Funcionarios

No entiendo nada. Como consecuencia de mi velada ante Intereconomia, he comprendido que los funcionarios son el verdadero cáncer de este país. Me levanto y salgo a la calle henchido de santa indignación ante ese colectivo de chupópteros, privilegiados, incompetentes y vagos.

Llamo a mi operadora de teléfono. Resulta que llevo meses intentando darme de baja de una línea. He llamado decenas de ocasiones, pero la atención al cliente es una variedad infernal del juego de la oca; “Si tal, marque cual” “Si cual, marque tal”… Cuando parece que vas a llegar a algún sitio, vuelves a la casilla de salida. Finalmente logro hablar con alguien no sabe como atenderme, así que me remite a otra persona que me remite a… una musiquita. Tras media hora de musiquita hablo con un tipo que me dice que tengo que mandar un fax, que haga un ingreso en el banco… Soy escéptico ante que este sea el verdadero final de mi servidumbre hacia Vodafone, pero armado con mi nuevo conocimiento le espeto al argentino que me atiende que la atención al cliente de su empresa es una porquería, y que todo se debe a que son una panda de funcionarios. Parece que se hace el loco ante lo que le digo, así que cuelgo.

Voy al banco. Me encuentro con que han cerrado la sucursal de mi barrio, así que voy a otra. Hay un montón de gente haciendo cola ante un único cajero. Cuando por fin me va a tocar, me doy cuenta de que un letrero avisa de que las facturas no se pueden pagar después de las once. Furioso, empiezo a lanzar en voz alta invectivas contra los malditos funcionarios. Pero la gente no debe ver los mismos programas que yo, porque todos callan como cobardes.

Para olvidarme del maldito gremio, voy a tomarme una cerveza con una amiga. Ella también llega indignada. Es médico, y resulta que le han contratado una auxiliar que no tiene ni idea de su trabajo, de resultas de lo cual ella tiene que hacer su tarea. “Malditos funcionarios!” bramo yo. Mi amiga me observa que trabaja en una clínica privada, y que a su auxiliar la han contratado porque es familia del gerente. Yo callo, aunque pienso que segurísimo que el gerente si que es funcionario.

Por la tarde me gustaría salir a hacer deporte, pero resulta que tengo que esperar al fontanero, porque tiene que arreglarme el vater que se ha despegado un poco del suelo. Dice que viene a las cuatro. Aparece a las siete y media y se pone manos a la tarea. En menos de diez minutos levanta el vater y lo vuelve a pegar. A cambio, se carga la cisterna. Me dice que tengo que comprar una cisterna nueva. ¿No lo puede hacer él? ¿No puede al menos esperar a que yo la compre, volver dentro de media hora y colocarla? Lo siente mucho, pero no. Tampoco puede venir mañana. Si eso, el viernes. Así que me quedo tres días sin cisterna en el vater, echándole cubos de agua. Y todo por la sabida incompetencia de los funcionarios.

Salgo por la noche. Después de cenar en un bar de funcionarios vamos a tomar todos unas copas a un pub que debe ser de funcionarios también, habida cuenta de lo que tardan en atenderte. Hay solo dos camareras para hacerle mojitos a doscientas personas. No son muy diligentes; eso si, son muy monas. Mientras espero que me atiendan aprovecho la cola para intentar ligar con una chica. Le explico que lo que pasa es que las camareras son funcionarias, o que el tío que las contrata es funcionario, que también podría ser. Pero la chica me sonríe misteriosamente y me da la espalda. ¿Funcionaria?

Deseoso de poner fin a ese día de pesadilla, cojo un taxi y vuelvo a casa. Por fin, en el taxi, pienso que con alguien de mi cuerda me podré despachar a gusto contra los funcionarios. Pero el taxista parece mas interesado en hablar de futbol. Esta irritado con los jugadores de su equipo de futbol, que no sudan la camiseta como debieran. “Eso pasa porque son funcionarios”, observo yo seriamente. El taxista no dice nada. Pienso en mi mala suerte, que me ha montado en el único taxi que no esta abonado ala Cope de mi localidad. Al final me cobra diecisiete euros por una carrera de nueve minutos. Si no fuera porque es un transporte publico, hubiese cogido el autobús.

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