Juan con Miedo
Publicado: enero 16, 2011 Archivado en: Uncategorized 1 comentario »
I
Hace muchos, muchos años vivió un joven que se llamaba Juan.
Este muchacho era distinto a los demás, porque no conocía el miedo.
Sus vecinos le llamaban Juan el Valiente.
Juan El Valiente era el más admirado de los jóvenes de aquel lugar.
Siempre que había algo peligroso que hacer, Juan El Valiente se ofrecía sin dudarlo.
Por las noches, si los lobos aullaban, Juan el Valiente salía tranquilamente y les daba una voz
-¡Eh! ¡Largaos de aquí!. ¡No molestéis más!
-¡Que valiente eres, Juan! -Decían las ovejas.
-Yo no le temo a nada.
Juan El Valiente era verdaderamente extraordinario.
Un día el hijo del panadero se perdió en la Caverna de los Siete Pozos, donde vivía un dragón. ¿Quien se atrevería a entrar allí? El panadero llamo a todos sus amigos panaderos, pero cien panaderos venidos de cien pueblos fueron incapaces de entrar juntos cogidos de la mano a la caverna.
-Menuda tontería- dijo Juan el Valiente. -Entraré yo.
¡Cuidado Juan! ¿No ves el humo que sale de la cueva? ¡Es el aliento del Dragón!
Pero Juan el Valiente no se lo pensó dos veces. Entro silbando en la cueva y salio con el hijo del panadero, una cesta de champiñones y un buen resfriado.
-¡Que valiente eres, Juan! -Decían los panaderos.
-Al dragón no le he visto -dijo Juan el Valiente.
Toda la gente del pueblo hizo una fiesta en honor de Juan el Valiente. Y todos los viejos querían hablar con el. Y todos los hombres querían brindar con él. Y todas las mujeres querían bailar con él. Y todos los niños querían parecerse a él.
A veces ser diferente es toda una suerte. ¿Verdad?
Cuando el Rey tuvo noticia de la hazaña de Juan el Valiente, se monto en su carroza real y fue a verle acompañado de su guardia real. Todo el pueblo se acerco a la plaza para ver el encuentro entre el Rey y Juan el Valiente.
-Han llegado noticias a mis reales orejas de que eres el joven más valiente del mundo. Quiero que sirvas para mí en el ejército.
-No. -Dijo Juan.
-Te pagare un tesoro.-dijo el rey.
-No le temo a la pobreza -respondió Juan el Valiente.
-Obedece, o mandare a mis soldados contra ti. -Dijo el Rey.
-Tampoco eso me asusta. -Dijo Juan el Valiente.
El rey, desesperado, se largó.
-¿Quien era ese hombre vestido de esa forma tan rara?-pregunto Juan cuando el Rey se hubo marchado.
-¿No lo conoces? -Le dijeron- ¿Como es posible? ¿No reconoces al Rey?
-¿Que es un rey? – pregunto Juan el Valiente.
-¡Esta si que es buena! -rieron todos- ¡Juan esta de broma!
Y entre risas volvieron a sus casas sin responder a su pregunta.
Y Juan el Valiente se quedo pensativo.
Porque cuando no se tiene miedo no se sabe lo que son los reyes.
En verano vinieron al pueblo unos feriantes.
Los muchachos de la edad de Juan se subían a la noria. ¡Que divertido era sentir ese cosquilleo de emoción en el estomago!
Pero Juan el Valiente no sentía nada.
Prefería quedarse en su casa cocinando un pastel.
En invierno, por la noche, los hermanos y hermanas de Juan el Valiente se sentaban alrededor de la chimenea para contarse historias. Y entre todos los tipos de historias, no había historias mejores que las de terror.
Pero a Juan eso no le decía nada.
Prefería quedarse aparte leyendo un libro.
A veces ser diferente es todo un problema ¿verdad?
II
Un día sucedió algo muy raro.
Al levantarse de la cama, noto que su cuerpo hacia algo extraño.
Era como si las tripas hubiesen saltado dentro de él.
Juan se quedo sorprendidísimo. Y mucho más cuando al cabo de un minuto sus tripas volvieron a saltar.
Y al otro minuto saltaron otra vez.
Y al otro minuto.
Y al otro.
Y al otro.
¿Queréis saber que era lo que tenía Juan el Valiente?
Hipo.
Eso era.
Durante todo ese día Juan el Valiente espero que se le pasase el hipo, pero nada. Se durmió confiado en que se levantaría bien a la mañana siguiente, pero todo lo contrarío. El hipo había ido a peor. Ya apenas podía hablar cuatro palabras seguidas.
-Tomate un vaso de agua- le dijo el aguador.
Juan el Valiente se tomo un tonel. Pero nada.
-Aguanta la respiración dos minutos y medio- le aconsejo el buzo.
Juan el Valiente se aguantó la respiración hasta que se le puso la cara morada. Pero nada.
Un mono le aseguró:
-Coje una ramita de perejil y frótatela en el estomago. Luego espera a la luna llena y la entierras debajo de un roble y colocas tres piedras en cruz sobre ella, repitiendo las palabras mágicas: Banana Banana Caracol de la Semana. Y el hipo se te quita.
Vaya tontería.
Los días pasaban sin que el hipo de Juan el Valiente mejorase.
- Yo se un remedio infalible para que se te quite el hipo. -Dijo la abuela Florentina, que tenia mas de cien años y conocía todos los remedios del mundo.
¿Cual, Abuela Florentina?
-Escúchame, porque te lo voy a decir. El mejor remedio para …curarse…. del…del…
La Abuela Florentina es muy vieja y se suele quedar dormida en mitad de una frase. Eh!, ¡Abuela Florentina!
-Ah, si… Perdona, hijo. ¿Que estábamos diciendo? Ah, el hipo…Pues el mejor remedio… el remedio infalible…. si…
¡Pero bueno! ¡Otra vez! ¡Abuela Florentina! ¡EH, ABUELA FLORENTINA!
-¿Que? Ah, si. El hipo…se cura… con un buen susto.
¡Pero bueno! ¡Esta Abuela Florentina es que no se entera! ¿Acaso no sabe bien que Juan el Valiente no se asusta de nada?. Bueno, quien sabe por que ha dicho eso. De todas formas se ha dormido. Y ya no se despertará más.
La Abuela Florentina nos ha dicho que el hipo se quita con un susto, Juan.
-¿Os lo ha dicho ella?
Si. La Abuela Florentina.
Un susto. ¡Pero eso es imposible!
Juan el Valiente se quedo muy, muy triste. ¿Porque no sería Juan Sin Pena?
A veces ser diferente es todo un problemón.
II
A partir de ese dia las cosas fueron muy distintas para Juan el Valiente.
Tenia tanto hipo que era incapaz de pensar en otra cosa.
La gente del pueblo se ponía tan nerviosa a su lado que pronto dejaron de tratar con el.
-Se lo merece -decían muchos -Por haber sido tan creído.
Juan el Valiente se iba quedando cada vez más solo.
Un día su propia familia le dijo:
-Juan, no soportamos tus hipidos por la noche. ¡Queremos dormir! Ea, a partir de ahora dormirás en la cuadra, con los animales.
Definitivamente, las cosas eran muy distintas.
Durante todo un año, Juan vivió en la cuadra, durmiendo entre las vacas, hozando en la misma comida que le daban a los cerdos, llorando con los cocodrilos.
Hasta que una mañana de primavera, sin saber como ni por que, Juan el Valiente se despertó y
el hipo
había
desaparecido.
Tan sorprendentemente como había venido.
Juan el Valiente salio de la cuadra. Estaba sucio y olia mal, pero se sentía el hombre mas feliz del mundo. Fue a dar una vuelta por el pueblo, corriendo y dando saltos de alegría.
-Yo te conozco -le dijo un niño- ¡Tu eres Juan el Valiente!
-¡Ese soy yo! -contesto Juan.
Una voz empezo a correr por todo el pueblo. ¡Juan Sin Miedo se había curado! Todo el mundo estaba muy contento.
-A partir de ahora los lobos van a dejar de darse festines. ¿Verdad, Juan? -Decían los vecinos, haciendo sonrisa y frotandose las manos.
-¡Hagamos una fiesta!
La gente del pueblo organizo una gran comilona. Porque Juan el Valiente había vuelto para defenderlos de los lobos. ¡Todo volvería a ser como antes! Pero en mitad de la comida una mujer levanto la voz y pregunto:
-¿Cómo has hecho para quitarte el hipo, Juan?
Entonces pasó algo muy raro,
algo increíble,
algo inimaginable
algo que ningún ser humano había visto jamás.
Solo con escuchar esa palabra Juan el Valiente sintió como las piernas le flaqueaban.
Y un escalofrío le recorrió la espalda.
Y el vello se le erizo.
Y echó a correr.
Se escondió debajo de la cama de la maestra.
-¡Menudo cobarde! -Decía escandalizada la gente. -¡Sal de ahí!
¡Tu eres Juan el Valiente!
Entonces llegó el pastor.
-¡Juan! ¡Juan! ¡Los lobos!
Y Juan salio de su escondite, porque era Juan el Valiente y no le temía a los lobos,
pero al llegar junto a ellos
el lobo mas viejo
que lo había visto todo
le grito a Juan :
-¡Hipo!
Y de nuevo Juan echó a correr y no paro hasta subirse en el arbol mas grande del bosque.
Cuando la gente del pueblo lo encontró, le dijeron:
-Los lobos han comido hasta hartarse. ¿Donde estabas tú? ¡Subido en un arbol! Se suponia que tu no hacias esas cosas, muchacho.
¡Ya vemos que nos habias engañado!
A partir de ahora te llamaremos Juan Con Miedo.
III
Dos días despues Juan Con Miedo se fue de su pueblo decidido a no volver en todo el tiempo que hiciese falta.
había recordado el consejo de la abuela Florentina.
Y partia en busca del Susto.
Buscando el Susto, Juan hizo toda clase de cosas temerarias y arriesgadas. Mucho mas temerarias y arriesgadas que las que había hecho en su pueblo. Mucho mas temerarias y arriesgadas de lo que nadie había soñado hacer jamas.
Pronto se hizo muy, muy famoso. Y la gente empezo a conocerle por el nombre de Juan Sin Miedo. Y asi es como todavia le llaman algunos.
Pero el sabia que era un cobarde en realidad.
Juan busco el miedo durante mucho tiempo, sin resultado.
Un día, tras mucho vagar de aca para alla, Juan llego, cansado, a un palacio. Era un palacio donde vivía un rey con su hija, la princesa. Al ver a la princesa Juan dijo:
-¿No nos hemos visto antes en alguna parte?
-Es extraño -dijo ella -yo tambien tengo la misma impresion.
Juan decidió pasar en aquel palacio un tiempo. Y muy pronto la princesa y el se enamoraron y decidieron casarse.
Fecharon la boda para la primavera.
Una noche de invierno, mientras todos se entretenian contandose historias de terror, la princesa le propuso a Juan.
-En los sotanos de mi palacio tengo un monton de animales fantasticos. Tengo un tigre azul, y dos unicornios. ¿Quieres verlos?.
Porque las princesas podemos tener muchas mas cosas que la gente normal.
-Bueno -dijo Juan.
-Ya veras que divertido, -dijo la princesa -tambien tengo dos dragones, y un hipo…
¡Un hipo!¡Antes de que terminase la frase ya se había desmayado Juan!
Le llevaron a su habitacion, y el medico le puso el termometro y le recetódescanso y sopa caliente.
-Sobre todo no te levantes. -Dijo.
Pero Juan pensó.
-No puedo dejar que la princesa se case con un cobarde como yo.
Y decidio que esa misma noche bajaria al sotano a enfrentarse cara a cara con el Hipo.
IV
Bueno, ahi va Juan camino del sotano con una antorcha.
¡Que oscuro!
Caminaba muy despacio, prestando atencion a todos los ruidos que había a su alrededor. Porque no queria que el Hipo le sorprendiese.
Pero pese a lo despacio que caminaba. ¡¡¡ Plaf!!!
Tropezó.
Y se cayo en un charco y se puso perdido de barro.
La antorcha se le había apagado.
¿Sigo o no sigo?
¡Sigue, Juan! !Tienes que casarte con la princesa.¡
Asi que; tu y yo solos, Hipo, pensó Juan para darse animos, y siguió adelante pasando a oscuras junto a animales de todas clases
Hasta que
¡Pataplam!
Otra vez se ha caido.
¡Vaya! ¡Esta vez si que la has hecho buena! Porque Juan se había caido en el nido del salapán, que es muy guarro y le gusta dormir encima de toda clase de cosas asequerosas.
Pero Juan se levantó y siguió en busca del hipo
Acordandose de la princesa
Porque
La verdad es que iba muerto de miedo, amigos.
Y siguió
Siguió.
Siguió
Hasta que vió
Al fondo
Un resplandor
Y entró en una sala donde había toda clase de tesoros y ….
¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaagggghhhh!
¡EL HIPO!
Juan se encontró de bruces con el hipo.
El ser mas superespantoso
El ser mas archihorroroso.
El mas megaterrorifico que había visto nunca
Y sin poderlo evitar
Otra vez
Se desmayó
De miedo.
VI
Juan estuvo un rato inconsciente, hasta que abrió los ojos y vio…
… a la princesa.
Y al ver a la princesa allí,
En donde estaba ese horrible hipo
Juan se levantó de un salto.
¡Cuidado, princesa! –gritó -¡El hipo! ¡Ponte tras de mi!
Y mientras decía esto sacó su espada.
Hasta que
-¡Alli está! –gritó -¡Allí!
-¿Dónde? –preguntó la princesa.
-¡Alli! –dijo Juan -¿ No lo ves con sus ojos de fuego y sus plumas plateadas? Pero no te muevas, no te asustes. ¡Yo te defenderé!
Y de verdad que se quedó delante de la princesa, en guardia, sin apartar la mirada del pavorosisimo hipo, con sus cinco sentidos alerta hasta que
Escuchó un sonido
Un sonido que no esperaba
Un sonido extraño.
Y familiar a la vez.
Era la princesa, que se reia.
-¡Pero habrese visto, Juan! –decia sin poder dejar de reir. -¡Te has asustado de tu propia imagen en el espejo! ¡Te has asustado de ti mismo!
VII
Menos mal que Juan estaba completamente cubierto de barro e inmundicias, porque si no se le hubiese visto lo rojo de vergüenza que se quedó.
Y hubiese dicho algo del tipo; no, si yo ya sabia. En realidad… Esas cosas que la gente dice para disimular el ridículo. ¿Verdad? Pero como la princesa se reía tanto…
… pues se rió el también.
-Vamos arriba, Juan –dijo la princesa, entre risas. –Te voy a quitar el hipo de encima. Te voy a lavar.
Y mientras le lavaba, la princesa le decia.
-Te dio hipo. Tropezaste. A todo el mundo le pasa. Ya está.
Pero que te lave una princesa, eso si que no le pasa a todo el mundo.
¡Y ya está!
Cuando terminó de lavarle, Juan volvió a tener el aspecto estupendo de siempre.
A decir verdad, esa noche Juan estuvo mas guapo de lo que había estado nunca.