El otro mundo

Después de muchos años vi de nuevo a  Vero y ella me hablo de su proyecto de viajar por África. Su plan era ir junto a dos amigos suyos del MBA (Andy y Alberto) desde Acra, en Ghana, hasta Agadez, en el norte de Níger, y una vez allí dar un paseo por el Sahara. Estamos en un hotel de Barcelona. Ella abre el mapa Michelin de África del Noroeste sobre la cama y me va señalando el itinerario con el dedo (por aquí, por aquí, por aquí) Ella ya había escrito en el fechas, y anotaciones como los litros de carburante necesarios, o “atención a las minas”, y aquello me hizo acordarme de ella tal y como era quince años antes, su forma de tomar apuntes de todo, preparar,  organizar; es alguien que verdaderamente vive las cosas antes de que sucedan. Me dijo ¿por que no te vienes? y yo me lo tome un poco a guasa, pero un par de meses después, a finales de febrero, volvimos a vernos y ella me dijo que Alberto se había rajado, e insistió en que por que no me iba. Y entonces me dije ¿Por que no? Así que me pedí unos días de asuntos propios y comencé a tratar de conseguir visados y a ponerme vacunas. Fue un poco estressante. De hecho yo había comprado el billete de avión para el 26 de marzo y tres días antes no tenia visados, y mi pasaporte estaba en alguna oficina de Suiza, mientras Vero, que había ido a Estados Unidos,  no daba señales desde Chicago. Pero el 24 de marzo, el día de mi cumpleaños, la eficiente Vero me consiguió en un solo día los visados de Burkina y Níger. Así que la cosa iba.

Yo había leído que la primera impresión que recibe un viajero al llegar a África es la luz, pero llegamos a Ghana de noche y lo primero que me llamo la atención fue la oscuridad. Desde el avión, de noche, las ciudades del así llamado primer mundo resplandecen, con todo tipo de luminosos, hileras de farolas y las filas de coches moviéndose como glóbulos de luz en sus vías como capilares. Pero Acra era distinta, porque solo se ven puntitos de luz, una inmensidad de simples bombillas, como si hubieran puesto las estrellas en el suelo. Y luego, el calor, un tremendo calor húmedo.

Pasamos la noche el Golden Tulip, que debe ser el mejor hotel de por allí, atestado de limusinas en la puerta. Y realmente lo pagamos a precio de oro, pero estábamos aun un poco perdidos y no era cuestión de ir poniéndose a buscar. Así que cenamos bien, desayunamos bien, nos bañamos en la piscina, tomamos el sol junto a una especie de lagartos gigantes y nos pusimos en camino. En el Golden Tulip nos esperaba Simeón, que iba a ser nuestro conductor durante todo el viaje. Simeón es de Costa de Marfil y trabajaba para Andy en la plantación de caucho, es conductor y mecánico.

Andy nos esperaba en Ouagadugu, que es la capital de Burkina Faso, así que al día siguiente nos pusimos en camino en el coche. El coche era realmente una maravilla, un mitsubishi grandísimo de los que no se ven muchos por allí.

Comenzamos el viaje. Ya desde los primeros kilómetros se establecieron algunas rutinas que duraron las siguientes semanas, como escuchar una y otra vez y otra vez y otra vez la única música que teníamos, una cinta de Lucky Dube, un sudafricano que canta reggee que nos aprendimos de memoria, y pasarle galletas a Simeón, que increíblemente nunca decía que no. Era capaz de comerse un paquete tras otro, y a cada galleta que se le ofrecía soltaba una carcajada.

Atravesamos Ghana y yo estaba alucinado de todo lo que veía. Las calles llenas de gente, los comercios con nombres bíblicos (Jesus is coming beuty center), los autobuses viejísimos y atestados de gente, las mujeres andando tan altivas como supermodelos, porque llevan un barreño con plátanos o un hato de leña en la cabeza… Simeón iba a toda leche por una carretera estrecha, invadiendo continuamente el sentido contrario para evitar los infinitos baches. Conducir, en África, es definitivamente otra cosa. Yo me preguntaba. ¿Como puede conseguir este tío ir a 120 por aquí y, sin desacelerar lo mas mínimo pasar el autobús averiado que se ha detenido a la derecha, no rozarle al tío de la bicicleta, sortear el tremendo bache y, lo mas curioso,  no empotrarnos contra ese camión de troncos que se nos abalanza en sentido contrario?. Porque Simeón no se empotraba, no, sino que en el último momento pegaba el volantazo y volvía a su carril, y todavía le sobraban siete centímetros. Vero y yo íbamos blancos. (Mas) Era el primer día. Luego nos acostumbramos.

Llegamos al día siguiente a Ouagadugu, capital de B. Faso. Allí conocí a Andy. El se disculpó por no habernos visto antes, pero tenía una buena excusa. Resulta que en Costa de Marfil hay una guerra civil y, cuando fue a la plantación a pagar los sueldos de los trabajadores,  los rebeldes le esperaban armados hasta los dientes para quitarle el dinero, de modo que tuvo que dar la vuelta al helicoptero y volverse a la capital, Abidjan, y enviar la pasta con un pequeño ejercito de mercenarios que había contratado. En fin, así es África.

Andy resulto ser un tipo la mar de interesante. Un inglés flemático, encantador y alcohólico, con muchas historias que contar. En seis días tenia que estar en Noruega, para ver a su mujer (iba a tener una hija muy pronto) y en doce días corría el maratón de Londres.

El plan era ir hasta Agadez y empezar el tour por el desierto. Y así lo hicimos. De modo que tras cuatro días de viaje llegamos a Agadez, y allí nos fuimos a la información turística. Un tuareg nos dijo que si queríamos hacer un tour por el desierto necesitábamos un guía y otro coche, no dejan ir coches solos por motivos de seguridad. De modo que la cuestión era, o alquilar un coche o buscar otros viajeros que quisieran hacer algo parecido a lo que nosotros queríamos hacer.

Tuvimos suerte y encontramos a dos ingleses que viajaban con una chica de Rumania interesados en el tema. Estos tres se habían conocido por internet y se habían liado la manta a la cabeza, habían dejado sus trabajos para viajar un año por África. Durante una semana compartimos muchas comidas llenas de arena, mucho polvo, mucha ayuda y muchísimo empujar los coches, que se quedaban varados en la arena cada dos por tres. Nuestro guía, un tuareg, se llamaba Ibrahim, era verdaderamente bien dispuesto y divertido.

Hay que ir al desierto para saber lo que es el agua. El desierto te enseña que se puede desear el agua mas que nada en el mundo, que se puede tener un deseo que no se sacia por mas que bebas.

El paisaje es increíble. Uno piensa en el desierto y cree que es solo una cosa, pero en verdad hay mil desiertos. En ocasiones es casi sabana, con arbustos y pequeños árboles sarmentosos. Otras veces es montaña, un paisaje pedregoso que me recordaba al que he visto en verano en Sierra Nevada. Otras veces es sencillamente una extensión absolutamente plana , como el Teneré, de cuatrocientos kilómetros. A veces el desierto es amarillo como un plato de natillas, y en mitad de eso hay un montón de rocas negras, basalto, limadas por la arena, como si un gigante se hubiese entretenido en ponerlas allí. Otras veces el desierto son dunas, gigantescas dunas de trescientos metros de alto, un mar de dunas en las que el viento sopla haciendo un ruido peculiar, como una canción. Otras veces el desierto son los oasis, los jardines donde la gente cultiva tomates o lechugas, protegidos del avance de la arena por empalizadas de caña.

La imagen que mas me impresionaba del desierto era el de los árboles, los árboles que resisten en mitad de un mar de arena.

El desierto me hizo pensar en la muerte. El desierto es como un lugar de transito, un lugar de no-vida, un lugar que hay que pasar para la resurrección. Un lugar critico. Me sentaba allí, cogía un puñado de arena con las manos y la dejaba caer en el hilo mas fino que podía, y pensaba: es evidente que el Sahara es un reloj, el reloj del mundo. Pero ¿que tiempo mide? ¿La hora de qué, cumple?

Vas en tu coche, protegido. Puedes disfrutar del paisaje y olvidar que estas pasando por el infierno sin quemarte.

Por las noches montábamos las tiendas de campaña y luego Ibrahim nos daba armas para que durmiésemos con ellas. Insistía en que en ningún caso había que encender por la noche una luz que se podía ver desde decenas de kilómetros. Unas días antes los de Al Qaeda habían secuestrado a unos italianos en Tamanrasset, cerca de la frontera de Argelia. Cuando volvimos a Europa, nos enteramos de que en el tiempo que estuvimos habían secuestrado por aquella zona a unos turistas suizos.

En la oscuridad Ibrahim contaba historias, y tumbado bajo las asombrosas estrellas nos decía; “No hay nada como esto”

La pobreza es espantosa, espeluznante. Los niños te piden, los adultos te piden. Te piden cuadernos, bolígrafos, dinero, leche, una botella vacía de agua, galletas, que le reveles un carrete de fotos, que les des tu email, tu camiseta, tu dirección, lo que sea… Eres blanco y no es raro que te pidan; lo que es raro es que no te roben. Níger es un país tan pobre que cuando volví a Ghana me pareció realmente un país occidental. No hay comparación.

¿Mi conclusión del viaje?, no sabría que decir. Que quiero volver, supongo. Cuando regresé a Europa estuve muchos días en estado de shock. Muchas cosas me parecían banales. Vuelves a casa y siguen los mismos problemas entupidos que antes, o aun peor. Tu vida continúa y hay que darse prisa en subirse de nuevo al tren.

Mi conclusión también es que vivimos una excepción. Vivimos en el filo de una aguja en un pajar situado en la parte a flote de un iceberg.

Hay mil cosas que contar. Mil cosas que contar de los problemas, de las risas, de los momentos de preocupación. Mil cosas que contar de Ibrahim, de Simeón, de la gente con la que nos encontramos, del african way of life. Y de Vero.

Unos días después ella me mandó las fotos. Otras se quedaron en mi cabeza; la vista en el atardecer de la maravillosa playa de Elmina, (la ultima vista de África que vieron los cientos de miles de esclavos que fueron facturados desde su fuerte) ; la terraza del Hotel de L`Air, en Agadez, con la vista a la Mezquita. La luz espectral del desierto en mitad de la tormenta de arena. La mirada rabiosa de un hombre en harapos y escuálido que echaba paladas de tierra sobre los baches de la carretera, en Níger. Y muchas cosas mas.

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