tan aterrado que apenas podía subir la vista. Por un milisegundo lanzó una mirada al sitio de donde había venido la voz, pero Sato estaba en el fondo del despacho, en la parte oscura, y apenas se podía distinguir su aspecto.
-Salgan todos, -dijo Sato. -Déjenme a solas con el señor Ogawa.
Todos los consejeros salieron a la orden de Sato. El último en salir fue Taniguchi, que cerró la puerta.
-Acérquese un poco. -ordenó Sato en cuanto estuvieron solos. -Déjeme que le vea.
Ken se acercó rodeando la gran mesa, y se puso a unos siete metros de donde estaba el señor Sato.
-Tome asiento.
-Gracias.
Desde su silla Ken alzó un poco la vista para mirar al señor Sato. Por su tono de voz y la autoridad que desempeñaba lo había imaginado mayor, pero era un hombre de unos cincuenta años, como mucho. No tenía un solo pelo en la cabeza. Su rostro era inexpresivo. Sólo un rato después se dio cuenta de que no tenia cejas. Cuando lo hizo se sintió tan aturdido como si hubiese sorprendido a una mujer desnuda, y desvió la mirada pudorosamente al sempiterno retrato de Uemura, colgado por encima de él.
Permaneció callado, esperando que Sato le dirigiese la palabra. De cuando en cuando lanzaba una mirada furtiva al Hombre sin Cejas o al Retrato de la Mirada Penetrante. Pero el mayor tiempo quedaba mirando el filo de la mesa, esperando a ver que resultaba de todo eso.
“Madre mia”, pensaba “Hace quince minutos estaba mirando mi correo y ahora estoy delante de Norisuke Sato”
-¿Se ha duchado hoy? -dijo una voz
-¿Perdón?
-Le estoy preguntando si se ha duchado hoy -dijo Sato.
Ken se aturdió. No sabía que le avergonzaba mas; si que le hubiera sorprendido Sato mientras estaba abstraído en sus cosas teniéndole que repetir la pregunta, o la pregunta en sí.
-Sí, sí. -Balbució. -Me ducho todas las mañanas.
-Perfecto -dijo Sato. -¿Se ha frotado bien? ¿Se ha dado bien por todas partes?
-Pues…. si… -dijo Ken confundido.
-Muy bien, muy bien… -dijo satisfecho Sato. -Pero dígame ¿Se ha frotado bien de verdad? ¿Se ha limpiado las uñas? ¿Ha limpiado la mierda que se queda entre los dedillos de los pies? Ya sabe usted, los restos de piel muerta y los hilillos de los calcetines se quedan ahí y uno tiene que limpiarlos de cuando en cuando, dale, dale, dale, y a veces uno no lo hace todos los días por pereza, pero hay que hacerlo, dale, dale, dale… -mientras decía esto hacia con sus manos el gesto de limpiar dedillos.
Ken se sentía estupefacto. No se podía creer que hubiesen reunido al Consejo de Administración de la Compañía y le hubiesen subido a la planta cincuenta y tres para preguntarle si se había lavado.
-Bueno…. sí…..
-Excelente, excelente…. -continuó Sato. -¿Pero se ha limpiado las orejas? ¿se ha lavado el pelo? ¿Se ha retirado el prepucio para limpiarse bien la polla?
Ken se tuvo que tomar un segundo para convencerse de que había oído lo que en realidad había oído. Intentó decir algo sin que le saliese la voz. En verdad sólo se había dado una ducha rápida para despejarse, pero se sentía completamente incapaz de contrariar a aquel hombre que hacía gestos frenéticos de frotar. De modo que asintió con la cabeza.
-Perfecto, perfecto. -dijo Sato. -Pero hay que asegurarse. Siempre hay que asegurarse.
Pulso un botón. Al cabo de un minuto entraron en el despacho los dos guardias de seguridad trajeados llevando un raro mecanismo que dejaron cerca de donde estaban ellos. Luego salieron. Ken advirtió que era una especie de bomba con un tubo y un dispersor; era una ducha portátil.
Uno de los guardias volvió a entrar y salir, para dejar una caja con botes de gel y champú, esponjas y cosas así.
-Desnúdese -ordenó Sato perentoriamente cuando estuvieron solos.
Ken se quedó mirando a Sato. Obedeció.
-Súbase a la mesa. Póngase en el centro. Donde hay más luz.
Sin dar crédito a lo que estaba pasando Ken se subió a la mesa como vino al mundo. Igual que un crio al que su madre va a pillar en falta, lo único que pensaba era; “Por Dios, por Dios, que no se dé cuenta de que le he engañado. Que no se dé cuenta de que esta mañana no me he frotado bien”
El señor Sato encendió la bomba y comenzó a salir agua. Luego cogió el bote de gel y un guante de crin y se lo puso. Y sin quitarse siquiera la chaqueta se subió a la mesa de los consejeros y comenzó a limpiar a Ken Ogawa, echándole gel por todo el cuerpo y frotándole con el guante.
El agua estaba fría, pero Ken se sentía incapaz de protestar. Dejo que Sato le frotase abriéndose de brazos y de piernas.
-Sujete la ducha por encima de su cabeza, para que le caiga el agua por todo el cuerpo-dijo el Hombre sin Cejas mientras se agachaba para limpiarle los pies. -Así, así… perfecto… ¡Los dedillos! ¡Los dedillos! -repetía exultante.
Y luego, sin más trámite, le retiro el prepucio y empezó a limpiarle por ahí.
-No me jodas -digo yo. -¡No me jodas! ¡El Director General Sato te limpio la polla!
-Como te lo cuento. -dice Ken.
Ken me dice que no se lo podía creer. Que la mezcla de confusión, vergüenza y miedo era tan mayúscula que estaba a punto de desmayarse. Era incapaz de mirar a ese respetable hombre trajeado agachado ante él. Para controlarse se puso a mirar el cuadro de la pared y la leyenda A mi dame, y mientras Sato le frotaba y frotaba se quedo absorto ante la Mirada Penetrante de Uemura, que de pronto le parecía levemente irónica.

 

 

 

Cuando terminaron el despacho del Consejo de Dirección había quedado hecho un desastre, lleno de agua y espuma, pero El Hombre sin Cejas parecía no darse ni cuenta.
-Así es esa gente -digo yo. -Hagan el destrozo que hagan no les importa, porque saben que vendrá otro a arreglarlo.
-Así es -conviene Ken.
Sato se sentó de nuevo en su sillón. Él mismo estaba tan mojado como si se hubiese caído a una piscina con su caro traje y todo. Entonces apretó de nuevo un botón y no tardó en entrar un guarda de seguridad. Llevaba una camisa blanca, un traje de lino y calcetines. Sato ordenó a Ken que se vistiese con aquello. Luego de que el guarda volviese a salir, le pidió que se sentase de nuevo cerca de él. Ken tuvo que buscar durante un rato hasta encontrar una silla que no estuviese mojada.
-Supongo que se preguntará a que viene esto.
Ken vaciló. Toda la escena le había parecido tan surreal que por un momento había perdido la esperanza de que tuviese algún sentido.
-¿Te lo puedes creer? -dice -Estaba tan patidifuso que creí que solo era eso. Creía que me iban dar los buenos días y me iban a bajar otra vez al piso dieciocho a seguir con mi trabajo. Que el señor Sato había reunido al consejo y había llamado a Taniguchi, que había llamado a Hiragata, que había llamado a Takanabe, solo para darme un buen baño.
-Orden del día; frotarle entre los dedillos a Ogawa… -bromeo yo.
-Sí. -ríe Ken.
Pero no, claro. Había mucho mas. Muchísimo mas. Así que Ken esperó a que el Hombre sin Cejas se decidiese a hablarle, bajo el cuadro de Mirada Penetrante.
-Esta mañana ha ocurrido algo infrecuente en la compañía, señor Ogawa. Algo insólito.
Ken asintió para dar a entender que escuchaba atentamente. Si había ocurrido algo aun más asombroso que el hecho de que el director general de la compañía lavase como a un bebe a un empleado de la planta dieciocho, quería saberlo.
- Insólito quizá no sea la palabra, señor Ogawa. Yo diría tal vez algo… algo….
-¿Extraordinario? -sugirió Ken.
-Sí, sí… -acepto Sato. -Tal vez “extraordinario” sea una palabra más apropiada para describir este evento, aunque me sigue sonando insuficiente…. No sé… ¿Cómo describiría usted la llegada de un cometa, por ejemplo, o un raro eclipse, uno de esos fenómenos astronómicos que nos depara la naturaleza cada muchos años? ¿Qué palabra lo describiría?
-Lo describiría como “Oportunidad de ver un eclipse”. -dijo Ken.
El señor Sato se quedo pensativo.
-Sí, señor Ogawa, -dijo.- No lo había pensado así, pero tal vez tiene usted razón. Tal vez esto es ni más ni menos que una oportunidad.
Y luego se quedó callado. Finalmente prosiguió.
-En cualquier caso voy a ir al grano. Tengo instrucciones muy precisas y no me gusta desperdiciar el tiempo de nadie. Sobre todo el tiempo de él.
Ken repitió mentalmente la frase que acababa de oír. Tengo instrucciones muy precisas y no me gusta desperdiciar el tiempo de nadie. Sobre todo el tiempo de él. Era obvio quien era la única persona que podía darle instrucciones a Norisuke Sato. Era obvio quien era él.
-Esta mañana hemos recibido instrucciones del señor Uemura, señor Ogawa. Hemos comprobado su procedencia y no cabe duda. Pese a lo inusitado o lo insólito de esta petición, no cabe la menor duda de que se trata del señor Uemura en persona. Nos ha trasladado una orden referente a usted. Nos ha trasladado la orden de que quiere que usted comparezca ante su presencia.
Ken se quedó pensando que era la primera vez que oía a alguno de los jefazos pronunciar el nombre de Uemura. En la planta dieciocho la gente lo hacía con normalidad, pero para los jefazos era una especie de tabú, como si nombrarlo supusiese una irreverencia. Entonces comprendió de pronto una verdad universal de la Compañía Uemura; cuanto más mandaba uno en esa compañía, más servil era en realidad. Los limpiadores de la planta baja hacían chistes y se tiraban pedos delante de Mirada Penetrante sin dejar un instante de reír, mientras los del piso cincuenta y tres estaban, con todos sus trajes y relojes caros, acojonados.
-Entonces fue, fue… como si se me cayese una venda. -Me dice Ken. -Lo vi de repente; cuanto más alto, más esclavos. ¿Comprendes?
- Claro que comprendo. ¡Por la planta baja!. -propongo yo levantando mi copa.
-¡Por la planta baja! -brindamos.
Ken dice que en ese justo instante decidió que no quería ser más un esclavo. Se retrepó en su asiento. Luego miró a Sato, que se le había quedado mirando.
-Señor Ogawa -dijo Sato.
-Perdone, estaba pensando en una cosa… -se disculpó Ken.
Estaba vez fue el hombre sin cejas el que pareció quedarse atónito. Alzó el tono de voz
-¡Señor Ogawa! ¡Señor Ogawa! ¡Centrese, Señor Ogawa? ¿En qué otra cosa puede estar ocupado su pensamiento? ¿Se da usted cuenta de lo que acabo de decir? ¿Tiene la más mínima idea, la más remota idea, de lo extraordinario, de lo privilegiado, podría decirse de lo… ?
Ken dijo, como para sí.
-Uemura quiere verme.
-Sí, -dijo Sato bajando también la voz.
-¿Y por qué? -Dijo Ken. -¿Por qué quiere el Presidente Fundador de la compañía ver a un empleado de la planta dieciocho?
-No tenemos ni idea, -reconoció Sato con un hilillo de voz. -¿Me lo contará?

 

 

 

Limpio y aseado, pero tan ignorante como antes, Ken Ogawa fue a presentarse ante el Presidente Fundador Uemura.
Antes había recibido las instrucciones del Hombre sin Cejas.
-Métase en este cajón. No intente salir de él hasta que no sienta que se ha detenido.
-Qué estrambótico es todo. -protestó Ken.
-Así es como le subimos la mercancía. -dijo Sato.
“De modo que eso es lo que soy”, pensó Ken. “Mercancía”. Y por un momento pensó en mandar al diablo todo y alejarse de allí, de Sato, Takanabe y los demás, de la planta dieciocho y la Compañía Uemura. Pero la curiosidad fue más fuerte. Quería ver en que acababa todo.
-Recuerde -oyó la voz de Sato desde dentro del cajón, ya en el ascensor. -¡No intente salir del cajón hasta que todo el proceso se detenga!
Desde dentro de un cajón Ken notó que el ascensor empezaba a ascender. Era un ascensor lento, que demoraba sus buenos diez segundos en subir cada piso. Y cada poco rato se oían los ruidos de las poleas y los engranajes. Parecía el ascensor más viejo del mundo. “Seguro que no lo han revisado en treinta años” pensó. Y le entró miedo de quedarse encerrado allí. Para conjurarlo trató de llevar la cabeza a otra cosa y empezó a cantar una canción.
No había terminado la canción cuando el elevador se paró. Planta noventa, pensó Ken. Entonces oyó como se abría la puerta y pensó si debía salir. Pero antes de que lo decidiera notó como algo mecánico agarraba el cajón donde estaba metido, lo izaba en vilo y se lo llevaba. En brazos de aquella cosa recorrió unos cuantos metros, no sabría decir cuánto, hasta que se detuvo y lo dejó en el suelo. Ken esperó unos segundos hasta ver que no pasaba nada más. Entonces abrió el cajón y salió.
Se encontró en una enorme sala blanca, sin muebles, con una sola puerta. A izquierda y derecha de las sala, amontonadas, había cajas con provisiones. Ken advirtió que algunas cosas eran bastante corrientes, como leche y latas de alcachofas. Pero había también algunas cosas chocantes, como disfraces de pirata, un motor fueraborda y una cañón de nieve. ¿Para qué querría Uemura, en la planta noventa, esas cosas? Todas estaban pulcramente ordenadas. En el suelo, apoyado en la pared de la izquierda, junto a un montón de latas de atún y de sopa, había tres cuadros puestos uno encima del otro. Ken se acercó a comprobar las firmas: Cezanne, Lucien Freud, Van Gogh. Luego miró a la derecha y se percató de que había cajas y cajas de un pastelillo que se llamaba Phoskitos. ¿Para que querria Uemura tantos Phoskitos? Estaba pensando en eso cuando oyó que se abría la puerta.
Entonces se encontró frente a frente con Mirada Penetrante.
Ken se llevó una sorpresa. No es que el hombre al que veía fuera muy diferente al hombre del retrato. Tenía treinta años más, por supuesto, y eso se notaba, pero en cierto modo había envejecido de una forma bastante digna. Lo que le sorprendió a Ken fue su estatura. Era mucho más pequeño de lo que había imaginado. Había pensado que Uemura era un gigante, pero a la hora de la verdad era bastante más bajo que él.
Iba vestido con un batín y unas zapatillas de casa.
Lanzó a Ken una de sus miradas escrutadoras, y Ken comenzó….
-Señor Uemura.
-Silencio -ordeno Uemura. -No diga nada.
Y luego añadió.
-Sígame.

 

 

 

Siguió a Uemura a lo largo de un amplio corredor. No había ni un mueble en él, ni una estatua. Ken pensó que tal vez Uemura era un millonario de gustos austeros, o que sería alérgico al polvo.
Finalmente llegaron a una puerta. Uemura hizo ademan de escribir una contraseña en un dispositivo de apertura, pero antes se volvió y miró con severidad a Ken. Ken comprendió y se dio la vuelta. Sólo se volvió cuando oyó abrirse la última puerta.
Entraron a una estancia de dimensiones normales. Ken pensó que sería algo así como el salón de Uemura. Pero era bastante más pequeño que la sala donde Sato le había lavado. Mas o menos como el despacho de Hiragata. Y la decoración era extraña. Tenía un papel pintado como el que estaba de moda en los años setenta, y muebles de medio pelo. No había televisor. Si era uno de los hombres más poderosos del mundo, vaya sitio en el que vivía.
Uemura cogió una silla y se sentó en mitad de la habitación. Ken se quedó en la puerta. Iba a hablar, pero Uemura le hizo otro gesto para que callase.
Entonces dio dos palmadas y se abrió una puerta. Por ella entraron tres mujeres, que se pusieron de pie a la espalda de Uemura, sin dejar de mirar a Ken ni un instante. Parecía que ni pestañeaban.
Ahora Ken insiste en que ese día había vivido cosas asombrosas, pero nada ni remotamente comparable a la presencia de aquellas tres mujeres. Tenían una estatura idéntica, un peinado igual y rasgos similares, y aunque cada una llevaba un vestido diferente parecían ir perfectamente conjuntadas. La primera parecía rondar los cincuenta años, la segunda cuarenta y la tercera unos treinta. Y las tres eran las mujeres más bellas que Ken había visto en su vida. Especialmente la tercera, aunque quizá solo por ser la más joven. La miro a los ojos y sintió como si un puño le apretase el corazón.

 

 

 

-Ahora tengo que contarte quiénes eran esas mujeres -dice Ken. -Yo entonces no tenía ni idea de quienes eran, pero ahora lo sé.
-Continua. -pido yo. -La cosa se pone interesante.
“Esto empieza en los años sesenta, cuando Uemura estaba levantando la Compañía de la nada. Trabajaba veinte horas al día, a veces más. En ocasiones enganchaba tres o cuatro días sin dormir. Vivía a base de un coctel de anfetaminas y estimulantes que él mismo había inventado. Y luego, cuando terminaba alguna tarea importante, se tomaba algunos hipnóticos y se tiraba veinte horas seguidas durmiendo”
-Que tío. -digo yo.
“Pues sí. Estuvo con ese ritmo de vida por lo menos diez años. Y cada año que pasaba la compañía doblaba su tamaño. Al final de la década era la corporación más importante de Japón, tal vez del mundo. Entonces decidió parar ese ritmo y tener una vida un poco más razonable. Y fue entonces cuando se dio cuenta de que con todos esos años a base de estimulantes e hipnóticos le costaba muchísimo dormir. Pero eso no era lo peor. Lo peor es que no lograba recordar la última vez que había soñado con algo. Había perdido por completo la capacidad de soñar.
Uemura se aterró. Ten en cuenta que la leyenda dice que toda la Compañía se había fundado en un sueño que tuvo Uemura cuando era un simple estudiante de ingeniería. Los sueños eran lo más valioso para él, y lo único que con todo su dinero no podía comprar.
Uemura no sabía qué hacer. Por unos meses creyó que se volvería loco. No soportaba la presencia de la gente, no aguantaba su trabajo, todo le parecía confuso. Pero una tarde su secretaria, la señorita Hayama, le contó que había soñado algo muy extraño, algo referente a un competidor americano que estaba pensando hacerle una demanda por violación de patentes. Uemura lo vio claro y gracias al sueño pudo adelantarse a la jugada. Salvó cientos de millones gracias al sueño de la señorita Hayama.
Uemura pensó que, en cierto sentido, no era extraño que la señorita Hayama hubiese soñado algo como aquello. Se conocían desde hacía años y compartía con ella más horas que con ninguna otra persona. Prácticamente lo sabía todo sobre él. Eso le dio la idea.
Le propuso a la señorita Hayama compartir absolutamente todo. Hasta ese momento habían trabajado codo con codo, pero a partir de entonces no se separarían ni un instante. La señorita Hayama pasaría con él cada segundo del día. Por la noche dormirían juntos, y ella soñaría para el.”
-Es lo más extraño que he oído en mi vida -digo yo.
“Hayama no tenía marido, no tenía hijos, no tenia vida. Había dedicado toda su existencia a la compañía Uemura. Aceptó. Desde entonces dormía con él cada noche, y por la mañana contaba con todo lujo de detalles el sueño que había tenido a Uemura. Y esos sueños le ayudaban.
La cosa iba más o menos. Pero el caso es que Uemura se dio cuenta de que los sueños de Hayama eran bastante caóticos. A veces hacían referencia a cosas que tenían relación con él, otras veces no tenían nada que ver. Comprendió que para que Hayama pudiese centrarse debía reducir su propia exposición pública al mínimo. El entorno debía ser lo más austero posible, lo menos estimulante. Con esa condición, los sueños de Hayama eran aprovechables. Le proporcionaron muchas ideas.
Entonces, en algún momento a finales de los ochenta se le ocurrió que no había razón ninguna para limitarse a Mori Hayama. Podía buscar otra mujer que soñase por él. De hecho era lo más razonable, porque ¿y si a Hayama le pasaba algo? ¿Y si moría? Uemura decidió buscarse una segunda Soñadora. Tras estudiar detenidamente a las candidatas se decantó por una muchacha que trabajaba en la sede de la Compañía en Sendai.
Ten en cuenta que era dificilísimo encontrar una Soñadora. En primer lugar debía ser alguien dispuesto a dejarlo todo, a abandonar toda su vida para servir a alguien por completo. Y luego era necesario alguien con una vida emocional plana, alguien que no estuviese traumatizado por una infancia infeliz o una adolescencia problemática, para que luego no soñase a todas horas con padres desatentos o novios que te abandonan y esas cosas que a Uemura le traían al fresco. Luego había que entrenarla durante años. Tenían que conocerse toda la vida de Uemura al dedillo, reconocer las caras de los miles de personas que le habían tratado, saber de corrido las canciones que había escuchado o los libros que había leído. Y finalmente adquirir su carácter, su modo de ver la vida, todas sus opiniones. Se precisaba, en síntesis, muchachas dispuestas a dejar de ser ellas para pasar a ser Nobuyasu Uemura. Y eso no era fácil. Piensa en el entrenamiento que debe hacer el concertista más virtuoso o el gimnasta más destacado de unos juegos olímpicos. Ahora multiplica ese esfuerzo por diez, y ni siquiera andarás cerca. Pero, en fin. Al cabo de una década mas o menos empezaban a dar réditos. La muchacha de Sendai, que se llamaba Yuri, tenía mucho talento y comenzó a soñar cosas verdaderamente útiles a los seis o siete años. Fue más o menos por entonces cuando Uemura se aisló del resto del mundo por completo.”
-¿Y la tercera? -pregunto yo.
Ken hace una pausa.
“La tercera se llamaba Midori. Apareció en el momento justo. Uemura estaba como loco por buscar una tercera soñadora, le parecía que las fuerzas de Mori y Yuri empezaban a flaquear. Pero no encontraba nadie adecuado ni de lejos. Entonces llegó a sus oídos que en Kobe, tras el terremoto, habían encontrado a una chica vagando por la ciudad. Tenía amnesia. No recordaba lo mas mínimo de su vida. Y nadie la reclamó. Parecía haber salido de la nada. Uemura movió sus hilos y se la llevó al piso noventa. No tuvo apenas que convencerla. No tuvo casi que entrenarla. Empezó a dar resultados casi desde los primeros días. Era la mejor de todas”

 

 

 

-Así pues -continua Ken. -esas eran las tres mujeres que yo tenía delante; las Soñadoras de Uemura.
-Pero tú no lo sabías -digo yo.
-Claro que no -dice Ken. -Nadie sabía esto. Era el secreto mejor guardado de todo el impenetrable edificio de la Compañia Uemura. Lo más valioso con diferencia para él. Yo no tenía ni idea. Ya te he dicho que las mujeres no habían abierto la boca al verme. Y tampoco luego. No me dijeron una sola palabra.
De modo que Ken estaba frente a Uemura y sus tres Soñadoras. Finalmente, el viejo tomó la palabra.
-Debe preguntarse por qué está aquí. Debe preguntarse a que se debe este honor.
-Pues sí -admitió Ken.
-Hace diecisiete años que nadie me ve la cara. El último en hacerlo fue un repartidor de los almacenes Takashimaya. Fue un deplorable accidente que no se ha vuelto a repetir. Si descontamos eso, no veo a ningún ser humano desde hace veinte años.
Ken pensó. “Quitando a estas tres mujeres”. Iba a puntualizarlo, pero luego se le ocurrió que tal vez el viejo no las consideraba seres humanos, y solamente dijo.
-Vaya.
El viejo continuó.
-Dígame señor Ogawa. ¿Qué se dice de mí?
Ken pensó en un par de chistes que se contaban en los pisos inferiores. Por un momento consideró contárselos, pero luego reparó en que las comisuras de los labios de Uemura parecían las de alguien sin sentido del humor. Así que se lo ahorró.
-Algunos dicen que usted no sale porque está enfermo. Otros dicen que odia a la gente. Nadie parece saber mucho, la verdad.
-Interesante, -dijo Uemura – Y dígame, ¿no ha oído el último rumor?
-No. -dijo Ken. -No sé. ¿A qué rumor se refiere?
-Yo no salgo. -dijo Uemura. -pero desde aquí me enteró de todo. Créame. ¡Lo sé todo!
Miró teatralmente a Ken. Luego, cuando pareció haberse dado por satisfecho con el efecto conseguido, prosiguió.
-Van por ahí diciendo que estoy muy enfermo, señor Ogawa. Mis enemigos. Aun mas; Van por ahí diciendo que estoy muerto. ¿Se lo puede creer, señor Ogawa? ¡Dicen que estoy muerto! ¿Le parece a usted que estoy muerto? Dígamelo. ¿Estoy muerto?
Ken dijo:
-A mi me parece que no.
-Pues claro que no -dijo triunfalmente Uemura. -Sólo lo hacen para aprovecharse, para perjudicarme, para quitarme todo aquello por lo que he luchado en mi vida. Esa es su intención. Pero yo no les dejaré.
Ken calló. Le pareció clarísimo que el viejo estaba bastante paranoico, aunque ¿quién sabia? Seguramente tendría una habitación llena de monitores para espiar a todo el mundo del edificio, tal vez más allá. Dejó que Uemura se calmase un rato. Luego observo.
-Bueno, si ese es el problema es fácil arreglarlo. ¿Por qué no sale por ahí y se da una vuelta, para que le vean?
Ken asegura que lo había comentado con la mayor ingenuidad, pero que enseguida se apercibió de que los seis ojos femeninos que en todo momento tenía fijos en él dilataban sus pupilas. Fue algo imperceptible. Pero en aquellos rostros de piedra fue tan sonoro como cuando una moneda cae al suelo en una catedral. Qué extraño, pensó.
-No voy a hacer eso -dijo Uemura con el rostro demudado. -Eso echaría al traste todo mi trabajo de años.
Ken aventuró:
-No entiendo por qué. Pero bueno, si no quiere salir puede grabar un video. Puede mandar un mensaje. Llamar por teléfono o algo.
-No me fio de esos medios tecnológicos. -dijo Uemura. -Son fácilmente manipulables. Mis enemigos dirán que son falsificaciones.
Hizo lo que se podría llamar una pausa valorativa y añadió.
-Prefiero un método más tradicional, señor Ogawa.
-¿Qué método? -inquirió Ken -¿Va a escribir una carta?
-No, señor Ogawa, -dijo Uemura. -Mi método va a ser usted. Usted ha venido aquí para decirle al mundo que estoy vivo. Y que estoy perfectamente, además. Esa será su misión.
-¿Quiere decir que me ha traído hasta aquí solo para que yo baje y le diga a los demás que está vivo?
-Exactamente.
-¿Solo eso?
-Solo eso, señor Ogawa. Y ahora ya puede irse. Ya sabe cuál es su misión.

 

 

 

-De modo, -digo yo -que el señor Uemura te quería para que fueras su enviado. Para que anunciases su existencia al mundo. Su apóstol, se podría decir.
-O su profeta -dice Ken. -Sí, se podría decir así. Y si lo piensas tiene bastante sentido. Al fin y al cabo ¿que podría querer una persona como él de un tipo como yo?
-Sí -convengo. -Tiene sentido. Pero, ¿por qué tú? ¿Por qué te eligió precisamente a ti?
-De eso si que no tengo ni idea. -dice Ken. -Todavía me lo pregunto.

 

 

 

Uemura se levantó para acompañar a Ken por donde había venido. Y Ken se quedó un momento mirando a las mujeres, que continuaban con la vista fija en él. En ningún momento le habían sido presentadas ni Uemura había hecho la menor referencia a su presencia, como si no existiesen. Pero un instante antes de salir de la habitación Ken se volvió y se despidió educadamente
-Adiós -dijo.
-Hasta pronto -respondió Midori.

Cuando estaba a punto de meterse en el cajón Uemura le dijo;
-Una cosa más, señor Ogawa. Una curiosidad. Cuando estaba subiendo hacía aquí, en el ascensor, he escuchado que cantaba una canción. No he podido reconocerla. ¿De qué canción se trataba, si me permite la indiscreción?
Ken se quedó pensando que seguramente, como había imaginado, Uemura tenía micrófonos y cámaras instalados por todo el edificio. Debía pasarse las horas muertas en aquel ático, vigilando.
-Ah, eso -dijo. -Es una canción que cantaba cuando era pequeño. Una canción de una película.
Se la cantó:

You’re off to see the Wizard,
the Wonderful Wizard of Oz
You’ll find he is a Whiz of a Wiz is ever a Wiz there was
If ever, oh ever, a Wiz there was the Wizard of Oz is one because
Because, because, because, because, because
Because of the wonderful things he does
You’re off to see the wizard, the Wonderful Wizard of Oz

-Es la canción de la película El Mago de Oz. ¿No la conoce?
-No -dijo Uemura.
-Interesante -dijo Ken.

 

 

 

Repitiendo el proceso inverso Ken volvió a bajar a la planta cincuenta y tres. Cuando el ascensor se detuvo abrió el cajón donde iba encerrado y se encontró el rostro expectante de Sato y otros miembros del Consejo de Dirección.
-¿Y bien? -le pregunto uno.
-¿Qué ha pasado? -inquirió otro.
-¿Cómo está él? -se interesó un tercero.
-¿Qué le ha dicho? -demando alguien.
- Señores, señores, no le atosiguen -pedía Sato. -Dejen respirar al pobre chico. Vayamos a mi despacho. Allí nos explicará.
Fueron al despacho donde media hora antes le habían lavado. Los consejeros tomaron asiento, y Sato cedió a Ken el sillón presidencial del consejo de administración de la Compañia Uemura.
-Ahora si, por favor -le suplicó. -Cuéntenos qué ha pasado.
Ken se esperó un rato antes de contestar. Después les dijo.
-No he hablado mucho con él, la verdad…. Solo me ha dicho que está bien, y que está muy orgulloso del trabajo que hacen ustedes, y que les manda un saludo.
-¿Cómo? -dijo asombrado Sato.
-Pues eso, más o menos. Que está bien, y que les manda un saludo.
Los consejeros murmuraron entre sí. Luego Sato le dijo.
-Por favor, señor Ogawa, concéntrese. Quiero que sea consciente de la importancia de este momento. Es un momento trascendental. Así que concéntrese y trate de recordar cuales fueron las palabras exactas del Presidente Fundador. ¿Qué es lo que dijo, exactamente? ¿Podría repetírnoslo?
Ken bufo. Entonces dijo.
-Pues sus palabras exactas fueron; “¿Cómo está, señor Ogawa?”, y yo le dije. “Estoy bien, señor Uemura. ¿Cómo está usted?”. Y él dijo; “estoy bien, chaval. Dígales a mis empleados que les mando un saludo”. Y ya está.
Hubo murmullos de admiración. Luego un consejero levantó la mano.
-Hable, señor Idei.
-Disculpe, señor Sato, pero me permito recordarle que el señor Ogawa dijo antes que el Presidente Fundador había expresado algo referente a que estaba orgulloso de sus empleados. ¿Estoy en lo cierto o he oído mal, señor Sato?
-No ha oído mal, Idei, -dijo Sato. -Yo mismo he oído antes tal cosa. Díganos, señor Ogawa -dijo volviéndose a Ken. -¿Expresó el Presidente Fundador Uemura su orgullo o no hizo tal cosa?
Todas las miradas de la sala se volvieron ansiosamente hacia donde estaba él.
-Lo hizo, sí. -dijo.
-¿Y cuáles fueron sus palabras exactas? -quiso saber Uemura.
-Sus palabras exactas fueron: “Dígales a mis empleados que estoy muy orgulloso de ellos, y que les mando un saludo”
Hubo nuevos murmullos de satisfacción. Ken estaba ya un poco harto de todo. Solo quería que ese día acabase para poder volver a su casa. Pero todos comenzaron de nuevo a atosigarle con preguntas. Entonces se le ocurrió algo.
-Señores -dijo. -Comprendan que estoy muy cansado. Un encuentro con el Presidente Fundador es algo difícil de asimilar para un simple empleado de la dieciocho. Permítanme unas horas para que me recupere y mañana les contaré todo lo que quieran saber.
Esta vez los murmullos eran de desaprobación. Pero los consejeros intercambiaron impresiones y finalmente Sato lo concedió.
-Está bien. Lo comprendemos. Ha sido usted expuesto a una tensión sobrehumana. Vaya a descansar. Pero mañana nos veremos aquí mismo a las diez de la mañana.
Ken se levantó y enfiló el camino hacia la puerta. De repente se le ocurrió que podía soltar otra cosa.
-Hay una cosa más. -dijo.
Todos le miraron.
-¿Qué más, señor Ogawa? -preguntó Sato.
-Los phoskitos. -Dijo Ken. -Me da la impresión de que Uemura desea que le compren Phoskitos.
Hubo murmullos de asombro. Ken los dejo murmurando sobre eso. Pero cuando salía por la puerta oyó que Sato le preguntaba;
-¿Pero quiere que compremos la empresa que los fabrica o la multinacional a la que pertenece?
-La multinacional -gritó Ken sin detenerse. -Cómprenle la multinacional.

 

 

 

-¿Y por qué dijiste eso? -pregunto yo.
-Yo que sé -dice Ken. -Fue lo primero que se me vino a la cabeza.
-¿Y la compraron?
- Toma, claro -dice Ken. -Ese mismo día en cuanto abrieron las bolsas europeas lanzaron una opa sobre toda la multinacional y la compraron.

 

 

 

Ken volvió a su casa. En el largo trayecto en metro tuvo ocasión de rememorar todos los extraños sucesos que había vivido. El Consejo de Administración, Sato, el antiguo ascensor, El Viejo de los Phoskitos… ¿Quién iba a imaginar que en el mismo edificio donde había trabajado durante años pasaran cosas así? Se daba cuenta de cómo había cambiado su opinión acerca de la Compañía. Esa misma mañana había sentido por sus superiores un temor reverencial, pero ahora se daba cuenta de que estaban todos locos.
Pensó asimismo que sin comerlo ni beberlo se había convertido en una persona excepcional. Cuando era joven, con la típica vanidad adolescente, siempre había deseado ser El-Único-Que-Algo. Pero la vida había pasado y sólo había logrado ser un empleado normal de la planta dieciocho… Mira por dónde ahora era la única persona en el mundo que conocía la Compañía Uemura, dado que los que estaban abajo no podían subir, y los que estaban arriba no podían bajar.
Mira tú por dónde.
Pero en el fondo todo aquello no le importaba demasiado. No eran más que anécdotas. Lo único que de verdad no podía quitarse de la cabeza, lo único que le angustiaba en el corazón, eran aquellas dos palabras:
Hasta pronto.

 

 

 

Cuando llegó a su casa se dio cuenta de que el gato se había escapado.

 

 

 

La puerta del balcón estaba abierta. Ken pensó que la única posibilidad es que hubiera salido por ahí. Miró hacia abajo. Eran cuatro pisos, pero Ken sabía que algunos gatos padecen el Síndrome del Gato Volador y se tiran por las ventanas a las primeras de cambio. Gato estúpido, pensó. Lo único que me faltaba.
También existía la posibilidad, remota, de que el gato se hubiese deslizado por la cornisa hasta el apartamento de su vecina, la señora Hoshizawa. La señora Hoshizawa cocinaba estupendamente y en ocasiones todo la planta se perfumaba tentadoramente de los efluvios que salían de sus ollas. Si yo fuese un gato, pensó Ken, seguro que iría hacia allí.
Ken llamó a la puerta de la señora Hoshizawa, pero no le abrió nadie. Seguramente habría salido. Recordó que tenía las llaves del apartamento de su vecina, porque unos meses antes la señora Hoshizawa se las había dejado dentro, y tuvo que venir un cerrajero a solucionarlo. La señora Hoshizawa era bastante mayor y Ken tenía la costumbre de hablarle como si fuera una niña, calmándola y poniéndose didáctico.
-Todas las puertas tienen su llave, señora Hoshizawa. Si quieres entrar la llave tiene que estar fuera, y si quieres que no entren también.
A cambio de sus emolumentos, el cerrajero dejó otra perla de sabiduría.
-Y si quieres que no salgan también pones la llave fuera.
-También -reconoció Ken.
Luego intercambiaron una copia de las llaves de sus apartamentos, por si les volvía a pasar. Así que él tenía una llave, pero no se atrevió a utilizarla para buscar al gato. Espero hasta que un par de horas después llegó la señora Hoshizawa. Entonces fue y explicó lo que pasaba, pero el gato no estaba allí.

 

 

 

Estaba preparándose el café del desayuno. De pronto el gato había aparecido. Ken no sentía ninguna extrañeza. El gato estaba en el salón, sentado altivamente sobre sus dos patas anteriores, mirándole fijamente igual que había hecho miles de veces. Pero cuando estaba a punto de salir por la puerta le lanzó una última mirada y el gato dijo con toda claridad.
-Hasta pronto.
Ken levantó las cejas y se fue. El vagón del metro iba atestado de hombres trajeados. Tantos hombres trajeados que apenas se podía respirar. Ken advirtió que parecía el consejo de administración de la Compañía. Y, efectivamente, a lo lejos le pareció ver al Hombre sin Cejas, con el traje aún húmedo. Iba a acercarse a él, pero de pronto recibió un mensaje en el teléfono móvil. Era del gato, y decía.
GATO; Estoy harto de estar encerrado. Si no me sacas de aquí, saltaré.

 

 

 

Ken despertó con un sudor frío. No se podía sacar de la cabeza la mirada de Midori. Fue a comprar tabaco a un Seven Eleven y estuvo fumando en su balcón desde las cuatro de la mañana. A las seis y media se preparó para ir a trabajar. Sabía lo que iba a hacer.

 

 

 

Ese día, cuando Ken llegó al edificio vio que había un nuevo lema en el recibidor: Habían escrito sobre una enorme placa de bronce;

“Estoy muy orgulloso de mis empleados, y les mando un saludo”
Nobuyasu Uemura.

“Ken Ozawa”, corrigió mentalmente. Luego, mientras llegaba a su puesto de trabajo se dio cuenta de que todos le miraban. Las conversaciones se detenían a su paso. Comprendió que la noticia había corrido como la pólvora. Pero no hizo nada. Se sentó en su mesa y se puso a trabajar como si tal cosa.
Miro su reloj. Eran las nueve de la mañana. La cita con el consejo de Administración estaba prevista a las diez. Entonces bajo a la cafetería del piso once, a tomar un café. Volvía de allí cuando se cruzó, como era su costumbre, con dos de las limpiadoras.
-Eh, Ken. -le dijeron. -¿Cómo te va?
-Pues bien. -dijo Ken. -¿Que tal vosotras?
-Bien, bien. -dijeron. -Oye, hemos oído que te has convertido en todo un personaje. Hemos oído que ayer fuiste al piso de arriba a ver a Uemura.
-Sí, -respondió Ken sin darse importancia. -Eso es verdad. Me dijeron que Uemura quería verme y subí al piso noventa. -Y luego añadió. -Y ayer cuando llegue a mi casa resulta que se me ha escapado el gato.
-Vaya. -dijo una de las limpiadoras.
-A mí se me escapó el mío hace un año más o menos. Luego volvió todo sucio. Se escapó porque estaba en celo. A lo mejor el tuyo también está en celo. ¿Está en celo?
-Creo que no. -dijo Ken.
-Seguro que vuelve. No te preocupes por eso….
Estuvieron diez minutos hablando de gatos, de sus costumbres raras y sus manías. Al final una limpiadora dijo.
-Y oye… ¿Cómo es?
-Negro y blanco. Un gato normal.
-No, no. -dijo la limpiadora. -Me refiero a Uemura. ¿Cómo es?
Ken suspiró.
-La verdad es que no pude hablar mucho con él. Esta muerto.
-¿Cómo? -exclamo asombrada una limpiadora.
-Pues sí. -dijo Ken. -Fiambre total. Cuando entré a sus dependencias estuve un rato llamándole. “Señor Uemura, Señor Uemura, Presidente Fundador….” Pero nada. Así que me di una vuelta por todos lados y acabe encontrándolo en el baño. Estaba en su baño, más seco que una momia. Igual se resbaló, o se suicidó.
-Una prima mía se electrocuto con el secador. -dijo una limpiadora. – Kaiko, se llamaba.
-Lo siento mucho, -se lamentó Ken. -En fin, no tengo ni idea de lo que le pasó. El caso es que está muerto.
-¿Y que han dicho los de arriba?
-Ah, -dijo Ken. -A los de arriba no les he dicho nada. Les he dicho que está perfectamente y a otra cosa. No quiero líos. Si se enteran de que está muerto puede venir la policía o yo que sé, hacerme preguntas.
-Ya.
-No quiero líos -concluyó Ken antes de irse. -Oye, no le conteis lo que acabo de deciros a nadie. ¿De acuerdo?
-Descuida. -dijeron las limpiadoras.

 

 

 

Eso era sobre las nueve y cuarto. Quince minutos después, media hora antes de la hora prevista, Ken recibió el aviso de su superior Takanabe.
-Preséntese en mi despacho inmediatamente.
Volvió a repetirse el periplo del día anterior. Takanabe, Hiragata, Taniguchi… A las diez menos dieciocho estaba en presencia del consejo de Dirección en pleno, presidido por el Honorable Hombre sin Cejas. El ambiente era de la mayor severidad.
-¡Señor Ogawa! -bramó Sato. -¿Que es lo que ha llegado a nuestros oídos? ¿Qué es lo que recorre como un tsunami toda nuestra compañía? ¿Cómo se atreve usted a decir que el Presidente Fundador, que el Presidente Fundador… ?
Sato, obviamente, no se atrevía a decirlo. El propio Ken completó la frase.
-…Ha muerto.
Hubo murmullos de desconcierto.
-Es verdad.-dijo Ken -Está muerto. Está tirado en el baño. Y debe hacer años que la palmó. Cuando llegue la policía se darán cuenta de que lleva muerto años, así que no me pueden acusar de nada.
-¡Pero eso es imposible! -exclamó Sato. – ¡Cada poco tiempo recibimos instrucciones suyas, mediante el sistema!
Ken tenía preparada la respuesta.
-Se ha vuelto inteligente. Eso es lo que pasa. La máquina ha aprendido a hacerse pasar por Uemura. Y da órdenes y pide Phoskitos.
Tremendos murmullos de asombro. Ken aprovechó para añadir.
-Igual fue ella la que lo mató.
Hubo un silencio total en la sala. Con los rostros demudados, todos los consejeros se preguntaban si podía ser posible algo así. Una máquina que matase y que pidiese phoskitos si que era algo inaudito de verdad.
Un consejero levantó la mano.
-Señor Ono -dijo Sato.
-No es el momento de discutir los detalles de la muerte del Presidente Fundador. A mi parecer, tenemos cosas mucho más urgentes que hacer, dada la magnitud de la noticia y lo que puede suponer para los intereses de nuestra Compañía.
Murmullos de asentimiento.
-Con su permiso, señor Sato, -prosiguió otro consejero -propongo que establezcamos un perímetro. Aislemos a todo el mundo que conoce la noticia, hasta que sea necesario.
Ken sabía que era una idea estúpida. No había perímetro en el mundo que contuviese al Cuerpo de Limpiadoras.
-Eso es imposible. -dijo Sato. Y se quedó pensando. Pensó durante medio minuto largo. Ken se fijo en las arrugas de su frente, como surcos de concentración.
-¿Cuando abre Frankfurt? -preguntó al final.
-En tres horas doce minutos -le respondieron.
-¿Y Nueva York?
-Nueve horas cuarenta y dos.
Empezó de nuevo el ajetreo. Comenzaron a hablar de valores, derivados, fusiones malogradas y cosas de las que Ken no conocía nada. Iba a preguntar lo que le interesaba, que era cuando iban a llamar a la policía, pero consideró que era mejor quitarse de enmedio y sin que nadie se diera cuenta salió de allí.

 

 

 

Ese día Ken no salió del trabajo a las siete, como era su costumbre. Fingió que tenia tarea y se quedó allí.
Había calculado que en unas horas llamarían a la policía, lo que había sido su intención. Quizá les costase trabajo entrar al piso noventa, pero acabarían haciéndolo de todos modos. Y cuando eso ocurriera se darían cuenta de que había mentido, y vendrían a buscarle y se enteraría del asunto. Calculó que todo el proceso podía tardar entre cinco y diez horas.
Pero el tiempo pasaba y no recibió la llamada de Takanabe. Estuvo en la oficina, frente a su ordenador, hasta que a las dos de la mañana se quedó dormido.
Despertó y miró su reloj. Eran las cuatro menos diez. A su alrededor vio que algunos empleados dormían sobre sus teclados, o en sillas, o tirados por el suelo, mientras que otros trabajaban frenéticamente. Los primeros eran aquellos que, como había fingido Ken tenían trabajo que hacer, en tanto los segundos eran los atareados empleados del turno de noche. La gente dormía, pero la Compañía Uemura no dormía nunca.
Para despejarse salió a la calle y fue a una cafetería. Mientras bebía su café pensó que tal vez el consejo de Administración no llamase a la policía. Tal vez se encargasen ellos de entrar al piso noventa.
O podían, y eso era lo más probable, tratar de tapar el asunto. Podían tratar de seguir como si tal cosa. Podían comprar a la policía, las autoridades, la prensa, y hacer como si nada pasase. Podían hacerlo sin el más mínimo problema.
Eso era lo más probable.
De pronto sintió un escalofrío.

 

 

 

-Yo les había hecho creer que Uemura estaba muerto -me dice Ken. -Les había hecho creer que quien les daba órdenes y quien les pedía víveres era una máquina. De modo que lo más seguro es que dejaran de responder a la maquina. Pensé que igual la desconectarían.
-Sí, -digo yo.
-Entonces dejarían de enviarle cosas. Dejarían de subir víveres para Uemura y las mujeres. ¿Te das cuenta?
-Eso era probable, -reflexiono yo. -Pero si lo piensas no era una opción tan mala. Posiblemente si el viejo veía que se estaba quedando sin víveres saldría por su propio pie. Todos los animales que se esconden salen cuando tienen hambre.
Ken niega con la cabeza.
-No, no. Tu no vistes ese sitio. No vistes lo que había allí. Había provisiones para aguantar por lo menos diez años. ¿Y cuánto tiempo de vida le quedaba a Uemura? ¿Y si el viejo decidía que podía aguantar con aquello hasta que muriese? ¿Qué les pasaría entonces a ellas? ¿Qué le esperaba a Midori? Vivir una década mas encerrada, y luego morir por inanición.

 

 

 

Pasaron un par de días. No hubo ningún suceso especial. No hubo ninguna llamada de Takanabe ni de Hiragata ni de Sato ni de nadie. Ken se quedaba veinticuatro horas en la compañía, pero nada. Las limpiadoras le aseguraron que en las plantas superiores las cosas habían vuelto a la normalidad.
Ken comprendió que, como se había temido, el consejo de Administración había decidido echar tierra sobre el asunto.
Y eso significaba que él tenía que actuar.
Pero aun esperaba algo. Aun aguardaba una llamada.

 

 

 

La llamada llegó al tercer día. Estaba en su puesto cuando sonó el teléfono.
-Diga -dijo Ken.
No se oyó nada. Solo alguien que colgó. Ken pensó que se habrían equivocado.
Al cabo del rato el teléfono volvió a sonar.
-Diga -respondió de nuevo.
Esta vez su interlocutor aguantó un rato más. Ken volvió a repetir
-Diga
Y colgaron.
Media hora después el teléfono sonó de nuevo. Ken se quedó mirandolo. Comprendió que era él.
-Dígame. Soy Ken Ogawa.
El teléfono continuó mudo.
-¿No dice nada? -dijo Ken. -¿Es que está muerto?
Se oyó un gruñido en el aparato. Ken se levantó.
-Sí. Eso es lo que ocurre. Estoy hablando con un muerto, sí señor. ¿Cómo está usted, señor Muerto? ¿Cómo se siente ahora? -dijo en tono festivo.
Nuevo gruñido al fondo del auricular. Luego, como una palabra que viniese desde muy lejos, escuchó:
-Traidor.
Ken prosiguió.
-Sí, está muerto. Ya esta, ya se acabó todo. ¿Cómo lo lleva, dígame? ¿Se siente en el paraíso o está en el infierno? ¿Qué noticias nos puede dar, señor Muerto?
Por el auricular seguía oyéndose, cada vez en un tono mayor.
-Traidor…. traidor…. ¡Traidor!
Ken se levantó. Miró hacia la esquina superior de la habitación, donde había una cámara de seguridad. Y le hizo a la cámara un gesto definitivo con el dedo.
-Jódase, ¿me oye? Jódase.
Nadie había hablado así a Uemura en décadas. Quizá no le habían hablado así nunca.
-Traidor …. traidor …. TRAIDOR….
Ken fue acercándose hacia la cámara enseñándole el dedo…Mientras, por el teléfono, la voz de Uemura soltaba toda clase de amenazas.
-¡Voy a acabar con usted! ¡Voy a destrozarlo! ¡Me ha traicionado! ¡Voy a hacer de su vida un infierno!
Ken se acercó todo lo que pudo a la cámara procurando que su rostro no reflejase la mas mínima prueba de preocupación. Solo un leve asombro irónico, como el de alguien que asiste a los ladridos de un perro diminuto.
-¿Ah, sí? No me da miedo… Baje, hombre, baje. Aquí le espero.
Se dio cuenta de que cuanto más tranquilo parecía, mas furioso se ponía Uemura. “Toda su vida se ha acostumbrado a dar miedo”, pensó.
-Si quiere aquí le espero -dijo. -Y si no déjeme en paz. Tengo trabajo que hacer. Mire.
Enseñó a la cámara el sudoku que estaba haciendo. Uemura se quedaría lívido al ver a uno de sus empleados entreteniéndose con un pasatiempo en horario de trabajo.
- Baje, Hombre Muerto. ¡Baje!
-¡No bajare jamás!
Hubo un silencio en el auricular. Ken pensó por un segundo que se había acabado la partida.
-¡Suba usted! -se oyó al fin la voz de Uemura. -¡Suba inmediatamente!

 

 

 

Ken no perdió un instante. Se subió a un ascensor y pulsó la planta cuarenta. A partir de ahí, para evitar cruzarse con gente que le pidiera explicaciones, subió por las escaleras.
En la planta cincuenta y tres, sin embargo, se topó de bruces con una de las moles trajeadas de Seguridad.
-Dónde vas. -le preguntó. -Tú no puedes estar aquí.
Ken buscó a toda prisa una mentira para salir del paso. Pero lo que encontró fue una verdad.
-Mi teléfono móvil -dijo. -El otro día os quedasteis con mi teléfono móvil.
Desde detrás de sus gafas negras el tipo lo miró de arriba a abajo. Luego dijo.
-Espera aquí.
Y desapareció. Ken no perdió un instante. Fue en dirección al viejo ascensor en el que había subido . Por suerte no se encontró a nadie más.
Entró al ascensor. Pero se topó con la sorpresa de que no tenia interruptor alguno. No había ningún panel de mandos, ni ninguna llave. Buscó por todos lados para ver si había algún comando oculto, pero nada. Seguramente, pensó, se acciona solo desde arriba.
Desesperado, levantó un panel del techo del elevador. Vio entonces los cables que lo sostenían perdiéndose en un hueco oscuro de unos cuarenta pisos. ¿Lograría trepar hasta allí? Una parte de su cerebro decía; imposible. Otra insistía; adelante.
“A la mierda todo”, se dijo, y se encaramó a la parte superior del ascensor. Comenzó a estudiar los apoyos y los salientes que podían facilitarle la ascensión. Pero iba a comenzarla cuando tuvo otra idea. Entonces volvió a encajar el panel del techo desde fuera y se sentó, esperando.
No tenía la menor idea de cuánto tendría que esperar. Igual, si habían dado por muerto a Uemura, esa máquina no volvía a moverse nunca.

 

 

 

En la semioscuridad Ken buscó una posición en la que estar cómodo y dejo que pasaran las horas. Pensó en su teléfono móvil. Y pensó en Naoko. Con un gran sentimiento de culpa se dio cuenta de que no se había acordado de Naoko en días. Seguramente ella le habría llamado sin recibir respuesta. ¿Qué pensaría si le viera allí? ¿Qué le contaría él? ¿Y qué le diría ella?
Ciertamente le diría; “No has hecho por mí una simple llamada de teléfono, y por otra mujer estabas dispuesto a escalar en la oscuridad cuarenta pisos”. Y tendría razón.
Pensando tristemente estas cosas se durmió.

 

 

 

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando le despertó un ruido. Medio adormilado oyó que la puerta del ascensor se cerraba. Tres segundos después el ascensor comenzó a moverse hacia arriba.
Ken se despertó de sopetón. Tenía bastante tiempo, pero no perdió un segundo. Desmontó de nuevo el panel y bajo adentró del elevador sin hacer el más mínimo ruido. Sabía que no había cámaras, pero estaba convencido de que sí que había un micrófono; el micrófono con el que Uemura había escuchado su canción.
En el suelo del ascensor alguien había dejado un sobre con el membrete de la compañía. “Por eso está subiendo”, se dijo Ken. Sin perder un segundo lo recogió y lo abrió. Era una carta que decía así.

Estimado Presidente Fundador.

Han llegado hasta nosotros noticias de que está usted muerto. ¿Sería tan amable de confirmarlo? Sírvase completar el test que le enviamos adjunto.

Atentamente

Consejo de Administración de la Compañía Uemura.

Lo que acompañaba la carta era un test de varias hojas. Cada una de las hojas venía encabezada por las siguientes palabras.

Big Blue Inc. Departamento de Computación Avanzada. Sección de Inteligencia Artificial. Coeli Labs. Van Houten Hold. Uemura Co.

-¿Y qué había en el cuestionario? -pregunto yo.
-Era un test de Turing. -dice Ken -Habían elaborado un test de Turing para ver si era Uemura o la maquina quien estaba al mando arriba. Tenia captchas, y preguntas sobre dilemas morales, y chistes y haikus y poemas, y le preguntaban cómo se llamaba el oso de peluche de su infancia y yo que sé que mas…
-Vaya . -digo yo.
-Pues sí. -dice Ken. -Pero ¿sabes qué te digo? Que a mi parecer eso no servía para una mierda. Los captchas tal vez, pero no me imagino a Uemura cogiendo un chiste o comprendiendo un poema. Igual ni tuvo peluches de niño. No creo que exista un test de Turing que pudiese pasar ese tío y que una maquina no pudiese pasar.
Yo me quedo pensando. Le doy la razón a Ken.
-Ni siquiera soñaba. -observo.
-Ya ves. -dice. -Ni siquiera soñaba.

 

 

 

Ken no tuvo tiempo más que de ojear el test. Estaba ansioso por lo que iba a pasar. Le pareció que, a diferencia de la vez en la que subió en un cajón, en aquella ocasión el ascensor subía a toda velocidad. Trato de adivinar los pisos que le faltaban, pero no había marcas ni puertas. Era como si entre la planta cincuenta y tres y la noventa del edificio Uemura hubiese únicamente un bloque de cemento.
En ocasiones, me dijo Ken, había tenido una pesadilla como aquella. Se montaba en un ascensor que empezaba a bajar, a bajar, a bajar, sin cruzar piso alguno, recorriendo solo una interminable pared, como si fuese a llegar al centro de la tierra. Todo era igual a aquella recurrente pesadilla. Sólo que aquella vez estaba subiendo.
Llego a pensar; “Igual todo es una pesadilla”.
“Igual subo por toda la eternidad”.
Entonces el ascensor se detuvo.

 

 

 

Durante un instante estuvo esperando acontecimientos. La vez anterior había subido dentro de una caja y no había visto nada hasta varios minutos después, así que no tenía ni idea de lo que se iba a encontrar.
La puerta se abrió y vio un pasillo que le recordó al de una nave espacial. El ascensor, que había estado en penumbra, se inundó de una cierta luz halógena azulada. Ken miró hacia afuera y se quedó de piedra.
Frente a él se encontró un extraño mecanismo compuesto de brazos metálicos articulados, cables, pinzas, herramientas y eslabones. Ken comprendió que era un robot.
Como si se hubiera apercibido de su presencia, el robot giró noventa grados y se irguió abriéndose de brazos haciendo un ruido mecánico. Todo el movimiento de despliegue tuvo una extraña elegancia geométrica, como si dijese: “mira que magníficos ejes de rotación tienen mis articulaciones, tan superiores a las vuestras”. Debía medir al menos tres metros, y sus brazos, de acero templado, parecían capaces de partir una viga de hormigón. Ken se quedó aterrorizado cuando vio que esos brazos se levantaban y se dirigían hacia él.
De un brinco salió del ascensor y evitó el ataque del robot por centímetros. Echo a correr por un pasillo, luego giró a la derecha y después a la izquierda. No encontraba ninguna puerta.
Extrañado, paró un segundo a reflexionar hacia dónde ir. Pero entonces oyó, a sus espaldas, el ruido mecánico del robot, acercándose. Echó de nuevo a correr. Giró de nuevo. Izquierda, izquierda, derecha… Cada poco rato encontraba bifurcaciones. De pronto se encontró en un lugar que le parecía conocido y se pregunto si no había vuelto al punto de partida.
“Es un laberinto” comprendió angustiado. A su espaldas, implacable, se escuchaban las ruedas y los sonidos hidráulicos del robot.
Estuvo un rato corriendo sin saber hacia dónde. De pronto, al girar en una bifurcación, se lo encontró de frente. Huyó por donde había venido, tan cansado que no sabía ya si perseguía algo o escapaba de algo. Cada vez notaba más cerca el ruido del robot, más cerca, más cerca, implacable, incansable.
No sabe cuánto tiempo estuvo corriendo por el laberinto. Sólo recuerda que recorrió un pasillo interminable y súbitamente dio con una pared. No había salida. No podía seguir. Estaba completamente agotado. Se dio entonces la vuelta y vio que allí estaba el robot, ocupando todo el pasillo, impidiéndole el paso, yendo hacia él. Entonces pensó: “Es el fin”, y cerró los ojos.

 

 

 

Petrificado, Ken notó como los brazos del robot le asían por el pecho y le levantaban en vilo, tan fácilmente como se cogería un bebé. “Me va a partir por la mitad” se dijo.
Pero pasó un segundo, y otro, y otro, y se extrañó de seguir vivo. Se extrañó, más aún, de que aquel enorme engendro mecánico le estaba cogiendo, efectivamente, con la delicadeza con la que se cogería un bebe. Apenas sentía presión alguna.
Abrió los ojos. Vio que el robot se ponía en marcha y echaba a andar por el pasillo tan campante. Sin poder salir de su asombro se dejo llevar. Sin dejar de sostenerle el robot giró por un corredor a la izquierda, a la derecha, a la izquierda de nuevo… Parecía conocer perfectamente el camino de aquel laberinto. Y en efecto, menos de un minuto después llegó de nuevo junto al ascensor. Allí se detuvo un instante, como si recapacitase. Luego echó de nuevo a andar. Al cabo de un momento estaban frente a una puerta metálica que Ken no había visto. La puerta se abrió y Ken se encontró en aquella sala blanca en donde había salido del cajón. Con el mayor cuidado el robot depositó a Ken junto al motor fueraborda. Entonces, como si se diese por satisfecho, se plegó y se apagó.

 

 

 

-Supongo que el robot eso sólo estaba programado para llevar las cosas de un lado a otro -aventuro yo.
-Seguramente -dice Ken.
Se dio un minuto para recuperarse del susto. Luego se dirigió a la puerta de la que había salido Uemura.
Para abrir esta puerta tenía que dibujar un patrón sobre nueve puntos en la pantalla de cristal de un dispositivo situado a la derecha.
Ken estudió de cerca la pantalla. Felizmente había bastante luz. Y sobre el cristal se veían los restos de grasa que habían dejado, cada vez que hacía la operación, los dedos de Uemura.
Dibujo una Z sobre la pantalla y la puerta se abrió. Luego avanzó por el largo corredor. Un minuto después estaba frente a la puerta de la vivienda de Mirada Penetrante.

 

 

 

-No me lo podía creer. -dice Ken. -Haber llegado hasta allí, me refiero. Lograr subir en el ascensor, salir del laberinto, pasar la primera puerta… Ten en cuenta que una semana antes no me hubiese atrevido a subir a la planta cuarenta sin permiso. Y allí estaba, en la noventa, a menos de veinte metros de donde se escondía Uemura. Me parecía increíble.
-Sigue, por favor. -le pido yo.
Pero el caso es que todavía tenía que abrir aquella última puerta.
Buscó. La puerta tenía un dispositivo alfanumérico a la derecha, como el teclado de un móvil. Era el dispositivo que la abría. Ken se quedó parado unos minutos, pensando. Debería obedecer a alguna contraseña. A alguna clave.
Meditó unos segundos. Por fin, y con la máxima concentración, escribió algo.
A Mi Dame.
-¿A Mi Dame? -pregunto yo. -¿Por qué?
- No se me ocurría nada mejor. -contesta Ken.
La puerta dudó un instante, como si se lo pensase. Luego, con la mayor suavidad, se abrió.
“Si quieres que no salgan pones la llave fuera”, recordó.
Estaba dentro, en el salón de la vivienda, y pensó: “Y ahora qué”. Porque no había hecho el menor plan de que hacer una vez estuviese allí.
Podía pegarle una paliza al viejo.
Podía matarlo.
Con sobresalto, Ken se dio cuenta de que tal vez fuese el viejo el que lo matase a él. Un tipo tan paranoico como Uemura podría tener perfectamente armas para defenderse. Armas increíbles, de hecho. De esos prototipos que salían de Mars Industrials, subdivisión de investigación militar de Uemura Defense…
Tal vez todo era una trampa. Como había dicho Uemura unas horas antes; “Suba usted”. ¿Y si le estaba esperando? Si, el viejo podría perfectamente matarle, y nadie le encontraría ni en cien años.
Con el mayor cuidado, con el corazón latiéndole a mil por hora por el miedo, Ken atravesó el salón y abrió la puerta por la que habían salido las tres mujeres. Dio a parar a una parte de la casa a oscuras. Avanzó a tientas por un pasillo, muy despacio para darse tiempo a que sus pupilas se acostumbrasen a la escasa luz, y vio que el pasillo desembocaba a una especie de recibidor donde había cuatro puertas. Tres de ellas estaban a oscuras, pero por las rendijas de la cuarta se filtraba una leve luz anaranjada. Ken se dirigió hacia allí y con el mayor cuidado abrió la puerta.
Era el dormitorio de Uemura. Sobre una cama enorme de sabanas negras estaba el viejo vestido con un pijama oscuro, durmiendo. Y a su alrededor tenía a las tres mujeres, soñando. Estaban desnudas, y su piel era tan blanca que parecían irradiar luz. Durante un breve instante de eternidad Ken se quedo contemplando la belleza de aquella escena, de una fascinación insoportable. Se le olvidó por completo a que había subido. Era como si todo lo que hubiese hecho no tuviera mas fin que quedarse allí para siempre y asistir a aquello. Y comprendió que el viejo no quisiera salir de allí nunca.
Pensó: “Si lo mató podré ser yo ese que duerme ahí para siempre. Si lo mato podré ocupar su lugar”.

 

 

 

Entonces Midori abrió los ojos.

 

 

 

-¿Y qué pasó? -pregunto.
-No dijo nada, -dice Ken. -Sencillamente me miró. Luego se levantó de la cama y se puso delante de mí, sin apartar la vista de mis ojos ni un instante. Parecía que me leyese el pensamiento.
Ken apartó la vista de los ojos de Midori. Vio entonces que las otras dos mujeres también estaban despiertas y se habían puesto de pie, como si las tres estuviesen sincronizadas. El viejo, en cambio, seguía durmiendo profundamente.
-Vamos -dijo Ken.
Había vuelto en sí.
En una santiamén las mujeres cogieron de un perchero un vestido muy simple de seda blanca y se vistieron. Parecían haberlo previsto. Ken se pregunto si le estarían esperando.
-Por aquí -les dijo.
Y salió en dirección al salón. Pero ellas se quedaron en el recibidor, mirándole de una forma que parecía decir; Todavía no.
Entonces, Mori, la mayor, desapareció tras una puerta.
Ken no sabía qué hacer. Miraba hacia la puerta por donde había salido Mori, preguntándose si debería ir en su busca. Y después miraba hacia la puerta del dormitorio, esperando que saliera Mirada Penetrante gritando y pegando tiros. Pero cuando miraba los rostros impasibles de Yuri y a Midori se daba cuenta de que no había más opción que esperar.
De pronto vio que se abría la puerta y volvía a salir Mori. Le miró. Luego miró hacia el interior de la habitación.
Y Ken vio salir a una niña.
-¡Una niña! -exclamo yo
-Bueno, casi una adolescente -puntualiza Ken. -de unos doce años. No era muy alta, pero no te puedes imaginar lo gordita que estaba. Parecía un balón.
-Joder, una niña… -digo yo, sin podérmelo creer.
-Pues espera -dice Ken -Porque esa niña llevaba de la mano a otra niña, y esa niña a otro niño, y ese niño a otro….
Y así hasta nueve. La mayor tenía doce años. El menor no pasaba de tres. Y todos estaban inconcebiblemente gorditos, tan gorditos que andaban bamboleándose. Ken se quedó boquiabierto. Luego dijo: “Vamos”, y echó a andar, seguido por las tres mujeres y los hijos que habían tenido durante todos aquellos años con Uemura, cogidos de la mano de mayor a menor.

 

 

 

Atravesaron el salón, la puerta, el corredor. Salieron entonces a la sala blanca donde se amontonaban las provisiones. Al llegar allí los niños soltaron exclamaciones de asombro y con la mayor alegría se abalanzaron sobre las cajas de Phoskitos como si hubieran hallado un tesoro
-Vamos, vamos, -decía Ken, impaciente -vamos, no hay un segundo que perder.
Mientras el robot le había llevado en vilo había memorizado el camino entre el la sala blanca y el ascensor, así que llegaron a él en un minuto. Y entonces se encontraron con el último contratiempo.
-No podíais bajar, claro. -sugiero yo. -porque el ascensor no tenía mandos.
-No, no. -dice Ken. -Sí que había. Había un solo botón arriba, un gran botón rojo, y supuse que era el botón que enviaba el ascensor hacia la planta cincuenta y tres. Pero ya te dije que era un ascensor muy viejo. Y nosotros éramos cuatro adultos y nueve niños que pesaban casi tanto como nosotros. Supongo que era el doble del peso que podía aguantar.
-¿Y qué hiciste? -pregunto yo.
-Pensé que podíamos bajar algunos, la mitad o así, dar noticia de lo que pasaba y rescatar a los de arriba. Pero esa idea no me gustaba un pelo. No me fiaba de que los mandamases de la compañía cooperasen en eso. Y mucho menos me fiaba de dejar a nadie arriba, con Uemura. Me lo imaginaba perfectamente despertándose y volviéndose loco y matando a quien fuese.
Así que decidió montar a todo el mundo en el ascensor, y que ocurriera lo tuviera que ocurrir.
-Apenas cabíamos -dice Ken. -Tuvimos que levantar a los pequeños sobre nuestras cabezas, para dejar sitio.
Ken pulso el botón rojo y montó. El ascensor comenzó a bajar lentamente, con todos apretados, en mitad de unas crepitaciones horripilantes. Podía oír como los cables de tracción chirriaban y se estiraban hasta su punto de rotura, y el chasis parecía vibrar de la tensión, y toda la cabina se sacudía cado poco y crujía.
“Aguanta un segundo más, por favor,” pensaba. Y luego. “Otro segundo más”.
Estaba aterrado.
Los niños, fuese por incomodidad, fuese por que preveían lo que estaba a punto de pasar, echaron todos a llorar. Ken gritó
-¡Silenció!
Y todos callaron.
Solo en ese instante se apercibió de que Midori estaba pegada a él. La miró a los ojos y por un segundo sintió como ella se pegaba aun mas, apretándose contra su pecho.
Fue un solo segundo.
Entonces se oyó un latigazo y el ascensor comenzó a caer.

 

 

 

-Tuvimos una suerte increíble. -dice Ken. -El cable se había partido cuando casi estábamos llegando, y el freno de emergencia hizo su papel. De modo que los niños ni se enteraron. Nos pegamos un topetazo en la planta cincuenta y tres y salieron todos tan tranquilos y no hicieron ningún comentario al respecto.
-Joder. -digo yo
-Ten en cuenta que no habían tomado un ascensor en su vida, de modo que supongo que pensaban que así es como funciona uno; Se suelta en los últimos metros y ya está.
Ken salió del ascensor con los nueve niños y las tres mujeres. Nadie le vio salir de ahí. Luego se cruzó con el guarda de seguridad y la mujer del mostrador y muchos ejecutivos, pero no se detuvieron ni un instante, y todos parecían tan desconcertados que ni le hicieron una pregunta. Cinco minutos después habían salido del Edificio Uemura.
Era de noche cerrada. Calculó que tendrían que esperar un buen rato hasta poder coger un metro o un autobús. Así que ordenó a todos que se diesen la mano y enfiló hacia un parque cercano. Quería poner la mayor distancia posible entre ellos y el edificio de la Compañía.
-Vamos, vamos -repetía sin descanso. -Tenemos que irnos de aquí… Caminad… ¿Por qué no camináis?
Entonces se dio la vuelta para ver por qué no caminaban y se encontró a los niños boquiabiertos. Las luces, los coches, los edificios. Todo era nuevo para ello. El cielo. Las personas. Todas las maravillas del mundo. Tomó a uno de los pequeños en brazos y decidió ir paseando. Iba paseando y diciendo en voz alta el nombre de todo lo que veía; “Taxi”. “Cuervo”. “Heladería”. Cuando llegaron al parque comenzó a caer una lluvia caliente y Ken se refugió debajo de un árbol. Vio desde allí a los niños brincar y reír bajo la lluvia asombrosa, tratando de tocarlo todo como si se les hubiera abierto la puerta del paraíso. Sólo entonces se relajó y se echó a llorar.

 

 

 

“Fue esa noche en el parque cuando ellas me explicaron quienes eran y por todo lo que habían pasado. Fue esa noche cuando me di cuenta de lo que había hecho. Y me sentía bien, ¿entiendes? Una especie de héroe. Yo era el héroe de la historia, y por supuesto Uemura el villano. Cuanto más contaban ellas mas lo odiaba yo, no te puedes hacer una idea de cómo lo odiaba. Me preguntaba cómo se podía ser tan egoísta, como podía existir alguien capaz de hacer algo así a tres mujeres y a sus propios hijos. Si lo hubiera tenido delante allí mismo lo hubiera matado con mis propias manos. O tal vez no lo hubiera matado, deseaba más bien torturarlo para que sufriese, no había sufrimiento que no mereciese un monstruo como él”
“Amanecía. No tenía ningún sueño. Estaba completamente furioso por la historia, como te digo, pero ellas hablaban con una total ausencia de emoción, como si contasen algo que hubiesen visto en una película. Supuse que estaban traumatizadas, pero yo no soportaba mas, estaba deseando ir en busca de alguien, contar todo aquello, compartirlo, que alguien más se hiciese cargo, en cierto sentido liberarme. Les dije; vamos, es hora de irse. Y entonces ellas me preguntaron adónde íbamos. Yo les dije; vamos a ir a la policía. No vamos a ir a la policía, respondieron. Yo les dije; no os preocupéis, iremos a la policía, hablaremos con la prensa, todo el mundo os vera, ni Nobuyasu Uemura con todo su poder podrá detener esto. Pero ellas insistieron; no, no iremos a la policía, es imposible, no insistas. Pensé que era normal, que estaban aterradas, que no creían en la policía ni en la prensa, pero les insistí; les dije. No ocurrirá nada, todo el mundo sabrá quiénes sois y lo que hizo él, no tenéis que temer, en cualquier caso es imposible esconderos, ¿es eso lo que queréis ahora, esconderos? No habéis salido para seguir escondidas… Pero ellas dijeron con su rara seguridad; no, no nos vamos a esconder. Y añadieron: Queremos ir a Disneylandia. Me pareció raro, y más cuando lo repitieron y se echaron a reír. Queremos ir a Disneylandia, dijeron felicísimas, lo que me pareció extrañísimo, quiero decir pensar en ese momento en Disneylandia estaba fuera de lugar. Entonces pensé que tal vez no querían ir a la policía porque, en realidad, no había necesidad. No había necesidad de denunciar a Uemura ni meterlo en la cárcel, porque el se había quedado en su propia cárcel, el ascensor estaba roto, los de abajo creían que había muerto y que sus comunicados los elaboraba una maquina, su futuro era vivir el resto de sus días en soledad, comiéndose sus víveres y añorando a aquellas mujeres y aquellos niños el resto de su miserable vida; y en verdad con todo el odio que le tenía sentía lastima de ese destino, no se me ocurría ningún castigo mayor. Pensé que tenían razón, que ir a la policía era buscarse problemas y darle alivio al monstruo, y dije; Tenéis razón. Así sufrirá más. Pero ellas me miraron como si hubiese dicho una extravagancia y repusieron con calma; Por qué quieres que sufra. Y luego añadieron. Ningún hombre del mundo le llega a la suela de los zapatos. Me resultó extraño que dijeran eso, pero pensé; Tienen miedo de él, aún. Eso fue lo que pensé.
No podíamos ir a ningún sitio. Así que fuimos a mi casa. Puse unas mantas en el suelo y todos se acostaron. Yo mismo me dormí unos minutos más tarde, en mi dormitorio; estaba tan exhausto que al poco de cerrar los ojos me dormí durante unas catorce horas. Pero en mitad de eso tuve la sensación de que Midori venía a mi cama y se tumbaba junto a mí.
-¿Como que tuviste la sensación? -pregunto -¿No estás seguro?
-No, -dice Ken. -Fue como si lo soñara.
-¿Pero cómo? -protesto yo. -¿Es que no hubo nada más?
-¡Hubiera estado bien! -rie Ken. – No, te juro que no hubo nada más. Sólo vino y se tumbó conmigo. O soñé eso. No lo sé.
“Al día siguiente me despertó alguien sacudiéndome. Abrí los ojos esperando ver a Midori, o a Yuri o a Mori o a alguno de los niños, pero me lleve una buena sorpresa; era Naoko. Había estado cinco días llamándome por el teléfono sin tener respuesta, sin que yo le devolviese las llamadas, así que se había pedido un día libre y había cogido el tren desde Kobe. Estaba indignada y aliviada a la vez, pasaba de abrazarme a regañarme cada pocos segundos. Pensaba que habías muerto, me dijo. Yo no sabía que decir. Estaba contentísimo de ver a Naoko, era perfectamente consciente de su preocupación y su amor, y a la vez ella era lo último en lo que pensaba en esos momentos. Fui hacia el salón porque por unos instantes supuse que todo había sido un sueño, pero amontonados en el sillón estaban todas las mantas que había sacado para dormir. Ella me preguntó; que hacen todas estas mantas aquí, y yo le contesté. Las saqué ayer para limpiarlas.
-¿No le contaste nada?
Ken negó con la cabeza.
-No. Nunca le he contado nada a nadie. Eres la primera persona a la que cuento nada de esto.
-¿Por qué?
-No sé bien. Supongo que porque pensé que una vez que ellas habían desaparecido nadie me iba a creer. O porque las quería proteger. O sencillamente por superstición, tal vez. El caso es que no lo he contado nunca.
“Me despedí del trabajo. No quise volver por todo el oro del mundo a la Compañía. Y al pasar de los meses me fui olvidando del tema. Solo a veces, y de improviso, me asaltaban los recuerdos en mitad de una cena con los amigos o conduciendo mi coche, y me preguntaba donde estarían ellas, y que estaría haciendo en ese justo momento el monstruo aquel”
-¿Y no supiste nada mas? -pregunto yo.
Ken saca entonces de su bolso un sobre, y me lo tiende.
-Nada, hasta que hace más o menos una semana recibí esto.
Abro el sobre. Sólo contiene una foto. Es una foto de grupo en la que aparecen nueve niños y tres mujeres, todos sonrientes. Al fondo se ve el castillo de Blancanieves. Pero en el centro del grupo, sentado, hay un anciano vestido con una camisa hawaiana y ataviado con una gorra. Tiene una sonrisa socarrona, un poco cascarrabias, pero también feliz, como alguien que se riera de una broma que han hecho a su costa.
No sé qué decir.
-No están tan gordos -observo yo, finalmente.
-Sí, deben haberlos puesto a dieta -dice Ken.
Giro la foto para ver si han escrito en el reverso. No hay nada. Se la devuelvo a Ken mientras él pide la cuenta.
-Una cosa más -le digo a Ken en la puerta de la cafetería. -¿Que ocurrió con el gato?
-Ah, el gato -dice Ken. -Volvió al cabo de un mes. Regresó todo sucio y flaco. El veterinario nos dijo que tal vez se había hecho daño en la caída, y debió quedarse escondido en algún garaje o alguna tubería hasta curarse. ¿Quién sabe?
-Estos animales siempre regresan con sus amos -digo yo. -Esa es su naturaleza. ¿Verdad?
-Así es -dice Ken. -Esa es su naturaleza.
Nos despedimos. Hace una tarde esplendida. Hasta mi casa hay al menos cinco estaciones, pero esta tarde decido ir caminando en lugar de encerrarme en el metro, pensando.
Cómo es la vida. El viejo está finalmente en aquella foto que Ken recibe sin una palabra de reconocimiento. Pero el gato ha vuelto.
Así son las cosas. “Merecer” es una palabra que no tiene ningún sentido. Simplemente respiramos mientras haya aire, tratando de comprender lo que sabemos.

La última palabra. (I´m not like everybody else)

Pues esto es un tipo al que su mujer trataba como el culo. Siempre estaba maltratandole y lo tenía dominao. Y los amigos se reían de él porque su mujer hacía con él lo que quería. Y le decían;

-Tio, lo que tienes que hacer es dejar de ser un calzonazos!

-¿Como un calzonazos?

-Pues claro. La próxima vez te plantas y le demuestras que tu también puedes hacer lo que quieras. Y que en las discusiones también tienes cojones de decir la última palabra.

-¿La última palabra?

-La última palabra.

Total, que un día los amigos quedan para irse por ahí de copas y el tio no se atrevía ni a decírselo a su mujer. Así que los amigos le acompañaron a la casa para darle ánimos. Y el tío les dice;

-Dejadme que suba que esta noche esta se va a enterar.

Y sube a la casa y empiezan a temblarle las piernas, y en cuanto abre la puerta se encuentra con la mujer hecha una fiera, que empieza a preguntarle de donde viene y tal. Y el tío se envalentona y le dice que va a tomarse una copa con los amigos. Y con las mismas la mujer empieza a pegarle hostias con la alcachofa del butano y a perseguirle por toda la casa. Y en la casa se oían unos golpes del copón, pero el colega, para que sus amigos no pensaran mal de él, mientras recibia golpes no hacia mas que gritar:

-¡Toma! ¡Toma!

Y mas gritaba él, mas le pegaba ella, toa aluciná. Hasta que de pronto la tía lo coge en peso y sin mas ni mas lo tira por la ventana. Y mientras iba cayendo el tio grita;

-¡Y ahora me voy con mis amigos!

El fin de la infancia

 

 

La mano –una mano delicada, blanca, como enguantada, -le temblaba tanto que no lograba encender el cigarrillo, así que el comisario tuvo que ofrecerle fuego.  Dio una ansiosa calada y tosió, como si fuese la primera vez que fumaba. Luego trató de explicarse.

-Lo habíamos hecho mil veces, señor comisario. Se lo juro. ¡Mil veces! Era… un juego entre el y yo, nada mas que un juego. Hacíamos como que el me perseguía, y yo casi me dejaba alcanzar, pero luego me inventaba algo y le daba su merecido. ¿Me entiende? Y él se dejaba hacer, no se, es que siempre volvía a  que yo le hiciese mas…  perrerías.  Porque nos hacíamos perrerías y nunca pasaba nada, nos habremos hecho perrerías mil veces peores que esta…. ¡Se lo juro!¡Tendría usted que ver las cosas que nos hemos hecho!¡Y nunca pasaba nada! ¡Solo era un juego! ¿Entiende que solo era un juego?

Miro a la cara al comisario, buscando su comprensión. Su sonrisa se había helado en un rictus.

-Pero esta vez… no se que ha pasado esta vez…- dijo. -De verdad que no logro entenderlo…

Dio una nueva calada y exclamó.

-Dios, no logro entender por qué coño no se levanta….

El comisario y el otro policía cruzaron una mirada. Luego miraron al cadáver en el suelo. Era bastante obvio por qué no se levantaba; Tenía la cabeza aplastada con un yunque. Los sesos sanguinolentos del gato habían estallado por toda la habitación.

-Sera mejor que nos acompañe. –dijo el comisario. –Y creo que debería buscarse un buen abogado, Señor Ratón.

 

La Batalla de San Paul

Entonces el abuelo empieza a cargar su pipa y nos pregunta:

-¿Os he contado alguna vez que asistí a la Batalla de San Paul?

-¿La Batalla de San Paul? –preguntamos nosotros.

-La batalla de San Paul. El partido entre Alemania e Irlanda para el campeonato del mundo. Lo llamaron así porque se jugó el mismo día de los apóstoles Pedro y Pablo, por eso fue. También lo llamaron el Partido del Cofre. ¿Sabéis por qué lo llamaron el Partido del Cofre?

-No.

“A ver. Yo tenía más o menos la edad que tenéis vosotros.  Y me gustaba el futbol más que nada en el mundo.  A mi padre también le gustaba el futbol. Toda la gente del pueblo era aficionada al rugby. Pero a mi padre y a mi nos gustaba el futbol. A mi padre le gustaba tanto el futbol que un día se enteró de que James Kennedy estaba de paso en  Doneraile .  Por lo visto había ido a visitar a una tía suya. Así que mi padre se puso en camino en su bicicleta e hizo las treinta millas que había hasta Doneraile , y allí pregunto por Kennedy y lo encontró en la granja de la tía, dándole de comer a las vacas. Y se acercó y le dijo; “Permítame estrechar la mano del hombre que marcó en la final de la Copa”. Y James Kennedy se la estrecho y mi padre volvió al pueblo más contento que unas pascuas. Y cuando mi padre llego ya de noche mi madre no quería dejarle entrar en la casa.  Eso fue antes de que yo naciera. Si.”

Da una larga chupada a la pipa.

“Así que a mi padre y a mi nos gustaba el futbol. Y mi padre me compro un balón de futbol en el almacén de Stroke. Un balón de los de verdad. Yo iba todos los días después de la escuela a jugar al futbol detrás de la iglesia. Iba con Donald, con Paddy Keane, con los hermanos Gilligham, con los Ford,  Jason Gavin, con el pequeño Shaun y su primo, el gran Shaun… íbamos todos. Allí. Había un descampado. Y un día un chico se subió a un poste de la luz a coger un nido y se quedo allí pegado. Yo no lo vi. Me lo contaron. Pero yo conocía al chico. McCarthy, se llamaba el chico aquel.  Le dio una descarga al chaval. Su abuelo le había comprado al mio un terreno en Courthleigh. La mujer que se caso con el zapatero es su prima, Eleanor creo que se llama, si, Eleanor McCarthy.”

-¿Por qué le llamaron el partido del cofre? –preguntamos nosotros.

-¿Qué por qué?¡ Por qué!  Yo tenía pocos años más que vosotros. Y me gustaba tanto el futbol que me metía en la cama con la pelota. Los domingos me sentaba con mi padre a escuchar los partidos en la radio. Y mi ídolo era Ennis Scrahane.  Creo que a ningún chico de entonces en toda Irlanda le gustaba Scrahane como a mi. Farrelly, Doyle,  Barrett, esos si… Hasta Kelly, si me apuras. Pero ¿Scrahane? No señor. Pero para mi Scrahane era el mejor. Un pelirrojo larguirucho más flaco que un fideo. Era rápido como una lagartija, pero que me maten si ha habido alguna vez un jugador con un porte más contrahecho que Ennis Scrahane. Porque había tenido poliomielitis de crio, por eso. Y corría como si todavía llevase los hierros aquellos puestos, si señor. Y además os juro que tenia los pies más grandes que han pisado el verde. La gente decía que era el único jugador que era capaz de sacar un corner con la puntera y rematarlo con el talón. Pero era una exageración; Ennis Scrahane no hubiese rematado un balón con el talón ni aunque se lo hubiesen atado a un palo y le hubiesen dado una semana para hacerlo. Porque era muy torpe. Por eso. Cuando entraba en el área se le fundían los plomos, el balón se le escurría entre los pies, daba patadas al aire, la pelota se le quedaba muerta como si fuese de plomo. Era un desastre. Pero en el centro del campo regateaba a todo el mundo con más facilidad que si les diese los buenos días. Los contrarios ya ni siquiera intentaban quitarle la pelota. Decían que era  mas fácil quitarle una uña del pie que el balón, eso se decía. Así que sencillamente se esperaban a que se metiera en el área y la perdiera el solo. Así era Ennis Scrahane. O al menos eso se decía, porque yo no lo había visto en mi vida”.

-¿Cómo que no lo vistes? ¿No decías que era tu ídolo?

-¿Qué estas diciendo? –dice el abuelo. –Pues claro que lo vi. ¿No te he dicho que fui al partido? ¡La batalla de San Paul! ¡El partido entre Irlanda y Alemania! ¿De que os estoy hablando?

-Ah,  -decimos nosotros. -Allí estaba Scrahane.

El abuelo nos mira como a dos lelos.

-Pues claro.

“Pues entonces hicieron una clasificación para la copa del mundo. Y los irlandeses jugamos tres partidos y los perdimos los tres. La gente no le prestaba mucha atención a esas cosas, esa es la verdad. Pero yo si. Y estaba triste y quería ser jugador de futbol para de mayor jugar en la selección irlandesa y dejar en buen lugar a mi país. Eso es lo que mas quería.  Bueno, pero luego mi primo Tom se fue a Cork y empezó a trabajar en una imprenta. Y me dijo que si quería había trabajo para mí.  Tom se caso con una chica de Waterford que tenia seis dedos. Seis. En esta mano.  Todos pensábamos que tendría hijos con seis dedos y le dijimos que se lo pensase. Pero Tom no nos hizo caso y se caso con la chica a espaldas de sus padres, que no se enteraron de que tenían una nuera con seis dedos hasta el mismo día de la boda.  A la madre casi le da un patatús. Recuerdo que fui a la casa de la chica por la mañana y me la encontré vestida de novia, llorando. Y os juro que no había visto una novia así de bonita en toda mi vida. Hasta un guantecito blanco de seis dedos  se había hecho. “Ay, Liz, ¿Qué te pasa? “, le preguntó: entonces me dijo que mi tía Margaret le había suplicado que no se casase con mi primo Tom.  Y que no pensaba hacerlo contra la voluntad de los padres de él. Entonces vuestra abuela, que ya sabéis el carácter que tiene, le dijo a Liz que no se preocupase, que ella lo iba a arreglar todo. Y hablo un rato a solas con ella y luego salió y se fue para mi y me dijo: “Ve para la casa de Tom y dile a los padres de Tom que si es por el dedo que no hay problema, que la Liz ha dicho que se lo va a cortar:” “Que diablos dices, le dije yo. Pero ella me lo repitió. “Tu haz lo que te digo; Ve para la casa de Tom y dile a los padres de Tom que si es por el dedo que no hay problema, que la Liz ha dicho que se lo va a cortar.” Así que allí fui yo refunfuñando. Y se lo dije a los padres de Tom. Y Tom se puso como una fiera y los padres dieron su brazo a torcer, porque vieron que la chica era de buen corazón. Esa misma tarde se casaron.  Luego vuestra abuela me dijo que había ido a una funeraria, a tratar de conseguir un dedo de un cadáver, por si había que presionar aun más a los padres. Así mismo me lo contó.  A la abuela no le parecía mal profanar un cadáver para que se casara esa chica. Eso pasó…”

“Así que lo que paso es que jugaron Bélgica y Hungría. Y al acabar el partido se liaron a tortas los belgas y los húngaros. Y decidieron darles un escarmiento y le quitaron cuatro puntos a cada uno. Así fue. A mi me lo dijo el sacerdote. Me dijo; ¿Te has enterado? Volvemos a tener posibilidades de ir a la copa del mundo, alabado sea dios.  Y yo vi el cielo abierto.  Solo necesitábamos dos puntos para clasificarnos. Y solo quedaba un partido. Pero era contra Alemania, el día de San Paul.  Por entonces Alemania era uno de los mejores equipos del mundo. Bueno, a esos malditos alemanes siempre se les ha dado bien. Jugaban Uwe Seeler, y Paul Janes, y Morlock, y Edmund Conen.  Jugadores buenos de verdad. Así que nadie apostaba un penique por nosotros. Todo el mundo pensaba; Bueno, que vengan esos alemanes y nos den una paliza y en paz.”

“Yo ni soñaba con ver ese partido. No había visto un partido con jugadores de verdad en mi vida. Pero una tarde llego Brendan Folan, que trabajaba en el aserradero. Y este Brendan Folan no era muy amigo de mi padre, la verdad, pero era de las pocas personas del pueblo a las que les gustaba el futbol. Y Brendan Folan se acercó un dia a mi padre en el pub y le dijo que tenía que hablar con él. ¿De que se trata, Brendan? Dijo mi padre, Aquí no, aquí no. Y se lo llevo aparte. ¿Y que creéis que le dijo? Lo que le dijo Brendan Folan a mi padre fue que la noche de antes se había quedado dormido y había tenido un sueño, había soñado que Irlanda le ganaba a Alemania en  Landsdowne Road  y que íbamos a la copa del mundo. ¿Qué diablos dices, Brendan? Le dijo mi padre. Brendan dijo; lo que te estoy contando, tan claro lo vi como a ti mismo te estoy viendo, eso es.  Asi que mi padre se quedo intranquilo. Y le estuvo dando vueltas al tema hasta que se acordó que mi tío abuelo Seamus vivía en Dublin, y que probablemente moriría antes de que pudiésemos hacerle una visita, y así convenció a mi madre, diciendo que el y yo íbamos a ver al tío abuelo Seamus.  Eso fue lo que hizo”

“Pero a mi mi padre no me dijo nada. Me dijo solo; vamos a Dublin, a ver al tío abuelo Seamus. Nos cogimos el tren y nos fuimos a ver al tío abuelo, que estaba tan sordo como una tapia y bastante chocho y ya ni nos reconocía, o eso me parecía a mí. Y en cuanto salimos de la casa del tío abuelo Seamus mi padre me dijo;  ahora vamos a Parnell  Square. Y estuvimos esperando allí apoyados en un árbol yo que se cuanto tiempo, sin que mi padre me quisiese decir que esperábamos, hasta que por fin mi padre se puso en pie y se va para un tipo y quien es sino Brendan Folan. Que había ido a comprar las entradas. Entonces mi padre me dijo que al día siguiente íbamos a ir los tres al partido, porque me dijo que Brendan Folan había soñado que Irlanda ganaba. No os podéis imaginar como me sentía yo. Fue la mayor sorpresa de mi vida”.

“Yo por la noche imaginaos que no podía dormir. Estábamos en una pensión de la calle O´Connell , no se me olvidará en la vida, y no pegue ojo en toda la noche de la emoción. Yo quería dormirme para soñar que Irlanda marcaba goles, pero no logre echar ni una cabezada. Nada.  Ni lo mas mínimo. Y al día siguiente me levante y fuimos a misa y pedí a Dios con toda mi fe que ganase Irlanda, y al salir de misa le dije a mi padre si no podríamos ir unas horas antes al estadio  a intentar ver a los jugadores antes de que comenzara el partido. Mi padre se lo pensó y hablo con alguien y se enteró de que a mediodía los jugadores tenían costumbre de ir a un pub cerca de Lansdowne Road . Así que allí nos fuimos el y yo”.

“Cuando llegamos vimos a un grupo como de veinte o veinticinco personas. Estaban charlando y bebiendo sus pintas. Entonces lo vi; yo no lo había visto nunca, pero estaba claro que era Ennis Scrahane, con su pelo rojo y mas largo que un día sin pan. Mi padre me dijo; anda, ve y dile algo. Pero de pronto yo me moría de vergüenza, y le dije a mi padre; vámonos, vámonos.  No se por qué me dio tanta vergüenza. El caso es que mi padre no me dejo ir, sino que me agarro del hombro y me empujo hasta él y le dijo que yo quería conocerle y estrecharle la mano. Y eso hice yo: y entonces  no tengo ni idea por qué se me ocurrió decirle en voz alta; “Señor Scrahane, acabo de tener una visión y estoy seguro de que usted va a marcar contra Alemania”. ¡Así mismo se lo dije, eso es!  Todos se rieron y mi padre me saco de allí. Me pregunto; ¿Por qué demonios has dicho eso? Y yo le dije que no tenia ni idea. Fue como si alguien dentro de mí hubiese hablado. Así mismo fue. Como os lo cuento.”

“Así que esa misma tarde fuimos al partido mi padre y Brendan y yo. Y no había visto tanta gente junta en mi vida. Mareas de personas saliendo de la estación de tren y entrando al estadio.  Yo estaba fascinado del gentío y del ruido y de como cantaba la grada. Empezaron a cantar media hora antes del encuentro y ni siquiera dejaron de cantar cuando Alemania metió el primer gol. Y estábamos cantando cuando de pronto zas, metieron otro gol de falta. No habían pasado ni quince minutos y ya íbamos dos a cero. Todo el ambiente empezó a venirse abajo.  Entonces pitaron un penalti y el portero irlandés lo detuvo, y nos reanimamos un rato. Pero el acoso de los alemanes era constante. Todo el mundo pensaba que era cuestión de tiempo que nos metiesen otros dos o tres más.  Pero claro, Scrahane no jugaba. El entrenador no lo había puesto. Así que llegamos al descanso con dos a cero, y el estadio mas serio que un funeral, y yo diciéndome para mi; que saquen a Scrahane, que saquen a Scrahane. Y mira por donde, en el segundo tiempo el entrenador lo sacó, no se si porque hubo un lesionado o algo. El  caso es que en el primer balón que toca se va de un alemán, se va de dos, encara la banda corriendo como un galgo y centra y logra un córner. Y el estadio ruge y entonces mi padre le dijo a Brendan Folan: “Brendan, que me aspen si ese tipo de allí no es  Aidan Donegan. ¿Quién? Dijo Folan. Aquel de allí, dijo mi padre,  señalando a un tipo a unos diez asientos de nosotros. No puede ser, Jack, dijo Folan, porque Donegan murió hace por lo menos tres años, acuérdate de que los dos estuvimos en su entierro.  Que es Donegan, insistió mi padre, o si no lo es entonces es su maldito hermano gemelo.  Y Folan dijo; que no. Y mi padre; que si. Y estuvieron discutiendo hasta que mi padre se levanto y fue al asiento del tipo y habló con el y cuando volvió Folan le pregunto; ¿Qué?, y mi padre contesto; no es, pero se parece”.

El abuelo se recuesta y da una larga calada a su pipa. Y al cabo de un rato repite;

-No era, pero se parecía.

Y se nos queda mirando.  Entonces mi hermano y yo le decimos:

-¿Y el córner?

-¿Qué córner? –dice el abuelo.

-El córner que consiguió Scrahane nada mas salir. El córner contra Alemania. ¿Tiraron el córner?

-Pues claro que lo tiraron. –dice el abuelo. –¿Que os pensáis? ¿Qué están allí todavía esperando?

Yo y mi hermano preguntamos.

-¿Como que lo tiraron? ¿Y ya está?  ¿No metieron gol?

-No.  No metieron ningún gol.

-Pero entonces ¿cuando marcaron? ¿Cómo fue la remontada?

-¿De que estáis hablando? –dice el abuelo. -¿Qué remontada?

-La remontada de Irlanda, -dice mi hermano. –La Batalla de San Paul. Nos estabas hablando de eso. ¿Recuerdas?.

-¿De que remontada habláis? No hubo ninguna remontada. Alemania gano cuatro a cero. Yo estuve en ese partido y no hubo ninguna remontada. ¿Es que no os he dicho que estuve allí? ¿No me estáis escuchando?

-¿Cómo que Alemania gano?

-Si. Alemania gano cuatro a cero. Tenían unos jugadores tremendos. Morlock. Y  Seeler. El mejor de todos, el Seeler ese…

-Pero espera, espera … -decimos nosotros. -¿Cómo que Alemania gano? ¿No remonto Irlanda cuando parecía todo perdido? ¿No marco Scrahane?

-¿Quién diablos os ha metido eso en la cabeza?  –dice el abuelo. –Nada de eso paso. ¡Os estoy diciendo que yo estaba allí!

-¡Pero Brendan Folan soño que Irlanda ganaba!. –protestamos casi al unísono.  –¡Y tu le dijiste a Scrahane que iba a marcar!

-Si, mira tú. –dice el abuelo, circunspecto. –parece que nos equivocamos.

Y se pone a fumar en su pipa.

Luego nos mira y al ver nuestra cara de ira pone un gesto de incomprensión, como si preguntase; ¿Qué os pasa? ¿Qué os he hecho yo?

Nos levantamos, indignados, y nos vamos arriba, a seguir jugando con la videoconsola.  Entonces es el abuelo el que se pone furioso, como pasa cada vez que no comprende algo.  “Estos chicos”, grita, “¡Alguien les mete ideas en la cabeza! ¿En que demonios piensan?”. Desde la ventana de nuestro cuarto lo vemos dar vueltas en el jardín, enfadado hasta el punto de que le da un puntapié al viejo balón con tan mala puntería que se carga uno de los gnomos preferidos de la abuela.

Proyección

Hace unos días Esperanza Aguirre declaraba que los ciudadanos no pueden esperar vivir a costa de papá estado. Ayer María Dolores de Cospedal decía que el sector público en España es la causa de nuestros problemas económicos. Con estas mujeres uno no se cansa de sorprenderse. Me recuerdan a una acertada máxima: “Si no puedes deslumbrarlos con tu inteligencia, confúndelos con tu estupidez”.

Señora Aguirre: son los ciudadanos los que mantienen el estado, no al revés. Lo hacen mediante una cosa que se llama impuestos. Esto es un contenido básico de segundo de Educación para la Ciudadanía, esa subversiva asignatura. Señora Cospedal: la deuda pública en España es pequeña comparada con la deuda privada (bancos, empresas y familias), como el episodio de Bankia nos acaba de recordar.

Por demás, me asombra sobremanera que unas empleadas públicas, como son estas señoras desde hace décadas, se dediquen a hablar tan mal de quien les paga a ellas y a sus familiares, y no poco. En una empresa privada tal conducta seria causa fulminante de despido, pero a los liberales parece que les renta. Se diría que llevan años trabajando en algo que les repatea. Gran sacrificio, o gran cinismo, vete tú a saber, en estos tiempos raros en que los ciudadanos hacen de estadistas y los políticos de antisistema.

Pero claro, puede que ellas tengan toda la razón. Yo soy un simple profesor y, modestamente, mi conocimiento del sector público es limitado.  En cambio ellas, desde su condición de políticas, ¿qué de abusos no habrán contemplado en su entorno? ¿Qué de corrupción? ¿Qué de incompetencia, compadreo y despilfarro? ¿Cómo no darles la razón en que empleados públicos como ellos están llevando a la ruina a este país? La próxima vez que estas santas mujeres nos adviertan de los males del estado, no nos confundamos pensando que hablan de maestros y enfermeros; seamos conscientes de cuan freudianamente nos avisan contra su propia casta. Escuchémoslas como al mafioso arrepentido. Agradezcamos su franca honestidad.

Mantra

El presidente del gobierno critica a la oposición por plantear cobrar el IBI a la Iglesia “con la que esta cayendo”. “Con la que esta cayendo”, asimismo, se resiste a apoyar una comisión de investigación sobre Bankia, opción escandalosa para otros precisamente con la que esta cayendo. El jefe del estado se lesiona cazando elefantes, y es muy criticado con la que esta cayendo, al mismo tiempo que un juez que carga al erario publico los gastos de sus fines de semana caribeña es vilipendiado con la que esta cayendo, aunque hay quien dice que, con la que esta cayendo, no habría que ocuparse de esas fruslerías.

Es alucinante. Por lo que se ve, a unos y otros les basta con decir esta gloriosa fórmula para cargarse de razón. Se dice que Marx estuvo decadas yendo a la Biblioteca Britanica para preparar su obra, pero podría habérselas ahorrado si hubiera logrado pergeñarla viendo ahora como todo el mundo lo dice y santas pascuas. Los veintitantos libros de Nietzsche, la obra de Adam Smith, la Historia de Herodoto… todo resulta superfluo ante el argumento definitivo. No dudo de que Newton hubiera dejado de lado sus investigaciones si algún piadoso contemporáneo hubiese acertado a murmurársela. ¿Y que decir de La Biblia? El autor ha sido, que duda cabe, bastante convincente, pero ¿No seria acaso infinitamente mas rotundo si a los mandamientos se les añadiese esta maravillosa coletilla? No robaras con la que esta cayendo, no mataras con la que esta cayendo, con la que esta cayendo santificaras las fiestas …

Al modo de los políticos y los tertulianos, creo yo que deberíamos empezar a aprovechar las mágicas virtudes de la locución en nuestra vida cotidiana. “No se como vas a Cuenca con la que esta cayendo”. “Con la que esta cayendo no me apetece comer con tus padres”. “Deberíamos echar un polvo, con la que esta cayendo”. Algunos hallazgos retóricos, sin duda, serán llamativos; Unas papas bravas y una de chopitos, con la que esta cayendo, puede resultar difícil para el oído, al menos durante un tiempo. Nos tendremos que acostumbrar. La crisis, que todo lo invade, acabara por fin colonizando la cultura y las novelas, los poemas ¿no deberían hacerle sitio? ¿No nos sería mas convincente el replicante de Blade Runner, si incluyese esa apostilla en su emocionante monólogo? “Francamente querida, con la que esta cayendo me importa un bledo”, debería despedirse, hoy, Rett Buttler. Es el signo de los tiempos.

Intrigado, escucho a toda esa gente que repite con la que esta cayendo, como si se tratase de una jaculatoria. Un vacío que no significa nada, capaz de justificar una opinión y la contraria, decidido a  demandar sacrificios, a despertar la cólera de los hombres…. ¿Es la que esta cayendo dios? ¿Es, al menos, uno de sus cabalísticos nombres? … Me da miedo seguir por ahí, así que, decidido pese a todo a llegar al fondo de esta cuestión, pienso en las madres, pues las madres son, a fin de cuentas, las que nos enseñan el significado de las palabras. Y al momento me viene a la cabeza la inspiración. “Ni se te ocurra salir a la calle, con la que esta cayendo”.

Esperar a que escampe. Con la que esta cayendo no es el momento de salir a la calle, no es el momento de hacer nada…¿ Pero no estamos acaso y precismente en una situación en la que hacer algo? Haría falta información, buen juicio y acción, todo en las antípodas de lo que implica esa inane muletilla. Una vez más se ve como dispone la verdad quien dispone las metáforas. Para justificar sus sueldos políticos y economistas y demás gestores se revisten del aura y el lenguaje de los ingenieros. Luego, cuando vienen mal dadas, corren como Mortadelo a disfrazarse de meteorólogos, irresponsables de que llueva o haya sequia. Pero los que diseñaron las acequias saben como y quien nos esta robando el agua.