Están llamando cada vez mas fuerte

.

.

En cierto modo, todo había venido por Sharon.

Laura estaba de nuevo en apuros. Era parecido a dos años antes, cuando había coincidido su despido de Zara y su ruptura con su novio. No sabiendo que hacer con su vida, había decidido irse a Inglaterra. Pensó que allí podría cambiar de aires, encontrar un nuevo trabajo y, en cualquier caso, aprender inglés. Así que se fue a Leeds en  donde vivía una prima suya con su titulo de escaparatista bajo el brazo y encontró trabajo en Harvey Nichols.

Su prima vivía en un pequeño estudio de una sola habitación. Cada noche debían sacar el televisor al pasillo para abrir el sofá cama. También era una persona difícil, de modo que Laura se buscó un nuevo lugar donde vivir. Vio en la universidad un anuncio de alguien que buscaba compañera de piso y encontró a Sharon. Sharon era mitad escocesa, mitad japonesa. Trabajaba en un banco.  Se cayeron bien de inmediato y se fueron a vivir juntas, a una pequeña casita de dos plantas en el barrio de Chapell Allerton.

Sharon había estudiado filología española y había vivido tres años en Valencia. Habitualmente hablaban en español, porque cuando lo hacían en inglés Laura apenas se enteraba por el acento escocés de su compañera. La mayoría de los amigos de Sharon eran asimismo españoles y sudamericanos. A menudo ella hablaba de su antiguo novio, un venezolano con el que había vivido en Valencia. Laura pensaba que su atracción por los latinos venia de ahí, de que no había terminado por superar aquella ruptura.

Uno de los amigos de Sharon se llamaba Jon. A Laura le pareció tremendamente guapo y le gustó al instante. A Jon también le gustó ella. Así que la empezó a llamar y, aunque ella se lo puso algo difícil, comenzaron a salir. Al poco se dio cuenta de que estaba de veras enamorada. De que pensaba en él a todas horas y esas cosas. Podían pasarse horas al teléfono, hablando de cualquier tontería. Y el siempre le hacia reír. A Laura le fascinaba que fuese tan tremendamente cariñoso, tan tremendamente atento. También parecía siempre muy seguro de lo que quería. Pensó que por fin había encontrado un hombre de los de verdad.

Desde el principio Jon fue celoso de su independencia. Dos veces a la semana iba a jugar al futbol. Tres tardes a la semana iba al gimnasio. Los sábados, tan inamovible como un precepto religioso, salía con sus amigos. De modo que se veían un rato los miércoles, la noche del viernes y el domingo. A Laura le parecía insuficiente, pero optó de entrada por no presionarle. Estuvo unos meses en esa actitud y luego comenzó a proponerle que se fueran a vivir juntos. Jon no decía que si. Pero tampoco decía que no. Cuando ella insistía, se peleaban.

Finalmente ella hizo un movimiento arriesgado y dejó el piso con Sharon y se fue a vivir sola a Bramhope.  Pensaba que eso movería a Jon a irse con ella. O que en cualquier caso, sin su compañera de piso de por medio, podrían pasar mas noches juntos. Pero la situación apenas cambió.

Por lo demás, la relación iba viento en popa. Y cuando los padres de Jon vinieron a visitarle en vacaciones, él la presentó como su novia oficial. Los padres de Jon estuvieron una semana con él, y los cuatro se vieron varias veces. A Laura le pareció que les había caído bien. Una noche, después de cenar, se encontró a solas con la madre en la cocina y la mujer le conmino a que se casara con él cuanto antes. “Cásate con él, por favor”, le dijo. A Laura le impresiono la manera levemente angustiada de pedírselo. Le parecía que lo normal era que las madres fuesen irracionalmente  críticas respecto a las novias de sus hijos. Pensó que la madre de Jon había bebido de más en la cena y estaba un poco piripi.

De cualquier modo empezó a fantasear con casarse con él y tener hijos y todo lo demás. Los amigos de Jon hacían bromas al respecto. Decían; “Esta ha pescado al impescable”.

Ella estaba orgullosa.

Pero entonces llegó la crisis económica y Sharon se puso a buscar clientes. Vino un día y habló con ellos en plan directora de banco y tal. Les dijo que si se pasaban a su banco ella les quitaría las comisiones y les daría mejores condiciones que nadie. De modo que los dos se pasaron al banco de Sharon. Laura incluso le propuso a Jon abrir una cuenta conjunta y ahorrar para un viaje por Estados Unidos, que era algo de lo que hablaban a menudo. Pero Jon dijo que no.

.

.

.

.

Una tarde Laura estaba pintándose las uñas de los pies cuando sonó el teléfono. Era Sharon.

-Tengo que hablar urgentemente contigo. Es importante.

A Laura le alarmo su tono de voz. Quedaron en una cafetería de la ciudad universitaria.

Mientras iba de camino hacia allí, Laura no hacia mas que preocuparse por su dinero. De inmediato había pensado que lo que pasaba era que el banco había quebrado y que se habían perdido todos sus ahorros, y lo que es peor, todos los ahorros de Jon. Ella tenía unas seis mil libras. No sabía cuanto tenia Jon, nunca le había preguntado al respecto, aunque por el tiempo que llevaba en Inglaterra y por el sueldo que él ganaba, probablemente se trataría de mucho más. Más que por ella misma, estaba horrorizada por la posibilidad de que él perdiese su dinero y acabara culpándola por haber insistido en cambiarse al banco de Sharon. Sabia por experiencia que la ira de Jon podía llegar a ser bíblica.

Se encontró con su excompañera en la cafetería. En cuanto la vio Laura buscó con ansia algún gesto en la cara de Sharon, alguna sonrisa que le indicase que el asunto no era para tanto. Pero Sharon estaba seria. Iba vestida con un traje de chaqueta burdeos, que era su disfraz de banquera y que le hacia parecer diez años mayor de lo que era en realidad.

-Siéntate. –le dijo. -¿Cómo estás?

Hablaron de generalidades un minuto. Pero Laura enseguida le pregunto:

-¿Por qué querías verme? Dímelo ya.

Sharon respiró.

-Me es muy difícil decirte lo que te tengo que decir, Laura. Llevo días pensando en el tema y no se que camino tomar. Pero he pensado que por encima de todo eres mi amiga. Quiero que sepas eso.

-¿Qué ocurre? ¿Ha quebrado el banco? ¿Hemos perdido el dinero? ¿Podemos recuperar algo?

Sharon se sorprendió.

-¿Qué? ¿Quién te ha dicho que ha quebrado el banco?

-No se. Lo he pensado yo. ¿Ha quebrado? ¿Nos hemos quedado sin ahorros, es eso?

-No. No es eso. No se de donde has sacado esa idea.

Entonces Sharon se lo contó.

Resulta que, como directora de banco, tenía acceso a los movimientos de la tarjeta de Jon. Le había extrañado que ahorrase tan poco. Tenía gustos caros. Había estado investigando. Que si ropa. Que si electrónica. Que si compras en el gimnasio. Raras compras en el gimnasio.

Laura sabia que consumía anabolizantes.

-Se que se mete anabolizantes. ¿Me has hecho venir hasta aquí para eso, para decirme que se compra anabolizantes?

-No, -dijo Sharon. –No es eso. Pero cálmate, por favor.

-Estoy calmada. –dijo Laura.

Sharon continuó. Dijo que había unos gastos que le habían llamado la atención. Del orden de cien libras cada vez. Había investigado un poco, y resultaba que eran cargos de un puticlub.

Laura se quedó lívida.

-¿Quieres decirme que Jon ha ido a un puticlub?

-Si. –dijo Sharon. –Y siempre ha pagado con la tarjeta.

-¿Siempre? ¿Qué quiere decir siempre? ¿Cuántas veces ha ido?

-Que yo sepa, -dijo Sharon. –en los últimos dos meses y medio ha ido unas once veces.

Laura no sabia que pensar. No sabia que decir. Solo sentía, en aquel momento, que despreciaba a su amiga. Despreciaba a su amiga que le daba aquella noticia con su maquillaje ridículo y su traje burdeos y su aspecto de profesional. Sharon se le quedó mirando, y Laura presintió que en ese momento ella iba a intentar algún gesto de consuelo, algún acercamiento físico, como tocarle la mano. Si Sharon la intentaba tocar, pensó, le partiría la cara. Pero Sharon no hizo nada de eso. Solo se recostó un poco más en la silla y miró hacia otro lado y respiró hondamente, como si ya hubiese hecho lo que venía a hacer. Entonces el mundo se derrumbó.

.

.

.

.

Era miércoles. Se vería con Jon sobre las siete.

Compró un paquete de cigarrillos en una tienda cerca de su casa, y luego subió y lo esperó mirando el reloj y fumando un cigarrillo tras otro. Habitualmente, cuando Jon llegaba pedían la cena a algún restaurante cercano, un hindú o un japonés, y cenaban viendo la televisión, y luego hacían el amor, y luego hablaban un rato y luego Jon se iba. Así había sucedido casi siempre, una rutina tan fija como un almanaque. Ahora Laura recordaba ese hábito con un raro distanciamiento, como si fuese una película que hubiera visto, como si fuese algo que le habían contado de alguien.

Jon llegó y la besó como siempre. Habló un rato, pero al cabo de diez minutos le preguntó

-¿Qué te pasa?

Laura había decidido ser cauta y no mostrar todas sus cartas desde el principio. Le dijo que alguien le había dicho que se lo había encontrado unos días antes en un puticlub.

El se puso inmediatamente en guardia.

-¿Quién te lo ha dicho?

-Eso no importa.

-¿Cómo que no importa? –dijo Jon con seriedad. –Dime quien te lo ha dicho o no hablo de esto contigo.

Laura busco en la mente, al azar, el nombre de algún conocido. Se acordó de un compañero de trabajo a quien le había presentado a Jon unas semanas antes.

-Cabrón. –dijo Jon. –Será cabrón ese tío. Escucha, Laura . No le hagas caso. Si quieres hacerle caso allá tú. Porque ese tío solo quiere echarme mierda encima para quitarme de en medio. Ese tío está por ti. En cuanto lo vi me di cuenta de que está colado por ti.

Laura no dijo nada. Pensó que, en verdad, ese tío estaba colado por ella.

-¿Es que le vas a hacer mas caso a ese mierda que a mi? Si le haces mas caso a ese mierda que a mí hemos terminado, Laura .

Como si se marease, Laura sintió de todo corazón que tenía razón, que lo que pasaba es que toda aquella gente que los rodeaban eran unos mierdas. Lo deseo con todas sus fuerzas. Tuvo que hacer un esfuerzo de concentración para recordar lo que había pasado y darse cuenta de que se estaba engañando.

-Me ha enseñado una foto. –mintió entonces. –Me ha enseñado una foto que te hizo con el móvil. Y eres tú. Estás en ese puticlub, con la puta.

Jon la miro de hito en hito. Luego respiró hondo y se sentó en el sofá. Su pierna izquierda se movía arriba y abajo nerviosamente, como hacia siempre que estaba pensando.

-¿Cuándo fue? –dijo, al final. -¿Cuándo?

-No lo se. –dijo Laura . –Hace unos días.

-¿Hace dos semanas? ¿Un sábado?

-Si. No. Yo qué se.

-Si. –dijo Jon. –Fue a finales del mes pasado. El sábado.

Entonces puso una gran sonrisa.

-¿Recuerdas que te dije que Harry se casaba? ¿Recuerdas que te dije que nos íbamos de despedida de soltero?

-No. –dijo Laura . –No recuerdo.

-Si. –dijo Jon. –Escucha; Fue la despedida de soltero de Harry. Fuimos a un puticlub, vaaale, es verdad. No te lo quise decir porque no paso nada. Te juro que no pasó nada. Solo fuimos allí para avergonzarlo un poco con las chicas y echar unas risas. Pregúntale a él. ¿Quieres hablar con el? ¿Quieres que te lo ponga ahora mismo al teléfono y hablas con él?

Le tendió el teléfono móvil con una sonrisa confiada, desafiante.

-Si, -dijo Laura . –Llámalo.

A Jon se le congeló la sonrisa.

-No confías en mí. –dijo. –Es increíble que no confíes en mí.

Laura no dijo nada. Solo miró hacia otro lado.

-Está bien. –dijo Jon al final. –Llamo a Harry y luego me largo de aquí y no me vuelves a ver, que lo sepas.

Llamo a Harry. Laura oyó, como si viniera de otra habitación, seis lejanos tonos de llamada. Luego oyó una voz animada hablando en ingles. También en ingles Jon dijo.

-Mira, Harry, perdona que te moleste, pero es que tengo un problema con Laura . Resulta que alguien me vio en un puticlub y quiero que le digas por qué. Quiero que le digas que fue en tu despedida de soltero, y que no pasó nada, porque ella esta paranoica con el tema. Así que ahora te pongo el manos libres y hablas con ella y le dices eso, que es verdad, que fuimos a un puticlub, pero que no paso nada, para que se quede mas tranquila, que ya sabes como son las tías, ¿vale, hermano? ¿Me has entendido?

Que asco, pensó Laura .

Sin prestar atención a la voz que salía del teléfono, fue a su bolso. De allí sacó la copia del documento que le había pasado Sharon con los movimientos de la tarjeta de los últimos meses. Subrayados en rojo estaban los gastos del puticlub.

-Vete. –le dijo a Jon.

Jon leyó aquello y la miró con una mirada de odio. Luego hizo una bola con el papel y lo tiro al suelo. Parecía que le iba a decir algo, pero no dijo nada. Solo entonces se marchó.

.

.

.

.

Esa misma noche comenzaron las pesadillas. Soñaba una y otra vez que subía una montaña, o que ascendía por unas escaleras que se empinaban más y más y que no acababan nunca, o que estaba encerrada en un laberinto. Luego despertaba y comenzaba a pensar en él.

Por las tardes fumaba y pasaba horas al teléfono, contándole lo que pasaba a sus amigas de España.

-Los tíos son unos cerdos. –le decían.

Ella convenía que, efectivamente, así eran.

Unos días después la llamó Sharon. Estaba histérica. Decía que Jon había ido al banco y que había amenazado con denunciarla por revelación de secreto. Le había dicho que no iba a parar hasta hundirla. Sharon le preguntó si todavía tenía el extracto que le había pasado.

-Si, -dijo Laura .

-Menos mal, -suspiro Sharon. –Menos mal. Quémalo. Quémalo ahora mismo.

-Esta bien –dijo Laura .

-Recuerda que somos amigas, por favor. Quémalo. Y si te pregunta alguien o si vamos a juicio o yo qué se niega que yo te haya dicho nada. Recuerda que somos amigas, por favor.

-No te preocupes, Sharon.

Laura colgó. Fue a buscar el extracto para prenderle fuego, pero en el último momento pensó que tal vez sería mejor dárselo a la propia Sharon la próxima vez que se vieran para que fuese ella quien lo quemase y se quedase mas tranquila. Le pareció que eso era lo correcto. Pero no se volvieron a ver nunca.

.

.

.

.

Pasaron varias semanas. Laura se sorprendió de repente echando de menos a Jon como no había pensado que se pudiera echar tanto de menos a nadie. A menudo fantaseaba con que él volvía y le pedía perdón. Si le pidiera perdón sinceramente, pensaba Laura , le perdonaría…

Esa fantasía la dejaba mas tranquila durante unos minutos. Luego se sentía miserable de pensar así, por desear en el fondo que aquel cerdo volviese. “Si tuviese el mas mínimo respeto por mi misma” se decía “estaría contenta de haberme librado de alguien así”. Lo cierto es que no estaba contenta.

Fue a ver a un psicólogo. Antes de que se diese cuenta ya le estaba hablando al psicólogo de su familia, contándole que su padre y su madre se habían peleado cientos de veces por temas de cuernos. E invariablemente, le dijo Laura, al final siempre volvían. Laura le comentó al psicólogo que estaba convencida de que esos episodios eran algo normal en una pareja. Le dijo al psicólogo que, a fin de cuentas, tenía la impresión de que sus padres habían sido razonablemente felices. El psicólogo sonrió.

El psicólogo le dijo que debía dejar de pensar en términos de culpa y hacerlo en términos de responsabilidad. Pensar, por ejemplo, de que modo había boicoteado ella inconscientemente la relación. También dijo;

-A veces los hombres buscan en esos sitios algo que les falta en su relación normal. ¿De que modo se calificaría usted como amante?

Laura se aturdió como si la golpeasen. Superada la perpleja adolescencia, hacia años que no había dudado de su atractivo físico ni de sus habilidades en la cama. Le parecía que sabía todo lo que había que saber, que hacía todo lo que tenía que hacer y que sus parejas quedaban satisfechas y ya está. Había tenido muchas relaciones, había abandonado a muchos tíos y su autoestima había estado siempre en forma. Se había tenido a si misma por todo lo que un hombre puede desear.

De repente, era consciente de cómo toda aquella seguridad se había venido abajo. Era como si se hubiese abierto una puerta y le hubiese mostrado un nuevo horizonte del que no había tenido ni idea.

Las putas.

.

.

.

.

No volvió a aquel psicólogo. Se arrepintió de haber ido. Le pareció que le había inoculado un virus, una idea ponzoñosa que crecía dentro de ella misma; la idea de que algo en ella estaba mal. De que era una amante inexperta, y de que todo el mundo lo veía.

También estuvo pensando en el tema de sus padres. ¿De verás habían sido felices? Recordando todas las veces que su madre hizo las maletas cayó en la cuenta de que no;  En realidad el matrimonio de sus padres había sido un fracaso, y le habían fastidiado la infancia tanto a ella como a su hermana. ¿No estaría ella repitiendo esa pauta? ¿Quería hacerlo?

¿Y no estaría sacando de quicio el tema? Los hombres, se decía, van de putas. Esa es una verdad universal. ¿Y si se estuviese comportando como una niña al negarse a aceptarlo?

Finalmente, y del modo más inesperado, Jon la llamó.

Sucedió de un modo parecido a como había soñado en sus fantasías. Quedaron para cenar y él le pidió perdón. Le dijo que había pasado por un infierno el último mes. Le dijo que estaba dispuesto a hacer lo que fuese para que le perdonase. Le dijo que se iría a vivir con ella, que había recapacitado, que no estaba dispuesto a perderla.. Mientras el peroraba, Laura sintió que se le hacia un nudo en el corazón. Una parte de ella le decía que todo era mentira, pero ¿y si era verdad? No confiaba en si misma… Fue en todo como en su fantasía salvo en eso; ese miedo, esa desconfianza, esa falta de instinto, esa atroz confusión.

.

.

.

.

Volvieron, pues, a salir. Todo regreso al estado de antes; volvieron a verse los miércoles, los viernes y los domingos.

Jon comenzó por llevar alguna ropa a la casa de Laura. Camisetas. Pantalones. Ropa interior. Ella esperaba que hiciese una mudanza con todas las de la ley. Pero eso no se dio nunca. Siempre decía.

-No me presiones. Dame tiempo.

Leyó algunos libros de autoayuda que le decían que los hombres necesitan su espacio, necesitan su tiempo. Terminaba esas lecturas con la convicción de que aprendía a amarlo mejor.

A modo de ensayo cambió de táctica. Cuando él cancelaba una cita, cuando él parecía ausente trataba de no ponerse nerviosa, de sencillamente aceptarlo.

Nunca hablaron de las putas. Nunca le preguntó por que había ido a un puticlub estando con ella. Laura se preguntaba si era un hábito reciente o si llevaba años haciéndolo, y no sabía que respuesta de las dos le sentaría peor. Pero nunca hablaron de eso abiertamente. Entre los dos había un pacto de silencio inquebrantable sobre ese tema.

.

.

.

.

Todo parecía que se iba arreglando, pero una tarde fueron a Harewood, al cumpleaños de uno de los compañeros del gimnasio de Jon. La casa estaba llena de gente y al rato todo el mundo parecía bastante bebido salvo ella y una pareja punjabi que no probaba el alcohol. Eran casi las dos de la mañana. En mitad del jaleo y de la música Laura estaba hablando con la chica punjabí acerca del sistema de guarderías del municipio cuando vio al compañero de gimnasio de Jon llegar y plantarle a su novio un beso en todos los morros.

A Laura le pareció extrañísimo. Pero no hizo ninguna observación. Pensó que eran sólo cosas que se hacen entre los tíos cuando estás borracho. Trato de reírse de si misma. “Otra idea estúpida que me tengo que quitar de la cabeza”, pensó.

Pero empezó a sentirse insegura. Una noche que el se quedó a dormir en su casa a las tres de la mañana entró un mensaje en el móvil de él. Laura tenía el sueño ligero y se despertó. Se encontró a él respondiendo a escondidas el mensaje. Se preguntó quien sería, para andar mensajeándose de madrugada.

A partir de ahí empezó a esperar una oportunidad para espiar su móvil. Pero se dio cuenta de que cuando estaba con ella el móvil de él siempre estaba  apagado. Solo una tarde, fuese por un descuido fuese porque esperaba una llamada, él se lo dejó encendido. Presa de los nervios ella empezó a mirar la carpeta de mensajes. Entonces el regresó del baño y la pillo in fraganti. Se puso hecho una furia y se marchó. Laura le estuvo llamando durante dos semanas, hasta que por fin él consintió en cogerle el teléfono y ella lloró suplicando que volviese.

.

.

.

.

Laura pensó que así seria siempre su relación; pelearse, reconciliarse, volverse a pelear.

-Lo que debes hacer. –le dijo su hermana por teléfono. –es ponerle los cuernos. Dale de su propia medicina. Así aprenderá ese cabrón.

A Laura no le gustaban los consejos de su hermana. Le parecía que las palabras de una persona básicamente cínica y manipuladora como ella era lo último que tenía que escuchar. Pero también se daba cuenta de que a su hermana nunca le hubiera pasado algo como lo que le estaba pasando a ella. A su hermana nunca la hubiesen engañado. Más bien ella era de las que engañaba. Se acordó como, desde adolescente, ella había engañado y manejado a todos los hombres con los que se iba cruzando. Todos convenían en que no era tan bonita como Laura, y, sin embargo, resultaba extrañamente sexy. Laura colgó preguntándose hasta que punto envidiaba a su hermana. ¿Y tenía ella razón?  ¿Era así como iba el mundo de las parejas, una especie de cadena de engañados y engañadores? Si, parecía que efectivamente así era.

Una noche, mientras cenaban, ella y Jon hablaron de una pareja a la que conocían ambos. El se llamaba Edward y ella Michelle. El tema era que sus dos hijos habían crecido y se iban a mudar a Bramhope, a una casa mas grande a apenas cinco minutos de donde vivía Laura . Hablaron de ayudarles en la mudanza, que seria en un par de semanas. Luego, como quien no quiere la cosa, Jon comentó que Edward y Michelle tenían una relación abierta. Se acostaban él uno y la otra con la gente que le daba la gana. También iban a reuniones de swingers y esa clase de cosas. A Laura ya le parecía increíble que alguien quisiese acostarse con la gorda de Michelle, pero sobre todo estaba sorprendida y molesta por el tono de naturalidad con el que Jon había hablado del tema, y no dijo nada. Esa noche Laura tuvo una pesadilla muy gráfica en la que sorprendía a Jon y a su hermana, que en realidad no se conocían, follando. Se despertó sudando preguntando que significaba y sintiendo unos celos irracionales de su hermana, del compañero de Jon y sobre todo de Michelle, aquella foca sexy. Cuando vayamos a la mudanza, pensó, no le quitare ojo de encima a Jon y a ella, veré que hay ahí.  Pero estaba desquiciada, y cortaron de nuevo en menos de tres días y no llegaron a ir.

.

.

.

.

Era primavera. Esperaba que Jon la llamase, que le pusiese un mensaje o algo, pero paso una semana y no tenía noticias de él. Era incapaz de aguantar su ausencia. Entonces pidió unos días en el trabajo y buscó un billete para volver a España. Dijo por todos lados que se iba y que no sabía cuando iba a volver.

El avión salía un sábado. Sentada en el sofá de su salón, con la espalda recta, Laura esperaba el taxi que la llevaría al aeropuerto. Miraba fijamente el teléfono móvil con la esperanza de que si se concentraba en eso, tal vez sonase una llamada de él en el último momento. Lo pensó con todas sus fuerzas.

Lo único que sonó fue el timbre de la puerta. Abrió y se encontró con el taxista.

Laura se volvió para coger la maleta. Pero, como si la hubiesen encantado, se dio cuenta de que era incapaz de levantarla. Aquella maleta que minutos antes había traído del dormitorio de repente le era tan pesada como si se hubiese convertido en plomo.

-¿Puedo ayudarla? –preguntó el taxista.

Ella negó con la cabeza. Saco un billete de diez libras del monedero y despidió al taxista. No cogió el avión.

.

.

.

.

.

Llamó a una de las compañeras del trabajo con la que tenía más confianza y le pidió prestado su coche. Dijo que era importante, y que se lo devolvería al día siguiente.

-Es muy importante, -insistió.

Su compañera parecía extrañada, pero finalmente acepto prestárselo. Así que Laura fue al Tesco del barrio de Halton a recogerlo. Una hora después estaba a unos cien metros de la puerta de la casa de Jon, dentro del coche, espiando.

A decir verdad no sabía si estaba en casa. Si saldría o llegaría o lo vería. Aun así, aguardó. Aguardó durante horas.

A eso de las seis comenzó a anochecer y Laura vio que se encendía una luz en la casa. Así pues, él estaba dentro. Empezó a pensar si estaría solo. Luego se le ocurrió que tal vez lo más sensato seria bajar del coche y presentarse sencillamente allí, y hablar con él como personas civilizadas. Empezó a pensar en qué le podía decir. Y en esas estaba cuando lo vio salir y subir a su coche. Sin decidirse a abordarlo, Laura lo siguió conduciendo unos veinte minutos, hasta que él detuvo el coche y se bajo frente a un edificio, llamó al portero y desapareció en un portal.  Laura se lamentó no haber entrado en su casa media hora antes. Si lo hubiera hecho, ahora estaría hablando con él. Ahora ¿qué podía hacer? ¿Esperar a que él saliese?

Esperó. Esperó. Esperó preguntándose que haría el en aquel edificio. No era la casa de nadie que ella conociese.

Al cabo de un par de horas se dijo que estaba actuando como una idiota. Al fin de cuentas, ¿Qué había pasado? Qué él había ido a la casa de alguien y ya está. ¿Qué había de malo en eso? Te estas comportando como una loca, volvió a decirse. Entonces encendió el contacto del coche y se volvió a su casa, y fue al restaurante chino a pedir comida para cenar. Esa noche, por primera vez en muchos días, logro ver una película. Luego se acostó.

.

.

.

.

De pronto se despertó angustiada, como si hubiese soñado algo que no lograba recordar. Imágenes raras. Miró el teléfono móvil y vio que eran las dos de la mañana.

Por favor, pensó, ¿es que este tormento no acabará nunca?

.

.

.

.

Se vistió y cogió el coche. Condujo algo más de treinta minutos hasta llegar a Chapelltown, que era donde había seguido a Jon. Encontrar la casa en aquel barrio que no conocía bien sería otro cantar.

A Laura le costaba orientarse. Aun más de noche. Tenia la vaga idea de que los hombres se orientaban por naturaleza mejor que las mujeres, y en cualquier caso eso era algo que se le daba fatal. Empezó a dar vueltas por el barrio, con la esperanza de encontrar un lugar reconocible. Giro a la izquierda, a la derecha, a la izquierda de nuevo.

A punto de abandonar se topo de repente con una iglesia. ¿Era la que había visto antes? ¿No se estaría confundiendo? En cualquier caso pensó que valía la pena dar unas vueltas por aquella zona. El aviso del depósito de la gasolina se encendió.

Al cabo de bastantes minutos, y de repente, dio con la calle en la que había aparcado Jon. Era indudablemente aquella calle, con aquel pequeño parque infantil a la derecha y el supermercado…

En el mismo lugar donde lo había dejado, allí seguía el coche de Jon. Miró al edificio donde él había desaparecido. Todas las luces estaban apagadas. No sabía si eso significaba algo. Lo único de lo que estaba segura era de que era casi las tres y de la mañana y se había vuelto absolutamente loca. Estoy loca, pensó, teniendo pena de si misma. Me estoy comportando como una loca. No tendré marido. No tendré familia. Recogeré gatos de la calle y moriré sola.

.

.

.

.

Montó en el coche y trato de volver a casa, pero se equivocó de salida y acabó en una zona que desconocía, un barrio de mala pinta con edificios sociales y grupos de gente en la acera. Asustada, decidió volver a Chapelltown y empezar por el principio. Entonces el coche se le paró. La gasolina, pensó. Y, como si fuese la gota que colmaba el vaso, rompió a llorar.

El coche se le había detenido en mitad de la calle. Se bajó y trató de empujarlo, pero apenas podía. De repente vio dos tipos que se le acercaban. Uno era blanco y el otro era negro.

A la mierda con todo, pensó.

-¿Algún problema? –dijo el chico negro.

-La gasolina, -dijo, secándose las lágrimas. –Me he quedado sin gasolina.

Los chicos le ayudaron a dejar el coche aparcado.

Mañana será otro día, dijeron. Mañana lo arreglas.

Laura pensó que, efectivamente, tenían razón.

-Este y yo vamos a la disco a tomar algo. –dijo el chico negro. -¿Por qué no te vienes?

Laura no dijo nada. Abrió la puerta trasera del coche y cogió el abrigo y se fue con ellos.

Subió a un coche que conducía el blanco. En un momento dado ellos le dijeron su nombre, pero no prestó atención. Era incapaz de pensar en lo que le decían. Los chicos pensaron que lo que pasaba es que era extranjera y no comprendía bien el inglés.

-No te preocupes por nada. –le decía el negro. –Ahora nos lo vamos a pasar bien. ¿Entiendes?

Laura asentía.

Llegaron a la discoteca e hicieron cola durante unos quince minutos. Era una especie de factoría en la que no había estado nunca. A decir verdad no solía ir a esos sitios. A decir verdad, pensaba Laura, nunca hago lo que una chica joven se supone que tiene que hacer.

Entraron al local y subieron a un reservado y comenzaron a beber combinados. Desde allí se veía la gente bailar, pero estaba bastante aislado de la música y se podía hablar. Así que comenzó a hablar con los chicos, a contarle de donde venia y que hacia y esas cosas. Los chicos también le contaron sus vidas. El negro parecía más simpático, en tanto el blanco resultaba más reservado.

-Quiero otra copa. –anuncio Laura. –Invítame.

El chico negro rió.

-Que rápido vas. –dijo.

La invitó. Luego bailaron. Tomaron una nueva copa y luego otra. Laura se dio cuenta de que se estaba emborrachando.

El chico negro bailaba con ella agarrándola y apretándola contra él. Ella jugaba a rechazarlo, y luego se acercaba. Finalmente empezó a besarlo. El chico negro comenzó a reír.

-¿Quieres que nos vayamos a algún sitio? –dijo.

-¿Y tu amigo? –dijo Laura .

-Mi amigo lo entenderá. –dijo el chico.

-No. –dijo Laura . –No me parece bien. Vamos a subir a por él y nos vamos los tres. –Y luego, como el chico negro parecía no comprender, le dijo claramente;

-Quiero acostarme con los dos.

.

.

.

.

El chico negro hizo un gesto de asentimiento. Así que subieron al reservado y habló un minuto al oído de su amigo.

-Vamos ya, capullos -dijo Laura en español. –No os quedéis ahí como pasmarotes.

Salieron de la discoteca y subieron de nuevo al coche. Mientras el blanco conducía, ella y el negro se besaban en el asiento posterior. Estaba desabrochándose la blusa cuando de pronto el coche paró y ella hizo un gesto de extrañeza. El chico blanco se bajó.

-Vamos a recoger a alguien. –le explicó el negro.

Subió al coche una chica.

-Es la novia de este. –dijo el negro. –Se apunta.

Laura la miro. Llevaba el pelo negro teñido de mechas blancas y una especie de cazadora roja de cuero. No era guapa. No era fea. Era normal.

-Hola. –dijo con una sonrisa falsa.

-Hola. –respondió Laura .

Luego, y sin saber por que, todos comenzaron a reír.

.

.

.

.

Fueron a la casa del chico blanco. Era un piso bastante cutre, bastante sucio. Había ropa tirada por el suelo y restos de comida sobre la mesa. A Laura le olió inmediatamente a perro. Al minuto apareció, efectivamente, un enorme perro salchicha paseándose por el salón. La novia del blanco empezó a acariciarlo y a decirle cositas con el tono universal que se utiliza para hablar con los perros y los bebes.

Pusieron música. El negro apareció con varias cervezas y se las bebieron en un periquete. Luego bebieron whisky a palo seco. Finalmente, el blanco se puso a operar sobre la mesa y preparó cuatro rayas de cocaína. El negro propuso que se desnudasen y todos se desnudaron.

Laura no había probado nunca la cocaína. Se fijó en como lo hacían ellos y se la metió. No sintió gran cosa. Si acaso, una sensación parecida a estar de nuevo en plena forma. Se vió desnuda y se le ocurrió que le apetecía pegarse una ducha. Así que ni corta ni perezosa lo anunció a los demás y se metió en la ducha.  Al cabo de un minuto llegó la chica y se metió con ella en la ducha, y comenzó a enjabonarla mientras le contaba, quien sabe por qué, algo referente a una prima suya que se llamaba Allison. Laura se dejó hacer, pero al poco sonó una canción que le gustaba y salió de la ducha y empezó a bailar. Perdió la noción del tiempo mientras bailaba a solas en el salón. Podía llevar un minuto, podía llevar media hora. Cuando se detuvo de bailar, vió que la otra chica estaba en el sofá parloteando como loca, y que los dos amigos reían salvajemente.

Bebió más whisky. Bebieron más whisky todos.

-Vamos. –dijo entonces el chico blanco, cogiéndola del brazo.

Entraron al dormitorio. No había cama, solo un colchón en el suelo sobre el que estaba tumbado el perro. El chico blanco lo apartó de una patada. Entonces la empujó sobre el colchón y comenzó a besarla. Mientras lo hacia, Laura vio sobre una estantería un tren de juguete. Era idéntico a uno que ella había tenido en su infancia.

-Espera –dijo. –Necesito beber más.

Se levantó para ir al salón. Pero entonces, en cuanto se puso de pie, se mareó y cayó al suelo. El chico blanco se quedó en el colchón, mirándola persistentemente sin levantarse a ayudarla, y ella se quedó un rato allí. Luego se fue al salón, donde el negro y la novia del blanco se magreaban.  Ella los tomó de la mano para que la siguiesen y luego cogió la botella de whisky y fueron todos al dormitorio. Pero miró de nuevo aquel tren de juguete, y le vino aquel recuerdo. Era un tren rojo, y tenía una cara en el frente, con sus ojitos y su nariz y su sonrisa. Y andaba el solito haciendo chup chup hasta que se encontraba con un obstáculo. Entonces, aquel tren entupido no se daba la vuelta, sino que seguía obstinadamente empujando, empujando, empujando contra la pared. Pero sólo había que darle la vuelta para que encontrase de nuevo su camino, para que siguiese sonriente haciendo chup chup…  Recordó cuando era una niña y jugaba con ese tren.

De repente sintió una arcada que le subía desde el estomago. Fue a toda prisa al servicio y se encerró para vomitar. Estuvo vomitando un rato que parecía eterno, desnuda y vomitando absolutamente todo lo que llevaba dentro, encerrada en el baño. Solo quería vomitar pero las voces del pasillo le preguntaban qué le ocurría, y luego le gritaban, y finalmente aporreaban la puerta como locos, aquella gente extraña,  cada vez mas fuerte.

.

.

Advertisement

Un Comentario on “Están llamando cada vez mas fuerte”

  1. juan carlos soria dice:

    esta historia me parece bastante buena. sé que no tiene relación alguna probablemente en la aletra, pero me recuerda a esta canción (más bien por el contexto, el escenario…)


Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.