La fiesta

Al principio es un runrún de fondo, apenas perceptible, que crece, crece y crece hasta que al final el sonido se hace familiar y se distingue claramente; Las voces animadas, la música movida. Salgo de mi casa y el ruido se distingue mas, baja de las escaleras, viene de algún lugar de los pisos superiores. Decidido a investigar, subo al piso superior y me encuentro una vecina. “¿Qué ocurre?”, le pregunto.

-¿No se ha enterado usted? –me dice sonriente. -¡Es la fiesta!

Y sin añadir nada mas se mete en su casa. Al cabo de un segundo sale de ella maquillada y con ropa elegante, y sube las escaleras, me adelanta a toda prisa dedicándome una sonrisa cortes, sonriendo alegre como una niña. Yo subo unos pisos más llevado por la curiosidad, y en mi ascensión voy escuchando mas nítidamente la música de baile y las voces, y me cruzo con grupos de personas que bajan o suben, o que esperan en los descansillos riendo y bebiendo de los vasos largos que llevan en las manos.

-¿Dónde es la fiesta? –pregunto yo.

-¡En el ático! –me responde una muchacha con un vestido rojo. Y me sonríe.

Animado por esa sonrisa que es como una invitación continuo escaleras arriba. Subo dos, tres pisos. Luego dudo. Caigo en que no conozco a nadie del ático, en que no he sido invitado a la fiesta. Así que me dejo llevar por mi natural timidez y vuelvo a mi casa, donde intento continuar leyendo el libro por donde lo había dejado.

Pero es imposible. A cada rato que pasa llega con más fuerza a mi salón la música de aquella fiesta, las voces parecen mas cerca. Y no puedo quitarme de la cabeza a aquella muchacha de rojo, la manera en que me sonrío. ¿Y si fuese en su busca? Salgo a la puerta de mi casa y calculo que la fiesta ya no esta confinada en el ático, debe haber bulla y jaleo hasta en el cuarto piso, al menos. Entro y salgo de mi casa varias veces, inquieto, incapaz de concentrarme en la lectura. Y a cada momento el sonido parece estar mas cerca, provenir del cuarto, del tercero… La fiesta se extiende por el edificio como un ejército que conquistase posiciones, como una plaga.

Subo de nuevo escaleras arriba. Y lo que veo me deja boquiabierto. Hay gente por todos lados. Beben. Charlan. Bailan. Ríen. Es una fiesta animadísima, que poco ha poco ha ido tomando todo el bloque. Buscando con la mirada a la muchacha de rojo, voy deambulando por el edificio, contagiándome de aquel ambiente de alegría. Y en el tercero entablo conversación con un grupo de hombres que fuman y descorchan botellas de champán.

¿Serán imaginaciones mías, o es que en sus miradas detecto cierta desconfianza, cierta conmiseración? Supongo que es por mi forma de vestir, tan desastrada, tan poco preparada para la fiesta. De repente caigo en que voy aun en pijama.

-Yo –les explico. –estaba tranquilamente en mi casa, intentando leer un libro…

-Olvídese de la lectura, -dice uno de ellos. –¡Únase a la fiesta!

Y todos brindan.

Yo brindo con ellos, claro. Porque ¿Quién quiere estar tranquilamente en su casa, habiendo una fiesta como esa? ¿Quién prefiere un libro a la compañía de aquellas muchachas radiantes, a esa charla distendida, a la música animada, a la bebida y la comida? ¿Quién puede ser tan desgraciado, tan infeliz, tan perdedor, tan aguafiestas? Avergonzado de mi mismo, propongo un brindis.

-¡Por la fiesta! –exclamo.

-¡Por la fiesta! –responde al unísono todo el mundo.

Y entonces sube el volumen de la música, y llega más gente, y aparece, saliendo de un ascensor, un hombre con sombrero de copa subido en unos zancos flanqueado por unos payasos. Pasa una caravana de hombres montados en camellos, ataviados con trajes exóticos, lanzando caramelos y regalos a los críos excitadísimos que se agolpan a su alrededor con los brazos en alto. Y un tren turístico recorre los pasillos de la planta animando a pequeños y mayores a subirse. Luego veo que una banda de música llega de repente, atacando una marcha. Y de pronto, precedido por su soberbio barritar, aparece en la habitación un elefante.

-¡Los fuegos artificiales! –anuncia alguien. -¡Los fuegos artificiales!

Nos precipitamos a las ventanas. Entonces veo, asombrado, que la fiesta se ha extendido a toda la urbanización. Hay casetas y tómbolas por los jardines. Y pistas de baile. Y una tremenda noria. Y hasta una montaña rusa. Chicas y chicos bailan en bañador junto a la piscina. Y hay comida y bebida por todos lados.

-¡La fiesta! –gritan todos. -¡La fiesta!

La gente está exultante. Ríen y gritan. Y se ofrecen comida unos a otros. Los desconocidos se pasan el brazo por el hombro, y las parejas se besan.

Con mi pijama me encuentro de pronto en el exterior, donde el ambiente es cercano al paroxismo. Las drogas, el alcohol, empiezan a hacer su efecto. En el portal, junto a los contadores, hay unas gitanas que echan la buenaventura. Me libro de ellas y trato de llegar al jardín trasero, pero me lo impide un río de gente, una multitud numerosísima que lleva en procesión una imagen religiosa. ¿De dónde han salido tantas mujeres con mantilla? ¿De dónde tantos nazarenos? Tras la multitud vienen decenas de hombres con tambores, que aporrean hasta que de sus nudillos sale sangre. Cuando al  fin pasa aquello echo a andar en dirección hacia el jardín, pero de pronto me sobrepasan decenas de mozos corriendo, que me avisan que eche yo también a correr.

-¡Los toros! –me gritan. –¡Los toros!

Sin más trámite echo a correr, perseguido por media docena de toros, entre una multitud que me aplaude y me jalea. Corro tanto como puedo, porque casi me pillan. Cuando al fin me resguardo tras una caseta, la descarga de adrenalina es tan fuerte que me pongo a reír descontroladamente.

-¡La fiesta! –me dice un hombre -¡La fiesta!

-¡Bebe! –me ordena otro pasándome una botella.

Y así bebemos y cantamos trovos durante un tiempo indeterminado. Y charlamos con un grupo de majorettes. Debe ser ya de noche, pienso. Pero el alumbrado de fantasía y los focos son tan potentes que parecen el sol.

Me despido de mis nuevos amigos y de las majorettes vencido por el cansancio, trato de volver a mi casa. Me la encuentro ocupada por desconocidos que cantan y ríen. “¡La fiesta! Me dicen como saludo “¡La fiesta!”. Yo les devuelvo el saludo, me abrazo con algunos. Estoy tan agotado que me duermo en cuanto me echo en mi cama, a pesar del ruido atronador que hay por todas partes.

Cuando despierto, la gente sigue allí. “¿La fiesta?”, pregunto yo. “¡La fiesta!” asienten ellos, felices. Un olor a carne asada se cuela por la ventana. Y, en efecto, en el jardín están haciendo una gran barbacoa con cochinillos, pollos, corderos y ciervos. “¡Baja a comer algo!”, me dicen. “¡Hoy vamos a quemarlo todo!”. Veo que, en efecto, en mitad de la placeta hay instalada una hoguera inmensa, compuesta de cosas viejas que la gente ya no quiere. Alrededor de ella danza la gente. “¡Ven a bailar con nosotros!”, me dicen. Todo el bullicio, la excitación, es igual a la del día anterior. Pero en un balcón hay un anciano que protesta a gritos, como un nuevo Tiresias. No se oye lo que dice. “¡Esta loco!”, me explican los danzantes. “¡Bailemos!”. Una escola de samba, con sus percusionistas y sus muchachas emplumadas, ha venido desde Brasil y anima aquella mañana el cotarro. Y en el ala oeste de la urbanización se han instalado decenas de coches tuneados, cada uno de ellos con la potencia sonica y lumínica de una discoteca móvil.

-¡La fiesta! –gritan sin parar los jóvenes, con sus torsos desnudos, musculosos y  tatuados. -¡La fiesta!

El día pasa como el anterior, con eventos y jaleo por todos lados. Imposible encontrar un lugar de reposo. Quiero parar y quedarme a solas, pero cuesta oponerse a tanto disparate. Si me descuido, la marea de gente me empuja y me traslada por todos lados. A eso de las diez me acuerdo de mi libro. Me lleva cerca de una hora volver a mi casa, y me encuentro que continúa ocupada por joviales desconocidos. Busco mi libro donde lo había dejado, sobre la mesita del salón, pero no esta ahí. Después de largo rato de búsqueda, tengo una intuición y bajo de nuevo a la placeta. Logro rescatarlo de la hoguera cinco minutos antes de que prendan aquel fuego. Estoy bastante enfadado con aquella falta de respeto, y trato de protestar que hayan tratado de quemar mis cosas sin siquiera consultarme, pero en verdad, cuando lo encienden, hay que reconocer que aquel fuego es fascinante. Lo observo hasta que se consume y luego regreso a mi casa. Pero imposible dormir en mi cama, ocupada ahora por cinco personas. Con suerte logro hacerme con un sillón y echar una cabezada.

El día siguiente (pero en verdad ya no se que día es) me despierta con una diana floreada. Voy a desayunar en la gran chocolatada que está organizada en la cochera. Al rato unos niños gritan; “¡Ha venido el circo! ¡Ha venido el circo!” y todos salimos a contemplar el simpar desfile del circo, los payasos, los trapecistas, los funambulistas, los domadores, los contorsionistas, los leones, los elefantes, los pingüinos…. Al ritmo que les marca una banda de metales entran por el portal, suben desde el primer piso al séptimo y luego bajan por el ascensor.  Instalan una carpa en la puerta de la urbanización, porque la placeta esta ocupada por los cinco escenarios donde actúan megaestrellas de la canción. Y por la noche, acuden al festival de cine del tercero los actores mas famosos. Instalan una alfombra roja en el portal donde posan para los fotógrafos en cuanto se bajan de sus elegantes limusinas.

Y así sigue, día tras dia. Y todo, absolutamente todo, es gratis. Y todo es un no parar. Cuando quiero acordar ¿cuánto tiempo llevan con aquella fiesta? ¿Días? ¿Tal vez una semana? No hay manera de averiguarlo. Es imposible decirlo. ¿y cuando acabara? Nadie parece saberlo. Nadie parece interesado en saberlo. Esa fiesta absoluta, su origen y sus causas, su dimensión y sus organizadores, es un misterio intocable, un interesado tabú. Cuando alguien en medio de la cháchara banal hace algún comentario al respecto se hace un silencio a su alrededor. Algunos, los mas desconfiados o simplemente los mas cansados, se quejan de cuando en cuando de que es imposible encontrar una cama, por no hablar ya de un momento de tranquilidad, pero enseguida son tachados de amargados y resentidos. ¿Acaso no hay comida y bebida en demasía? ¿Acaso no hay diversión? La gente mira mal a los que se apartan de la fiesta, se ríe de los desgraciados que intentan trabajar. Incluso hace tiempo que desapareció, quizá porque haya muerto, aquel Tiresias.

Incapaz de oponerme a esa corriente festiva, yo mismo enterré, como si fuera un hueso de perro, mi libro. Trato de no olvidar donde esta, en espera de tiempos distintos. Pero los días pasan, y aquella fiesta sin fin parece no menguar. Muy al contrario, cada vez parece haber más gente, cada vez parece haber mas bulla. Todo el mundo que tiene algo que celebrar viene aquí, todo el que quiere divertirse esta aquí. Mi urbanización se ha convertido en el epicentro de la diversión de todo el planeta. Los chinos desfilando en su año nuevo. Los árabes celebrando su fiesta del cordero. Acción de Gracias. Guy Fawkes. El festival hindú de Kali. El glamouroso baile dela Rosa. ElDía dela Reina. Cadapoco tiempo, me parece a mi, se cantan villancicos y se comen las uvas. Ruedan barriles de cerveza y toneles de vino en una infinita bacanal. Hay gente vestida con trajes regionales que no se han quitado en meses, trajes convertidos en harapos, y los que se disfrazaron en verano para el carnaval pasan el invierno tiritando, bebiendo alcohol para olvidar el frío, intentando por todos los medios mantener la consigna de que no decaiga la fiesta. Cuando cae la primera nieve alguna gente aparece muerta en el patio, los cadáveres azules tienen una carcajada congelada, como si en lo más álgido de la diversión les hubiese sorprendido la cellisca helada. El coro canta Noche de Paz y nadie los recoge, como nadie recogió a los que mató el infarto o el alcohol o el estramonio o todo lo que se toma para mantener la fiesta. A cincuenta metros de los cuerpos se celebra una orgia.

¿No parará nunca? ¿No descansaremos? Ya creíamos que no, pero un día algo cambia. Al principio es semejante a un runrún. Algo imperceptible. Luego va creciendo y oímos crecer algo que habíamos casi olvidado, algo inaudito; el silencio. Se apaga el sonido de una tómbola. Luego cesa una canción y, cosa increíble, no empieza otra. Al cabo desaparece el clamor de la muchedumbre. Poco a poco todo se va quedando tranquilo, hay una calma desconocida e inquietante en el ambiente. La gente va desapareciendo, se marchan en tropel. Algunas personas tratan de evitarlo, se ponen a bailar y gritan con forzada despreocupación; “¡No os marchéis!” Pero no hay forma de evitarlo. Es una desbandada. Es como si se hubiese declarado una peste. Los feriantes levantan sus atracciones, y los músicos desaparecen, y los que ayer reían, repentinamente serios, se montan en sus vehículos y se marchan a otro lado. Me cruzo con mi vecina en las escaleras y le pregunto;

-¿Qué ha pasado?

-¿No se ha enterado usted? –me dice seriamente. –Se ha terminado la fiesta.

Tan súbitamente como apareció, así pues, ha terminado esa fiesta demencial. ¿y por qué ha acabado? Nadie lo sabe, en realidad. ¿Y qué vamos a hacer ahora? Mi vecina pone gesto de preocupación, y se encoge de hombros.

Entro en mi casa. Está bastante mal tras esa fiesta, que llegamos a creer eterna y que en verdad ha durado siete años. Todo esta sucio. Todo esta por hacer. La bebida se desparrama de las botellas, la comida amenaza con pudrirse. Huele fatal, porque los baños están atascados. Y ahora que se ha ido todo el mundo advierto una tremenda gotera que viene del  piso superior, donde parece que se han olvidado de cerrar un grifo y una bañera lleva rebosando semanas. A pesar de todo eso estoy contento. Tendré que arreglar cosas, pero ahora que ha terminado la fiesta podré al fin recuperar mi tranquilidad y volver a mi vida. Debo, además, dar gracias por mi suerte, porque me entero de que muchos de mis vecinos están peor que yo. Les han derribado tabiques, o les han quemado las casas, o se han hundido sus suelos, o han encontrado en sus habitaciones familias de bosnios que vinieron a la fiesta y ahora no tienen donde ir.

Mi casa, en definitiva, esta mal, pero mi urbanización esta absolutamente inhabitable.  Me encuentro, en mi patio, con los vecinos. El presidente de la comunidad trata de organizar la reconstrucción, de darnos ánimos.

-Hay que arreglar esto. Hay que salir adelante. –dice.

Pero la gente la toma con él. Lo responsabilizan de los desmanes de la fiesta. ¿No era su responsabilidad vigilarla? ¿No era su deber prohibirla? El ambiente se caldea y parecen a punto de lincharlo, pero de pronto algo llama nuestra atención.

En la puerta de nuestra urbanización empieza a juntarse, como en los viejos días, una muchedumbre. Vienen de todos lados. Suben en tropel por todas las calles. Por un momento, pensamos que va a montarse una nueva fiesta.  Pero son muy diferentes de las gentes que venían hasta el día anterior. No van vestidos de fiesta, sino con elegantes trajes negros. Y sus gestos son adustos. Cada uno de ellos blande una factura. Insisten en que hemos de pagar los gastos de la fiesta, que alcanzan sumas astronómicas.

Entonces nuestro desconcierto se hace mayúsculo. Nos miramos unos a otros y nadie sabe que hacer. Pero hay que hacer algo, porque los acreedores siguen subiendo, se agolpan en la puerta y se ponen cada vez más serios, comienzan sus gruñidos y amenazas. La tensión crece.

Alguien sugiere que tal vez habría que buscar a los organizadores de la fiesta, a la gente que disfruto con ella. ¿No deberían pagarla ellos? ¿No seria eso lo justo?

-¡No hay tiempo!, -dice el administrador. –¡No hay tiempo para eso!.

Y en verdad la confusión es tanta, y los acreedores tan insistentes que optamos por vaciarnos los bolsillos e ir pagando lo que sea para ganar algo de tiempo. Algunos acreedores cobran y se largan. Pero es que al instante llegan más. Por cada uno que cobra, aparecen diez como de la nada.

-Suban a sus casas, por favor. –implora el administrador. –Traigan dinero de donde sea.

¿Pero cuánto hay que pagar? Nadie parece imaginarlo. Tal vez millones. Billones. ¿Quién puede imaginar lo que costó la fiesta? ¿Quién podrá arreglar aquello?

-¡Pagad! –apremian los acreedores. -¡Y limpiad esto!

Así que con toda urgencia pagamos. Limpiamos. En mitad de aquel nuevo pandemonio, me detengo y observo. Frente a mi hay algunos responsables que tratan de calmar a los acreedores, que se agolpan a las puertas como un ejercito que nos sitiase. Otros suben a sus casas a por dinero, para aportarlo o para esconderlo. Algunos se rinden de pura desesperación y se dejan caer al suelo. Otros simplemente lloran. Y en el portal me cruzo con un grupo de hombres que, por pura rabia, la emprenden a patadas con los bosnios que no tienen donde ir, decididos a echar a todos los inmigrantes de la urbanización.

Todo es un caos.

Bueno, no todo.

En un rincón, junto a la piscina, hay algo parecido a un oasis. De pronto hay allí, de nuevo, gente que ríe y disfruta. ¿Quiénes son? ¿Son los que vinieron a esta fiesta? ¿Son acreedores, celebrando que han cobrado? Es imposible saberlo. ¡Estamos tan atareados! ¡Y tenemos tanto miedo! Están tumbados al sol, bebiendo y charlando y riendo entre ellos. Parecen amistosos, pero si te acercas, aprovechan para recriminar nuestro irresponsable despilfarro y para regañarnos como si fuésemos niños. Y vigilan que paguemos, ordenan que limpiemos, que les llevemos bebidas, que les preparemos su comida y les pongamos su música. Y así lo hacemos para que no vayan a otra parte con la fiesta.

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