INTRANSFERIBLE (Una investigación moral) Capítulo Uno.

Hola a todos . Feliz año.

Vamos a comenzar el 2010 con un reto; una novela que ire escribiendo en tiempo real. Espero que salga , y que salga algo interesante. Vamos allá

INTRANFERIBLE. (Una investigación moral)

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Para hacer justicia al fuego ardería el mundo.

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Acabada la batalla, una tarde de domingo un hombre (llamémosle K.) abre los ventanales de su salón pensando; que tarde tan maravillosa. Es en efecto una esplendida tarde de otoño, y desde la terraza de su octavo piso K ve los jardines ocultos en los áticos, y mas allá la cúpula de la catedral, y mas allá las montañas, y mas allá las nubes anaranjadas por el crepúsculo. Luego mira hacia abajo, (¡no mueve la cabeza acompañando a los vehículos y a la gente; mira fijamente al suelo!), respira y se yergue un poco mas sobre la barandilla.

Se balancea para pasar una pierna por encima de  ella, hasta quedar a horcajadas. Luego, con mucho cuidado, saca la otra pierna, hasta quedar sentado frente al vacío sobre la baranda inestable.

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Justo entonces J esta pasando bajo su casa, y, aunque no suele ser normal que la gente levante la vista en la ciudad, el lo hace porque esta buscando una casa para alquilar. Busca anuncios colgados de las ventanas y encuentra una silueta sentada sobre la baranda de un balcón del octavo piso, mirando hacia abajo. Grita; ¡Eh!. ¡EH! Pero K, no le escucha. Parece demasiado absorto en lo que hace, o hay demasiado ruido. J ve que K hace un leve movimiento de incorporarse unos centímetros, como si justo fuese a tirarse, y grita de nuevo, esta vez con desesperación. ¡EEEEHH!!! Y  para que le oiga agita el brazo derecho, y echa a correr en dirección a la fachada de la casa de K. En ese momento, mientras grita y cruza la carretera agitando su brazo con la mirada fija en el hombre del balcón, un coche le arrolla.

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El coche, un todoterreno, no va mucho mas rápido que los demas coches, pero el impacto es brutal. El cuerpo de J sale despedido y vuela unos treinta metros. Cuando cae, rueda por el suelo, desmadejado como un títere, y queda finalmente tendido en una posición estrambótica.

Toda la vida de la calle, que hacia unos segundos se orientaba en flujos, se para al instante y como succionada comienza a girar alrededor de él cuerpo que está en el suelo. Rápidamente se acercan algunas personas, y forman un corro alrededor suyo sin atreverse a tocarlo, hasta que un hombre con una cazadora marrón viene al trote desde lejos y se inclina sobre él.

De súbito la calle se ha llenado de gente. Salen de los comercios, de las cafeterías. Llegan y no se van. En menos de un minuto, diez personas están ya llamando por sus teléfonos.  Todos los conductores se han bajado de sus vehículos, salvo la conductora del todoterreno, que permanece en él con las manos aferradas al volante y el rostro desencajado y la vista fija en el cuerpo inmóvil.

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Desde su balcón, todavía con las piernas colgando del exterior, K. mira hacia abajo. Finalmente no ha saltado, aunque a punto ha estado de caer con el accidente. Con recobrado cuidado, aferrándose al soporte del toldo y poniendo sus cinco sentidos en la tarea, vuelve a pasar sobre la baranda y la interpone de nuevo entre él y el suelo. Luego se queda mirando hacia la calle. Llevándose las dos manos a la cabeza, entra en su salón. Luego vuelve a salir y a mirar. Entra. Sale. Hace este movimiento tres o cuatro veces. Finalmente entra en la cocina, busca un paquete de cigarrillos, y trata de prender uno. Pero el mechero no enciende bien. Y las manos le tiemblan. Consigue por fin encenderlo. Mientras fuma da vueltas por el salón.

Cada pocos segundos sale al balcón y lanza una mirada abajo, una mirada furtiva, una mirada que no dura mas que lo que dura un dedo sobre un metal al rojo.

Apenas un minuto después termina el cigarro, se levanta decididamente y sale a toda prisa de la casa. Llama al ascensor, pero, como está ocupado, baja andando los ocho pisos hasta la calle. Ya han llegado la policía y las ambulancias; desde el portal se ve el destello luminoso de sus sirenas.

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Algunos desconocidos han empezado a hablar entre ellos, compartiendo versiones. Sus caras traslucen gravedad y excitación. Se explican unos a otros lo inexplicable, se calman, se convencen de que nunca les pasaría a ellos. En esa tarea, tres policías están interrogando a la mujer que conducía el todoterreno, que les estaba contando que no tuvo tiempo de frenar, que el hombre se había abalanzado sobre el coche con la mano alzada y la vista fija en el cielo, como si le acabase de deslumbrar algo. La mujer está muy nerviosa, habla moviendo mucho las manos, mirando ora a un policía, ora a otro, interrumpiendo su relato de cuando en cuando para tratar de calmar a sus hijos, quienes dentro del todoterreno están llorando atados a sus sillas de bebé. En un momento dado, los tres policías miran a la vez hacia arriba como si buscasen algo, pero no hay nada de particular en las alturas, salvo tal vez que mucha mas gente de la habitual esta asomada a las ventanas, contemplando la escena.

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Hay un olor intenso a goma quemada. K. observa que han puesto una sabana dorada sobre el cuerpo de J.

Así pues, esta muerto.

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K. no permanece mucho tiempo allí. Echa a andar con la mirada perdida y tropezando con la gente. En cualquier caso no va lejos, apenas le da una vuelta a la manzana, y vuelve sobre la escena del atropello, donde los policías están sacando fotos, desviando el tráfico y dándose importancia entre el aturdimiento general. Un agente se interpone entre K y la escena y con los brazos abiertos le dice;

-Por favor, por favor.

K no hace ningún intento de quedarse, simplemente alza la cabeza un poco para mirar el sitio donde continua el cuerpo de J. cubierto con su sabana dorada.

La ambulancia ha maniobrado y ahora se ha puesto junto a él, pero los dos conductores, vestidos con llamativas prendas de color azul y naranja, permanecen de pie charlando tranquilamente. Parecen dos actores de una serie de televisión, levemente infatuados y aburridos, pendientes de que los técnicos acaben los largos preparativos y el director los llame para su momento.

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K se va de allí y vaga por la ciudad durante casi una hora. Sentado en un banco, fuma un cigarro tras otro hasta que un guardia le avisa de que van a cerrar el parque. Se hace completamente de noche. Cuando vuelve a su casa todo ha recuperado la normalidad, los policías se han ido, ya no hay curiosos, los coches circulan por la carretera como apenas dos horas antes; nada indica que en ese lugar una persona acaba de morir. K se acerca a la calzada (con cuidado, algunos coches le tocan el claxon) en busca de alguna huella, como restos de sangre, pero no hay nada de particular sobre el asfalto.

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Cuando quiere echar mano resulta que no encuentra las llaves de su casa. ¡Con los nervios al salir de la casa se las ha olvidado sobre la mesa!. K se registra todos los bolsillos, y, finalmente, llama por el portero automático a su vecina, la Señora del Octavo Izquierda, con la que habla largo rato en el muy paulatino proceso de que le reconozca, acepte sus explicaciones y después le abra. K sube en el ascensor y pulsa el timbre de ella. Pasan unos interminables segundos hasta que se oyen los pasos de la Señora del Octavo Izquierda acercándose por el pasillo y deteniéndose al otro lado de la puerta. Pregunta en voz alta.

-¿Quién es?

-Soy yo – contesta K. con su voz mas inofensiva–¿Me puede abrir un momento, por favor?

Le abre con cara de sorpresa, como si no acabasen de hablar por el telefonillo. K vuelve a explicarle que se ha dejado las llaves dentro. Le recuerda que hace un tiempo le dejó una copia, precisamente por si se daba una situación como esta. La Señora del Octavo Izquierda se da media vuelta y desaparece por el pasillo. Vuelve con unas llaves, colgadas de un llavero de metal con la forma de una pieza de puzzle.

-Nunca se sabe a quien le va a abrir una la puerta. –sentencia la Señora del Octavo Izquierda. –Hoy en día pasan unas cosas.

K. no dice nada.

-Yo no se donde vamos a parar.

K no dice nada

-¿Ha visto el accidente? –dice.

-Que accidente –dice K.

-Han atropellado a un chico. No hace ni una hora, aquí mismo. Un muchacho joven. Que pena de madre.

-No he visto nada. –dice K.

-Yo estaba viendo la televisión. –continua la Señora del Octavo Izquierda. –Las noticias. Mi hija me ha llamado por teléfono. Estaba saliendo Torrelavega y me ha llamado y me ha dicho; mama, mama, cambia de canal, que esta saliendo Torrelavega. Pero yo el canal ese no lo cojo. No entiendo estas televisiones modernas. ¿Sabe? Mi hijo dice que la desprogramo. De vez en cuando viene y me la arregla, cuando le da la gana. El caso es que luego se vuelve a romper. Llamo a mi hijo, viene y me regaña. Mama, que no toques ese botón, que no toques ese otro. Para una cosa que le pido. Total, a mi me da igual, siempre veo lo que sea. Si hay una cadena para que quiero mas. Pues que mi hija me decía; mama, corre, que sale Torrelavega, pero yo por mas que le daba a los botones no veía Torrelavega por ningún lado. ¡Y estoy hablando con ella y de pronto oigo la sirena de la policía!. ¡Me asome y había en la calle un jaleo! ¡Un muchacho, que lo ha atropellado un coche, que lo ha matado! Así mismo se lo he contado a mi Carmen por teléfono, como se lo estoy contando a usted. ¡Carmen, Carmen, que acaban de atropellar un muchacho enfrente de casa!. ¿Que dices, mama, que dices?. ¡Lo que te digo, Carmen, ay, ay!. ¿Quién es? Me dice mi Carmen, ¿quien es?. Y yo que se, yo no veo desde aquí, espera que me ponga las gafas. ¡Y me he puesto las gafas, pero no se veía desde aquí, estaba con la cara boca abajo!, ¡Jesús, Jesús, que pena, que pena!.

K coge las llaves. Le da las gracias. Abre la puerta de su casa y, sin devolvérselas, entra.

Pasando entre el desorden (hay restos de comida sobre las mesas, envases, ropa tirada por el suelo), lo primero que hace al entrar al salón es ir a los ventanales y bajar a toda prisa las persianas. Desaparece la vista al exterior. La casa se queda completamente a oscuras. En la oscuridad, K va hacia el servicio, enciende una luz y abre un armario donde hay guardadas muchas medicinas. Hay Paxil,  Lexatin, Elavil, Serzone, Remeron,                                                    , Prozac, Triptanol, Cipramil, Diazepam, Sanax.  Abre un bote de Valium y se le escurre entre las manos, cae al suelo. K recoge las píldoras una a una. Cuenta las que hay (unas diecisiete) y las lleva al dormitorio, donde las deja en la mesita, junto a una botella con agua. Luego se desnuda y se mete en la ducha. El agua sale tan caliente que todo el baño se llena de vapor.

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Sale de la ducha. Se seca ligeramente con una toalla. Desnudo, temblando, se mete dentro de la cama y apaga la luz. Con las persianas bajadas la casa esta en un absoluto silencio, solo se oye el tic tac de un reloj y de cuando en cuando el motor de la nevera, que está casi vacía y huele mal y lleva días abierta, iluminando la cocina con su luz blanca. K toma una pastilla de las que ha dejado sobre la mesa. Toma dos. Y hasta tres. No, no toma más. Al cabo de un rato esta dormido.

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